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“Hace falta una revolución ecológica”
Entrevista al ecologista y marxista John Bellamy Foster, editor de Monthly Review y autor de La ecologia de Marx y The Ecological Revolution. [TAMBÉ EN CATALÀ]
Entrevista a John Bellamy Foster | La hiedra / L'heura | 19-6-2010 a las 12:29 | 2309 lecturas | 3 comentarios
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Hablamos con John Bellamy Foster, editor de Monthly Review y autor de La ecologia de Marx yThe Ecological Revolution, sobre la necesidad de romper con el capitalismo para asegurar la sostenibilidad medio ambiental y sobre las estrategias para conseguirlo. Entrevista realizada por Aleix Bombilà.

En tu libro La Ecología de Marx argumentas que el marxismo tiene mucho que ofrecer al movimiento ecologista. ¿Qué tipo de trabajo común debe establecerse entre marxistas y ecologistas?

Creo que es importante reconocer que los marxistas y los ecologistas no son del todo diferentes grupos. Por supuesto, es cierto que ha habido rojos que han sido antiecologistas y verdes que han sido antimarxistas. Pero no es extraño que los dos se superpongan y que cada vez converjan más. Muchos socialistas son ecologistas y muchos ecologistas son socialistas.

Un enfoque marxista crítico, especialmente en nuestros tiempos, requiere una cosmovisión ecológica, mientras que una ecología humana crítica requiere una orientación anticapitalista y socialista en última instancia (es decir, marxista). En cuanto al trabajo que los marxistas y los ecologistas pueden compartir, yo diría que es la justicia social y la sostenibilidad ambiental: salvar a la humanidad y salvar el planeta. No podemos esperar para conseguir una cosa sin la otra, y tampoco es posible hacerlo bajo el sistema actual.

La lucha contra el cambio climático parece un poco abstracta a primera vista. ¿Cómo podemos organizar campañas contra el cambio climático con un impacto real? ¿Quién debe promoverlas?

El cambio climático y la crisis ecológica planetaria en su conjunto, que es mucho mayor, es la mayor amenaza a la que la humanidad ha tenido que enfrentarse nunca. Nos enfrentamos, si no cambiamos el rumbo, a la desaparición de la Tierra como planeta habitable para la mayoría de las especies vivas de hoy.

Pero, tal como dices, parece algo abstracto. La gente no lo puede sentir, ya que no se refleja constantemente en las condiciones climáticas a corto plazo que experimentan en un día o incluso en una base estacional. Además, no es un problema que crece poco a poco y con suavidad, sino que se acelerará con todo tipo de puntos de inflexión y provocará cambios irreversibles. Así que el margen de tiempo para la acción es muy corto, y requiere un cierto grado de concienciación sobre lo que está sucediendo.

Entre los científicos hay ahora una cierta unanimidad sobre la amenaza, aunque no en todos los detalles. Pero, debido al poder de la clase capitalista, que considera cualquier acción destinada a evitar el problema como una amenaza a sus intereses inmediatos, la opinión de la negación del cambio climático aparece constantemente amplificada en los medios corporativos. La gente común está, pues, confusa y no sabe qué pensar. Además, también les afectan otros problemas materiales que parecen más inmediatos: el estancamiento económico, la recesión extrema actual y los efectos destructivos de la política neoliberal. Los trabajadores están viendo cómo su nivel de vida económico va en declive y están preocupados por sus puestos de trabajo, con un número creciente de parados y en la pobreza. Por lo tanto, es difícil concentrarse en algo aparentemente tan nebuloso como es el cambio climático.

Si estamos buscando una revuelta masiva desde abajo en este ámbito, creo que esta emergerá en un primer momento no del centro, sino de la periferia del mundo capitalista. Hay todo tipo de señales que las bases materiales de la lucha social se están transformando. Esto lo demuestran las guerras del agua, los hidrocarburos y la coca en Bolivia, las cuales contribuyeron a la llegada al poder de un movimiento político socialista e indígena.
Cuando se trata de las contradicciones duales representadas por los fracasos económicos y ambientales del sistema, sólo los socialistas son capaces de integrar eficazmente estos dos problemas. Sólo los materialistas históricos pueden incorporar plenamente una teoría y una práctica que reconoce que estas no son cuestiones separadas, sino que tienen una base común en el modo de producción capitalista.

Pero también hace falta una organización. Existen grandes peligros, como el crecimiento del ecofascismo o las tácticas dilatorias de los gobernantes, que podrían significar “la ruina conjunta de las clases enfrentadas entre sí”.

¿Cómo podemos promover la justicia ambiental sin afectar a la clase trabajadora?

En Estados Unidos, la injusticia ambiental es vista, comprensiblemente, como relacionada con la cuestión de la raza; tal vez incluso más que con la cuestión de clase, ya que su mayor impacto se da sobre las personas y comunidades que son objetos de racismo ambiental. Los residuos tóxicos, como es bien sabido, son más comúnmente objeto de dumping en las comunidades de color. Así pues, a veces te puedes encontrar con la idea errónea de que se trata de un problema de raza y no de clase.

A menudo está implícita aquí la falsa noción de que la clase obrera es blanca y, entonces, si se trata de un problema que afecta principalmente a los indios americanos, negros, latinos, asiáticos, etc., quiere decir que no es un problema de clase. Pero, por supuesto, la clase trabajadora en Estados Unidos está compuesta predominantemente por las llamadas ‘minorías raciales’.

No tiene ningún sentido decir que la clase trabajadora es blanca, como suponen algunos. La justicia ambiental es, pues, una cuestión de raza y de clase (y también de género). Plantea cuestiones que el movimiento obrero contemporáneo, con su limitada posición de ‘negociador’ y las divisiones raciales que a menudo ha contribuido a perpetuar, no está muy bien equipado para hacer frente. Es un movimiento socialista de la clase trabajadora lo que podría abordar la cuestión con mucha más facilidad.

Son los impuestos sobre las industrias contaminantes una solución?

Si te refieres a una solución definitiva, la respuesta es que no. La única solución real es deshacerse del capitalismo y crear una sociedad igualitaria y sostenible, a cargo de productores asociados. Pero debemos enfrentar el hecho de que el problema del medio ambiente, incluido el cambio climático, se está acelerando.

El margen de tiempo para actuar si queremos evitar un deterioro ambiental irreversible es increíblemente corto, con sólo una generación más o menos para poner en marcha un cambio de rumbo drástico. En estas circunstancias, necesitamos respuestas radicales a corto plazo y una revolución ecológica a largo plazo. Las primeras tienen que ayudar a promover las condiciones para la segunda.

A corto plazo, necesitamos un impuesto sobre el carbono como el que propuso James Hansen: un impuesto progresivo sobre los pozos petroleros, minas, etc., Con un 100 por ciento de los ingresos dirigidos a la población, sobre una base mensual. El objetivo, como dice Hansen, es asegurarse de que el impuesto sobre el carbono se imponga en la medida de lo posible en el punto de producción y que recaiga sobre aquellas personas con una huella de carbono más grande (sobre todo los ricos). Por su parte, la mayoría de la población saldría ganando con la distribución de la recaudación del tributo, ya que su huella es inferior al promedio por habitante.

Ni el capital ni los gobiernos controlados por el capital no tendrían el control de estos ingresos, los que se derivarían directamente a la población. La aplicación de esto en el tipo de sociedad que vivimos sería, por supuesto, difícil. Pero una vez fuera entendida a la vez como una protección de la Tierra (subiendo el precio del carbono) y una redistribución favorable a los de abajo, esta medida ganaría un gran apoyo popular.

Lo cierto es que, mientras nos encontramos en una sociedad capitalista, la vía fundamental para el control de un contaminante-y, desgraciadamente, el dióxido de carbono se ha convertido en esto-será el aumento de su precio. Formas políticas de regulación más directas deben ser utilizadas también, por supuesto. Por ejemplo, tenemos que prohibir la construcción de centrales de carbón mientras no disponemos de una tecnología de secuestro (y en la actualidad hay toda clase de obstáculos para su obtención), y las centrales de carbón deben ser rápidamente eliminadas. Para lograr esto en la escala necesaria, pero, hace falta una revolución ecológica general que afecte lo que producimos y consumimos y la forma en que nuestra sociedad está organizada.

¿Hay alguna solución colectiva posible a la crisis ecológica dentro de este sistema (energías renovables, la mejora del transporte público, el cese de las grandes infraestructuras, etc.)?

Una vez más, no existe ninguna solución colectiva dentro de este sistema. Pero podemos promover reformas colectivas desde dentro del sistema, lo que va en contra de su lógica, y esto jugará un papel en la transición a otro sistema controlado por la gente. La nueva sociedad surgirá del interior de la antigua.

Si sustituimos transporte privado por público, introducimos energías renovables y adoptamos otras medidas colectivas, todo esto puede ayudar. Pero estas medidas tienden a ser
limitadas, dado el objetivo de acumulación del sistema. La  dependencia de los recursos renovables, por ejemplo, es importante. Pero necesitamos un sistema que las utilice sólo a un nivel que permita su renovación. El capital empuja más allá de todas estas fronteras.

Con una presión constante desde abajo se pueden conseguir algunas cosas, siempre que no afecten sustancialmente la unidad de acumulación del sistema. Pero si está en riesgo la acumulación, el capital reacciona, y es probable que las pequeñas victorias se inviertan. La única respuesta-no simplemente como una cuestión de justicia, sino también de supervivencia-es empujar más allá de lo que el capital está dispuesto a aceptar, es decir, promover las necesidades humanas y colectivas más allá del llamado ‘sistema de mercado’. En este caso estamos hablando, si lo llevamos suficientemente lejos como para marcar una diferencia real, de una revolución ecológica y social y de la transición hacia otro tipo de sociedad.

Algunos movimientos sociales creen que es posible vivir al margen del capitalismo. ¿Crees que esto es posible, o sólo conduce a una atomización de la oposición?

A lo largo de la historia de la humanidad, enfrentados a sistemas represivos, los seres humanos han vuelto a la tierra, y cultivan sus propios jardines, por decirlo de alguna manera. Esto puede ser una forma de curación, reagrupamiento, etc. Muchos de los que han ido en esta dirección general han sido pioneros en formas alternativas de agricultura, incluida la agricultura ecológica.

No cabe duda que la separación de uno mismo de la lógica principal del sistema y sus efectos (un tipo de vida fuera del sistema), constituye una especie de resistencia pasiva, y esta es una forma de resistencia. No hay que subestimar el grado en que estas acciones pueden a veces crear alternativas fundamentales para el desarrollo de una nueva sociedad, dentro de los intersticios diferentes del sistema. Pero la verdadera lucha por crear una nueva sociedad requiere, además, la resistencia activa y la organización política: una revuelta directa contra las relaciones de producción existentes.

Retirarse completamente en un sistema capitalista globalizado es en gran parte una ilusión.

El movimiento por el decrecimiento promueve iniciativas individuales y colectivas en la búsqueda de alternativas al capitalismo. ¿Cuál es tu opinión al respecto? ¿Cómo podemos decrecer globalmente en el sistema capitalista?

No podemos. El capitalismo se basa en la acumulación. Se trata de un sistema de crecer o morir y en una escala cada vez más global. Cuando el crecimiento económico, y en particular el crecimiento de las ganancias, no se llevan a cabo, el sistema entra en una crisis, como en la actualidad. Esto se traduce en un desempleo masivo.

Hay un montón de cosas buenas que decir sobre el ‘movimiento por el decrecimiento’. Sin embargo, se basa en el supuesto irreal que es posible un estado estacionario (es decir, una economía de crecimiento cero), según lo previsto por John Stuart Mill en el siglo XIX, de alguna manera en el contexto del sistema actual. Esto es simplemente un malentendido en cuanto a la naturaleza del capitalismo. Como escribió Joseph Schumpeter, el capitalismo sin crecimiento es una contradictio in adjecto.

Una reducción general de la escala económica a nivel mundial, en particular en los países ricos, podría ir acompañada de progresos en el desarrollo humano sostenible y la mejora de las condiciones reales de la humanidad, al pasar de un individualismo posesivo al colectivismo. Pero esto requeriría una economía socialista para que fuera posible (no inevitable).

Si la alternativa al capitalismo es una economía planificada democráticamente, ¿como debería funcionar para incluir las cuestiones ambientales?

Creo que debemos recordar la advertencia de Marx en El Capital sobre “escribir recetas de cocina para las tiendas del futuro.” Sería un error tratar de escribir un plan real de una sociedad socialista, entre ellos uno que incorporara las cuestiones ambientales. Sin embargo, creo que Paul Burkett demostró en un brillante artículo, Marx’s Vision of Sustainable Human Development (en octubre del 2005 en la revista Monthly Review), que la noción de Marx del comunismo era una de desarrollo humano sostenible. En efecto, únicamente en estos términos podemos entender cómo debería funcionar una sociedad de productores libremente asociados que regulan su metabolismo con la naturaleza.

Hugo Chávez ha definido la lucha por el socialismo en el siglo XXI en términos del “triángulo elemental del socialismo”. De acuerdo con esta concepción, derivada de Marx, el socialismo consiste en: (1) la propiedad social; (2) la producción social organizada por los trabajadores; y (3) la satisfacción de las necesidades comunales. En mi opinión, también se puede hablar de un “triángulo elemental de la ecología”, derivado directamente de Marx, que lleva la lucha a un nivel más profundo. Esto puede ser definido como: (1) el uso social, no la propiedad, de la naturaleza; (2) la regulación racional de los productores asociados sobre el metabolismo entre los seres humanos y la naturaleza, y (3) la satisfacción de las necesidades comunales, no sólo de las generaciones actuales, sino también de las futuras.


“Cal una revolució ecològica”

Hem parlat amb John Bellamy Foster, editor de Monthly Review i autor de La ecologia de Marx i The Ecological Revolution, sobre la necessitat de trencar amb el capitalisme per assegurar la sostenibilitat mediambiental i sobre les estratègies per aconseguir-ho. Entrevista realitzada per Aleix Bombilà.

Al teu llibre La Ecología de Marx argumentes que el marxisme té molt a oferir al moviment ecologista. Quin tipus de treball comú s’ha d’establir entre marxistes i ecologistes?

Crec que és important reconèixer que els marxistes i els ecologistes no són del tot diferents grups. Per descomptat, és cert que hi ha hagut rojos que han estat antiecologistes i verds que han estat antimarxistes. Però no és estrany que tots dos se superposin i que cada vegada hi convergeixin més. Molts socialistes són ecologistes i molts ecologistes són socialistes.

Un enfocament marxista crític, especialment en el nostre temps, requereix d’una cosmovisió ecològica, mentre que una ecologia humana crítica requereix una orientació anticapitalista i socialista en última instància (és a dir, marxista). Pel que fa al treball que els marxistes i els ecologistes poden compartir, jo diria que és la justícia social i la sostenibilitat ambiental: salvar la humanitat i salvar el planeta. No podem esperar per aconseguir una cosa sense l’altra, i tampoc no és possible fer-ho sota el sistema actual.

La lluita contra el canvi climàtic sembla una mica abstracta a primera vista. Com podem organitzar campanyes contra el canvi climàtic amb un impacte real? Qui ha de promoure-les?

El canvi climàtic i la crisi ecològica planetària en el seu conjunt, que és molt més gran, és l’amenaça més gran a la qual la humanitat s’ha hagut d’enfrontar mai. Ens enfrontem, si no canviem el rumb, a la desaparició de la Terra com a planeta habitable per a la majoria de les espècies vives d’avui.

Però, tal com dius, sembla quelcom abstracte. La gent no ho pot sentir, ja que no es reflecteix constantment en les condicions climàtiques a curt termini que experimenten en un dia o fins i tot una base estacional. A més, no és un problema que creix poc a poc i amb suavitat, sinó que s’accelerarà amb tota mena de punts d’inflexió i provocarà canvis irreversibles. Així que el marge de temps per a l’acció és molt curt, i requereix un cert grau de conscienciació sobre allò que està succeint.

Entre els científics hi ha ara una certa unanimitat sobre l’amenaça, encara que no en tots els detalls. Però, a causa del poder de la classe capitalista, que considera qualsevol acció destinada a evitar el problema com una amenaça als seus interessos immediats, l’opinió de la negació del canvi climàtic apareix constantment amplificada als mitjans corporatius. La gent comuna està, doncs, confusa i no sap què pensar-hi. A més, també els afecten altres problemes materials que semblen més immediats: l’estancament econòmic, la recessió extrema actual i els efectes destructius de la política neoliberal. Els treballadors estan veient com el seu nivell de vida econòmic va en declivi i estan preocupats pels seus llocs de treball, amb un nombre creixent d’aturats i en la pobresa. Per tant, és difícil concentrar-se en una cosa aparentment tan nebulosa com és el canvi climàtic.

Si estem buscant una revolta massiva des de baix en aquest àmbit, crec que aquesta emergirà en un primer moment no del centre, sinó de la perifèria del món capitalista. Hi ha tota mena de senyals que les bases materials de la lluita social s’estan transformant. Això ho demostren les guerres de l’aigua, els hidrocarburs i la coca a Bolívia, les quals van contribuir a l’arribada al poder d’un moviment polític socialista i indígena.

Quan es tracta de les contradiccions duals representades pels fracassos econòmics i ambientals del sistema, només els socialistes són capaços d’integrar eficaçment aquests dos problemes. Només els materialistes històrics poden incorporar plenament una teoria i una pràctica que reconeix que aquestes no són qüestions separades, sinó que tenen una base comuna en el mode de producció capitalista.

Però també cal una organització. Existeixen grans perills, com ara el creixement de l’ecofeixisme o les tàctiques dilatòries dels governants, que podrien significar “la ruïna conjunta de les classes enfrontades entre elles”.

Com podem promoure la justícia ambiental sense afectar la classe treballadora?

Als Estats Units, la injustícia ambiental és vista, comprensiblement, com a relacionada amb la qüestió de la raça, potser fins i tot més que no pas amb la qüestió de classe, ja que el seu major impacte es dóna sobre les persones i comunitats que són objectes de racisme ambiental. Els residus tòxics, com és ben sabut, són més comunament objecte de dúmping a les comunitats de color. Així doncs, de vegades et pots trobar amb la idea errònia que es tracta d’un problema de raça i no de classe.

Sovint hi ha implícita aquí la falsa noció que la classe obrera és blanca i, llavors, si es tracta d’un problema que afecta principalment els indis americans, negres, llatins, asiàtics, etc., vol dir que no és un problema de classe. Però, per descomptat, la classe treballadora als Estats Units està composta sobretot per les anomenades ‘minories racials’.

No té cap mena de sentit dir que la classe treballadora és blanca, com suposen alguns. La justícia ambiental és, doncs, una qüestió de raça i de classe (i també de gènere). Planteja qüestions que el moviment obrer contemporani, amb la seva limitada posició de ‘negociador’ i les divisions racials que sovint ha contribuït a perpetuar, no està molt ben equipat per plantar cara al problema. És un moviment socialista de la classe treballadora el que podria abordar la qüestió amb molta més facilitat.

Són els impostos sobre les indústries contaminants una solució?

Si et refereixes a una solució definitiva, la resposta és que no. L’única solució real és desfer-se del capitalisme i crear una societat igualitària i sostenible, a càrrec de productors associats. Però hem d’afrontar el fet que el problema del medi ambient, inclòs el canvi climàtic, s’està accelerant.

El marge de temps per actuar si volem evitar un deteriorament ambiental irreversible és increïblement curt, amb només una generació, més o menys, per posar en marxa un canvi de rumb dràstic. En aquestes circumstàncies, necessitem respostes radicals a curt termini i una revolució ecològica a llarg termini. Les primeres han d’ajudar a promoure les condicions per a la segona.

A curt termini, necessitem un impost sobre el carboni com el que va proposar James Hansen: un impost progressiu sobre els pous petroliers, mines, etc., amb un 100 per cent dels ingressos dirigits a la població, sobre una base mensual. L’objectiu, com diu Hansen, és assegurar-se que l’impost sobre el carboni s’imposi en la mesura del possible en el punt de producció i que recaigui sobre aquelles persones amb una petjada de carboni més gran (sobretot els rics). Per la seva banda, la majoria de la població sortiria guanyant amb la distribució de la recaptació del tribut, ja que la seva petjada és inferior al promig per habitant.

Ni el capital ni els governs controlats pel capital no tindrien el control d’aquests ingressos, els quals es derivarien directament a la població. L’aplicació d’això en el tipus de societat on vivim seria, per suposat, difícil. Però una vegada fos entesa alhora com una protecció de la Terra (pujant el preu del carboni) i una redistribució favorable als de baix, aquesta mesura guanyaria un gran suport popular.

El cert és que, mentre ens trobem a una societat capitalista, la via fonamental per al control d’un contaminant –i, malauradament, el diòxid de carboni s’ha convertit en això– serà l’augment del seu preu. Formes polítiques de regulació més directes han de ser utilitzades també, per descomptat. Per exemple, hem de prohibir la construcció de centrals de carbó mentre no disposem d’una tecnologia de segrest (i en l’actualitat hi ha tota mena d’obstacles per a la seva obtenció) i les centrals de carbó han de ser ràpidament eliminades. Per aconseguir això en l’escala necessària, però, fa falta una revolució ecològica general que afecti allò que produïm i consumim i la forma com la nostra societat està organitzada.

Hi ha alguna solució col·lectiva possible a la crisi ecològica dins d’aquest sistema (energies renovables, la millora del transport públic, el cessament de les grans infraestructures, etc.)?

Una vegada més, no existeix cap solució col·lectiva dins d’aquest sistema. Però podem promoure reformes col·lectives des de dins del sistema, la qual cosa va en contra de la seva lògica, i això jugarà un paper en la transició a un altre sistema controlat per la gent. La nova societat sorgirà de l’interior de l’antiga.

Si substituïm transport privat per públic, introduïm energies renovables i adoptem altres mesures col·lectives, tot això pot ajudar. Però aquestes mesures tendeixen a ser limitades, donat l’objectiu d’acumulació del sistema. La dependència dels recursos renovables, per exemple, és important. Però necessitem un sistema que les faci servir només a un nivell que permeti la seva renovació. El capital empeny més enllà de totes aquestes fronteres.

Amb una pressió constant des de baix es poden aconseguir algunes coses, sempre i quan no afectin substancialment la unitat d’acumulació del sistema. Però si està en risc l’acumulació, el capital s’hi torna, i és probable que les petites victòries s’hi inverteixin. L’única resposta –no simplement com una qüestió de justícia, sinó també de supervivència– és empènyer més enllà d’allò que el capital està disposat a acceptar, és a dir, promoure les necessitats humanes i col·lectives més enllà de l’anomenat ‘sistema de mercat’. En aquest cas estem parlant, si ho portem prou lluny com per marcar una diferència real, d’una revolució ecològica i social i de la transició cap a un altre tipus de societat.

Alguns moviments socials creuen que és possible viure al marge del capitalisme. Creus que això és possible, o només condueix a una atomització de l’oposició?

Al llarg de la història de la humanitat, enfrontats a sistemes repressius, els éssers humans han tornat a la terra, i cultiven els seus propis jardins, per dir-ho d’alguna manera. Això pot ser una forma de curació, reagrupament, etc. Molts d’aquells qui han anat en aquesta direcció general han estat pioners en formes alternatives d’agricultura, inclosa l’agricultura ecològica.

No hi ha dubte que aquest tipus de separació d’un mateix de la lògica principal del sistema i els seus efectes (un tipus de vida fora del sistema), constitueix una espècie de resistència passiva, i aquesta és una forma de resistència. No hem de subestimar el grau en què aquestes accions poden de vegades crear alternatives fonamentals per al desenvolupament d’una nova societat, dins dels intersticis diferents del sistema. Però la veritable lluita per crear una nova societat requereix, a més, la resistència activa i l’organització política: una revolta directa contra les relacions de producció existents.

Retirar-se completament en un sistema capitalista globalitzat és en gran part una il·lusió.

Els moviment pel decreixement promou iniciatives individuals i col·lectives en la recerca d’alternatives al capitalisme. Quina és la teva opinió al respecte? Com podem decréixer globalment en el sistema capitalista?

No hi podem. El capitalisme existeix en base a l’acumulació. Es tracta d’un sistema de créixer o morir i a una escala cada vegada més global. Quan el creixement econòmic, i en particular el creixement dels guanys, no es porta a terme, el sistema entra en una crisi, com en l’actualitat. Això es tradueix en un atur massiu.

Hi ha un munt de coses bones a dir sobre el ‘moviment pel decreixement’. No obstant això, es basa en el supòsit irreal que és possible un estat estacionari (és a dir, una economia de creixement zero), segons allò previst per John Stuart Mill el segle XIX, d’alguna manera en el context del sistema actual. Això és simplement un malentès pel que fa a la naturalesa del capitalisme. Com va escriure Joseph Schumpeter, el capitalisme sense creixement és una contradictio in adjecto.

Una reducció general de l’escala econòmica a nivell mundial, en particular en els països rics, podria anar acompanyada de progressos en el desenvolupament humà sostenible, la millora de les condicions reals de la humanitat en passar d’un individualisme possessiu al col·lectivisme. Però això requeriria una economia socialista perquè fos possible (no inevitable).

Si l’alternativa al capitalisme és una economia planificada democràticament, com hauria de funcionar per tal d’incloure les qüestions ambientals?

Crec que hem de recordar l’advertència de Marx a El Capital sobre “escriure receptes de cuina per a les botigues del futur.” Seria un error tractar d’escriure un pla real d’una societat socialista, entre ells un que incorporès les qüestions ambientals.

No obstant això, trobo que Paul Burkett va demostrar en un brillant article, Marx’s vision of sustainable human development (l’octubre del 2005 a la revista Monthly Review), que la noció de Marx del comunisme era la d’un desenvolupament humà sostenible. En efecte, únicament en aquests termes podem entendre com hauria de funcionar una societat de productors lliurement associats que regulen el seu metabolisme amb la natura.

Hugo Chávez ha definit la lluita pel socialisme al segle XXI en termes del “triangle elemental del socialisme”. D’acord amb aquesta concepció, derivada de Marx, el socialisme consisteix en: (1) la propietat social; (2) la producció social organitzada pels treballadors; i (3) la satisfacció de les necessitats comunals. En la meva opinió, també es pot parlar d’un “triangle elemental de l’ecologia”, derivat directament de Marx, que porta la lluita a un nivell més profund. Això pot ser definit com: (1) l’ús social, no la propietat, de la natura; (2) la regulació racional dels productors associats sobre el metabolisme entre els éssers humans i la natura; i (3) la satisfacció de les necessitats comunals, no només de les generacions actuals, sinó també de les futures.

http://www.enlucha.org/?q=hiedra
 
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Comentarios (3)

#1

19-06-2010 21:42

Muy buerna entrevista, todas las marxistas y ecoligstas del mundo deberian leer a este hombre!

Valoración: 1    |  Avisar provocación

#2

19-06-2010 23:20

efectivamente.  J. Bellamy Foster también tiene un excelente libro, "La ecología de Marx" publicado por Viejo Topo, que muestra claramente (aunque muchos lo desconozcan) que Marx tenia un profundo pensamiento ecológico

Valoración: 1    |  Avisar provocación

#3.- Subjetividad, sociedad y medioambiente

Molloy|20-06-2010 03:27

No creo para nada que el marxismo haya dejado de tener validez, pero ya no se trata de concebir los periodos como los anteriores, de hablar de la "patria del socialismo": no, no se trata de hacer funcionar una ideología unívoca, sino de crear una nueva referencia ecofísica que alcance a los dominios más variados. Tanto en cuanto a la vida cotidiana como a la reinvención de la democracia, en el deporte, en el urbanismo, en el arte, etc. A todas las escalas, individuales y colectivas. Tenemos que ir más en una corriente de producción de subjetividad en el sentido de una resingularización individual y/o colectiva, más que en una fabricación mass- mediática que angustia y desepera. Esto no significa olvidar objetivos unificadores como la lucha contra el hambre en el mundo, el freno de la desforestación o la proliferación de las industrias nucleares. Una ecsofía social, que desarrolle prácticas tendentes a reimaginar formas de ser en la familia, la pareja, en el contexto urbano, en el trabajo, etc. Una ecosofía mental, exigirá una reinvención de la relación del sujeto con el cuerpo, el fantasma, la finitud, la muerte...habrá que buscar antídotos contra la publicidad, los sondeos, los mass media, el conformismo, las modas, etc. Una ecosofía ético-política y estética, tendría que reemplazar a los antiguos compromisos religiosos, políticos y asociativos. Se trataría de poner freno a la grisalla y la pasividad dominantes, para así impulsar dinámicas de devenires revolucionarios.

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