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Ética y poder se dan la espalda
Patrocinio Navarro | Para kaos en la Red | 4-11-2009 a las 0:05 | 865 lecturas
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Los estados capitalistas proceden lo mismo que un agricultor sin conciencia cuando fumiga sus campos con veneno para matar insectos. No lo hace por amor a las plantas, ni siquiera al consumidor futuro de sus cosechas, sino para tener un buen resultado y engrosar sus beneficios. Así es capaz de comprar la última tecnología que le permitirá envenenar tan eficazmente como a la sofisticada tecnología militar matar eficazmente, producir más devastación en el territorio enemigo y buenos negocios a los fabricantes de armas e industrias anexas de la guerra y a los buitres de las multinacionalesque presionan a los gobiernos para que existan tales guerras. Es la misma filosofía convertida en hecho social.

Desde el ejemplo del agricultor,resulta irónico constatar que todos esos representantes políticos que se reúnen en los foros internacionales para hablar de paz representan a gobiernos que venden armas para hacer guerras que nunca cesan, y cuanto más poderosos, más y más mortíferas y caras son sus armas. Pero quienes representan a esos gobiernos aparecen públicamente con el mayor cinismo como los indiscutibles líderes de los derechos humanos y las libertades. Nos hablan de paz, de desear la paz, y hasta organizan ejércitos internacionales armados hasta los dientes para "defender la paz " a tiros y no dejar títere con cabeza si es necesario. Para eso están las llamadas “misiones de paz” de la o­nU. Misioneros militares    es el mejor invento “humanitario” del capitalismo internacional para impedir que los países pobres escapen a sucontrol. Si se prohibiesen las armas por la misma razón que se prohíbe la venta de otros productos que matan, no habría guerras, o al menos no tan terribles, ni tan frecuentes ni en tantos lugares. Por supuesto, no harían falta los peligrosos misioneros de la o­nU, que mientras imponen la paz  olvidan que el principio de la paz no es un principio político, no es una cuestión de quién tiene razón en esto o aquello porque el fin de su gestión  es   controlar el reparto de un territorio o las riquezas naturales de este o aquel lugar para beneficio de los que  organizan las misiones militares.Para  los funcionarios de la política, el éxito puede asegurar poltronas y  honores; para los militares  que se manchan las manos de    sangre, medallas y ascensos con cruces, pero las gentes de los pueblos a los que se "pacifica", siempre significa lo mismo:la muerte y la ruina.Y para la nación que manda soldados, endeudamiento colectivo para pagar las guerras de los señores del mundo que las deciden , que son los que se enriquecen y engordan los paraísos fiscales con la sangre de los demás sobre su conciencia.

La   paz  no se impone, no es una excusa para la guerra: la paz es fruto   de la armonía interna. Esta es la fuerza que mueve la conciencia hacia la paz.

Carecer de conciencia como carecen los que firman las órdenes para la guerra y son obedecidos por los que a su vez carecen igualmente de  conciencia   pero abundan en espíritu servil o mercenerio ("patriótico" le llaman algunos) asegura las guerras. Los que dan las órdenes de movilización  no son los generales, ni los ministros, ni los presidentes de los gobiernos,que son simples recaderos y firman esas órdenes por orden de otro y este a su vez de otro hasta llegar a los dueños de las grandes multinacionales, de los grandes bancos y de las industrias relacionadas con la guerra.

Aunque la mano que estampa la firma sea la de un político elegido en las urnas,  con ese aval  popular cree  tener derechos superiores a los de cualquier mortal y puede abolir el quinto Mandamiento y todas las leyes del amor, que son las leyes de la paz y de la vida, ya que todos estos conceptos son inseparables entre sí.Nos hablan esta clase de políticos año tras añode crisis en la economía y de la necesidad de “apretarnos el cinturón” los mismos de siempre, los pueblos, para que ellos y quienes financian sus campañas electorales vivan en la opulencia y el despilfarro haciendo negocios sucios pero legales, y desatando conflictos bélicos legales o no, pero siempre crímenes contra la humanidad que nunca se juzgarán por sus tribunales.

Crímenes   que pagamos los pueblos con nuestros impuestos y con nuestra sangre porque nunca van a los frentes quienes deciden la guerra ni sus hijos.

Ellos son quienes por sus ambiciones sin límite y sus conflictos de intereses, su mala gestión y su falta de imaginación y conciencia ética provocan todas las crisis económicas y la miseria social; ellos y sus amigos como pésimos y   egoístas gestores públicos de los recursos de la tierra y de las riquezas que producen nuestros trabajos, que pasan a ser de su propiedad. Democracia con libertades restringidas y ajustadas a las leyes del mercado es el instrumento político perfecto para permitirles seguir sus juegos de poder.

Se disfrazan de demócratas para engañar a los pueblos haciéndoles creer que su voto significa poder popular, cuando no es más que un aval en blanco para que los que financian las campañas accedan al poder representados por el político ganador en las urnas.

Todo conduce, en realidad, a reforzar la perversión ideológica que mantienen los Estados acerca del hombre como ciudadano con deberes y derechos como tal antes que como persona individual con deberes y derechos correspondientes a su dignidad superior, que es – como mínimo- la de ser con derecho a la vida, a la libertad y a la justicia social. Para otros, entre los que me incluyo, esa dignidad nace de nuestra filiación divina, de ser hijos del Creador, lo que nos otorga el derecho a ser como Él nos creó: libres e iguales. Por tanto, con derecho a la igualdad, lajusticia, la hermandad, la unidad y la libertad. Derechos estos que el Derecho- que se opone a la justicia divina- nos niega o restringe según convenga a las clases dominantes.

Desde el planteamiento reduccionista del individuo como ciudadano a medida del poder y como elemento clave donde se manifiesta la inmoralidad del mismo,los gobiernos del mundo se permiten toda clase de atropellos que nos conducen a estados policíacos como supuesta respuesta al terrorismo igualmente ilegítimo que provocan con sus guerras.

El terrorismo es la reacción inmoral que nos viene de vuelta, como un boomerang, a la acción inmoral de gobiernos irresponsables con sus ciudadanos a los que involucran forzosamente en repugnantesy vergonzosas acciones internacionales que producen odio entre pueblos del mundo en la misma medida que los bombardean, saquean sus riquezas o se convierten en ejércitos de ocupación.

  Así que,  a unos se les arruina con impuestos para pagar sus guerras y se manda a sus soldados a morir para asegurar sus beneficios y su poder, y a los otros se les aniquila para arrebatarles sus tierras o sus recursos naturales primero y endeudarlos después, una vez vencidos, con préstamos para reconstruir sus países: una operación redonda de suprema maldad.

De unos y de otros seres humanos se desprecia su condición más verdadera: la de almas individuales y espirituales; la de seres cósmicos inmortales con los mismos derechos a gozar en todas partes de la paz, el bienestar, y el respeto que les corresponde como hijos del mismo Dios aunque Le llamen de distinta manera. Como tales seres espirituales –al igual que a toda criatura de la Creación- correspondeel derecho a la vidaque le dio su Creador y a los recursos materiales del Planeta en condiciones de igualdad universal en todos los aspectos (sexo nacionalidad, etc.). Por consiguiente, son inseparables de esta condición derechos como la libertad y la justicia.

El olvido programado sobre la condición verdadera de cada individuo permite a los gobernantes de cualquier país toda clase de atropellos de los derechos humanos, y obviamente, la existencia de toda clase de leyes que sitúan los códigos civiles, y especialmente los militares, por encima de los códigos de Dios. En el libro “Quién está sentado en la silla de s. Pedro”, donde se cuenta la historia real de la Iglesia con sus inconfesadas maldades y crímenes, puede leerse la siguiente cita del escritor alemán Karlheinz Deschner: “En el año 313, Constantino concedió a los cristianos la total libertad religiosa. En el 314, el Sínodo de Arelate decretó la excomunión de soldados desertores. El que tiraba sus armas, era excluido. Antes de ello, el que no las tiraba era excluido”. Desde entonces las cosas han ido a peor: muchos clérigos visten uniforme, no sólo como curas castrenses, sino como militares de alta graduación. Y las iglesias siguen sin declararse pacifistas.

Para la gente de buena voluntad esto es fuente de conflictos entre su conciencia moral y su rol de ciudadanos, patriotas, o como les designe el Poder. Esta dicotomía produce pasividad y favorece finalmente todos los atropellos a la dignidad espiritual de los hombres según convenga a los Estados y a las iglesias, donde lo legal y lo moral no se corresponden.

La Ética y el Poder no son compatibles. Dios y el César no tienen nada que ver por más que se empeñen los papas y los emperadores de este mundo. Pero cuando uno y otro actúan juntos, lo único que saben hacer es empuñar la espada con la derecha mientras la izquierda llena el cofre del tesoro que arrebatan a los más débiles. Eso sí; dando lecciones de moral, derechos humanos y democracia.

 
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