A la altura de los 57 años, muchos comenzamos ya a mirar, de reojo, el retrovisor de la vida.
Por lo que a mí respecta, tengo mis razones para considerarla amortizada.
Una de ellas, sin duda, poderme sentir un átomo del más extraordinario movimiento de nuestra época, del movimiento comunista.
De ese gran colectivo humano, entregado, durante más de ciento cincuenta años a la causa de la clase obrera; el que conformó la columna vertebral de la lucha épica contra el nazi-fascismo; el alma en los combates por la democracia y por la liberación social y nacional de los pueblos.
Fue en octubre, o noviembre, de 1967, con Maximiliano Paiser cuando Agustín Millares Cantero, en la casa de su abuela, en Escaleritas, nos dio de beber la primera tasa del elixir marxista. Maxi Paiser lo pagó muy caro después.
A decir verdad, la dosis venía en envase familiar. Con 15 años, nos metió entre pecho y espalda el famoso discurso de Fidel Castro en la que se denominó 1ª Declaración de la Habana.
Allí comenzó una travesía, muy dura a veces, gratificante casi siempre; la camaradería era nuestro acorde cotidiano, acciones antifascistas frecuentes, discusiones extremas y vivas, desencuentros y nuevas comuniones.
Andadura que nunca termina, como no termina el movimiento, que es irrenunciable no por querencias místicas, sino por necesidad, por convicción y por vocación.
Naturalmente muchos nos precedieron, antes los admiraba, ahora a la admiración se une la perplejidad por lo que fueron capaces de hacer.
Desde luego los hubo traidores, de esos apenas se recuerda el nombre de alguno, cuesta incluso reconocerlos, se han borrado hasta sus rasgos físicos, como se esfuman los oasis de los espejismos.
Hemos tenido el privilegio de convivir con quienes representaban la conciencia, la inteligencia y el honor de dos o tres generaciones. Con el mejor de todos, con Jose Satue, con Fernando Sagaseta, con Germán Pírez que se mantuvo en los tiempos mas siniestros y reorganizaba el partido cuando los ejércitos nazis sembraban el luto y el terror por toda Europa, cercaban Leningrado y asediaban Moscu; con aquella pieza granítica del engranaje, Félix Parra. Siempre quedaba Félix por si se ofrecía poner las manos en el fuego. Con Agustín Millares Sall palo mayor de aquel sobresaliente grupo de escritores, poetas y artistas que nos abrigaban y nos dieron la hegemonía cultural, durante décadas. Con el propio Agustin Millares Cantero, el más indiscutible dirigente que tuvieron los estudiantes comunistas. Con Arturo Borjes, de Tenerife, entre soledades. Y con muchos otros, hombres y mujeres, que seguro que excusan que los cite. Algunos hasta me lo agradecerán.
La existencia con gentes de aquellos mimbres, moldeó nuestra conciencia y nos ayudo a aguantar el tirón cuando vino el derrumbe. Con el derrumbe, en palabras de Benedetti, la esperanza cabía en un dedal y la noche se espesó, y solo se veían sombras, como caballos, como elefantes, como monstruos en forma de hombres.
A finales de la década de los ochenta y comienzo de los noventa, el movimiento comunista sufrió un golpe demoledor, los centinelas le abrieron las puertas a los sitiadores para participar del saqueo. Se hundió el llamado socialismo real.
Como no podía ser de otra manera, la clase obrera encajó el golpe, dejó de sentirse clase principal para asumir el papel de clase subalterna, sin proyecto propio de sociedad frente al capitalismo.
Fue, en términos estratégicos, el peor episodio histórico, para la clase para sí desde que Marx y Engels redactaron el Manifiesto Comunista hace más de ciento cincuenta años.
Sin examinar lo que pasó, de poco sirve mirar para atrás y narcotizarnos con el vapor de las virtudes. Es verdad que no puede negársele a muchos el honroso derecho de repetir con aquel poeta y revolucionario alemán, Hutten, yo al menos lo he intentado. Tienen el derecho a decirlo y a que se les reconozca, pero ahí termina todo, en una especie de laureado epitafio.
Es tiempo, a mi juicio, de observar de cerca aquellas miserias que transformaron la grandeza en tragedia.
En la historia, como en la naturaleza, decía Marx, la podredumbre es el laboratorio de la vida.
El ensayo, por así llamarle, que he escrito, dirige el foco, con mayor o menor fortuna, a una de las gangrenas, la decisiva diría, desde el punto de vista que comparto, que desvela el misterio de aquella derrota histórica.
Eludir el reconocimiento de los errores, encubrirlos tras las grandezas, volver la vista para otro lado, creer que todo sucedió a pesar de los comunistas, por factores externos, insuperables... conducirá, inexorablemente, como en algunos ámbitos ya sucede, a que todo se repita, pero, esta vez, cruzando ya la fina frontera que, a menudo, separa lo trágico de lo cómico y de lo grotesco.
Naturalmente, ni que decir tengo, que un presupuesto de este texto es el rechazo a la charlatanería sobre la superioridad del sistema capitalista. Cuando caen chuzos de punta, dedicarle a esto mayor consideración, resulta una banalidad. Nunca fue así. ¿Superioridad de un sistema que por su naturaleza intrínseca, para reproducirse, tiene que someter a la humanidad a los espantos de la guerra, y en secuencias cortas?; ¿superioridad de un sistema que para expandirse y hasta para sostenerse necesita convertir todo en mercancía sujeta al lucro capitalista poniendo en peligro la propia existencia del planeta?; ¿superioridad de un sistema que necesita, como necesitamos el aire que respiramos trece veces por minuto, explotar sin piedad el trabajo ajeno y condenar a la extrema miseria a naciones y continentes enteros, negándole a centenares de millones de seres humanos, desde que nacen, la propia aventura de la vida?; ¿superioridad de un sistema que en palabras de Marx ha sido grabado en los anales de la humanidad con trazos de sangre y fuego?
No es una mezquina frivolidad intelectual la que anima este trabajo. Ni tampoco he pretendido realizar una suerte de ensayo histórico, sencillamente porque no sabría hacerlo. Lo que realmente me he propuesto, empujado por imparables impulsos militantes, es observar de cerca ese laboratorio de la vida para extraer conclusiones, someterlas a la mejor ciencia de camaradas y amigos, y así actuar, con el punto de mira corregido, en el presente y en el futuro.
Decía Víctor Hugo que no hay en la tierra fuerza mayor que la de la idea cuando le llega su momento. Estamos en momentos de reconstrucciones y nada se podrá edificar sin al menos tener indicios de porque se derrumbó aquel mundo sobre nuestras cabezas.
Tengo ahora la absoluta convicción que la principal amenaza interna, que no la única que acecha a la alternativa de clase al sistema capitalista, al socialismo, por la propia naturaleza del sistema -economía planificada con fuerte componente del impulso político-administrativo- es la deformación burocrática. Y es más, que, a ciencia cierta, esa deformación, o se combate con la intervención y fiscalización social, o sigue un curso necesario de gestación de castas que, a determinado nivel de acumulación de privilegios en el consumo, demandan la propiedad y con ello la restauración de la sociedad de clases.
Y lo que es tan grave, intoxicados por la deformación burocrática de la teoría del partido leninista, y de su relación con el estado y con las masas, los propios instrumentos de combate clasista, partidos y sindicatos, terminaron contaminados reproduciendo el tumor ya en metástasis, en todas las escalas.
No hay que ir al laboratorio de la experiencia de la URSS, para contrastar esta realidad, lo tenemos en la vecindad, la podemos tocar con la punta de los dedos ¿acaso no ha sido esa la trayectoria casi unánime de aquella franja engangrenada de comunistas canarios que segregándose de la clase y de los propios objetivos socialistas se agruparon en Coalición Canaria, para abrirse paso, a codazos, en el seno clase dominante?
Señalaré, por último, que tampoco he redactado esas páginas para tratar de explicarme y compartir la opinión sobre lo que pasó, sino que, como advertía Martín Fierro
Diremos por si acaso,
Para que nos entiendan los criollos,
Que todavía nos quedan rollos
Por si se ofrece echar un lazo
Y es que necesitamos de todo esto, como las plantas del sol, para avanzar en el proceso de reconstrucción del único instrumento que ha creado la historia para la liberación de la clase, el partido comunista.
 
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