Podemos trivializar las carencias de todo tipo de servicios sanitarios y educativos, incluidos la propia alimentación, cuándo 5.000 millones de personas viven en la miseria más paupérrima? Una preocupación que ha de ocupar un espacio de reflexión importante en cualquier proceso de transformación social sería el que denominamos  fondo de consumo público socialmente necesario,  compuesto por aquellos bienes y servicios públicos tales como la educación, la sanidad, el transporte, el medio ambiente, la cultura y el arte, la asistencia social, etc. Frecuentemente, los defensores del consumo responsable olvidan matizar o restar esta cesta de bienes y servicios sociales cuando condenan el consumo irresponsable dentro del capitalismo. Este silencio sobre el tema da la sensación de una ausencia de interés, lo cual nos lleva a plantear la siguiente pregunta: ¿creen que habría que reducir este fondo, o que es irresponsable el hacer uso de ellos, cuando aún son escasos o inaccesibles para la población de muchos países pobres, pero también para muchos colectivos dentro de los países ricos? Este objetivo de implantar el consumo responsable, en la medida que conlleve una restricción del uso de estos bienes y servicios, coincide con el objetivo de las patronales capitalistas de privatizar el gasto social del sector público del Estado. Las patronales, especialmente las de enseñanza, seguros y sanitarias, insisten en que el Estado ha de  abandonar el gasto social o estado del bienestar en favor del mercado. Estas propuestas de desmantelamiento tendrían graves consecuencias para aquellos extractos de la población con rentas medianas o bajas, tales como las dificultades que encontrarían al privatizarse la educación, la salud, la asistencia social, las pensiones, la pérdida del acceso a bienes y servicios que los disfrutan por ser derechos ciudadanos, para quedar convertidos en mercancías, y tener solo acceso a las mismas aquellos grupos con capacidad de compra en los respectivos mercados. Lo grave de este cambio, si se diese, es que el Estado dejaría de ser garante de la reproducción de los ciudadanos en la sociedad (abandono de la función de legitimación), para convertirse en garante de la sobrevivencia de las empresas, y de la financiación de las infraestructuras que estas necesitan (refuerzo de la función de apoyo a la acumulación capitalista). Dentro de estas garantías al Capital, los empresarios y entidades afines reclaman al Estado que refuerce los instrumentos de represión (ejército, tribunales, leyes, policía, cárceles,) para reprimir las resistencias populares cuando se intensifique la lucha de clases, a la vez que utilizan las ONGs, así como otros medios y recursos legitimadotes, con el objeto de diluir la responsabilidad social del Estado ante los ciudadanos.1 En el momento en que el Estado consigue desaparecer como garante de estos derechos sociales, la ciudadanía se queda sin sujeto institucional y constitucional ante el que reclamar.   Por tanto, en la reivindicación generalizada de un consumo responsable sería irresponsable no defender el aumento del gasto público para facilitar a la población el consumo público de servicios y mercancías socialmente necesarias. Por esta razón insistimos en que no se deben comenzar las reivindicaciones por la gente como consumidora, por ser la parte más débil del sistema, sino cargando toda la artillería en la dirección de la abolición del capitalismo como organización social en su totalidad.
2. Capitalismo: un sistema social irresponsable    Vamos a recordar como comenzábamos las primeras reflexiones críticas sobre la propuesta del consumo responsable (CR).2 Decíamos que, en el capitalismo globalizado, especialmente en el ámbito de la economía real y del sector financiero, los economistas críticos sostenemos:
   Por tanto, nos llama la atención que, en vez de proponer un consumo responsable, o solidario, ¿por qué no nos proponemos destruir el sistema capitalista como un todo? 4 Esta propuesta sería lo coherente y correcta. Pero su formulación, la matriz de una sociedad sin clases y sin jerarquías como alternativa al capitalismo, ha de ser la consecuencia de la decisión horizontal de unos sujetos sociales, unos procesos, y unos instrumentos coordinados entre si también como un todo. No entra en nuestros planes, por ahora, diseñar tal matriz. Lo que sí pensamos conveniente es que podríamos formular una parte de la misma, tomando como punto de partida la propuesta inicial contra el consumo irresponsable, para continuar con los otros sectores del sistema: producción, distribución, financiación y gestión (poder).
  Por esta razón, modificaremos la dirección de nuestra crítica al consumo responsable para comenzar a sugerir la defensa del consumo público socialmente necesario. Ya en su día, Manuel Sacristán advertía del error de caer en la tentación de contraponer a, o de confrontar los problemas de la transformación social, con los la satisfacción de las necesidades de las poblaciones.5 Sin embargo, no podemos trivializar las carencias de todo tipo de servicios sanitarios y educativos, incluidos la propia alimentación, cuando 5.000 millones de personas viven en la miseria más paupérrima. Hemos de tomar conciencia de que los seres de la segunda naturaleza que viven en el mundo no se reducen a que enviemos una propuesta de consumo responsable casi exclusivamente a los componentes de las clases medias y pudientes.
  Por tanto, el consumo socialmente necesario, especialmente el que ya hemos mencionado como fondo de consumo social en los capítulos anteriores, ha de ser defendido como uno de los objetivos importantes y tan prioritarios como los otros, en cualquier proceso de transformación hacia una sociedad sin clases y sin jerarquías. 
3 Un sistema de redistribución en defensa del consumo público socialmente necesario    La exigencia de una coherencia política con la transformación social debe llevarnos a formular este objetivo, pero como parte de una propuesta, en la que una batería de impuestos tendría que frenar el consumo irresponsable y desviar estos recursos hacia la atención de la cobertura de unas necesidades individuales y colectivas, previamente establecidas desde el consenso social. Esta cesta de mercancías y servicios individuales y colectivos, compuesta mayormente por bienes sociales, y a la que seguiremos  llamando fondo de consumo público socialmente necesario, ha de responder al bienestar de la ciudadanía, y estar financiada preferentemente con fondos públicos. Este proceso es posible iniciarlo dentro del capitalismo, arrancando de los sujetos sociales, unos formados por grupos y colectivos que se desenvuelven en el plano local o municipal, otros constituidos por entidades y asociaciones que se mueven en el plano autonómico y estatal, y todos ellos a partir de utilizar los dos grandes instrumentos que maneja el Estado: el sistema fiscal y la reasignación del gasto público.
  En consecuencia, no se trata de pedir a los ciudadanos que, en el plano individual o familiar, restrinjan voluntariamente su consumo irresponsable, sino que la acción de las políticas administrativas actúe contra el consumo irracional e irresponsable que exige la acumulación del sistema. No se trata de que cada ciudadano actúe sobre su nivel de consumo privado para hacerlo solidario desde su conciencia moral, sino con un sentido comunitario, y en total armonía con el resto de la sociedad.
4. Algunas precisiones más conceptuales    Sabemos que una de las características que condiciona el consumo responsable/irresponsable es el nivel de ingresos total familiar o individual.6 Si queremos frenar el consumo privado (de familias e individuos), las autoridades políticas han de aplicar mecanismos para reducir los ingresos en unos casos,  y redistribuirlos en otros, siendo el instrumento más activo la política fiscal. Pero no todas las familias ni los individuos ingresan las mismas cantidades anualmente, por lo que el modelo fiscal del Estado ha de conocer estas diferencias, o tramos de rentas, y aplicar a cada uno de ellos diferentes tipos de gravamen. En el 2008, sabemos que “un 60% de hogares españoles tiene problemas para llegar a fin de mes”. También, como contrapartida, nos informan que “la corrupción política ha sustraído al menos 4.158 millones de euros en 10 años”,7 unos 415 millones anuales; es decir, unas familias no disponen de ingresos para llegar a fin de mes, mientras que otras no saben como ocultar el dineral que se apropian.  Así mismo, y por su opacidad y carácter delictivo, desconocemos que otras cantidades de forma legal/ilegal ‘emigran’ a paraísos fiscales buscando eludir el pago de impuestos.8 Como tampoco podemos evaluar, por motivos similares al caso anterior, el número ni el valor de las transacciones que evaden la acción del fisco, por realizarse en esa zona tolerable por el sistema y considerada como la economía sumergida.
  Por tanto, dentro de la economía abierta, sería injusto aplicar el mismo gravamen de IRPF a una familia en la cual el principal sustentador es un hombre que ingresa 27.411 euros al año de media, que si es el de una mujer que sólo ingresa 23.706. En el 2008, sabemos que “la retribución media anual de un ejecutivo era de 998.800 euros”,9 mientras que el salario mínimo de un trabajador (SMI) era de 8.400 euros en el mismo período. Un ejecutivo gana anualmente unas 119 veces más que un trabajador con SMI y unas 36 veces más que el trabajador con salario medio.
  Estas diferencias nos muestran que el impacto de un impuesto directo tipo IRPF hará más mella en las remuneraciones totales (ingresos) de los ejecutivos, y que un impuesto indirecto del tipo IVA lo hará en los salarios totales (ingresos) de los trabajadores. Un porcentaje muy alto de las rentas de los ejecutivos (si la propensión marginal al ahorro (pma) es del 80%) quedarán reducidas de cargas fiscales, ya que no pagarán impuestos indirectos. A la hora de pensar en reducir el consumo irresponsable, el Estado ha de tener en cuenta estos impactos. Este matiz nos lleva a otro no menos importante como es la propensión marginal al consumo (pmc) que puede tener cada hogar o tramo de renta, sino los efectos pueden no ser los previstos. Mientras la pmc de los ejecutivos es muy baja (un 20%), la de los trabajadores es total, debido a que necesitan todos sus ingresos para sobrevivir. Primero, las rentas brutas de los trabajadores pagarán un impuesto directo (IRPF) y después toda su renta disponible dedicada al consumo volverá a pagar un impuesto indirecto (IVA). El salario de un trabajador es penalizado fiscalmente dos veces; el de un ejecutivo, la parte del mismo que va al ahorro, no.
  En la Tabla 1 podemos comprobar los efectos de estas desigualdades y su impacto en el consumo, que es lo que buscamos frenar: mucho en los tramos altos de renta, con fuerte aportación a la financiación de los servicios públicos, y menos en los tramos bajos, que de por sí apenas consumen, pero han de ser compensados con el acceso a bienes y servicios financiados con dinero público.
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