No deja de resultar sintomático que la  primera  y hasta ahora única  película  en la que Trotsky represente el primer protagonista de la trama tenga como título El asesinato de Trotsky (The Assassination of Trotsky  (Gran Bretaña, Francia, Italia, 1972). Su evocación pareció posible en medio del auge del cine comprometido abierto por el mayo del 68, apareció esta prometedora producción que, sí bien contribuyó a popularizar la historia,  fue vista con indiferencia e incluso hostilidad (algún critico estricto habló “literariamente”  de  un "segundo  asesinato"). Esto no impidió que en ciertas circunstancias, permitiera otras lecturas como la reseñada en la época en por el corresponsal del diario francés Le Monde en Bangkok, que contaba que los militares que la había permitido pensando que reforzaría la propaganda anticomunista, la retiraron del cartel cuando comenzó a percatarse de que su público estaba compuesto primordialmente por estudiantes…
Basada en un ambicioso guión del escritor británico Nicholas Mosley, y producida por Joseph Shaftel y  Norman Priggen,  con fotografía de Pascuale de Santís, con un reputado cineastas  detrás de la cámara: Joseph Losey (que también colaboró en el guión),  un "black-liste" muy ligado al Brecht del exilio. Losey era uno de los pocos directores que declaraban abiertamente marxista, una óptica desde la que había realizado una serie de películas que  habían entusiasmado a  la izquierda crítica como The  Servant  o  Accident.  El enfoque primordial de El asesinato... pasa por establecer una relación dialéctica entre la víctima y el verdugo rehuyendo la lectura política.  Está claro que a Losey  no le interesaba mucho Trotsky, y de hecho rehuye los pormenores de la trama de fondo; la KGB no se explica, Stalin no aparece.   
De ahí que a pesar de  que en  el  momento en que  se  rueda la  película,  los  datos básicos  están ya  más  que  contrastados,  la  historia resulta difuminada: Ramón Mercader desaparece en aras de un incierto Frank Jacson. También  desaparece  Siqueiros.  Silvia Argeloff no se prestó a dar su nombre (nunca más quiso volver a hablar del asunto como resulta patente en Asaltar los cielos), de manera que aquí pasa a llamarse  Gital Samuels, encarnada por una inadecuada Romy Schneider. El cerco infernal de la GPU no pasa de algunas  citas misteriosas. Parece como sí a  Losey le molestara profundizar y buscara la abstracción. Esto que podría haber sido una posibilidad tendría que haberse sustentado sobre la solidez de los personajes, pero éste no es el caso: en mi opinión, Richard  Burton raramente estuvo  peor.  Su Trotsky se  parece  más a la  figura  pomposa de un  museo de cera que al auténtico que fue capaz de seducir de suscitar el “complejo de Cordelia” en un personaje tan irreverente  y tan crítico como André Bretón.
Éste Trotsky de Losey no es reconocible en el que describen sus biógrafos. Ni tan siquiera alcanza la densidad dramática y la capacidad ofrecer un panorama viviente como hará por fechas muy próximas Peter Weiss en su Trotsky en el exilio que Alfonso Sastre tradujo al castellano. Es un anciano concentrado que cuida sus cactus y que dicta unos discursos que hasta al espectador más advertido le suenan a extraños., Por otro lado, Losey mira hacia otro lado con relación a los datos que conectan el asesinato con las maniobras criminales de Stalin, todavía parece postrado ante la idea de que esto podía contribuir a debilitar un régimen que, aunque imperfecto, todavía era la principal oposición a los poderosos del mundo. La única excepción en este cuadro trivial izado y desenfocado la constituye el reparto que hace la magnífica veterana, Valentina Cortese,  quizás porque ella aparece más ligada a la cotidianidad y vive atenta a los mínimos detalle mientras que la política de fondo queda difuminada. Los demás personajes parecen monigotes, y la conexión española no aparece por ningún lado...
El tema tomó un cariz diferente en los años noventa. Por ejemplo, TVE produjo un documental de una hora titulado Ramón Mercader: Crimen y castigo, coincidiendo con el 50 aniversario del luctuoso hecho (1990), bajo la dirección de Lisandro García. Sobre su enfoque explicaron los autores como sigue: "Había que optar por una vía ante el cúmulo de material y decidimos optar por la vía de la decepción de este hombre (…) que refleja totalmente la historia, es lo más alejado y ajeno a un matón a sueldo; fue un hombre que jamás habló del tema, guardó silencio eternamente y, cuando estaba probada su identidad, nunca la aceptó".  En el mismo Teresa Pámies cree ver en Mercader "cierta grandeza", ya que en definitiva se trata de la historia de un joven comunista, un idealista, que se ve atrapado en una trama que le supera, y en la que los responsables se garantizan su fidelidad con algún chantaje, que él mismo insinuó cuando lo atraparon. Este enfoque, será también el escogido por un largometraje que dará mucho que hablar seis años después, cuando en plena descomposición del estalinismo se impone una moda denigratoria en la que se confunden víctimas y verdugos, revolucionarios y burócratas, idealistas y corruptos, mientras que se pasa la esponja sobre todos los desastres provocados por el imperialismo y el capitalismo…
En la misma onda hay que situar Asaltar los cielos  (España,  1996), es como el reverso de la medalla de la de Losey…Realizada por, Javier Rioyo y  José Luis López Linares, dos antiguos militantes de la LCR española profesionalmente reciclados con la "Transición",  contribuirían poderosamente con este trabajo a la reconsideración del documental como un género cinematográfico de primera, la película se paseó por festivales de todo el mundo animando los más enconados debates.  Aquí no existe problema  en llegar hasta los últimos datos. No existe la menor duda de que Ramón Mercader fue el asesino,  la punta de iceberg de una trama criminal que llevaba directamente hasta Stalin, algo que todo el mundo supo desde el primer momento, pero que requirió de años para poder ser fehacientemente demostrado. Los autores no ocultan la fascinación ejercida por algunos personajes, en particular por la controvertida Caridad Mercader, una inquieta joven señora burguesa que acabó siendo ingresada en un psiquiátrico por su familia, y que tras romper con esta militó en el anarquismo catalán bajo la dictadura de Primo de Rivera, para pasar luego al PCF y al PCE. Se detalla su evolución, como llegó a ser considerada como "La Pasionaria" catalana hasta que, tras un oscuro período de agente de la siniestra KGB, acabó sus días como una laboriosa y anciana secretaria de la embajada cubana en París, muy de vueltas de pasadas turbulencias...
La conclusión de Rioyo-Linares es la opuesta a la de Losey, aquí no se trata de ocultar los vínculos con el "comunismo", sino todo lo contrario. Trata de demostrar que los sueños de la revolución pueden producir monstruos.
Concebido  como  un "thriller" documental,  la cámara sintetiza un ingente material de archivo y hace hablar a toda clase de testigos -desde los más fehacientes hasta los más paradójicos-, todo se orienta hacia la búsqueda, primero del porqué, y luego del como y cuando actuaron tanto el asesino como su equipo; y en el fondo, Trotsky, Natalia y los amigos, vistos más como víctimas que como representación de una opción alternativa opuesta a Stalin y a todo lo que éste representa. Ampliamente elogiada por  la  critica,  la  película  es el resultado de  un arduo trabajo  de síntesis en el que se combina el  periodismo  de  investigación  con el    dominio de las imágenes documentales, nos abruma con la suma de personajes e historias  llenas de vida, pero sin perder el hilo de las pesquisas, en el fondo, la URSS de la época estaliniana, la España republicana.  Con  ellos,  la película hila  incluso un cierto tono  de comedia  de humor negro,  más que evidentes en las  declaraciones de la Saratísima, declarando  que "no sabia  que  Ramón  Mercader  era  un asesino,      bueno sí,  había matado a Trotsky"  o el "Burrero" que estimaba a    Ramón como  una  buena  persona,  "no  era  como  algunos  de los    "psicópatas"  que  pululaban por la  prisión,  o con  la anécdota  catalana que explica Pere  Pagès  (Víctor  Alba),  según  el cual  Mercader les  respondió con un muy catalán "Vastem a la  merda!",  cuando  le    pregunta sobre su identidad en dicha lengua.    Asaltar...  no rehuye la verdad  histórica, por el contrario tratar  de  profundizarla en todos sus aspectos, aunque no tanto en el político, a los autores ya les interesa muy poco los debates sobre la naturaleza del estalinismo, ya es mero árbol caído.   
La  trama está orientada a desvelar ante todo como Ramón y Caridad Mercader acabaron siendo, al final, juguetes  del Estado criminal de Stalin, cuyo entramado sociopolítico queda  revelado duramente a través de los "niños españoles" que acabaron  siendo  ciudadanos  soviéticos.  La  revolución  desaparece  para  favorecer la  descripción  del  horror  cotidiano,  del  no poder  fiarte  de  nadie,  de  carecer de    derechos frente  a un Estado  omnipotente.  Un  ejemplo de  como  se  entiende  este enfoque lo  encontramos sin más en  el  titulo  que atribuyen a    una cita de  Marx según la cual  "un miembro convencido  del Partido Comunista  debía de  estar dispuesto a cualquier  sacrificio,  a  asaltar el  cielo o a bajar a los infiernos"  (López-Linares)  que desconozco. El "asalto a los cielos"  de Marx (y de Bakunin) que  yo sepa se  refería a los  comuneros  de  1871,  que se habían atrevido a dar el paso en implantar un gobierno a la medida del pueblo. En    todo    caso,    habría  que  contextualizar, porque la interpretación primordial que se ha desprendido de los "medias" --en pleno festival del “fin del comunismo"- ha sido en un sentido parecido al de una frase de Pascal, cuando el hombre quiere ser Dios se convierte en un diablo.
Es evidente que, aunque en esta trama criminal exista una referencia "marxista" o "socialista", su imbricación con este referente no es mayor que la que el general Mola  pudo tener con Cristo o de los Bush o Nixon con la democracia; las motivaciones del equipo en que tomaron parte los Mercader podían haber conectado en otra fase de su vida con un ideal, pero para tomar parte en algo así se tuvieron que deshumanizar plenamente. El bloqueo moral de Ramón Mercader queda patente en su trato con una “trotskista” concreta, Silvia Argeloff, su amante, era una muchacha noble e idealista que necesitaba que alguien la quisiera; y  que fue una víctima en el más pleno sentido de la palabra.  Pero  estas cosas --en plena moda  denigratoria--  ya no  llaman la  atención por más que no tengan nada que ver con la humanidad indignada de Marx  que,  desde luego,  no se inventó los males del  capitalismo, como se ha llegado a afirmar, y no solamente en prensa más conservadora. Tampoco  Caridad  Mercader  huía  de  ninguna    normalidad  "democrática" sino  de  un  ambiente  hipócrita  y  opresivo que trató de ingresarla en un psiquiátrico por comportamiento heterodoxo. Por otro lado, Stalin comenzó a actuar como un auténtico genocida después de tomar nota con admiración de cómo Hitler se había desembarazado de su “izquierda” e n la famosa “noche de los cuchillos largos”.
De acuerdo con el espíritu conservador de la época, el enfoque sobre Mercader favorece una idea de los comunistas como fanáticos que,  como declara el “arrepentido" Ricardo Muñoz Suay (que acabaría justificando la "contra" nicaragüense),  habrían sido capaces  de cualquier cosa para asesinar a Trotsky. Este enfoque desdibuja otros que pueden ampliar e incluso modificar esta unilateralidad, por ejemplo,  el Komintern tuvo que apartar a algunos líderes del Partido Comunista mexicano que se negaron a tomar parte en el entramado, algo que la película ni siquiera sugiere. La perspectiva que se ofrece es la del adiós a la revolución. De  haber  podido,  Ramón Mercader  habría acabado sus  días como un    burgués  jubilado  disfrutando de  las playas  de  Sant  Feliu de Guixols. Una imagen muy propia del "Estado del Bienestar", una realidad que, por cierto, no se puede explicar sin el miedo que la revolución --el comunismo--provocó en unas clases dirigentes que siempre tuvieron sus sicarios en los aparatos del Estado  para realizar menesteres semejantes cuando la ocasión lo requería.   
Asaltar los cielos es, empero, susceptible de otras interpretaciones, y entre sus virtudes --aparte de reanimar el género--se cuenta la de haber alimentado las discusiones. Sui pase por festivales dio paso a toda clase de polémicas, y es un film que parece pensado para un cine-forum en el que la imagen del comunista que justificaba lo que venía de la URSS ya sería una figura patética.  Delante de ella caben políticamente muchas matizaciones,  pero a mi juicio existen dos fundamentales. En su día el tribunalismo oficialista no desaprovechó la ocasión del estreno de la película, entre ellos los intelectuales orgánicos PRISA como Javier Pradera quien instrumentalizó el historial del estalinismo para lanzarlo contra el PCE actual y contra Julio Anguita, al menos mucho más crítico con el PSOE que Santiago Carrillo, éste sin implicado en siniestras historias estalinianas.  El antiguo estalinista Javier Pradera por ejemplo  escribe  (El  País,  18-XII-96) sobre la película evoca sin rubor "aquella  formidable  trilogía  de    Deutscher",  para dictaminar una vez más que más  allá  del PSOE  no hay esperanza. Para Pradera el único "proceso degenerativo" es  el de la Tercera Internacional,  como sí no hubiese otras imposturas, ni otros horrores.
Otra  posición  la  sintetizó uno  de  los diversos Vázquez Montalbán  conocidos quien,  en una de sus notas (Memoria,  aparecida en la  ultima  página de “El País”) relaciona la película  con las    memorias  de la compañera de Arthur London, el autor de La confesión,    Elisa  Ricol,  Roja primavera: "La película la catalogó como pieza necesaria para la expiación  definitiva de  la  memoria  estalinista española,  una  espléndida contribución  catártica a la  asunción de nuestra  responsabilidad  con respecto  a uno de los crímenes  ejemplares dentro de  una posible revisión  de la Historia Universal de la Infamia, el de Trotsky y el de Nin  (...)  Y junto (...)  este libro de la viuda de London refleja la  capacidad  de  ilusión,  autoengaño,  esperanza  histórica  de la militancia comunista que ha escrito las m  s hermosas  y horribles  páginas éticas de este   siglo,      en una constante, fatal tensión  dialéctica  entre humanismo y terror". Montalbán cita justamente  a  Paco Fernández Buey  para  señalar "que  han  desaparecido las  condiciones que  comportaron  el  desencuentro  entre    anarquistas,  socialistas,    comunistas  terceristas,  trotskistas...". 
Un reencuentro que tiene una vigencia incuestionable, entre otras cosas gracias al movimiento altermundialista...Pero esta es ya otra historia. 
Una cierta imagen de Trotsky también ocupa su lugar en una experiencia insólita en el cine español es Un perro llamado Dolor (2001) dibujada y animada por el popular cantautor Luis Eduardo Aute. Contiene una enrevesada y controvertida visión del asesinato de un Trotsky dibujado con unos trazos muy próximos al de las caricaturas que subrayan su perfil judío. Más conocido como cantautor, Aute dedicó cinco años de su vida a dibujar toda las “tiras”.  Según se cuenta, una galería de arte le pidió unos cuadros con referencia a Goya para una exposición colectiva que conmemorara el aniversario de su nacimiento y ya no pudo parar. Fueron más de 4.000 dibujos a lápiz tratados con la más innovadora tecnología digital para imagen en 2D y 3D. Se trata de siete historias alrededor de la relación entre el artista y su modelo, con un hilo conductor, el perro. El autor reinterpreta las relaciones de artistas como Picasso, Goya, Sorolla, Frida Kahlo-Diego Rivera, amén de Dalí con sus modelos y su entorno. Una reflexión sobre el arte, con humor y bastante sexo. Las canciones son del propio director, y de Silvio Rodríguez, Suso Sáiz y Moraíto Chico. El experimento se puede considerar como un “plato fuerte” exclusivo para los amantes de los trabajos arriesgados y partidarios de la animación alejada de los esquemas Disney, y de cualquier otra escuela de dibujos animados por ordenador. Todo para contar siete historias de pintores y su relación con sus modelos; un perro como hilo conductor y un titulo enigmático: Nietzsche llamaba perros a sus dolores y la pintora mexicana Frida Kahlo, que pretendía que sus males fueran como perros, sumisos y obedientes, llamó al suyo, un xoloitzcuintle, Dolor.
Otro capítulo sería el de los documentales, y aquí entrarían al menos las dos entregas realizadas por Patrick Le Gall, 1. Revoluciones, 2. Exilios (Francia, 1988), que fueran emitidos en el programa “La Noche Temática” de TV2, así como el  Adolfo García-Videla: Trotsky y México. Dos revoluciones del siglo XX (México, 2005), coprodución entre la TV UNAM y el Museo Casa de León Trotsky…Dos trabajos apasionante y claro está, perfectamente discutibles, pero totalmente apropiados para animar toda clase de cine-forums.
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