Y los media, más o menos voluntariamente, les auxilian. Por ello, aquellos y estos a veces oscurecen ciertas cosas para iluminar asombrosamente otras sin pies ni cabeza. Y una de ellas es la deliberación habida en Europa sobre este malhadado asunto de la jornada de 65 horas, resuelto con el “no” para alivio de todos...
  Hablaba de presdigitación, mentalismo e ilusionismo porque no me cabe duda de que la propuesta de la directiva de los Veintisiete que abría la puerta a la jornada laboral de las 65 horas, tuvo que salir de un cerebro maquiavélico.
  Pues, ¡en qué cabeza cabe que la sociedad laboral -la sociedad de los que trabajan para otros, naturalmente- iba a consentir semejante disparate!
  El despropósito -aunque haya sido abortado- pertenece, ya digo, al puro mentalismo. Alguien de entre los eternos esclavistas urdió la treta de la directiva sabiendo que nunca podría prosperar. Consistía la misma en amenazar a la sociedad trabajadora y tumbar luego la disposición para que luego ésta se sienta agradecida. Levantar el puño amenazando con una jornada de trabajo medieval después de haber logrado la clase trabajadora tras su explotación histórica la de 35 horas, y luego no descargarlo, tiene que ser necesariamente un gesto calculado.
  Maquiavelo puro. Uno de los consejos al Príncipe para ser extremadamente eficaz era que, aun sin motivos, aplicase la mano dura con el pueblo para luego, benevolente, hacerle alguna concesión. Así el pueblo se sentiría muy agradecido. Lo saben bien los dictadores oficiales:
  No puede ser de otro modo. Una sociedad a medio desempleo, con un contigente de trabajadores que se ha duplicado en pocos años como consecuencia de la incorporación de la mujer y de la inmigración, lo que menos precisa es casi doblar en tiempo la jornada laboral. Lo que debe hacer la empresa es repartir el tiempo de trabajo entre dos o más trabajadores. 
  No os extrañen bromas de mal gusto como ésta de la anulada directiva europea. Las triquiñuelas que se gastan los dueños políticos, económicos y comerciales de la sociedad capitalista pasan todas por no dar ninguna puntada sin hilo, ni dejar nada al azar o al imprevisto.
  Lo que debiera haber dispuesto la directiva europea para todos es otra cosa mucho más seria: la misma jornada, los mismos contratos blindados y la misma vida muelle que se regalan a sí mismos los empresarios, los directivos, los ejecutivos y los jefes...
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