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Espacio y Palabra: Repensar la Postmodernidad en el Aula I/III
Al "vaciarse" de contenido la modernidad es prácticamente imposible pensar en la perspectiva de un único proyecto educativo que sea rector del proceso de enseñanza y aprendizaje en el aula...
Malandro | Para Kaos en la Red | 21-11-2008 a las 15:48 | 2146 lecturas
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La palabra es el entorno de comunicación por excelencia, representa en sí misma el conjunto de posibilidades de representaciones conceptuales que podemos hacer del espacio humano a partir de las generalizaciones con las que se describen los distintos contextos en los que nos desenvolvemos; esta “demarcación” del contexto de lo humano por la palabra nos permite tomar sentido de la realidad a partir de una cultura compartida en el signo y el símbolo; y es a la vez la única garantía de trascendencia que tenemos como especie, la modernidad nos permitió contar con una invención que nos garantiza esto, y es el más importante logro institucional de esta época, después del estado, la escuela.

La escuela es la que nos permite la educación de la generación más joven a partir de un mecanismo que nos hemos dado para garantizar la internalización de las generalizaciones conceptuales de la cultura humana, y el entorno en el que esto es posible es el aula. Por lo que al perderse la “continuidad” de la modernidad se presenta ante nosotros la necesidad imperante de repensar la escuela.

La materialización de la palabra en el último cuarto del siglo XX es la región pretextual en la que se presenta la ruptura de una nueva generación ante las generalizaciones de la ciencia en su condición de sinónimo de progreso, el entorno iconográfico es usado por los mass media para contraponer a la visión de mundo, la visión de mundo mercado (Mattelart, 2002) en el “(…) que la fascinación por la sociedad de las redes, podrá hacer creer un siglo más tarde, la representación reticular del planeta es, pues, muy anterior a lo que ha convenido en llamar “revolución de la información”. El concepto de red ya hace juego con la noción biomórfica de interdependencia, tomada del universo de la célula” (Mattelart, 2002, Pág. 51)

El pensamiento racional de la ilustración ha caído en una encrucijada en la que se presenta el “fin” de las explicaciones basadas en las generalizaciones conceptuales de las macroteorías, la perdida de la esperanza en la ciencia como garantía de la estabilidad del discurso totalizador, y refugio de las explicaciones científicas en los linderos de la microhistoria social, dio paso a los discursos que se centran en los temas comunes, los cuales comienzas a contar con adeptos en el mundo de las ideas.

La parcela de las historias “se amplia” en miradas que se achican en la discursividad de las microexplicaciones, los fragmentos de la realidad y constituyen a una totalidad preestablecida por el mundo del consumo y de la imagen.

De la Modernidad a la Postmodernidad: ¿Nuevo rumbo o cambio estético?

La modernidad como proyecto humano que explica la realidad de la sociedad occidental en el contexto del estado capitalista del siglo XVIII, cuya “vida” cultural deja de tener un papel relevante en el mundo de la imagen, se desdibuja al debilitarse las bases en las que se soporta su consolidación y existencia: el estado nación, la ciencia, y el culto a la figura humana; aspectos le permitieron siglos de plenitud al capitalismo industrial.

La condición de hiperindividualismo, es un aspecto que se promovió en el ceno mismo de la modernidad, en ella se incubaron las condiciones que dieron paso a una nueva perspectiva para explicar las realidades en las que se desarrolla en las sociedades de consumo abierto (mercado libre) de finales del siglo XX y la primera década del XXI. Así, bajo un contexto de “decadencia” de las instituciones estatales, el desánimo y la pérdida de credibilidad de lo humano, se presenta lo que para algunos autores (Lyotar,1987; Harvey,2004; Habermas, 2002) es el siguiente paso en el capitalismo, el que deja atrás a la modernidad y su concepción de mundo-estado: La Postmodernidad.

La modernidad no es sólo un discurso ideológico, se expresa en las condiciones materiales a partir de las cuales se ha distribuido los equilibrios de poder del estado, presentando a éste, como la institución artífice de la modernización del mundo, tomando como marco de referencia a un conjunto de principios, que van desde la supremacía de la razón científica en su culto al progreso a la perspectiva de un futuro de enajenación de la naturaleza.

La erosión del discurso de la modernidad, y con él la palabra que soportaba el progreso como garantía de la transformación social que se presenta como consecuencia directa del desmantelamiento de los proyectos de identidad nacional constituidos tras la independencia de EEUU y la Revolución Francesa en el siglo XVIII.

“La postmodernidad, o condición postmoderna, podría definirse como una condición social propia de la vida contemporánea, con unas características económicas, sociales y políticas bien determinadas por la globalización de la economía de libre mercado, la extensión de las democracias formales como sistema de gobierno y de dominio de la comunicación telemática que favorece la hegemonía de los medios de comunicación de masas y el transporte instantáneo de la información a todos los rincones dela tierra”. (Pérez, 2000, pág. 23)

La filosofía como entorno en el que se debate de las ideas, y en el que la palabra conjuga analogías y parábolas con las que se desvela la condición material del mundo ha estado atenta a la continua fragmentación del discurso de la modernidad, no son pocas las veces que ha actuando en contra de ella y ha denunciando el utilitarismo y la enajenación del hombre por la maquina.

“En realidad, las cinco grandes escuelas (simbolismo, expresionismo, futurismo, constructivismo y surrealismo) fueron las que denunciaron, combatieron y pronosticaron la decadencia de la modernidad, la representación y el formalismo, lo hicieron con un discurso que se parece mucho al discurso postmodernista. De hecho, sin reduccionismos, el postmodernismo no es más que la crítica del vanguardismo estético a toda la sociedad. El postmodernismo guarda una continuidad sólo en este sentido con la modernidad. Por eso se ha vuelto tan actual Heidegger quien decía que el arte es el único lugar donde se encuentra la verdad.” (Pinzón, 2006)

El culto a la imagen en la que se centra el discurso postmoderno, suplanta la ética por la estética, al tiempo que exige la presencia de símbolo en el que soporta “la confianza de los inversionistas”, el mercado, convirtiéndolo en la única condición de legitimidad de lo humano.

Así, la postmodernidad no se expresa en valores de cambio sino en valores de uso, es decir, valores en los que la búsqueda de satisfactores sociales se enmarca en el culto a la opulencia y la “sofisticación” de los gastos imponiendo una de las vertientes de la sociedad, aquella que se desalienta así misma permanentemente, en una insatisfacción perene.

“El consumo como medio de identificación lleva a las personas a usar ciertas etiquetas y a reunirse con ciertas personas o en determinados lugares queda afinidad a cierto grupo, el cual en sí mismo es, en ocasiones, una creación de los medios de información. Ir a un concierto o a una exposición puede satisfacer necesidades estéticas, pero también la necesidad de estar en compañía de cierto grupo con el cual se busca identificación. De igual manera, comparar ciertas marcas de pantalones de mezclilla o autos es algo más que vestirse o tener movilidad: proporciona estatus y la sensación de formar parte de un grupo identificable.” (Larrain, 2004, pág.210)

La imagen en la sociedad de consumo pasa a ser el entorno en el que se sintetizan los logros humanos, cada una de las necesidades humanas (vestido, alimentación, salud, educación) se enmarcan en un contexto en el que se legitima el “uso” como entorno simbólico en el que el culto a la mercancía se transmuta, trascendiendo los contornos de las relaciones que se entablan en la vida cotidiana, todas ellas mediadas por la mercancía.

“El fundamento de esta esperanza es la comprensión y profundización en el carácter simbólico de todo proceso, individual y/o grupal de construcción de significados propios de todo individuo de la especie humana. Dicho carácter simbólico de todo proceso, individual y/o grupal de construcción de significados, al entender lo inevitable de la condición polisémica de toda representación humana, en parte ligada a los referentes comunes, en parte dependiente de procesos subjetivos idiosincrásicos. La conciencia de este proceso universalmente compartido de construcción contingente de significados facilita la apertura al otro y el entendimiento de las diferencias.

Si somos conscientes del carácter polisémico de todas nuestras representaciones culturales, individuales o colectivas, es fácil admitir la contingencia de nuestras creencias y convicciones y, en consecuencia, establecer puentes para la mutua comprensión y para el respeto a las convicciones ajenas.” (Pérez, 2000, pág. 41)

El entorno del consumo planteado por la “economía del ocio” se entrelaza con una visión simplista de lo que nos rodea, esta forma de percepción “natural” toman relevancia discursos apegados a una postura utilitarista de las relaciones humanas, que se caracterizan por entornos en el que se aprecia una separación pronunciada de la ética y la moral al desvincularse de planteamientos que nos identifican con los otros.

“El absoluto relativismo cultural e histórico, la ética pragmática del todo vale, la tolerancia superficial entendida como ausencia de compromiso y orientación, la competencia salvaje, el individualismo egocéntrico junto al formalismo social, el reinado de las apariencias, de las modas, del tener sobre el ser, puede considerarse las consecuencias lógicas de una forma de concebir las relaciones económicas, que condicionan la vida de los seres humanos, reguladas exclusivamente por las leyes del mercado. Es evidente que todos estos aspectos de la cultura contemporánea, postmoderna, están presentes en los intercambios cotidianos fuera y dentro de la escuela, provocando, sin duda, el aprendizaje de conductas, valores, actitudes e ideas determinadas”. (Pérez, 1997. Pág. 46)

El fetiche (Marx, 1946) se convierte así en el icono de la enajenación y alienación de la condición humana en la sociedad del hiperindividualismo, en la postmodernidad nada tiene más valor que aquellos aspectos que se transmutan a la imagen.
 
 
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