Los hechos que están aconteciendo en el mundo en estos comienzos del siglo XXI y que inciden cada vez con mayor intensidad en la vida cotidiana del conjunto de los ciudadanos, en cualquier rincón de la Tierra, nos obliga a recapitular sobre muchas cuestiones y conceptos que durante largo tiempo han sido los dominantes en el común pensamiento y comportamiento de la sociedad. La actual crisis económica global y el criminal uso de la fuerza contra la población de Gaza se suman a otros hechos de gravedad anteriormente nunca vista. La crisis del capitalismo, las hambruras, la crisis del trabajo asalariado, de la civilización, de las ideologías, de la democracia, de la moral… forma parte, de manera habitual, de los análisis tanto de los que se dedican a estudiar los procesos sociales, de los analistas económicos o de los gestores del poder como de las conversaciones cotidianas entre los ciudadanos. Se apercibe con fuerza que estamos en un periodo de cambios profundos pero nadie acierta a saber en que dirección se producirán.
  Contrariamente a lo que sucedió en otros momentos históricos en donde, cuando se empezaron a dar los primeros síntomas anunciadores de la necesidad y posibilidad  de grandes cambios sociales, surgieron nuevas fuerzas y nuevos pensamientos que señalaban tanto la dirección como el contenido de las nuevas relaciones sociales que se gestaban en el seno de la vieja sociedad en decadencia, hoy parece que esto no sucede con la misma claridad. La superación de la sociedad del Capital está muy alejada del quehacer teórico de cualquier analista que intenta adentrarse en el futuro. Ni tan solo se alcanza a comprender que ésta haya alcanzado sus límites. Aunque las muestras del resquebrajamiento de la sociedad capitalista son evidentes y realmente catastróficas para el conjunto de la Humanidad e incluso para los ciudadanos que viven en las sociedades más desarrolladas, nada ni nadie presagia qué y cómo puede sustituirla. Su “refundación” parece ser el único lei motiv tanto de los estamentos del poder como de los sectores progresistas que se  ofrecen como futuros mejores gestores de la sociedad en crisis.
  Nadie sabe que puede sustituir al dinero como mercancía universal aunque millones y millones de papel-moneda full inoperantes inunden los mercados. Nadie sabe como se puede sustituir al trabajo asalariado, escaso, devaluado y arrinconado en el baúl de los desechos por una nueva revolución tecnológica imparable. Nadie sabe como revitalizar a la democracia parlamentarista cuando los sectores financiero-militares son los que se consolidan  como los poderes fácticos globales que dirigen en secretismo la economía mundial. Nadie sabe en qué quedarán los viejos estados-nación que erigieron las burguesías de los siglos pasados, ni la sociedad de naciones, ni las antiguas organizaciones internacionales… No hay la más mínima perspectiva de una nueva “Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano” como aquel del 26 de agosto de 1789 que tras la toma de la Bastilla sustituyó al antiguo régimen. No hay más Rousseau o Voltaire. El “fin de las ideologías”, el “fin de la historia” están en el pensamiento de la mayoría de los intelectuales actuales. Otras viejas ideologías del pasado, incapaces aún de comprender el fracaso de los movimientos políticos que debían redimir a los trabajadores, siguen clamando en el desierto. Sus “herederos” tergiversaron, falsearon, olvidaron, no comprendieron… el enorme contenido revolucionario y humanista de numerosísimos librepensadores que intentaron indagar un mundo sin depredación, deviniendo simplemente en párasitos copistas de consignas y llamamientos a una revolución sin más contenido que la toma del poder político. La mas “radical” de la izquierda sigue estando por la toma por la fuerza del Palacio de Invierno sin aportar ninguna otra solución que sustituya a un sistema basado en la explotación del trabajo asalariado y del intercambio mercantil.   
  Pero, si bien toda esta vicisitud es cierta en el terreno del pensamiento, en el terreno de la realidad material, los procesos de cambio social son constatables cada día. El conocimiento científico ha irrumpido de lleno en el quehacer de la sociedad. El mundo que esta revolución científica nos ofrece para el futuro contrasta paradójicamente con la parálisis y el colapso social que parece adueñarse en nuestras sociedades. Mientras la Ciencia nos pone al alcance enormes soluciones, los poderes económicos y políticos nos ahondan en una profunda crisis sin salida. Mientras en el acontecer diario miles son las nuestras de la enorme capacidad de la sociedad constructora, miles también son las muestras de la incapacidad de poderlas realizar en el seno de la sociedad del dinero y del intercambio mercantil. Mientras la nueva sociedad que germina crea nuevas herramientas y métodos que facilitan la socialización, la vieja sociedad agudiza las políticas privatizadoras del saber, las patentes, los royaltis, la propiedad intelectual e industrial y el secretismo. Nunca como ahora, la separación entre  la sociedad constructora y los poderes políticos y financieros ha sido tan abismal.
  Todo esto pone en primer plano la batalla que deben librar dos mundos totalmente antagónicos. En realidad vuelve a dirimirse una nueva inevitable confrontación cuyo desenlace va a depender de la fuerza de cada uno de los sectores en litigio.
  La fuerza y la razón
  En ningún periodo histórico los conflictos fueron entre la razón y la fuerza. Los cambios en uno y otro sentido, no pueden analizarse bajo la óptica de victorias morales, sino como el resultado de una confrontación entre fuerzas sociales opuestas. Tras los actos de fuerza, se pudieron imponer a posteriori las normas (el orden social) justificadoras y legalizadoras de la dominación. En este sentido, “la razón” siempre estuvo a posteriori ajustada al bando de los vencedores. Los perdedores siempre carecieron de razón. En todo el periodo depredador de nuestra Historia, por tanto, el monopolio de la fuerza, las nuevas tecnologías de la destrucción, la preparación y el fortalecimiento de los ejércitos, las nuevas estrategias militares de aniquilación de los contrarios… fue el único sinónimo de victoria y por tanto de poder. Fuerza y poder fueron inseparables.
  La fuerza vital de la sociedad humana, la que la impulsa a la creación de vínculos constructivos para solucionar los problemas de su supervivencia y bienestar (la fuerza vital del trabajo social creador) siempre resultó perdedora frente a la otra fuerza conquistadora, parasitaria y destructiva de los sectores depredadores. La Humanidad que ha conseguido siempre grandes conquistas en su quehacer transformador a lo largo de su largo caminar, ha visto siempre desbaratados sus avances. Nunca pudo realmente desertar de la guerra, deshacerse de las grandes imposiciones ideológicas o religiosas que la esclavizaron al jefe tribal, al señor feudal, al rey, al patrón, al presidente de la nación o al dictador o líder salvador de turno. Siempre estuvimos alineados a favor de un bando depredador contra otro bando depredador. Mientras la sociedad humana ha sido siempre la gran protagonista de la Historia nunca ha sido soberana de ésta. La Humanidad unificada en la Patria Tierra ha sido un sueño muy alejado de la realidad. Hoy, sin embargo éste sueño está más cercano que nunca. No lo está por motivos de razón, sino de fuerza.
  La fuerza de la Humanidad
  Ninguno de los conflictos que tienen lugar hoy en el mundo y los que seguramente surgirán en este periodo de crisis global del sistema capitalista, pueden resolverse, como antaño, bajo la perspectiva de victorias militares. Es una aberración, por ejemplo, el llamamiento en favor de la causa palestina de Iñaki Gil de Vicente (y de algunas “izquierdas revolucionarias”) pidiendo “más armas en solidaridad con el pueblo palestino” en su lucha antiimperialista. La crisis global del sistema capitalista ha superado en la práctica la guerra entre naciones, entre bloques, o entre grupos étnicos o religiosos. Estamos inmersos en una confrontación entre la Humanidad en su conjunto y las distintas fracciones del capital financiero por la posesión de los recursos y las riquezas de la Tierra, entre la apropiación privada o la colectiva de los conocimientos científicos, entre su uso a favor de la paz y el progreso o de la guerra y la destrucción. Palestinos e israelíes están en un mismo bando.
  A la Humanidad no le importa que fracción del capital financiero liderara ésta confrontación ni cual de ellas puede ser la vencedora. Mal si es la nación más poderosa del mundo quien lidera éste último proyecto de expoliación del mundo, mal si el capital globalizado se fracciona en diversos intentos imperiales en litigio, mal si emergen nuevas potencias nacionales o regionales. Porque los conocimientos científicos alcanzados han trastocado radicalmente la ley suprema de la fuerza que ha regido hasta ahora  nuestra Historia: el monopolio de la fuerza y de las nuevas tecnologías de la destrucción se ha terminado. Nuestra capacidad de destrucción se ha socializado.
  Ninguno de los conflictos que en el periodo de profunda crisis capitalista surgirán, puede resolverse manu militari allá en donde se produzcan.
  Los conflictos se resolverán en el corazón de las sociedades más avanzadas cuando sus ciudadanos sean capaces de oponerse a los gobiernos gestores de las políticas de rapiña, contra los poderes fácticos que organizan y planifican meticulosamente criminales actos de fuerza de acorde con estrategias geopolíticas que se deciden en el secretismo más absoluto. Cuando los ciudadanos desertemos de sus guerras, nos neguemos a investigar a favor de las armas destructivas, nos neguemos a fabricarlas y a utilizarlas. Cuando los ciudadanos apartemos de nuestras sociedades a ideólogos religiosos y racistas que embargan los corazones de nuestros jóvenes. Cuando el conocimiento científico a favor del progreso y de la cooperación y no el idealismo místico-religioso se imponga definitivamente como el eje motor de nuestras vidas. Cuando los ciudadanos resolvamos que ésta crisis social no puede resolverse nuevamente con una nueva etapa de destrucción y de guerra sino con un cambio radical en las relaciones de producción que hasta ahora han regido nuestra sociedad. Nuestros antepasados lo llamaron:  Revolución Social.
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