Soy escritor profesional y vivo fundamentalmente de mis derechos de autor. Pero cada vez que en mis frecuentes viajes a Latinoamérica descubro una edición “pirata” de alguna de mis obras, lejos de indignarme o acongojarme me llevo una gran alegría, pues es una señal de que lo que escribo interesa a quienes no pueden pagar el excesivo precio que se suele cobrar por los libros. Y estoy radicalmente en contra del canon por el préstamo de libros en las bibliotecas públicas, que supuestamente nos beneficia a los autores y que en realidad no es sino una maniobra de los verdaderos piratas culturales (las grandes editoriales y las grandes gestoras de derechos) para incrementar aún más sus abusivos beneficios; o sea, un paso más hacia la destrucción de lo público en aras del lucro de unos pocos, un nuevo zarpazo del capitalismo salvaje.       Quienes fotocopian mis libros, o los leen gratis en las bibliotecas, o se los bajan de Internet, no me roban ni me amenazan, sino todo lo contrario: le dan sentido a mi trabajo y me animan a seguir haciéndolo; pues si he llegado al punto de ser “pirateado” es, sencillamente, porque mi obra ya ha alcanzado un grado de difusión y de remuneración superior al que merece. Y no se entienda esto último como un alarde de falsa modestia (y mucho menos de modestia auténtica), sino como el mero reconocimiento de que, en términos comparativos (en comparación con otros trabajos, quiero decir), cualquier autor con presencia en el mercado está recibiendo de la sociedad mucho más de lo que le ha dado. O devuelto, más bien, pues quienes podemos dedicarnos a alguna actividad vocacional y creativa, no hacemos más que restituir una pequeña parte de lo mucho que hemos recibido. Somos doblemente privilegiados: por el mero hecho de poder dedicarnos a algo que nos gratifica y enriquece, y por haber tenido acceso a la formación necesaria para poder desarrollar nuestras capacidades.
      A lo largo de mi vida, he tenido el privilegio de conocer personalmente a un buen número de grandes artistas e intelectuales. Y cuanto mayor era su talento, más afortunados se sentían y más agradecidos se mostraban, aunque su actividad no siempre fuera acompañada de unos ingresos sustanciosos. Solo los mediocres se quejan; y cuando, por una u otra vía, consiguen encumbrarse, se aferran a sus inmerecidos privilegios como los politicastros a sus escaños y los ejecutivillos a sus maletines. Solo los mediocres que han conseguido el premio de consolación del “éxito” tienen miedo de las nuevas tecnologías, es decir, de las nuevas relaciones de intercambio que inevitablemente generan. Y con razón, porque solo ellos tienen algo que perder. Las nuevas formas de reproducción y difusión de textos, imágenes y sonidos amenazan tanto el monopolio de los grandes medios de comunicación como la hegemonía de los mediocres, anuncian el final de ambas mediocracias.
      En esa última cena del antiguo régimen cultural en la que se coló un lúcido y valiente Amador Fernández Savater (la ministra debió de confundirlo con su padre), se vio claro quiénes son los verdaderos depredadores, los verdaderos enemigos de la cultura, que no son otros -y otras- que quienes quieren convertirla en un coto y un mercado. Si algo tienen en común los invitados a aquella bochornosa “cena del miedo” (con escasas y honrosas excepciones), es su condición de mediocres encumbrados, hombres y mujeres que en vano intentan compensar su falta de talento con una mezcla de oficiosidad, oportunismo y sumisión a los poderes establecidos. Y que tiemblan ante Internet de la misma manera -y por los mismos motivos- que el clero y la nobleza del Medioevo temblaron ante la imprenta.
      Pues si la imprenta hizo posible la revolución humanista del Renacimiento y el telégrafo hizo posible la revolución socialista, Internet, heredera forzosa de la imprenta y de la telegrafía, propiciará una revolución humana y social cuyas consecuencias solo podemos vislumbrar. Y, como en todas las revoluciones, caerán las cabezas de los privilegiados y se levantarán las cabezas de los desposeídos. Ya se están levantando.
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#1.- Grande Frabetti
EHB|03-02-2011 14:16
Solo quiero decirte una cosa
ESKERRIK ASKO
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#2.- La palabra es un ladrillo para tirarselo a dios y romperle la frente
No me da la gana|03-02-2011 14:46
Hasta hace un año y pico era imposible conseguir "Antologia Rota" de León Felipe. Descatalogado me decían, en una tras otra librería. No me lo podía creer. Tres años hasta que por fin se decidiéron. Cultura que se aparca en almacenes empolvados que ponen en evidencia la culturilla de usar y tirar, y de llevar por casa. Pensar es  estár en peligro de muerte, o peor aún, considerarte un enfermo entre castillos de simplezas megalómanas.
En el cine de 8 a12 peliculas en cartel sobre repetidos temas, que ya ni sorprenden, pero millones de metros de celuloide se guardan en rincones, en baules o en cajones, en pro de un rapido benefico del mas burdo remake, pero eso no es pirateria, aunque a los dos minutos separ quien es el malo, te cause risa el terror, o el suspense sea el que tiene la butaca. Pensar está prohibido si es para molestar el status quo mental. Que bonita es la revolución allá lejos.
Cuanto se reza al vil metal, cuantos muertos se esconden en los modernos confesionarios, corsarios.
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#4.- Lo mismo que estoy en contra de cobrar un canon por la vacuna del tifu
Belsebú|03-02-2011 19:36
Lo mismo que cobrar un canon por la del SIDA o la del tétano....Porque la cultura es vida y vivir no debe pagar impuestos.
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#5
Antonio|03-02-2011 20:54
Qué mejor obra para un artista, aquella que se propaga y disfruta por el pueblo.
Qué mejor producto para un mediocre, aquel que se consume por el pueblo.
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#6
pepe díaz|04-02-2011 00:29
Con dos cojones :-)
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#7
Para Carlo de M.Machado|04-02-2011 11:37
LA COPLA
Hasta que el pueblo las canta,
las coplas, coplas no son,
y cuando las canta el pueblo,
ya nadie sabe el autor.
Tal es la gloria, Guillén,
de los que escriben cantares:
oír decir a la gente
que no los ha escrito nadie.
Procura tú que tus coplas
vayan al pueblo a parar,
aunque dejen de ser tuyas
para ser de los demás.
Que, al fundir el corazón
en el alma popular,
lo que se pierde de nombre
se gana de eternidad.
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#8.- Fe y esperanza
Carlos Gil Fernández|04-02-2011 23:38
Gracias por tu lúcida defensa de la libertad de acceso a la cultura. Y por la esperanza en que sea la potencia del devenir histórico quien sepulte las mezquinas pretensiones de los mercaderes literarios. Esa esperanza nos une en una fe que está amenazada por muchos frentes, especialmente el de la (des)información de los medios de comunicación de masas. Me conformo con que alguno de los desinformados haya cambiado de opinión tras la lectura de tu artículo.
Gracias también por lo que toca a las bibliotecas públicas. ¡No al préstamo de pago! ¡Abajo los cánones a la cultura!
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#9.- Has acuñado un nuevo concepto, felicidades! :)
José Luis Castillo|05-02-2011 16:13
Sí, porque acabas de definir Deberes de Autor frente a derechos de autor. Y es que el autor tiene una deuda con quien dedica su tiempo a acercarse a su obra y luego se deja influir por ella en su vida cotidiana.
Es fácil ser autor de obra. La dejás ahí y ya está. Es mucho más difícil atender a la audiencia. Qué diferencia, sí...
Felicidades, de las grandes y de las de verdad! :)
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