Como personaje histórico, Trotsky cuenta con una cierta filmografía, sobre todo sí lo consideramos en sentido amplio. En ella sin duda, Octubre es el título más importante, aunque como es sabido fue casi totalmente borrado en la sala de montajes.         
Aunque podíamos comenzar con una lejana anécdota según la cual Trotsky trabajó como extra en Hollywood, de la que el autor de estas líneas recuerda un artículo aparecido en La Vanguardia allá por la mitad de los años sesenta, justo cuando el personaje “ya me sonaba”, y la prueba era el fotograma de una vieja película en la que aparecía un personaje que, ciertamente parecía su doble, lo cual no hacía menos disparatada la anécdota ya que cuando Trotsky pasó por los Estados Unidos –después de dejar España-  ya era conocido como uno de los portavoces de la conferencia de  Zimmervald, y por lo tanto fue catalogado como un peligroso agitador  -como en España-, y no tuvo la oportunidad de ejercer como actor.  Precisamente, en una película –Manhattan Melodrama- que ofrece un detalle sobre este pasaje, culpa a Trotsky de causar un alboroto en el que muere el padre del chico –Mickey Rooney que dice “!maldito Trotsky¡”-, muerte que será el punto de partida para luego se convirtiera –ya con el rostro de Clark Gable- en un “enemigo público”, que es como se tituló aquí…
Por lo tanto en el pequeño punto de la conexión de Trotsky con el cine soviético. Ya en 1923 nos encontramos con este punte suyo: "El hecho de  que hasta ahora no hayamos  intervenido en el    cine  demuestra lo despistados e incultos que hemos sido, por no decir completamente estúpidos. El cine es un instrumento que se  impone  por sí mismo,  es el mejor    instrumento de propaganda".  Esta cita es utilizada por el historiador --de 1917 y del cine-- Marc Ferro como    representativa    de  las    concepciones utilitaristas  dominantes    entre  los    bolcheviques  más ilustrados  como Lenin y  Lunatcharsky, aunque cabe suponer que en este terreno no serían más “estrechas” que las que el propio Trotsky desarrollaría sobre la literatura.   Ferro insiste en el mismo punto, para Trotsky "El cine debe  servir  de  contrapeso  a los    atractivos del alcohol y la  religión  (...)  la sala  de cine de reemplazar a la  taberna y la  iglesia,  ser un  refuerzo para la    educación de las masas", un punto de vista coherente con un ideal que no escondía ninguna hipocresía. En  su artículo,  URSS: el  cineasta en el castillo, Ferro añade: "La reacción combinada de Zhdanov-Stalin se  ha presentado como  antitrotskista porque  Trotsky  tenia veleidades  vanguardistas  en  literatura  y arte,      pero  no  es  más que un  error de  apreciación  motivado  por la    costumbre de dejar que sean los políticos quienes interpreten los    fenómenos históricos" (1).
Sin embargo, todo indica que Trotsky no trató de "sentar cátedra". No le  dedicó  al  cine  ningún  tiempo ni  reflexión  especial,  entre  otras cosas  porque  cuando  el cine  soviético  empezó  a  despegar, él ya  tenia  un  pie  en  el exilio que no fue, exceptuando  las mencionadas veladas  organizadas por el actor judío de procedencia rumana Edward G.  Robinson, una circunstancia  singularmente propicia, recuerdo de los mejores días en Coyoacán (2).   Por lo demás, no debía de ser un espectador muy exigente, ya que en sus recuerdos Jacqueline Lamba, la compañera de Breton describe a Trotsky disfrutando como una criatura viendo una película de vaqueros.  Las citas  empleadas por Ferro forman  parte,  justamente,  de  unas  "notas cotidianas"  que apuntan en una dirección opuesta  a  la de Stalin  en  1923:  mientras,  éste  ya  comienza  a  teorizar  la    institucionalización, el predominio total de los funcionarios sobre la acción colectiva, y al  Estado como único garante.  Por el contrario, Trotsky  analiza  con  tristeza  y  pesimismo  el  enorme  atraso  cultural de una clase obrera que en aquel entonces se encontraba tremendamente atrasada incluso en los casos de militantes reconocidos que eran unos impresentables con sus compañeras, recordemos la campaña que la incipiente burocracia desarrolló contra el “geordandismo” de la Kollontaï. En su concepción, el cine, como el arte y la literatura, podía rendir un servicio inapreciable. Sin embargo, esta convicción “instrumental”, no está reñida con el entusiasmo en la creatividad artística, antes el contrario, quiere hacer dicha creatividad extensible a las masas.
La concepción de Trotsky no es meramente "instrumental", no defiende un arte al servicio del  Estado como principio y fin, sino como un medio abierto ligado a una necesaria revolución cultural. Desde este punto de vista,  sus notas no son muy  distintas de las  escritas por el  último Lenin, aunque también es cierto que tanto uno como el otro tendieron a subrayar el papel del "Estado obrero" como el medio por excelencia para sacar la revolución de los terribles peligros que la amenazaban.    Por otro lado,  sus ideas culturales de 1923 corresponden al    ala más abierta y avanzada del bolchevismo,  y tiene su correlato  en  la  revolución  cultural  de  la  década cuyo carácter "libertario" todavía asombra, aunque se desarrolla con un proceso de burocratización que acabará haciéndolo imposible. Después de escribir La revolución traicionada, la evolución de Trotsky sobre este punto quedó claramente expresada en su  encuentro con Breton, y fue el propio Trotsky  el  que,  frente  al  líder  surrealista,  impuso el    criterio  que la  libertad  en  el  arte se justificaba  incluso…contra la revolución proletaria.  Donde Ferro quiere ver una “veleidad”, se descubre una concepción opuesta del mundo y de la cultura a la que se está imponiendo desde la contrarrevolución burocrática, una concepción mucho más abierta que se plasmará en el proyecto de la FIARI (Federación de intelectuales y Artistas Revolucionarios e Independientes), y lo será mucho más por la influencia de Trotsky que por la del propio Breton (3).
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