El 2 y 3 de junio se realizará la 39ª Asamblea General de la OEA en San Pedro Sula, Honduras, y todo pinta que no será una reunión más, como han sido generalmente las de las últimas décadas.
Es que cuarenta y nueve años después de consumada la exclusión de Cuba del organismo, hay una ola de pedidos para que se levante esa medida y la OEA pueda volver a contar con 35 miembros. Hasta ahora se dan cita 34, lo mismo que en las Cumbres de las Américas. La última en su tipo, en Trinidad y Tobago en abril último, tuvo al tema Cuba ocupando la mayor parte de su agenda.
Incluso el discurso de apertura en Puerto España, pronunciado por Cristina Fernández, llamó a las nuevas autoridades norteamericanas a levantar el bloqueo contra la isla, calificándolo de “anacrónico”. Prácticamente todas las representaciones gubernamentales, excluida la estadounidense, estaban de acuerdo con el sentido del discurso de la argentina.
Sin embargo, hasta ahora el bloqueo norteamericano continúa, con flexibilizaciones menores decididas por Barack Obama. Sigue básicamente tal cual fue sancionado en febrero de 1962.
Y también continúa la exclusión de la Mayor de las Antillas de la organización continental, por la decisión de 14 países que así lo votaron en enero de 1962. Esa Asamblea General registró un voto en contra (el del afectado) y seis abstenciones (entre otros México y Brasil).
Las razones de que persistan el bloqueo y la separación de Cuba son fácilmente comprensibles. Estados Unidos es el gran y único obstáculo en lo referido al primer problema, porque es responsable de su imposición. En cuanto al posible regreso del bloqueado a la OEA existió el factor estadounidense y de gobiernos obedientes a esa metrópoli. Pero también está el hecho de que La Habana no tiene interés en volver a ese sitio.
Los dos tópicos registran algunos cambios respecto a la situación de casi cincuenta años atrás.
En lo atinente al bloqueo hay una oleada mundial muy fuerte que demanda su levantamiento. Y no se trata sólo de la postura firme de pueblos y gobiernos de la región sino de todo el mundo, como lo atestigua la última votación en la ONU, por décimosexta vez consecutiva, en octubre del año pasado, cuando 185 países sufragaron a favor de la isla. Incluso la Cámara de Comercio de Estados Unidos, que nuclea a 3 millones de empresas, pidió a Obama que derogara tal absurda medida que la priva de hacer negocios con una plaza cercana. Hasta el archirreaccionario senador republicano Richard Lugar se ha pronunciado a favor de esa solicitud, admitiendo que el bloqueo ha fracasado.
Varios por el retorno
La OEA le sacó “tarjeta roja” a la isla en enero de 1962 acusándola de ser “marxista-leninista”, pero había anticipado esa medida con discursos anticastristas en la reunión de cancilleres en Punta del Este. En agosto de 1961, el representante cubano y encargado de replicar a sus colegas fue Ernesto Che Guevara.
Che no se limitó a replicar los argumentos anticomunistas de los enviados y aliados de Washington sino que profundizó su ofensiva sobre el plan de John F. Kennedy: la “Alianza para el Progreso”. Con su humor bien argentino la calificó de “revolución de los inodoros” y dijo que su objetivo era aislar a la revolución cubana de las demandas de cambios de la región.
Entre Guevara y el canciller de entonces Raúl Roa García popularizaron que la OEA era “el ministerio de Colonias de EE UU”. Ya expulsados de la misma, utilizaron esa definición varias veces desde el atril de la Asamblea General de la ONU y otras conferencias, de las que la isla siguió participando activamente.
Los hechos han probado que los seis países que se abstuvieron en enero de 1962 estaban más cerca de la verdad que los 14 que echaron a Cuba. La prueba está dada por el hecho de que particularmente desde fines de 2008 y en lo que va de 2009, se hizo incontenible la corriente de países que condenan la política de aislar a la isla. Primero fue el Grupo de Río, en su cumbre de Costa de Sauipe, Brasil, en diciembre de 2008. Luego fue el ALBA, en abril de este año, en su cumbre de Cumana, Venezuela. Y finalmente en la citada V Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, con el protagonista ausente por exclusión.
En vísperas de la 39ª Asamblea General de la OEA a realizarse en Honduras, ha vuelto a debatirse en forma muy intensa el eventual retorno de la sancionada, lógicamente con una previa anulación de esa sanción.
Hasta ahora hay tres mociones. Una es del dueño de casa, Honduras, que plantea anular aquella resolución y que las autoridades de la OEA negocien con Raúl Castro ese regreso. Otra, más favorable a la isla, procede de Nicaragua y tiene el apoyo de Venezuela y Bolivia: propone derogar la antigua sanción y pedir disculpas públicamente a la isla, solicitando su retorno. Una tercera, de EE UU, quiere que José Miguel Insulza, secretario de la entidad, abra un diálogo con la otra parte donde se plantee un “toma y daca”: la entidad derogaría la sanción pero La Habana se comprometería a mejorar “!la democracia y los derechos humanos”. También a respetar la Carta Democrática Interamericana de 2001, que pauta un sistema de partidos plural con elecciones según el modelo demoliberal.
“La podrida OEA”
El 2 y 3 de junio se verá en Honduras cuál de las propuestas tiene mayor aceptación. Podría ocurrir que haya una cuarta moción, centrista, elaborada por la ALADI (México, Brasil, Argentina, Perú y Colombia), que tome algo de la moción de Honduras y algo de EE UU. Ese texto favorecería el retorno de Cuba al seno de la entidad continental pero a la vez le plantearía, sin el tono de exigencia perentoria, que debe flexibilizar su sistema político revolucionario y adecuarlo a la “Carta Democrática”.
Si los gobiernos de Lula da Silva y Cristina Fernández dieran impulso a esa cuarta ponencia le abrirían una puerta decorosa al Departamento de Estado. Hillary Clinton estaría encantada de sumarse a una propuesta intermedia, para cubrir las apariencias y sostener que no existió una rendición incondicional frente a la revolución cubana.
Pero una resolución de ese tipo tiene dos inconvenientes para la administración Obama, de distinta índole.
El primero es que, pese al maquillaje de las “exigencias” a la isla, la ultraderecha norteamericana y cubano-americana seguirá planteando  mantener las sanciones al castrismo y dirá que Obama está haciendo concesiones. El senador demócrata Bob Menéndez, de la gusanera de La Florida, ha advertido que en tal caso propondrá que EE UU no ponga más su cuota anual de manutención de la OEA.  Esto incomoda a Insulza y el resto de la burocracia de la entidad que vive placentera y bucólicamente en Washington.
El otro inconveniente proviene del gobierno de Raúl Castro, que no ha manifestado el menor interés en ser readmitido en una entidad unida aún por el cordón umbilical con el imperio. Preguntado sobre el particular, el presidente apeló a una frase de José Martí para ilustrar sobre tal imposibilidad: “primero se unirá el mar del Sur al mar del Norte y nacerá una serpiente de un huevo de águila”.
Fidel Castro empleó palabras tan duras como las de su hermano para expresar su negativa a ese retorno. En su reflexión del 14 de abril pasado, titulada “¿Tiene derecho la OEA a existir?”, el comandante escribió: “la OEA tiene una historia que recoge toda la basura de 60 años de traición a los pueblos de América Latina; (Insulza) nos ofende incluso al suponer que estamos deseosos de ingresar en la OEA. Algún día muchos países pedirán perdón por haber pertenecido a ella”.
Detrás de esas definiciones se adivina el objetivo estratégico de la isla: aguardar el momento en que la decadencia de la superpotencia habilite la creación de otra entidad, una Organización de Estados Latinoamericanos, sin Washington ni Ottawa. La duda es qué haría Raúl Castro si llegara a triunfar la moción de Nicaragua, en esta reunión de San Pedro Sula o más posiblemente en alguna próxima cita de la OEA.  ¿Dejarían desairado en tal caso a Daniel Ortega, Chávez, Morales y otros presidentes amigos? ¿Si es moción hubiera ganado la votación, se trataría de la misma y “podrida” OEA?
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