En época de crisis económica se le da muchas vueltas a los precios. Se busca más que nunca lo más barato. Parece que se intenta ahorrar. Pero lo que me pregunto es si la vida de las personas también está de rebajas, ya que hay que asumir que el mercado estipuló que todo está en venta. 
Resulta que, una vez más, ante diversas manifestaciones de los últimos tiempos (anti-Bolonia, antifascistas del 20-N, en solidaridad por el asesinato de Alexandros) lo único que importa son los costes materiales de la protesta. Párrafos y párrafos se atiborran del escándalo que suponen las papeleras quemadas o los contenedores volcados, escaparates rotos y bancos ardiendo. Está claro que estamos en crisis, y hay menos liquidez para comprar plástico y metal. Asimismo, la hiperinflación de palabras como caos o violencia atestan la información sobre las protestas. El objetivo es el de siempre: crear miedo y justificar la existencia de las fuerzas represivas estatales.
"Incalculables daños materiales", "radicales violentos", o "reina la anarquía", esa frase tan mencionada e ignorante exponencialmente, colman crónicas y reportajes. Sin embargo, la atención respecto a los daños a las personas, seres vivos que sienten y supuestamente semejantes a los que causan el dolor, es ínfima y parece que está de rebajas. Es mucho más importante el sufrimiento que padece un ladrillo, un cristal, o un trozo de hojalata, pues además hay que pagarlos. Y claro, mientras que los contenedores y escaparates necesitan liquidez para que se recuperen de las dolorosas heridas que han sufrido a manos de los incontrolados, la carne humana está de rebajas, incluso no se paga, pues la recuperación la lleva cada uno en su casa, o en el caso de Alexandros, en el cementerio.
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