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Un cuento desde la montaña de Guerrero
deme su venia, amigo que lee, este es un intento por decirle a usted algo
Enrique Castillo González | México, Guerrero | 19-1-2010 a las 0:19 | 1189 lecturas
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surrealismo montañez

El pintor de la montaña   
Cuento dedicado:
Al amor del amor de mi vida

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A ti, mujer sin tiempo ni edad, te dedico esta historia. Verás, mi querida Isabel Casas, no hay nada tan sui géneris en la ciudad más grande del mundo que las tardes de los sábados en el barrio de Coyoacán. Gente caminando sobre las calles de adoquín, casas de fachadas limpias y añosas de estilo neo colonial buscando tener en sus rostros de muro algún matiz de terracota. Conforme recorres ese espacio, negrita, el ambiente se llena de diferentes aromas; dejando atrás la avenida “Miguel Ángel de Quevedo” se diluye entre copas de árboles el irritante olor de la gasolina quemada, enfilando ya hacia el centro del tradicional Barrio puede llegar sobre tu cara el calor del pan recién horneado, el dulce de manzanas acarameladas y, si a esa atmósfera olfática sumas las voces de Coyoacán, el universo aquel se hace subyugante.

Gritos de mercaderes, voces de niños que se entrelazan con claxonazos y chicharrazos de patrullas, sobre todo ello el siempre místico vibrar de las campanadas que llaman a misa desde las torres de la centenaria catedral de este Barrio. Gente de toda alcurnia o linaje se mezcla con demás criollos, mestizos, mulatos y saltapatraces; algunos son romeros, algotros sólo marchantes. Entre los dos principales corazones de ese espacio se encuentra el quid de la historia que estoy por contarte Isabel.

A las diez de la noche de todos los sábados, corazón de la noche sabatina, en el centro de esa plaza, junto al monumento de bronce que muestra tres coyotes en tamaño natural, sitio que por cierto, es el corazón de ese espacio pro juvenil, un grupúsculo de gentes que se dedican a mercar pulseras y collares de trapo engarzado con piedritas o pequeños huesos, convive e interactúa. Ellos tienen una artesana curiosidad, en su afán de ser diferentes todos se visten igual, ropa de manta hecha en Oaxaca o Chiapas y cabelleras enmarañadas de estricto corte jamaiquino hacen las veces de firma común. Flotando sobre ellos, como si fuera una cúpula invisible, miles de millones de partículas de pachulí.

Tendidos sobre el piso mientras tuercen y amarran su mercancía escuchan e incluso hacen música acompañándose de guitarra y flauta; los marchantes, particularmente los jóvenes, suelen colocarse frente a ellos, algunos en cuclillas para ver a detalle pulseras y collares de alto valor emocional para estos chavos marchantes.

Vián Santiago, sentado en medio del grupo, movía dedos y manos con rapidez, terminando en cosa de quince minutos un collar hecho con un delgado trozo de lazo negro y encerado que justo a la mitad tenía una piedra del tamaño de la yema del dedo medio, la pequeña piedra de lapislázuli quedó montada sobre un alambre muy delgado, enlos extremos del cordón las dos partes que al unirlas completan el broche. Algo deja sentir Vián que hace saber que él es la estrella principal de esa tenida.

De no más de un metro sesenta y dos centímetros de estatura, rostro del color del lodo, abundantes vellos sobre los labios que luchan vehementemente por ser llamados “bigotes”; todo ello en una pequeña complexión de huesos fuertes, esqueleto prácticamente igual al de los miles de albañilesque viven en las obras en la ciudad de México, y no es casualidad la similitud, ya que Vián, al igual que muchos de los matacuases, y “maestros de obra” son oriundos de las montañas altas de Guerrero, Tlapa para ser exacto.

Yo fui aprendiz del mejor pintor del mundo, mi madre me llevó con él cuando yo sólo contaba con doce años de edad, eso fue en la montaña baja, en Tixtla, que es una de las más hermosas villas del centro de Guerrero, misma que alguna vez fue capital de ese estado formado por el amulatado general insurgente Juan Álvarez. El maestro, que a la postre tendría como sus sesenta años nació ahí, pero de niño, a decir de unos, se lo robaron los gitanos y no se volvió a saber de él, pero otros cuentan que fue su padre quien se lo vendió a una caravana de Húngaros que pasó por Chilpancingo con rumbo a la ciudad de México. El asunto es que a los quince años de edad, Hugohelí, mi maestro, estaba trabajando muy lejos de México para un viejo pintor cerca de los viñedos de Lyón, en la campiña francesa.

Hugohelí Hersuas, poco hablaba de su vida con los Húngaros, sólo lo hacía cuando después del último pincelazo sobre la firma de un lienzo la compañía era buena, la música mejor y sobre una mesita se oreaba un buen chinchón con mosca u otra bebida—y esos espacios yo sólo los viví con el maestro no más de tres veces—dice Vián. —Ah!, pero eran verdaderas tertulias embriagadoras, y no por el correr del anís, lo eran porque de la boca del maestro salían las palabras más bonitas, los paisajes que describía eran más hermosos que los que pintaba e incluso la música que cantaba él acompañando al mismísimo Andy Russel. O si la tristeza lo vestía, invitaba a Carlos Gardel y cantaban juntos una o dos milongas utilizando como médium un viejo “tocadiscos”.

Una tarde noche, luego de que mi maestro terminara un pequeño retrato a una amiga que lo visitaba desde Israel y dejando que óleo y concierto para violín de Chaykovsky formaran ambiente, el maestro contó la siguiente historia:

—Una nueva leyenda medieval dedicada con todo cariño a todas las mujeres, sentenció el tixtleco dándole a su voz cierto color de sarcasmo.

El joven rey Arturo fue sorprendido y apresado por el monarca del reino vecino mientras cazaba furtivamente en sus bosques.

El rey pudo haberlo matado en el acto, pues tal era el castigo para quienes violaban las leyes de la propiedad, pero se conmovió ante la juventud y la simpatía de Arturo y le ofreció la libertad, siempre y cuando en el plazo de un año hallara la respuesta a una pregunta difícil.

La pregunta era la siguiente: ¿Qué quiere realmente la mujer? Semejante cuestión dejaría perplejo hasta el hombre más sabio y al joven Arturo le pareció imposible contestarla. Con todo, aquello era mejor que morir ahorcado, de modo que regresó a su reino y empezó a interrogar a la gente.

A la princesa, a la reina, a las prostitutas, a las monjas, a los sabios y al bufón de la corte… En suma, a todos, pero nadie le pudo dar una respuesta convincente.

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El pintor de la montaña
Enrique Castillo González

¡Eso sí!, todos le aconsejaron que consultara a la vieja bruja, pues sólo ella sabría la respuesta. El precio sería alto, ya que la vieja bruja era famosa en todo el reino por el precio exorbitante que cobraba por sus servicios.

Llegó el último día del año convenido y Arturo no tuvo más remedio que consultar a la hechicera. Ella accedió a darle una respuesta satisfactoria, a condición de que, primero aceptara el precio. Ella quería casarse con Gawain, el caballero más noble de la mesa redonda y el más íntimo amigo de Arturo.

El joven Arturo la miró horrorizado: era jorobada y feísima, tenía un solo diente, despedía un hedor que daba náuseas y hacía ruidos obscenos. Nunca se había topado con una criatura tan repugnante. Se acobardó ante la perspectiva de pedirle a su amigo de toda la vida que asumiera por él esa carga terrible. 

No obstante, al enterarse del pacto propuesto, Gawain afirmó que no era un sacrificio excesivo a cambio de la vida de su compañero y la preservación de la mesa redonda.

Se anunció la boda y la vieja bruja, con su sabiduría infernal, dijo; lo que realmente quiere la mujer es: “Ser soberana de su propia vida”.

Todos supieron al instante que la hechicera había dicho una gran verdad y que el joven rey Arturo estaría a salvo, y así fue; al oír la respuesta, el monarca vecino le devolvió la libertad. Pero menuda boda fue aquella… asistió la corte en pleno y nadie se sintió más desgarrado entre el alivio y la angustia, que el propio Arturo. Gawain se mostró cortés, gentil y respetuoso, la vieja bruja hizo gala de sus peores modales, engulló la comida directamente del plato sin usar los cubiertos, emitió ruidos y olores espantosos. Llegó la noche de bodas, cuando Gawain, ya preparado para ir al lecho nupcial, aguardaba a que su esposa se reuniera con él… ella pareció con el aspecto de la doncella más hermosa que un hombre desearía ver… Gawain quedó estupefacto y le preguntó que había sucedido, la joven respondió que como había sido cortés con ella, la mitad del tiempo se presentaría con su aspecto horrible y la otra mitad con su aspecto atractivo. ¿Cuál preferiría para el día y cuál para la noche? ¡Qué pregunta cruel!... Gawain se apresuró a hacer cálculos… ¿Quería tener durante el día una joven adorable para exhibirla ante sus amigos y por las noches en la privacidad de su alcoba ¿a una bruja espantosa? ¿o preferiría tener de día a una bruja y a una joven hermosa en los momentos íntimos de su vida conyugal…?

—¿Tú que hubieras preferido?...¿qué hubieras elegido?, le preguntóHugohelí a la ya en ese momento subyugada Sara Zapan, quien sólo se concretó a encoger los hombros y fruncir los labios.

—La elección que hizo Gawain tela diré enseguida, antes de que la escuches toma tú una decisión, le pidió a la hija de Israel, y dio un largo trago a su licor.

El noble Gawain replicó que la dejaría elegir por sí misma; al oír esto, ella le anunció que sería una hermosa dama de día y de noche, porque él la había respetado y le había permitido ser dueña de su vida.

—¿Cuál es la moraleja?, le preguntó a la ya para ese momento seducida nariguda.

—Antes que te diga cuál es, piensa, dijo mi maestro, a quien le miraba con los ojos entrecerrados como si estuviera haciendo un esfuerzo por nos suspirar.

Diez segundos después Sara reaccionó. La guapa mujer se acercó a mi señor, cuando ella estaba a la distancia de un beso él le dijo con el sonido d un susurro…

—La mora es que no importa si la mujer es bonita o fea… en el fondo siempre es una bruja…

2  —¡MISÓGINO! No hay otro calificativo para ti, Húngaro loco, grito la madura y hermosa hermana de David mi maestro.

  —¿Tú crees? ¿No será que la bruja fue la inventora de la andrógina?, respondió él.

Tal vez eso fue lo que me mantuvo tan pendiente del maestro, yo dejé de ser un niño tan sólo en las dos primeras semanas. Él era un ser didáctico, todo lo que hacía fue una nueva enseñanza.

Mi maestro siempre fue muy respetuoso del sistema enseñanza-aprendizaje que se ha de dar en esto de las artes y artesanías. No he de negar que después de un hueco coscorrón bien podía aterrizar en mi mollera una suave palmada o, por qué no, otro coscorrón más fuerte que llegaba casi siempre por equivocarme en acarrearle colores. 

—¡Menso! Para tila vida es en blanco y negro, ¡conoce los colores!

Mi maestro Hugohelí una vez me dijo: los colores verdaderos sólo son tres, los demás son hijos de ellos, son el rojo, el azul y el amarillo.

Mas a mí se me ocurrió hacer una pregunta: ¿entonces los colores negro y blanco los hace a un lado usted?

No lo hubiera yo hecho. La respuesta le salió desde el más profundo de sus chacras: ¡NO! Esos dos de ninguna manera son colores, el uno es la luz y el otro es la ausencia de ella.

Así transcurrió el primer año con mi maestro, al que, sin ánimo de ser un lame suelas, yo veneraba buscando algún día lo que busca todo aprendiz: ser como él. Por mis oídos entraba la mejor música del mundo, a la que se trenzaba la voz del gitano. Mientras pintaba él se hacía dueño de la atmósfera, mis orejas atrapaban con el mismo gusto la música de “Carmina Vurana” que la de los Creadence; disfrutaban igual las voces de María Callas que la de Estela Núñez, llegué a pensar que lo dicho por Oscar Wilde sobre el arte sería para mí como un credo.

<< El artista es el creador de cosas bellas, revelar el arte y ocultar al artista es el fin del arte, el crítico es el que puede traducir de otra manera o en un nuevo material su impresión sobre las cosas bellas, la más elevada, así como la más baja forma de crítica es una especie de autobiografía. Los que encuentran feas significaciones en las cosas hermosas están corrompidos sin ser encantadores, lo cual es un defecto>>.

 
 
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