Al son de las predicciones del holocausto nuclear, aún soy crédulo, aunque algunos dicen que idiota por creer en tales predicciones,   me paseaba negligentemente preocupado por un parque del Vedado y sin pensarlo me senté en un banco, donde un anciano  septuagenario descansaba, al parecer, del inclemente sol de agosto en nuestra isla.
El anciano miraba abstraído una estatua del Beatle John Lennon, con su prominente nariz desgafada,   y de pronto se viró hacia mí y me preguntó:
-Fue este joven un científico o un héroe de guerra.
Lo primero que pensé era que estaba delante de un loco escapado del Psiquiátrico de La Habana, huyéndole a una segunda posible mortandad general negligente, pero siendo más benévolo opté por pensar que era un Alzheimer caminante el que tenía enfrente.
-¿No conoció usted a los Beatles? Indagué extrañado.
-¿Qué es eso? Respondió el anciano.
Pensé que me tomaba el pelo, pues los Beatles eran en su época más conocido que Cristo, y llenándome de paciencia le informé al desmemoriado viejo que era un conjunto musical de la década de los años sesenta del Siglo XX.
-¡Ah! Imposible que los conociera, musitó por lo bajo el anciano. Yo estiré la pata el 21 de abril de 1910. Me perdí participar en todo lo importante de ese siglo, si es que algo de lo sucedido puede calificarse así.
-¿Cual es su nombre? Indagué extrañado.
- Samuel Langhorne Clemens, respondió calmo el viejo, y al ver que me quedaba en babiecas agregó, más conocido como Mark Twain.
Me quedé en una pieza  mirando detenidamente a la figura que tenía delante. Realmente su rostro era el del conocido escritor norteamericano.
No entraré en detalles de cómo Twain llegó sorpresivamente a este parquecito del Vedado, esto intenta ser un artículo limitado por el espacio. Quizás otro día les hable de esas cosas oscuras de la existencia y de nuestra humanidad. Les daré a conocer los criterios de Twain sobre nuestra sociedad. Eso sí, me aclaró que respondería a mis preguntas de acuerdo a lo que había dicho y escrito en su vida, pues tenía la obligación, después que había muerto, de no decir nada nuevo sobre nuevas realidades.
Miré hacia todas partes y ni un cabrón conocido que pudiera dar fe de lo que sucedía, y eso que estoy en un país donde todo el mundo se pasa la vida haraganeando por las calles a cualquier hora del día y de la noche. Me resigné a quedarme solo con la novedad y le lancé la primera pregunta.
Desde su estado de existencia ¿Conoce usted todo lo que ha sucedido desde su muerte?
-Si. La Primera Guerra Mundial, La Revolución Rusa, La Segunda Guerra Mundial, la conquista de Stalin sobre los países del este europeo, las revoluciones de los países pobres y durante todo el siglo los intentos de todos los caudillos, presidentes y líderes por deshacer con los pies lo que han hecho con las manos y la mente, y principalmente el hecho de que los pueblos siempre han sido engañados. Están los pueblos en el mismo punto de partida  que los deje hace un siglo.
-Está, pues, al tanto de lo que ocurre en esta isla. ¿Qué puede usted decirme de este pueblo que aguanta a pie firme el vandalismo de los yanquis y el descaro de una burocracia?
-El ciudadano que cree observar que las vestiduras políticas de la comunidad están desgastada y se queda quieto y no agita para conseguir unas nuevas, es desleal. Es un traidor. Y que quizá sea el único en ver ese desgaste no lo excusa. De todos modos su deber consiste en agitar.
-Me refiero, Twain, al porque de la mansedumbre de un pueblo que siempre ha sido heroico.
-Creo que cuando los pueblos han sido súbditos y herederos de la crueldad y de los ultrajes durante tanto tiempo, nada puede sorprenderlos más que la amabilidad. Si; es ésta una curiosa revelación  de las profundidades en que la gente había sido hundida por la esclavitud. La totalidad de su ser ha sido reducida a un monótono nivel muerto de paciencia, resignación y aceptación muda y sin queja de lo que podría sobrevenirles en la vida. Su imaginación misma estaba muerta. Cuando de un hombre puede decirse esto, es que ha tocado fondo, supongo yo; no puede caer en profundidad más honda”.
-Pero nuestro sistema no es esclavista.
-No hablo de sistema, sino de realidades.
-¿Qué le sugiere usted a nuestro pueblo?
-Las mentes maestras de todos los países, en todos los tiempos, han salido en afluyente multitud de las masas populares y solamente de ellas, no de las clases privilegiadas. Y, por tanto, cualquiera que fuera el nivel intelectual de la nación alto o bajo, la mayoría de sus habilidades intelectuales estaban en la fila de sus pobres y de sus innominados, y de ahí  que jamás hubiera un tiempo en que no tuviera abundante material para gobernarse a sí misma. Esto equivale a afirmar un hecho que se ha probado siempre por sí mismo; que aun la monarquía mejor gobernada y más libre e ilustrada  se queda atrás respecto a las mejores condiciones que el pueblo  puede lograr, y que sucede lo mismo con gobiernos de tipo parecido y de rango inferior hasta el ínfimo.
-¿Puede usted darnos un criterio acerca de nuestra burocracia?
-Si, por supuesto, han sido los cabrones de toda la vida, los chupadores de sangre por excelencia, pero hay en todo esto un punto de tremenda importancia. Puede ponerse en forma de máxima: ten en regla las formalidades, nada importan las moralidades”. 
-¿Son amorales?
-Por excelencia.
-¿Cómo puede explicarse que sabiendo el pueblo la existencia de esta burocracia que los oprime, sean solo unos pocos los que se arriesgan a denunciarla?
- La mayoría de las mentiras son actos y la palabra no tiene parte alguna en ellas. Entonces, si lo examinaban un poco más caían en cuenta de que la gente es mentirosa desde la cuna, sin excepción, que comienzan a mentir desde que se despiertan por la mañana y, sin descanso ni alivio, siguen mintiendo hasta que se duermen por la noche. Cuando llegaban a esta verdad, los apenaba como si hubieran sido educados descuidada e ignorantemente por sus libros y maestros; pero, ¿por qué una persona debía apenarse por algo que, según la ley eterna, forma parte de su constitución y ella no puede evitar? El hombre no inventó la ley, su deber es solo obedecerla y callar. Unirse a la conspiración universal y permanecer tan callado como para que se engañen sus compañeros de conspiración, de modo que estos lleguen a imaginar que el hombre no sabe que la ley existe. Es lo que todos hacemos…, todos los que sabemos. Me refiero a la mentira de la afirmación silenciosa. Podemos decirla sin proferir palabra, y todos lo hacemos…, todos los que sabemos. Por la magnitud de su extensión territorial, es una de las mentiras más majestuosas que las civilizaciones guardan, vigilan y propagan con su más sagrado y meticuloso cuidado”.
-¿Pero?
-Anciano, no he terminado de responder a su pregunta. Sea paciente.
-Disculpe.
-La conspiración mundial por la mentira de la afirmación silenciosa  está presente siempre  y en todas partes, y siempre trabaja en interés de una estupidez o de una  falsedad, jamás en interés de algo noble o respetable. Y parece tener el aspecto de la más tímida y ramplona de todas las mentiras. Durante siglos y siglos ha trabajado a favor de despotismos, aristocracias y esclavitudes vergonzosas, esclavitudes militares, esclavitudes religiosas,  y a todas las ha mantenido con vidas; las mantiene con vidas todavía, aquí, allá y acullá, por todas partes del globo; y seguirá manteniéndolas vivas hasta que la mentira de la afirmación por el silencio se retire del negocio…, la afirmación silenciosa de que nada sucede de que los hombres justos e inteligentes sean conscientes y a lo que por deber hayan de poner fin.
Levanté mi mano derecha para tratar de concentrar la respuesta del famoso escritor, y este airado me dijo:
-Baje esa mano, que aún no he terminado. Trato de llegar a lo siguiente: cuando razas y pueblos enteros conspiran para propagar gigantescas mentiras mudas en bien de tiranías y falsedades, ¿Por qué hemos de preocuparnos en absoluto de las insignificantes mentiras de los individuos? ¿Por qué hemos de aparentar que es virtud el abstenerse de decir mentiras? ¿Por qué hemos de querer engañarnos a nosotros mismos de esa manera? ¿Por qué, sin la menor vergüenza, hemos de ayudar a la nación a mentir, y luego avergonzarnos  de hacer por nuestra cuenta una cosita del mismo género? ¿Por qué no ser honrados  honorables y mentir cada vez que tangamos ocasión? Es decir, ¿por qué no ser consecuentes y mentir siempre o no mentir nunca? ¿Por qué hemos de ayudar a la nación a que mienta durante todo el día, y poner objeciones a una pequeña mentira individual en nuestro propio interés, con la que poder acostarnos? Por el alivio que ella significa, quiero decir,  para quitar de nuestra boca el gusto a rancio…”
La colosal Mentira Nacional del Silencios apoyo y aliada de todas las tiranías, falsedades, desigualdades e injusticias que afligen a los pueblos: esa es la merecedora de que se arrojen ladrillos y sermones contra ella. Pero seamos juiciosos y dejemos que comience alguien distinto de nosotros.
-¿Entonces nos es dable mentir? ¿Y?
-No, no se me olvida su pregunta de unos pocos denunciando. Puedo decirle que la historia no nos permitirá olvidar ni ignorar este rasgo supremo de nuestro carácter. Persistente y sardónicamente, la historia nos recuerda que, desde los comienzos del mundo, jamás ningún levantamiento contra la infamia y la opresión públicas ha sido iniciado por un hombre distinto de ese valiente entre los 10 000, mientras los demás esperaban tímidamente y se unían a él con lentitud y desgana, bajo la influencia de ese hombre y de los otros valientes de entre los demás grupos de 10 000…En privado, el sentimiento público estaba de su parte desde muy pronto, pero todos temían exponer su opinión hasta tener algún indicio de que su vecino sentía como ellos mismos”.
¿Por qué ni una voz ni una mano de protesta se levantan en medio de ella? Yo creo que solamente porque hacerlo resulta impopular. Todo hombre teme la desaprobación  por parte de su vecino, cosa que para la generalidad de la raza es más temida que las heridas y la muerte
-Pero, ¿Por qué las personas son tan indiferentes?
- El nativo ha sido transformado en un ser sin ambición porque ha sido sumido en la desesperanza. Estas personas son caballos  -nada más-  caballos con ropas y religión. Un caballo con la fuerza de cien hombres dejará que un solo hombre lo apaleé, lo arrastre y lo deje morir de hambre.
-También le temen al poder.
- Sin vestiduras no hay poder…Dejen en cueros a los jefes, y ningún estado podrá ser gobernado; los funcionarios desnudos no podrían ejercer autoridad ninguna, parecerían (y serían) igual que todo el mundo, vulgares insignificantes.  Un policía vestido de civil vale un hombre; en su uniforme vale diez. Vestiduras y títulos son las cosas más poderosas, los influjos más formidables de la tierra. Mueven a la raza humana a respeto benevolente y espontáneo hacia el juez, el general, el almirante, el obispo, el embajador, el barón frívolo, el duque idiota, el sultán, el rey, el emperador…El jefe de la gran tribu fan lleva un trozo de piel de leopardo sobre sus hombros, es el símbolo sagrado de la realeza; todo lo demás de él va totalmente al desnudo. Si se quitara el trocito de piel de leopardo que lleva para impresionar y atemorizar a la gente, no podría mantener su puesto.
-Pero, ¿cómo es posible que pueblos enteros se rindan sin reparos al culto del poder por el poder?
- Siendo como es la naturaleza humana, supongo que debemos esperar que  poco a poco llegaremos a la monarquía. Es un pensamiento que entristece, pero no podemos cambiar nuestra naturaleza, todos los seres humanos somos iguales, y en nuestra sangre y nuestros huesos, de modo inerradicable, llevamos la semilla de la que crecen las monarquías y las aristocracias: el culto al oropel, a los títulos, a las distinciones, al poder. Hemos de rendir culto a esas cosas y a sus poseedores, es innato en nosotros y no podemos evitarlo.  Tenemos que ser despreciados por alguien a quien consideramos por encima de nosotros, o no seremos felices; debemos tener a alguien a quien adorar  y envidiar, si no, no estamos contentos.
En público hacemos ascos a los títulos y a los privilegios hereditarios, pero en privado los deseamos ansiosamente, y cuando se nos presenta la oportunidad  los compramos con dinero o con una hija.
En una monarquía, el pueblo reverencia gustosa  y alegremente, y se enorgullece de la nobleza y no se siente humillado ante la reflexión de que este humilde y cordial homenaje  no consigue como pago más que el desprecio. El desprecio no los avergüenza, están acostumbrados a él y reconocen que es lo merecido. Así estamos hechos todos.
-¿Cómo puede explicar usted que un hombre dirija un país por más de 50 años y siga aún apegado al poder?
- Estoy seguro que es un hombre sagaz en muchos, muchos aspectos pequeños, a la manera  del contemporizador, a la manera del calculador hábil, al modo del hombre capaz de calcular  correctamente las mareas para así entrar con la baja y salir con la alta sin perder nunca su puesto en la cresta de la ola de ventaja, mientras que otros hombres, tan inteligentes como él, pero más adictos a los principios y menos  partidarios de la política, se pierden en barreras y arrecifes.
-Yo me pregunto una y mil veces, ¿Cómo es posible   que después que un pueblo logra su independencia y su libertad, erradica vicios e inmoralidades, se educa en una moral y principios valederos, vuelve un día al mismo punto de partida? ¿Es justa nuestra lucha por evitar ese regreso?
-No merece la pena el esfuerzo de impedir que la historia se repita, porque siempre el carácter del hombre hará imposible la evitación de esas repeticiones. Cuando el hombre realiza un gran avance en prosperidad y progreso materiales, con toda seguridad piensa que ha progresado, aunque en realidad no ha avanzado ni un centímetro, solo sus circunstancias han mejorado. Él está donde siempre estuvo. Sabe más que sus antepasados, pero su inteligencia no resulta mejor que la de ellos, ni lo será nunca.
Ni siquiera puede inventar una religión y mantenerla intacta; las circunstancias son más fuertes que él y que todas sus obras. Las circunstancias y las condiciones están cambiando siempre,  lo obligan a modificar sus religiones para armonizarlas con la nueva situación.
Todo hombre es un amo y, al mismo tiempo, un esclavo y un vasallo. Siempre hay alguien que lo considera, lo admira y lo envidia, y también alguien a quién él admira y envidia. Su naturaleza es así. Su carácter es así. Y ambos son inmutables e indestructibles. Por eso, las democracias y las repúblicas son distintas de él,  no pueden satisfacer los requisitos de su naturaleza. Las inspiraciones en el carácter del hombre siempre darán lugar a circunstancias y condiciones que con el tiempo le proporcionaran un rey y una aristocracia a los que rendir culto. En una democracia tratará –y tratará muy duro- de mantener alejada la Corona, pero la Circunstancia es un dueño poderoso y eventualmente lo derrotará.
Las repúblicas perviven largo tiempo, pero la monarquía perdura para siempre. Por las enseñanzas recibidas sabemos que una gran prosperidad material siempre trae consigo condiciones que corrompen la moral y enervan la hombría de una nación; luego, las libertades de la nación salen al mercado público y se compran, se venden, se dilapidan y se tiran, y un ídolo popular es llevado al trono sobre los escudos o sobre los hombros  de los adoradores, y es allí plantado para siempre.
El profesor nos enseñaba que las libertades de Roma no fueron sacadas un día a subasta pública, sino que se compraron lenta, furtivamente, poco a poco; primero con un poco de grano y aceite para los pobres y más desgraciados, y luego con grano  aceite para los que votaban, que ya no eran tan pobres, y más tarde aún con grano y aceite para cada uno de los hombres que tenían un voto que vender.
-¿Entonces cree una quimera que la inteligencia y acción del hombre pueda lograr una verdadera justicia social?
- La inteligencia tampoco ha sufrido cambio alguno. Es lo que fue siempre. Existen unas pocas inteligencias buenas entre una multitud de mediocres. Sucedía lo mismo en los viejos tiempos de la Biblia y en todas las demás épocas, de los griegos, romanos, Edad Media y Siglo XIX. Entre los salvajes –todos los salvajes- la inteligencia media es tan competente como la inteligencia media entre nosotros o en cualquier otra parte.
Pues bien el Siglo XIX realizó progresos –los primeros progresos después de “siglos y siglos”-, progresos colosales. ¿En qué? En los aspectos materiales. Se realizaron prodigiosas adquisiciones en cosas que aumentan la comodidad de muchos y hacen la vida más dura para otros tantos.  Pero, ¿es visible el progreso de la justicia? Creo que no. Los aspectos materiales no se inventaron en interés de la justicia. A duras penas puede demostrarse, creo yo, que haya más justicia en el mundo a causa de esos descubrimientos que la habida antes de ellos.
-¿A que se debe esa desconfianza de usted en la lucha de los oprimidos por lograr una sociedad con una verdadera justicia social?
-Conozco a vuestra raza. Se compone de ovejas. Está gobernada por minorías. Suprime sus sentimientos y creencias, y sigue al puñado más ruidoso.  A veces el puñado que hace el ruido tiene razón, a veces no la tiene: a pesar de todo la multitud la sigue. La gran mayoría de la raza sea salvaje o civilizada, posee en secreto un corazón bueno, y odia infligir dolor, pero no osa afirmarse en presencia de minoría agresiva e inmisericorde.
Las monarquías, aristocracias  y religiones se basan, todas, en ese gran defecto de vuestra raza: la desconfianza del individuo hacia su vecino  y su deseo, en pos de comodidad y tranquilidad, de ser bien considerado por él. Estas instituciones permanecerán y florecerán siempre, y siempre os oprimirán, os afrentarán y os degradarán, porque siempre seréis esclavos  de minorías. Jamás existió un país en que la mayoría de la gente fuera, secretamente en su corazón, fiel a ninguna de esas instituciones.
En ocasiones, a comienzo de una agitación política demente y ramplona, el ciudadano experimenta  una fuerte inclinación a rebelarse, pero no lo hace, es más prudente que todo eso. Sabe que su hacedor lo averiguaría –el hacedor de su patriotismo, el aventado e incoherente mísero subeditor del periódico de su aldea –y rebuznaría en letra impresa y lo llamaría traidor.  ¡Y cuan terrible sería eso! Le hace meter la cola entre las piernas y tiritar.
Sin embargo, no era cosa de la que hubiera de avergonzarse demasiado. Raras veces, muy, muy raras veces, puede un hombre imponerse a su educación. Es un lastre demasiado pesado.
-Ya que se refirió al patriotismo, ¿Qué es para usted ser patriota?
- El patriotismo resultante fue un producto ajado, adquirido de segunda mano. El patriota desconocía cómo, cuándo y de dónde sacaba sus opiniones, y ello no le preocupaba mientras estuviera del lado de lo que parecía ser la mayoría, que era lo principal, lo cómodo y lo seguro. ¿Cree el lector que conoce a tres personas que tengan verdaderas razones para el modelo de patriotismo que practican y que sean capaces  de exponerlas? Que lo examine si no quiere descorazonarse. Probablemente va a encontrarse que esos hombres bebieron su patriotismo en la gamella pública y nada tuvieron que ver en su preparación. 
Porque con el correr de los años, poco a poco, he caído e cuenta que los comités de opinión colectiva examinan las cosas nuevas con sus sentimientos más bien  que con su cerebro… ¿Y las examinan con sentimientos que se inclinan a favor de las pruebas presentadas? Sabes muy bien que no. Al contrario. Realizan el examen a la luz de sus prejuicios… ¿no es verdad?
¿Sabes de algún caso en que un comité de opinión colectiva haya ganado la partida? Puedes examinar el pasado en toda la longitud que gustes y hallarás  que la Historia te suministra esta máxima no escrita (hasta ahora), para tu provecho y guía: “Apuesta a favor de cualquier novedad que un consenso de opinión colectiva rechace, y no temas perder”.
Si ves que no puedes controla tus pasiones; si sientes que inevitablemente tienes que apostar en contra de algo, apuesta en contra del consenso. Es lo más seguro, toda la Historia lo confirma. Si eres joven deberás situarte, naturalmente, de un lado o en otro, porque no vas a ser capaz de limitarte. Pero en lo que a mi toca, ya soy viejo y esperaré.
-En una ocasión usted relató una anécdota de un niño negro esclavo  que se subía a un cajón e inventaba discursos y usted los oía con deleite. ¿Puede recordarnos algo de ese filósofo niño negro?
- La idea del niño negro, en su filosofía infantil, era que ningún hombre es independiente y no puede permitirse opiniones que interfieran con su diario yantar. Si quiere prosperar tiene que ir con la mayoría. En materias importantes, como la política  la religión, tiene que estar en línea con  sus vecinos, si no sufrirá las consecuencias en su status social o en la prosperidad de sus negocios. Tendrá que limitarse a las opiniones del vulgo al menos superficialmente. Habrá de conseguir sus opiniones de boca  de otra gente sin permitirse razonar por sí mismo. No podrá tener opiniones de primera mano.
Por regla general, la aprobación de nosotros mismos tiene su fuente en un único lugar y nada más: en la aprobación de los demás. 
La auto-aprobación de un hombre respecto a las cosas importantes de su vida se origina en la aprobación de los demás, de la gente que lo rodea, y no en un examen personal, a fondo, del tema.
Sabemos que todo es cuestión de asociación y simpatía, no de razonamiento ni examen; que apenas habrá un hombre en el mundo entero que tenga una opinión sobre moral, política o religión que haya adquirido por un camino distinto de sus asociaciones y simpatías. Hablando en términos generales, no se trata más que de opiniones del vulgo. Y las opiniones del vulgo lo único que pretenden es la auto aprobación. La aprobación de sí mismo se consigue fundamentalmente a partir de la estima y aprobación de los demás. El resultado de todo ello es la conformidad. A veces la conformidad posee un sórdido interés comercial –el interés del pan de cada día-  pero esto no sucede en la mayoría de los casos, creo yo. Pienso que en la mayoría de los casos es inconsciente y no calculada; que nace del deseo natural del ser humano por gozar de buena consideración antes sus vecinos y tener el aliciente de su aprobación y alabanza, de ese que normalmente es tan fuerte  y tan consistente que no puede resistírselo y al que debe abrírsele paso. 
-Y,  por ejemplo, en casos de crisis como las que atraviesa la sociedad cubana, ¿que pudiera usted decirnos al respecto?
- Una emergencia política saca a la superficie las opiniones  del vulgo con gran fuerza, en sus dos variedades principales: la variedad del bolsillo, que tiene su origen en el interés propio, y la variedad de mayores dimensiones, la variedad sentimental, la cual no puede soportar verse fuera de su gremio, caer en desfavor ni resistir los ceños fruncidos ni los desprecios. Esa variedad siempre quiere estar en la buena consideración de sus amigos, quiere que le sonrían, que le den la bienvenida, desea oír las preciadas palabras  de “está en el camino acertado”, aunque la profiera un asno, un asno en alto grado, un asno cuya aprobación es oro y diamantes, para un asno en grado menor, y que confieren gloria, y honor, y felicidad, y certeza de que se forma parte del rebaño. En aras de estos gozos. Muchos hombres están dispuestos a arrojar por la borda sus principios de toda la vida, y su conciencia juntamente con ellos.
A los hombres les parece que piensan en grandes cuestiones políticas. Y así es. Pero piensan con su partido, no en forma independiente; leen la literatura del partido, pero no la del lado opuesto; llegan a convicciones, pero se han basado en visiones parciales del asunto de que se trata y sus opiniones carecen de valor especial. Se unen a su partido, sienten  con su partido, son felices con la aprobación de su partido y seguirán a éste adondequiera  que sean guiados, bien hacia el derecho y el honor, bien a través de la sangre, la suciedad o un potaje de moral mutilada.
-Y en esta polémica en Cuba, entre los que quieren más socialismo y los que detentan el poder y quieren más de lo mismo ¿Dónde se situaría usted?
- Dicen que soy revolucionario por simpatías, nacimiento, crianza y principios. Me pongo siempre del lado de los revolucionarios porque jamás existió una revolución sin que existieran previamente circunstancias opresivas e intolerables contra las que rebelarse.
-En ese caso, estaría usted del lado de los que sin cortapisas publican sus ideas y concepciones de cómo mejorar el socialismo en nuestro país.
-Tuve la costumbre normal, en las conversaciones con mis amigos, de revelar todas las opiniones privadas respecto a la religión, la política y los hombres, pero  jamás soñaría mandar a la imprenta ni una de ellas, porque individual y colectivamente están en conflicto con las opiniones públicas de casi todos los hombres, aunque al mismo tiempo estén en feliz acuerdo con las opiniones privadas  de casi todos los hombres.
Poseía una gran carga de opiniones privadas  sumamente interesantes  importantes acerca de todas las grandes cuestiones de la Tierra, pero que no eran para la imprenta. Le recuerdo que todos quebrantamos las reglas dos o tres veces en la vida y lanzamos a la imprenta una opinión privada impopular, pero  nunca lo hacemos cuando podemos evitarlo, jamás lo hacemos, excepto cuando el deseo de hacerlo es suficientemente fuerte para superar y derrotar a nuestro frio, calmo y prudente juicio.
Expongo en público solo mis opiniones cuidadosamente perfumadas, podadas y afeitadas, y guardo las privadas no menos cuidadosas, cauta y prudentemente.
Por otra parte, no creo que la prensa sea la palestra de nuestras libertades. Era un lema serio y verdadero, pero hace tiempo que ha muerto y que ha quedado relegado a la seguridad del limbo en el olvido. Hoy nadie se atrevería a pronunciarlo, a no ser como un sarcasmo.
Creo que es inútil tratar de reformar al mundo. Hace dos mil años que eso se intenta sin resultados positivos.
Aunque para que su cara vuela a tomar un cariz más agradable, porque después de mis respuestas sus facciones me demuestran desencanto, puedo decirle que el verdadero patriotismo, un patriotismo real es: ¡la lealtad no a una familia ni a una ficción, sino lealtad a la nación misma! El único patriotismo racional, es lealtad a la nación siempre, lealtad al gobierno cuando la merece.
De cualquier manera, no está demás recordarle que, por bondad de Dios tenía en mi país  tres cosas indeciblemente preciosas: libertad de expresión, libertad de conciencia y prudencia para no ejercer jamás ninguna de las dos.
-¿Alguna otra opinión?
Si quieren ser honestos con ustedes mismos eviten esa característica   del exhibicionismo ante la raza humana. Siempre ha sido un rasgo peculiar de la humanidad, el tener en reserva dos tipos distintos de moral: la privada y real, y la púbica y artificial.
Y con un basta ya de preguntas se levantó  Twain del banco y se marchó. Lo vi caminar despacio y doblar la esquina y fue entonces que recordé no haberle dado las gracias por su conversación. Salí disparado hacia la esquina y no divise al viejo por ninguna parte, solo estaban, como siempre,   los transeúntes que se pasan la vida haraganeando por las calles a cualquier hora del día y de la noche.
Me pareció un viejo cascarrabias desencantado de la humanidad que le tocó vivir   y si bien muchas de las cosas que me dijo son ciertas, solo discrepo en un punto con él, a pesar de todo, podemos lograr un mundo acorde a nuestras aspiraciones humanas, de no ser así, ¿de que valdría la pena vivir?
  Entonces, me gustaría estar en el uno de diez mil. Gracias Twain.
25 de agosto del 2010.
El Francotirador del Cauto
Francotiradordelcauto@yahoo.es
Nota. Después de entrevistado tan notable escritor norteamericano pude verificar que sus opiniones están reflejadas en sus siguientes obras:
Following the Equator, The man that corrupted Hadleyburg, Revista North América Rewiew, 1901 y 1902, Carta al Reverendo J.H. Twitchell, de Hartford, En Europe and Elsewhere, New York, Harper and Brothers, 1923 y en Un yanqui de Connecticut en la corte del Rey Arturo.
 
 
 
 
 
 
 
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#1.- EL FRANCO TIRADOR PERDIÓ EL RIFLE EN EL TIEMPO.
ALICIA|02-09-2010 00:22
TREMENDA BABA. SOLO QUE OLVIDASTE DECIRLE AL APARECIDO  Mark Twain. QUE LOS  Beatles EN LA  DÉCADA  DE LOS 60 Y 70 ESTABA PROHIBIDA SU RADIO  DIFUSIÓN EN CUBA Y QUIEN SE ATREVIERA HACERLO Y FUERA SORPRENDIDO O COGIDO INFRAGANTY  PODÍA  CUMPLIR CONDENA PENITENCIARIA.  ASÍ  LO ESTUVO FELICIANO, JULIO IGLESIAS.   
COMO SALIDO DE UN CUENTO DE HADAS   PUDISTE INTERROGAR A UN DESAPARECIDO Y SENTARTE AL LADO DE UN PROHIBIDO AGENTE DE LA CIA, QUE  DEVENIDO EL TIEMPO SE  CONVIRTIÓ EN REVOLUCIONARIO. "IRONÍAS  DEL DESTINO"  SIGUE EN ESE CAMINO QUE  DESCUBRIRÁS  OTROS TEMAS INTERESANTES. LAMENTO TENER QUE TRONCHAS ESTE TEMA.  EN OTRO MOMENTO TE ESCONDEMOS EL RIFLE PARA QUE TIRES CON UNA AKM.  CUÍDATE  QUE COMO TU ABUNDAN MUCHOS. 
Valoración: 1
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#2.- Subiste la parada Francot y te paso como a el, no todo el mundo puede entender su genialidad
I Quintero|02-09-2010 04:36
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#3.- Alicia la cabrona
el gordo|02-09-2010 05:49
que tiene que ver lo que tu estas hablando alicita  con el  escrito, mi  débil  mente no  entiende  pudieras esplicar?
Valoración: 0
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#5.- Al franco tirador incauto
02-09-2010 15:53
Podías preguntarle de paso, el motivo de escribir un libro racista y discriminatorio contra los afro americanos como Huckleberry Finn. ¿Qué tomas para que se te aparezcan los fantasmas de Stalin y Twain? ¿Han vuelto a dejar abiertas las puertas del Mazorra?. Sino, no entiendo la simultaneidad de tus artículos, tus fantasmas, la Alicia, la Maria Elisa y demás frikis.
Valoración: -1
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