La noticia de que el Brasil de Lula está cambiando la alianza estratégica que desde Getulio Vargas mantiene con EE.UU. es una buena noticia. En primer lugar, nos indica que los brasileños no se van a rendir sin lucha ante las pretensiones yankis de dominar el continente y controlar sus materias primas. El confuso tratado del ejército norteamericano con el gobierno colombiano para la instalación y el uso conjunto de bases militares en la costa caribeña, ha mostrado a los latinoamericanos la persistencia de la política imperialista en la región. Y la respuesta ha sido contundente en la modificación de la política militar.
En segundo lugar, favorece una evolución independiente de la región evitando las interferencias externas. La evolución de un grupo importante de naciones en la zona hacia el socialismo, a través de la creación de un sistema económico común fundado en principios no capitalistas, ALBA, es una de las mejores noticias que hemos podido recibir en los últimos diez años, pero naturalmente no podía quedar sin contestación por parte de las oligarquías imperialistas del norte. Por tanto, el Brasil de Lula alejándose de los EE.UU. se posiciona como un aliado objetivo del grupo del ALBA, por el temor a las futuras agresiones del comando norteamericano.
Pero conviene no hacerse ilusiones excesivas sobre este paso. Pues por otro lado, en Brasil no se han hecho auténticas transformaciones en las estructuras básicas capitalistas del país, y su enfrentamiento con la potencia hegemónica viene dirigido por los intereses de la burguesía nacional frente a la extranjera. Es una notable diferencia con respecto de los países del ALBA, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Cuba, etc., donde los gobiernos han confrontado a las oligarquías nacionales con el objetivo revolucionario de construir democracias populares y socialistas. Es cierto que Lula ha introducido modificiaciones importantísimas en las relaciones de fuerza entre las clases sociales, especialmente contra las antiguas oligarquías, pero se queda a medio camino respecto de las transformaciones más profundas a las que aspiran las clases populares, señaladamente el Movimento dos Sem Terra.
La participación de la burguesía en el poder político conquistado por el movimiento obrero en Brasil, se muestra de ese modo como un freno a las líneas de transformación más radicales. Y ahora en la firma del tratado militar con Francia podemos ver la presión de esa misma burguesía. Lo que se nos anuncia como un cambio de estrategia militar no parece sino un cambio de frente de batalla, para eludir un obstáculo insalvable: una mera desviación táctica dirigida por el enemigo de clase. Pues Francia es miembro de la OTAN, el auténtico centro decisor del comando imperialista, por lo que el ‘enfrentamiento’ contra los militares de los EE.UU., puede ser fácilmente reconvertible. Y además Sarkozy representa la derecha más intransigente, neoliberal, amigo de los mismos ultraconservadores que dirigen la política de hegemonía imperialista en los EE.UU. ¿Qué salimos, pues, ganando con este trueque? ¿No parece más bien un juego de manos que pretende sacar palomas y conejos de una falsa chistera?
Y, por cierto, Cuba y Venezuela acaban de denunciar a la Philips por vender material médico sin facilitar los repuestos, poniendo de ese modo en riesgo la vida de muchas personas. Confiar en la industria capitalista del enemigo no es muy aconsejable para un país que se propone alcanzar una mayor soberanía respecto del capital transnacional. Pues los defensores del libre mercado son los primeros que utilizan criterios políticos para dominar la situación. Por lo que el ejército de Brasil  corre el riesgo de encontrarse en unos años con armamento inservible por haber calculado mal sus compras. A menos que se desarrolle una industria nacional y sea capaz de encontrar apoyos subsidiarios para ello.
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