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Cuba: el final de la historia y la opción socialista (2)
Las camisas de fuerza de la emancipación social
Roberto Cobas Avivar | Para Kaos en la Red | 8-1-2010 a las 15:10 | 1551 lecturas | 1 comentario
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Barrio Fanquito - La Habana

Cuba
El final de la historia y la opción socialista
Segunda Parte

Las camisas de fuerza a la emancipación social

El modelo de economía cubano ha constituido hasta hoy un sistema de restringido comportamiento cibernético. La estructuración de sus relaciones socioeconómicas internas ha respondido a las circunstancias políticas marcadas por la transición poscapitalista que se inicia en 1959 y dura hasta el presente. El sistema económico ha permanecido encapsulado en un marco de intercambio con el entorno - regional e internacional más amplio –  regido no por relaciones de mercado con el mismo, sino dominantemente por relaciones políticas.

Esa característica de reproducción endogámica ha conllevado a una contradicción de doble carácter: 1) a la barrera del desarrollo de sus fuerzas productivas y sus relaciones de producción, 2) y al mismo tiempo a la preservación de la economía de los embates oportunistas del ciclismo de la economía capitalista de los Centros.

La alternativa que le planteaban a la Revolución cubana las urgencias sociales era política. La propia temprana hostilidad política, económica y bélica de los EEUU contra el nuevo poder en Cuba y contra el pueblo cubano ya desde 1959 reafirma las prioridades de la revolución social. Desde la perspectiva que ofrece el recorrido del proceso social, puede afirmarse que  haber mantenido la apertura librecambista del sistema económico, como país inserto orgánicamente en la periferia capitalista, hubiese perturbado de manera significativa la acumulación de capital necesaria para enfrentar en el tiempo de una generación (30 años) - tal como se hizo aunque no respondiera ello a un plan ex profeso para dicho horizonte de tiempo - los programas sociales en educación y salud que podían crear, y han creado, la condición básica estructural para el desarrollo socioeconómico de largo plazo. No existe en América Latina otro país que - habiéndose mantenido en el supuesto de las relaciones capitalista a las que Cuba estaba dada - presente hoy la integridad de desarrollo socio-humano alcanzada por Cuba.

Si el desarrollo social constituye en América Latina un vector resultante del acomodo de los intereses capitalistas dominantes, cuyo reflejo está en la miseria y la pobreza contumaz de amplios sectores sociales en todos y cada uno de sus países, en Cuba éste se entroniza como factor de progreso cultural. Vivir en una favela brasileña no es la expresión aséptica de un “problema de urbanismo”. Una favela en Brasil constituye el resultado de la exclusión inherente al sistema sociopolítico. Hasta el punto que las acciones por atenuar la marginalidad social que genera el sistema capitalista cargan con el lastre de la lógica de exclusión que le es inmanente. Los anillos de asentamientos populares que rodean Brasilia, a pesar del destaque de uno de ellos como solución expositiva a la marginalidad en el capitalismo periférico, no salvan en su conjunto la distancia socio-económica de la “capital futurista” construida para las clases medias y altas por esos pobladores excluidos, adonde ahora acuden como fuerza de trabajo doméstica y de servicios por salarios miserables.

Un barrio marginal en Cuba constituye una reminiscencia del sistema de exclusión prerrevolucionario o la expresión del reacomodo de los procesos de inclusión y avance social que se desencadenan con la Revolución. Tal como he analizado con detenimiento, la pobreza en Cuba siendo un problema de naturaleza estructural, no es expresión de exclusión socio-humana.

El índice de la pobreza, tal como pretenden ignorar los analistas orgánicos al orden burgués, no refleja el grado de vulnerabilidad social. Ese grado además de ser inversamente proporcional al nivel de ingresos de las personas, expresa la situación de desigualdad humana que genera el modelo de exclusión social escondido tras el eslogan neoconservador de la igualdad de oportunidades. Se trata de pobreza e indigencia absolutas - asociadas al salario, es decir, al pago del trabajo residual - bajo el agravante de desamparo social estructural. O sea, aquella situación que no responde a la coyuntura de la pérdida temporal de un empleo, sino a una situación de incapacidad social para la potenciación de las posibilidades de inserción sostenida y el aprovechamiento equitativo de la riqueza cultural producida por todos. Es lo que reflejan complejos estudios sociológicos de la Universidad Católica Silva Enrique (su Escuela de Administración y Economía), al exponer que hoy en Santiago de Chile no menos del 50% de la población manifiesta la certidumbre de vivir en la pobreza de las vulnerabilidades”(RCA, 2008)[1].

Esa esencia es la característica de la marginación capitalista en América Latina. La población cubana acaba de conocer que su índice de mortalidad infantil cierra el 2009 con 4.8% promedio en el país, un nivel correspondiente a los 5 países de mayor desarrollo económico e industrial en el mundo. No están fuera de esa cobertura los pobladores que viven en la precariedad de los barrios marginales. Como no están fuera de la cobertura del sistema de educación universal, ni de todas las redes de atención social que desarrolla el país. Ni tampoco fuera de las posibilidades de inclusión en el sistema de producción y trabajo imperante, por contradictorias que sean realidad y expectativas al respecto[2].

La cuestión de la vivienda en Cuba, habiendo sido enfrentada con resultados que no pueden despreciarse, continúa siendo uno de los problemas más sensibles de su subdesarrollo socioeconómico. Su solución no es posible sino con la transformación sistémica del modo de producción de la economía cubana que se instaura desde 1959. Una solución que no pasa por la concepción capitalista de la vivienda como una mercancía más, especialmente lucrativa para los intereses del corporativismo bancario-financiero-industrial-político que provoca hoy la debacle de la especulación inmobiliaria en el mundo; y que en un país como España, Metrópoli colonizadora de Cuba, país miembro de la UE y la OECD, décima posición por la magnitud de su PIB en el mundo, lleva a una crisis económica devastadora poniendo en precariedad existencial a más de 10 millones de sus habitantes, y mantiene sin viviendas a una población joven excluida del acceso a las hipotecas usureras[3], mientras cerca de 3 millones de viviendas construidas permanecen vacías a la espera de otra alza de los precios que retribuyan el capital de los propietarios empresariales[4].

Con la ruptura de 1959 y la decidida inmersión en el proceso de transición poscapitalista puede afirmarse que Cuba se desvincula - corta sus amarras - de los efectos directos de las perturbaciones provocadas por la regularidad cíclica del desarrollo capitalista geoeconómico regional y global. Lo que permite asumir que se pone a salvo del impacto directo típicamente periférico de las o­ndas de expansión (1946-1975) y declive (1976-2010/2015?)[5]del presente ciclo centenario capitalista. O­ndas que, venidas desde el Centro hegemónico estadounidense, subvierten las necesidades de desarrollo socioeconómico propio de los países latinoamericanos. Préstese atención a que el ciclo de auge de las economías latinoamericanas desde el decenio de 1950 con un crecimiento promedio del 5.4% y del 6.8% entre 1970/80[6], se da en gran medida por políticas regionales pro-cíclicas (intervencionismo neokeynesiano) tendientes a contrarrestar los efectos depredadores de la expansión desde el Norte. En Cuba dicha expansión deja hacia 1960 una economía primaria mono industrial ligada a una retrógrada estructura latifundista, junto a una rama extractiva típicamente rentista.

A partir del decenio de los años 80 del siglo pasado (desde 1975 comienzo de la actual o­nda de declive en el Centro) las economías latinoamericanas, arrastradas por los vientos parásitos del ciclo reversivo hegemónico de dicho Centro, entran en un periodo de magros crecimientos económicos (1980/90=1.4%)[7] y violentas perturbaciones políticas, cejadas por la larga retahíla de golpes de estado, todos alentados desde los EEUU, así como de inclementes dictaduras civil-militares. Es precisamente el periodo en que toman cuerpo las políticas neoliberales instrumentadas desde Washington en pos de las aperturas que permitirían el reacomodo recesivo del declive económico imperial. La desestructuración de las economías latinoamericanas que se impone a partir de entonces pone a las mismas - incluido el modelo económico fallido chileno - en una marcha cuesta arriba de imprevisible futuro. Una desestructuración marcada por la creciente re-primarización de las economías (50% promedio de la economía en toda la región) que, en efecto, viene a responder a las necesidades de recuperación económica del Norte. En este punto, no existe término medio, porque los países dependientes de la exportación de productos primarios, incluso en el caso del petróleo, nunca conseguirán dirigir su propia política macro-económica, y mucho menos todavía, su inserción en la economía mundial” (J.L.Fiori, 2009)[8].

El hecho de haber desenvuelto sus relaciones económicas  - comerciales, tecnológicas y financieras  - con el ex campo de los países del “socialismo” eurosoviético, en esencia con la ex URSS, le permitió a Cuba un ciclo de inversiones sociales básicas importante, “a cambio” de un avance constrictivo de las fuerzas productivas que viene a impedir la sostenibilidad del avance económico. Con ese apoyo económico-financiero y comercial le llegaba a Cuba un modelo de economía que hipotecaba sus potencialidades de desarrollo estructural por el mismo lapso de tiempo (30 años), demasiado prologando como para que no provocara el enquistamiento del modo de producción naciente. Como resultado de lo cual, la economía se convirtió en un ejercicio de subsistencia, más que en una proyección de las potencialidades creadoras propias.

Es importante observar que esas potencialidades reales se expresan claramente a partir del empeño y los resultados del aprovechamiento (sectorial) del nivel de educación y preparación técnico-profesional de la sociedad. Mientras que el rasgo característico hoy de las economías latinoamericanas es su tendencia a la re-primarización[9], Cuba avanza una estructura productiva con una relativa alta participación del factor conocimiento en el crecimiento. El destacado despunte a nivel mundial, a partir precisamente de la crisis de 1990/93, de las investigaciones y la industria biotecnológica y farmacéutica no deja dudas sobre ello. El avance de los servicios médicos y de salud primaria y especializada reafirma dicha tendencia. Otro tanto sucede con la incipiente pero decidida incursión en el campo de la nanotecnología, una esfera apenas considerada a principios de la presente década[10]. No queda atrás el interés y el empuje en la esfera de las ciencias informáticas.

Los esfuerzos en las inversiones sociales y el desarrollo de la tecno-economía del conocimiento, sin embargo, no constituyen un reflejo del avance de las fuerzas productivas en el sentido de su desarrollo general tecnológico y organizativo-funcional. No hablan sobre la eficiencia sistémica del modo de producción. Las inversiones tecno-productivas en los sectores apuntados favorecen la concentración del capital productivo en racimos (clusters) que no dependen del eslabonamiento de la producción con el resto de la economía. Constituyen polos de desarrollo endogámicos.

Siguiendo la trayectoria del sistema socioeconómico, importa desplazar la atención hacia el hecho del desaprovechamiento de los momentos propios y de las coyunturas externas en la transformación cualitativa del mismo. Con la caída del Muro de Berlín, Cuba se deshace de la dependencia de signo contrario en que había gravitado desde la ruptura con la subordinación capitalista estadounidense. Desde ese momento quedaba abierto el camino para la proyección propia en pos del genuino aprovechamiento de todas las potencialidades de desarrollo. Ese era el lado positivo de la profunda crisis en que la dejaba la caída del “bloque socialista”, y por tanto, la ruptura con las ataduras sistémicas al mismo.

Sin embargo, la coyuntura crítica lejos de proyectar la salida a lo que en esencia viene siendo una disfunción  económica estructural, impone la paradoja política del afianzamiento del modelo de economía heredado de prácticas que implosionaban ante los ojos del mundo. La respuesta dada al estallido, marcado por la caída del 30% del PIB (1990/93), se organiza sobre presupuestos emparentados con el “comunismo de guerra” soviético (“periodo especial en tiempos de paz”), primero, y la improvisación luego de liberaciones inconexas de tipo mercantil (una suerte de desarticulada NEP)[11]. Para retomar, una vez logrado el repunte cuantitativo del crecimiento ya en 1994 gracias a flujos de divisas emergentes (remesas familiares entre los principales), las prerrogativas del modo de producción estatista que acababa de ser estructuralmente cuestionado por la crisis propia y la de las economías desde las que se importaba. Un modo establecido según  el monopolio de la propiedad estatal bajo la planificación y movimiento centralizado de la economía y la sociedad. Puede estarse de acuerdo con J.Kornai en la caracterización que hiciera del modelo como economía de la carencia estructural; toda vez que si algo vino a confirmar inequívocamente la transformación capitalista de dichos modelos a partir de 1990 ha sido el destrabe de las fuerzas productivas.

Lo que se ponía en evidencia, más allá de la necesidad de reconducir de manera pragmática y emergente la economía, era la falta de un ideario sobre la transformación estructural del modo de producción. Ha sucedido así no porque - aunque no hubiera una teoría socioeconómica revolucionaria - no existieran experiencias e ideas propias y del acervo de los mismos países “socialistas” que habían caído, sino por la ausencia de voluntad política para la praxis revolucionaria consecuente del Partido único en el poder (PCC).

El despegue del crecimiento económico y el mejoramiento de las relaciones comerciales con el entorno refuerzan en principio la creencia en que la crisis económica (1990/93) no se debía a factores estructurales, sino a la pérdida de los mercados y de la significativa ayuda económica que se venía usufructuando según las relaciones de cooperación con el desaparecido “bloque socialista”. Ese es el mensaje de todo el discurso público del Partido. Una vez estabilizada la precariedad en que quedaba la economía, esa creencia viene a consolidarse con la coyuntura política de la Revolución bolivariana en Venezuela ya a partir de 1998. En realidad la suerte de esa creencia política se decide con la aparición de Venezuela como un aliado geopolítico estratégico y, en consecuencia, su decisiva (literalmente) importancia económica por el factor energético determinante. De manera que pensar el problema del modo de producción y de las relaciones socioeconómicas del mismo dejaba y deja de constituir, si en algún momento lo ha sido seriamente, una preocupación de primera importancia para el Partido.

La incapacidad de eficiente interacción cibernética del sistema económico se mantiene, contradictoriamente, como presupuesto de desarrollo endógeno. Es así que la transformación interna del sistema en busca de su eficiencia estructural, no constituye la piedra angular ni de la táctica ni de la estrategia de proyección en las nuevas condiciones. Se trata de la transformación llamada a optimizar el aprovechamiento de las entradas (input) al sistema, ya obligado a una interacción competitiva con el entorno capitalista, para así lograr la capacidad de reconversión interna de las mismas en altos resultados productivos y, consecuentemente, en salidas (output) de alta eficiencia interactiva.

Lo que han constituido y constituyen coyunturas históricas apropiadas para el abordaje crítico de la ineficiencia sistémica de la economía cubana y sus relaciones sociales de producción - la caída del Muro de Berlín y la Revolución bolivariana -, se ha convertido en factor de afianzamiento de la doctrina del Partido sobre la economía y las relaciones de producción estado-centristas. La táctica de resistencia-supervivencia (siempre en el espíritu numantino de plaza sitiada) se convierte en expresión de una estrategia política que en la práctica asume el “juego” de la beligerancia de los EEUU. En consecuencia, la proyección y el horizonte de progreso sistémico se reducen al ejercicio de la gobernabilidad política del proceso socioeconómico, limitado al marco conceptual que lo mediatiza a priori. Perfeccionamiento ha sido y es la palabra de orden. La idea del perfeccionamiento de las fuerzas productivas se contrapone a la necesidad del cambio de las cotas estructurales del modo de producción que las sofoca.

El doctrinarismo de la praxis política del Partido se recicla de manera recurrente. Como ayer, el sistema de cooperación cerrado en el marco del Consejo de Ayuda Mutua Económica con los países del “ex bloque socialista” (CAMECON), hoy el ALBA (Alianza Bolivariana para las Américas) se le vislumbra al Partido en Cuba como el escenario que puede permitir la sujeción al modo de producción y relaciones socioeconómicas estado-centrista. La idea sobre el ALBA no constituye - no existe concepción política que el pueblo conozca - el escenario que permita la proyección del cambio conceptual sobre la transformación del modo de producción propio. La inercia del pensamiento sobre la economía desarrollista (extensivista), soportada ahora sobre los flujos financieros de los proyectos comunes de desarrollo con Venezuela en el marco del ALBA y en la relación bilateral, convierte en inversiones de alto riesgo los importantes programas de cooperación económica.

La naturaleza del problema, por supuesto, no responde a la solución desarrollista de la economía a la que condiciona su estrategia política el Partido. “El Proyecto Sociopolítico de la Revolución no se encuentra ante la necesidad de perfeccionamiento, sino ante el imperativo de su reorientación política[12].

¿Qué cualidad de la participación puede hacer posible la viabilidad económica del proceso sociopolítico? ¿Puede el individuo, en tanto ser social, identificarse con un proceso de participación que no le ofrece la posibilidad de la libre asociación para producir y reproducirse?

En efecto, la idea de la emancipación social del pueblo cubano no está presente como objeto de primera importancia en el pensamiento político e intelectual orgánico a la Revolución. No constituye un mandamiento del proceso sociopolítico ni, en consecuencia, una prerrogativa del Proyecto Socialista cubano. Se ha dado por hecho que la emancipación social ha constituido, constituye, un resultado inmanente, derivado del mismo hecho de la revolución social operada desde 1959.

Desde la perspectiva de la experiencia de medio siglo del sistema socioeconómico actual, toda la interpretación de la emancipación se reduce al problema de la participación en el producto social. A la luz de lo cual la exclusión social capitalista prerrevolucionaria se presenta como el resultado de la distribución no equitativa de la renta. Lo aparente ha sido de esa forma perseverantemente tomado por lo esencial.

No hemos sido desiguales por la desigualdad del derecho a la disposición del capital y a su reproducción y autogestión, sino por la desigualdad en la distribución del producto del trabajo. La democracia de la distribución no se debe a la democratización del capital, sino a la concentración de su acumulación y gestión centralizada por el Estado proletario. Reivindicado el derecho a la participación igualitaria en la renta (nacional), el modo de producción de la renta (el producto nacional) se asume como sistema productivo y no como participación en una nueva cualidad de relaciones socioeconómicas. Y desde la distancia que se le toma a la autodeterminación del individuo, se estará exigiendo una conciencia de nuevo tipo, soportada en un modo de participación y reproducción de esencia política autoritaria.

En lo adelante todo el discurso acerca del modelo económico será un discurso sobre la creación de una nueva conciencia política del ser social sobre la base del perfeccionamiento tecnócrata del modo de producción capitalista que se hereda. “Las armas melladas del capitalismo” no conciernen el cañón sino las municiones. Las relaciones monetario-mercantiles y el mercado encarnan el capitalismo; primero desechadas, luego asumidas como un mal menor y hoy aprovechadas sin convicción gnoseológica. El modo de producción de naturaleza capitalista que se acepta, basado en la propiedad no-socializada y el trabajo asalariado, se asume como la base socioeconómica sobre la cual se empeñarán los esfuerzos por construir una superestructura sociopolítica socialista. Si el viejo modo de producción ha sido despojado de su núcleo duro, la propiedad privada, se sobreentiende que las relaciones sociales de producción han perdido la cualidad política de la servidumbre de la fuerza de trabajo, haciendo caso omiso de que lo que ha tenido lugar es el cambio del sujeto de su subordinación política. El trabajo asalariado, siendo la principal “arma capitalista”, no se considera “mellada”, por la razón de su utilidad a  la idea de lo socialista que se cultiva. El callejón sin salida de la táctica del “perfeccionamiento” del modo de producción capitalista  mantiene enrarecida la estrategia socialista.

La consecuencia práctica de dichos entendimientos, es la pérdida para el trabajador cubano de la posibilidad de cambiar su posición con respecto al propio trabajo, yendo de objeto a sujeto del proceso de producción y de reproducción. Su emancipación socio-económica como individuo queda esposada. La relación salarial que lo seguirá subordinando políticamente se trasmuta. La supuesta fórmula socialista de la participación “a cada cual según su trabajo y de cada quien según su capacidad”, oculta la naturaleza política del trabajo asalariado. Se pasa por alto que, no por causalidad, es precisamente esa fórmula la que sigue alimentando hasta hoy el sistema de explotación del trabajo en el capitalismo. El propietario exigirá al trabajador toda su capacidad (conocimientos y entrega a la empresa) a cambio de un salario adecuado definido por él mismo. La adecuación no responde a las expectativas y al rendimiento del trabajador, aunque lo aparente, sino al cálculo de la ecuación costos/beneficios del propietario. Los llamados convenios colectivos sindicato-patronal establecen el grado de renuncia de la remuneración del trabajo ante el capital. La precariedad del trabajo constituye hoy la característica del mundo del trabajo.

La realidad ante la que estamos es tan objetiva como sencilla para la experiencia socialista. Si el salario es parte invariable del costo en el modo de producción capitalista, sólo su eliminación de las relaciones sociales de producción puede definir un modo de producción antitético como el que suponemos ha de ser el socialista. Hablamos del destierro del carácter de mercancía de la fuerza de trabajo, como la principal premisa del modo de producción socialista.

El que a la plusvalía se le llame excedente y que sea el Estado el que se apropie arbitrariamente de ella, puesto que el trabajador cubano ha tenido que aceptar la continuidad de su condición de subordinación asalariada dado el carácter de mercancía que se le conserva a su fuerza de trabajo, ha parecido superar la contradicción capital/trabajo, según la razón de la participación equitativa en la distribución y re-distribución estatal de la renta. El que debido a ello la emancipación del trabajo sea subsumida por la poli-burocracia estatal, que emplea al trabajador mediante la compra de su fuerza de trabajo por un salario inapelable ante el monopolio de la propiedad estatal, no lleva al Partido a cuestionarse el carácter socialista que "cree" verle al Estado.

Proceso de producción y proceso de distribución funcionan desvertebrados entre sí en el ideario político del pensamiento oficial. En el concepto de la economía estatal no importa tanto cómo nos relaciones para producir y reproducirnos como fuerza de trabajo y seres sociales, sino a cómo tocamos en la distribución según el criterio sobre las proporciones y la equidad que determina el Estado. La idea política sobre la forja de una nueva conciencia social permanece desarraigada de la concepción del modo de producción que ha de propiciar la objetividad de una cultura del trabajo emancipadora.

“Nuestra tarea consiste en impedir que la generación actual, dislocada por sus conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas. No debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni «becarios» que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas” (subrayado mío)  - se nos explica en el “El socialismo y el hombre en Cuba” (Ché, 1965)[13]. Pero, como se observa, no se nos plantea el cuestionamiento del trabajo asalariado, como lo esencial detrás de lo aparente. Lo que no se ha de permitir - se razona - es que el trabajo asalariado cree asalariados dóciles al pensamiento oficial[14].

Cómo no crear asalariados dóciles, sigue siendo la pregunta para el pueblo, la intelectualidad y el Partido único. ¿Cómo?, si no nos planteamos la eliminación de la servidumbre que comporta el trabajo asalariado, hoy con respecto al Estado asumido como socialista; si no nos planteamos aquel modo de producción social que no necesite de la fuerza de trabajo como mercancía; si no asumimos esa premisa como sine qua non de la idea política sobre la participación social democrática y protagónica del pueblo.

Ese es el vacío del pensamiento que no infiere en el problema de la naturaleza política de la emancipación social, desde las ideas de Ernesto Ché Guevara, pasando por los debates públicos en los años 60s[15], hasta el retraimiento elíptico del pensamiento sociológico, económico y político oficialmente aceptable. La idea política de la emancipación del individuo ha dejado de ser objeto del pensamiento revolucionario. El discurso ideológico que así lo define se impone con la seguridad que el poder absoluto del Partido único le da al único pensamiento con derecho de ciudadanía.

El hombre, en tanto ser social, asumido declarativamente como el centro de atención en el socialismo cubano, ha dejado de ser por ello mismo sujeto revolucionario y convertido en objeto reactivo, en objeto de atención, no en sujeto de la transformación de la realidad y a través de ello de la transformación de sí mismo.

Siendo así que no se llega a entender el que la razón primera, central, de la ineficiencia económica y política del modo de producción actual sea la conculcación de la emancipación social del individuo. El pensamiento oficial sigue desconociendo  - con las consecuencias prácticas correspondientes  - la idea política sobre la libre asociación de los trabajadores, como premisa sociológica de la eficiencia productiva de la sociedad. Sigue sin reconocerse que esa premisa constituye la condición de emancipación que desde el marxismo revolucionario se considera piedra angular en la estructuración de un modo de producción socialista. Todo lo que perseguimos con el socialismo es la emancipación del trabajo de la opresión a que lo somete el capital en manos de disponentes exclusivos, fuesen ayer privados o sea hoy el estado omnímodo.

En la misma medida que se distancia al pueblo de la idea y la práctica de la asociación libre para el trabajo creador de riqueza socio-material y espiritual, la alternativa socialista en Cuba se devalúa como opción inequívoca de emancipación del individuo, protagonismo popular y progreso económico sostenible.

RCA



[1] RCA, “Cuba: del mito neoliberal a su eficiente alternativa”, en: www.kaosenlared.net/noticia/cuba-mito-neoliberal-eficiente-alternativa-12

[2] El índice de desempleo en Cuba se asume oficialmente en torno al 1.6%. Es sabido que ese pleno empleo (técnicamente visto) oculta el problema del subempleo funcional de gran parte de esa fuerza laboral. El fenómeno de las “plantillas infladas” siendo un factor económico auto fagocitario, constituye por otra parte un subsidio velado a una masa de ciudadanos que sin ello vería deteriorarse sus condiciones materiales – especialmente alimentaria – de manera significativa. El problema, obviamente, constituye un gravamen o­neroso a la economía en términos de productividad del trabajo (un 1% en el 2009) y desmoralización del trabajador. La solución escapa, como analizamos en el texto, a abordajes reformistas del sistema empresarial.

[3] El mito de la vivienda cara por el valor de uso que representa, ya no puede ocultar la especulación con el valor de cambio de las mismas. La crisis inmobiliaria actual ha puesto de manifiesto las consecuencias. Pero la libertad de prensa del mundo capitalita se empeña en ocultar realidades sociopolíticas objetivas que demuestran que una vivienda confortable no vale lo que se esté dispuesto a pagar por ella (el mercado especulativo), sino lo que cuesta producirla socialmente. En el proyecto socialista endógeno sui géneris del municipio de Marinaleda, en la provincia de Andalucía en España, sus habitantes (unos 3 000) desarrollan programas de construcción de viviendas por un valor varias veces inferior al del mercado capitalista del resto del país. Por un costo de 15 euros mensuales se adquiere una “hipoteca” para viviendas de alto confort con 100 y más metros cuadrados de superficie habitable. El ciudadano participa en su construcción (aporte de trabajo), los servicios de ingeniería y arquitectura los suministra el Ayuntamiento (costos no mercantilistas), el suelo es propiedad pública de la comunidad (lo que equivale al descuento de un70% del costo de las viviendas mercantiles en toda España), y se paga sin límite de tiempo bancario-mercantil. En Venezuela, los programas de vivienda de la Revolución bolivariana comienzan a urbanizar a la población necesitada con viviendas de alto confort y precios, con facilidades de pago, varias veces inferiores al precio del negocio de las inmobiliarias, las promotoras y los bancos privados. En Cuba la vivienda no constituye un costo o­neroso en la renta familiar. Hoy, aunque a un ritmo extremadamente pobre y en condiciones de alta ineficiencia socio-productiva, se adelantan programas de viviendas que van incorporando la idea de un mejor confort para sus habitantes.

[4]La consigna de las manifestaciones de la juventud en todo el país contra la especulación inmobiliaria y por la consideración de la vivienda como un bien social es: “no tendrás una puta casa en tu puta vida”.

[5]No existe duda científicamente razonable sobre la veracidad de dichos ciclos como la continuidad de los ciclos largos del desarrollo capitalista demostrados por el científico soviético Nicolai Kondratiev (1929). La periodización de los dos ciclos largos (juntos una o­nda de 100 años) que expongo es analizada por Luis Sandoval Ramírez (UNAM) en su trabajo “Los ciclos largos de Kondratiev”, presentado como ponencia en las IX Jornadas de Economía Crítica de Madrid, en mayo 2004.

[6] Informaciones de la CEPAL.

[7] Ibídem

[8] José Luis Fiori, “América del Sur de cara al futuro”, ver: http://jbcs.blogspot.com/2009/11/america-del-sur-de-cara-al-futuro.html

[9]Alejandro Nadal, “Reprimarización de América Latina”, La Jornada, ver:http://www.kaosenlared.net/noticia/reprimarizacion-america-latina

[10]RCA, “Cuba: el desafío de la alternativa. Hacia su negación o en pos de su viabilidad. Una incursión alrededor de las claves”, en: http://www.nodo50.org/cubasigloXXI/politica2.htm. Un impacto negativo severo sobre el desarrollo de las investigaciones al respecto ha tenido el éxodo casi masivo de Cuba de importantes graduaciones de jóvenes físicos, que hoy diseminados por el mundo se envuelven en interesantes proyectos científicos. He expuesto en otros trabajos la idea de proyectar una política de atracción de esos investigadores cubanos, para proyectos de trabajo o de estancia permanente, brindándoles condiciones de remuneración y habitabilidad adecuadas; sin conculcarles como es lógico para todos los cubanos la libre movilidad desde y hacia Cuba.

[11]NEP – Nueva Política Económica aplicada por Lenin como “táctica económica mercantil” para sacar la economía de la depresión en que caía por las políticas del contraproducente

“comunismo de guerra”, establecido anteriormente en respuesta a la devastación económica de la guerra civil y el asedio militar y económico de las potencias occidentales hacia 1920.

[12]RCA, “Cuba: de la economía de la carencia a la suficiencia productiva”, en: http://www.kaosenlared.net/noticia/cuba-economia-carencia-suficiencia-productiva

[13]Ernesto Ché Guevara, “El socialismo y el hombre en Cuba”, carta dirigida a Ernesto Quijano, publicada en el diario uruguayo Marcha, el 12 de marzo de 1995.

[14] El Ché no puede estar más que refiriéndose al pensamiento oficial de la vanguardia revolucionaria que encarna el Partido único en Cuba

[15] Graziela Pogolotti, “Polémicas culturales de los 60”. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2006

 
 
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Comentarios (1)

#1.- La burocracia castrista nunca va a permitir la liberación del pueblo.

cubano|08-01-2010 19:37

la burocracia castrista sostiene el poder gracias a al control totalitario. Jamás permitirán los burócratas oportunistas que los trabajadores gocen de libertad productiva ni de asociación de ningún tipo. Todo tiene que estar controlado y supervisado   por la burocracia para asegurarse de que la actividad de los sectores laborales no atente contra el poder burocrático. Todo el aparato represivo de la burocracia castrista está afilado para cortar de un tajo cualquier vástago de libertad que nazca desde   el ceno de la clase trabajadora. Para la burocracia la libertad es el sometimiento de la clase trabajadora, para la burocracia el socialismo es el control totalitario, la represión y la censura a todo lo que no responda a sus intereses como clase dominante. 

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