(Nota: Texto escrito para la organización independentista catalana Endavant)
1.- PRESENTACIÓN
A lo largo de conferencias, charlas y debates recientes sobre la situación socioeconómica y política en general, mantenidas en diversos sitios del Estado español y de las Américas, he podido constatar un apreciable desconocimiento de las causas estructurales que están forzando la actual dinámica de concentración y centralización de capitales en Europa, la famosa “construcción europea” en suma. La percepción dominante es que se trata o bien de la culminación desde y para los intereses capitalistas de una tendencia histórica más o menos lejana, pero neutra socialmente; o bien, de un proceso muy reciente, sin conexiones con la historia capitalista, impuesto por las necesidades inmediatas de algunas burguesías. Ambas tesis coinciden en menospreciar el papel decisivo de la permanente interacción de lo económico, lo estatal, lo militar y lo ideológico en la creación de “Europa” por el capitalismo desde finales del siglo XV aunque, decisivamente, desde el siglo XVII. Ambas visiones están limitadas por el determinismo economicista y, aunque no perceptiblemente, por el eurocentrismo, ya que parten del supuesto de que “Europa” existe desde siempre, cuando en realidad es una creación del capitalismo en la que la guerra imperialista, el Estado burgués y la ideología dominante han jugado un papel incuestionable. Y lo están jugando ahora más que nunca.
El entrecomillado de “Europa” obedece precisamente al interés de remarcar su carácter de construcción sociohistórica antes que hecho geográfico, ya que, en realidad, lo que denominamos “Europa” es sólo un pequeño istmo del continente asiático situado en su extremo occidental. “Europa” tampoco es la “cuna de la civilización”, sino uno más de los escenarios mundiales en los que las luchas entre explotadores y explotados ha terminado, por ahora, en la creación de un poder especialmente criminal, genocida e implacable, con pretensiones de universalidad que tiene en su eurocentrismo su razón ideológica.
La llamada “civilización occidental” empezó a tomar cuerpo sólo cuando la producción manufacturera fue acortando las enormes distancias que le separaban de China e India. Con la industrialización y con los avances técnicos en la guerra y la sanidad, la “civilización occidental” pudo, por fin, desplazar a las demás, a la vez que las consumía y las destruía, les succionaba como un vampiro la riqueza acumulada, la fuerza de trabajo, los recursos naturales y la cultura. La democracia-burguesa occidental ha nacido y sobrevive mal que bien aunque en claro retroceso, gracias a la explotación interna y al proceso histórico que va del colonialismo al imperialismo, pasando por la esclavización moderna.
La proximidad de las elecciones europeas y los diferentes acontecimientos acaecidos en la Unión Europea en los últimos tiempos están reclamando una reflexión crítica por parte de las izquierdas y especialmente por aquellas que al pertenecer a naciones oprimidas, a pueblos a los que se les ha negado el derecho de disponer de su Estado propio, se encuentran verdaderamente indefensos en lo internacional, en donde sólo los Estados pueden actuar legalmente. Incluso, como veremos en su momento, pueblos con Estado débiles, con burguesías cobardes y clientelares, tienen menos posibilidades de representatividad internacional que otros pueblos con grandes Estados y con burguesías fuertes e imperialistas. Volviendo a las naciones oprimidas, es obvio que el pueblo catalán depende de la voluntad extranjera, en este caso española y francesa, para disponer de una mínima representatividad internacional.
Veamos algunos de esos acontecimientos a los que me he referido antes. Los dividiremos en secciones: por un lado, hemos tenido el desprecio absoluto por parte de las instituciones europeas hacia la voluntad soberana del pueblo irlandés sobre su No a la Unión Europea, expresada recientemente en referéndum. Por otro lado, tenemos la declaración oficial de que hay que hay que llegar a las 65 horas de trabajo semanales así como todo un arsenal de medidas que aumentan la explotación social, la precarización, el desmantelamiento de “lo público” en beneficio de la industrialización privada de la educación, sanidad, transporte, etc. Además tenemos, las leyes racistas contra los emigrantes. También debemos citar las leyes represivas contra los derechos políticos y sociales.
Por no extendernos, nos enfrentamos a un aumento del fascismo y del neofascismo, a un giro aún mayor a la derecha por parte de la socialdemocracia, a una política internacional de alianza total con el imperialismo norteamericano en las cuestiones decisivas para el capitalismo. Todo ello en un nuevo contexto de crisis socioeconómica con caída de la producción industrial, reducción del consumo, aumento de la inflación, etc. Economías decisivas para la Unión Europea como la británica padecen la peor crisis en sesenta años; la alemana renquea como una máquina obturada; la francesa pierde fuelle, la italiana está en crecimiento cero, y la española en recesión y con inquietantes síntomas de agotamiento estructural.
Siendo todo esto cierto, no lo es menos que, además, las instituciones autodenominadas “democráticas” no representan a nadie prácticamente, y para comprobarlo basta ver cómo es la verdadera vida política en el Parlamento Europeo, con los escaños siempre vacíos en su gran parte, con unos “representantes” incapaces de atender, leer, debatir y responder al alubión de leyes que sale de la burocracia y de los centros de poder, de manera que la inmensa mayoría de las propuestas decididas al margen de las poblaciones se aprueban sin apenas seguimiento, y casi siempre sin crítica ni debate democrático. Los centros de poder, por otra parte, están totalmente fuera del control parlamentario, actúan a sus anchas en unión con los grupos de presión y los lobby de las transnacionales, empresas monopolísticas, gran banca, etc. Es decir, la “americanización de la política” se ha impuesto en la Unión Europea. No sorprende, por tanto, que domine abrumadoramente eso que llaman “euro escepticismo”, el rechazo abierto o soterrado de las masas trabajadoras a la Unión Europea, y la indiferencia por el funcionamiento de unos aparatos opacos e incontrolables. Y para rematarlo, tenemos la soberbia y arrogancia con la que actúan estas instituciones.
Un ejemplo concluyente. Muy poco tiempo antes del referéndum irlandés sobre la Unión Europea, horas antes y en los momentos críticos de la campaña oficial por el Sí, Bruselas anunció con grandes aspavientos y gritos que se impondría la semana laboral de 65 horas. Cualquier persona con un mínimo conocimiento de técnicas de manipulación psicopolítica, de teledirección de las conciencias, de propaganda y mercadotecnia, en suma, sabe de sobra que el No a la Unión Europea iba a ser reforzado automáticamente al conocerse la propuesta de las 65 horas a la semana. ¿Por qué Bruselas cometió tal error conociendo la inminencia del referéndum irlandés? ¿Fue un error o un ejemplo de indiferencia ante lo que dijera este pueblo?
Por las reacciones posteriores de los altos mandamases, en el sentido de que no van a respeta la voluntad irlandesa -ni la de ningún otro pueblo- y van a seguir cumpliéndose los plazos de centralización europea, o tal vez acelerándolos, todo indica que ni se preocuparon por dar la imagen oportunista y táctica de esperar unas horas. Para nosotros, los pueblos sin Estado, una de las preguntas que salen a borbotones tras semejante muestra de prepotencia, es: ¿si la UE actúa con tal desprecio a la voluntad soberana de un pueblo con Estado propio, qué no hará con la voluntad de naciones oprimidas, sin Estado propio e indefensas en todos los sentidos, peor aún, sometidas a la voluntad de Estados imperialistas y opresores?
Esta y otras interrogantes deben ser respondidas teniendo en cuenta el contexto económico de crisis al que nos referíamos, especialmente considerando su muy probable agudización y extensión al resto del mundo. O sea, siendo conscientes de que se ha acabado ya para siempre aquella forma de vida en la que la explotación asalariada, la dominación patriarcal y la opresión nacional estaban atenuadas en su virulencia extrema, pero operativas en la realidad, por los mecanismos interclasistas de regulación y de absorción de las tensiones, dejando la represión invisibilizada y silenciada para las luchas radicales.
Aquella forma de vida se basaba, además, en la baratura de los recursos energéticos y en las sobreganancias extraídas con la explotación de la humanidad para mantener la “forma de vida occidental”. Todo indica que han concluido los “treinta gloriosos”, las alrededor de tres décadas excepcionales de finales de los años 40 a finales de los 70, más las otras dos décadas de medidas desesperadas para contener la lenta caída de los beneficios capitalista a escala mundial. No podemos analizar ahora cómo han fracasado los sucesivos intentos de abrir otra fase larga de expansión capitalista a escala planetaria.
Desde el primer neoliberalismo pinochetista hasta la muy reciente “ruleta rusa financiera”, pasando por los “telecom”, “nueva economía”, “ingeniería financiera”, explosión inmobiliaria, inversiones de alto riesgo y keynesianismo militar aplicado desde Reagan hasta ahora, por no extendernos en calificativos diferentes dados a la misma estrategia, a lo largo de los lustros que van desde mediados de los años 70 hasta mediados de la década del 2000, la burguesía ha intentado de todo, y ha logrado mal que bien posponer el estallido coordinado de las crisis del sistema. Lo ha logrado posponiendo una crisis mayor, aumentándola y llevándola al límite de lo incontrolable. Ha conseguido aumentar la tasa de ganancia, los beneficios, pero no ha conseguido abrir una nueva fase histórica de acumulación ampliada de capital porque, entre otras cosas, no ha invertido lo suficiente en nuevas industrias, en más y mejores máquinas, en nuevas instalaciones, etc., es decir, en bienes de producción, y no lo ha hecho y no lo hace por la sencilla razón de que las capacidades productivas exceden al consumo. La humanidad se muere de hambre en medio de la abundancia.
Hay que partir de esta realidad para ver, primero, qué sucede actualmente en la Unión Europea, y, segundo, qué podemos hacer las y los revolucionarios que luchamos por la independencia de nuestros pueblos oprimidos nacionalmente. Y antes de decir cualquier otra cosa sobre la situación europea, tenemos que mirar un poco al pasado, a la historia de las relaciones europeas para poder comprender con más claridad qué está sucediendo en estos momentos. Conocer la historia de eso que se ha llamado “proceso de unión europea” es imprescindible para evitar que caigamos en las trampas de la propaganda capitalista, ya que tanto nuestra forma de estudiar el problema al que nos enfrentamos, como nuestra solución práctica y realización dependerán de qué punto de partida asumamos, de qué visión ideológica o teórica asumamos como guía de pensamiento y acción. Si iniciamos nuestro planteamiento desde las tesis oficiales, no llegaremos a ningún lado.
(CONTINUA EN ARCHIVO ADJUNTO) 
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