Corren tiempos complejos para el planeta, estamos inmersos en una de las peores crisis del sistema capitalista mundial que amenaza con hacer más insostenible la situación de los más de 1300 [1] millones de seres humanos que viven por debajo de la línea de la pobreza, como dijera un amigo, un túnel largo donde es imposible divisar la luz al final. Como consecuencia de lo que el Che denunciara como intercambio desigual, el precio de las materias primas disminuye y el de los productos industriales elaborados a partir de ellas aumenta protegiendo a los países desarrollados en detrimento de la mayoría subdesarrollada víctima de la expoliación brutal de sus recursos. Es obvio, incluso para los no avezados en materia económica, que el peso de una crisis global lastra las raquíticas economías dependientes y ayuda a conformar un panorama social asolador para los que nada tienen.
En medio de esta  situación, gobiernos convierten el sueño de pueblos enteros en encendidos discursos llenos de esperanzas sin intenciones de aterrizarlos en la realidad, cada individuo se convierte, para la élite que los aúpa, en la vía de ganar votos electorales o asegurar la reelección, es una herencia materializada de generación a generación como parte de la cultura de un Sistema que ha convertido en esencia aquello que la genial Susan George[2] había advertido: “…hagan que la gente piense como quieren que piense y serán como peces en el agua, que no son concientes de que el medio en que nadan es agua. Si pueden controlar las mentes de las personas, tendrán un poder invisible sobre ellas y no necesitarán dedicar mucho tiempo a preocuparse por sus corazones y sus manos”… Es por ello que en esta esfera de relaciones humanas la cultura y la ideología políticas  se convierten en la brújula individual de cada ciudadano con el fin de orientarse en las opciones de conservar o subvertir el sistema; constituye la expresión vívida de lo que Gramci había denominado dominación cultural  que se reproduce en el íntimo seno de las relaciones sociales y que logran el maravilloso efecto de dominar sin recurrir al monopolio de la violencia física, aunque esta sombra oscura siempre esté presta a servir a los intereses de la clase cuyo poder se ha convertido en hegemónico.
Socialismo del Siglo XXI.
Nunca como hoy brilló tan alto el paradigma moral de la gran luchadora alemana  Rosa Luxemburgo cuando advertía a la humanidad: “… socialismo o barbarie…”[3] , señalando el único camino posible a seguir para lograr la supervivencia de la especie, así escribió en tiempos de grandes cambios, así nos guía en tiempos de grandes cambios.
El socialismo del siglo XXI viene a corporizar, cual legítimo heredero de lo mejor del pensamiento socialista  y humanista de los siglos XIX y XX, los anhelos de las grandes masas desposeídas a las cuales prácticamente solo les queda una opción: unirse al movimiento o sucumbir en el violento oleaje de políticas emergentes encaminadas a defender los privilegios de un selecto grupo de plutócratas. Sin embargo, esta corriente ideológica lleva en sí un trágico conflicto, definirse a sí misma corriendo el riesgo de separar a la izquierda en varias facciones, fenómeno este al que hemos asistido en más de un momento histórico, justo cuando su indefinición misma ha devenido causa de la unión de las más variadas fuerzas progresistas, desde las Organizaciones de los pueblos originarios hasta las fuerzas de izquierda más convencionales. No obstante el reto de una definición conceptual y política lleva intrínseco el factor de definirse desde la izquierda y no permitir que elementos reaccionarios ocupen ese espacio que eventualmente hemos dejado vacío. Varias voces han intentado llenar este vacío citemos por ejemplo a Heinz Dieterich quien haciendo un parangón entre el artículo de Lenin  Tres partes y tres fuentes integrantes del marxismo intentaba denominar en el caso del Socialismo del Siglo XXI  a  “las ciencias de vanguardia; la economía de equivalencia basada en el valor y en el principio de equivalencia y la democracia participativa (…) con un fuerte componente electoral aleatorio”.[4]
Sin intentar entablar una polémica –hoy día candente –  con el autor de estas concepciones, entendemos la inclusión de las ciencias de vanguardia en tanto significan poner a disposición de la herramienta teórica popular – que representa el Socialismo del Siglo XXI – los últimos avances de la humanidad en las más diversas materias, así como su apoyo desde el punto de vista epistemológico. No obstante, la incorporación de la llamada economía de equivalencia suscita entre no pocos círculos intelectuales honda preocupación, pues aunque en teoría permitiría que un trabajador del campo y de la ciudad percibieran una remuneración monetaria igual por estar fundamentada en el tiempo de trabajo de ambos individuos – independientemente del aporte real de las categorías valor de uso, valor de cambio y de las desigualdades campo-ciudad tan conocidas –,  obvia elementos tan importantes en la construcción de la nueva sociedad como aquel viejo apotegma del marxismo clásico: “de cada cual según su capacidad a cada cual según su trabajo” que sí resuelve, en nuestro modesto parecer, las críticas teóricas fundamentales que se le han hecho a  la “opción Dieterich”, como la no consideración del extremo grado de complejidad que pueden presentar determinados trabajos que exigen para su ejecución especializaciones científicas que no se pueden saltar de modo superficial, de la misma manera que a este tiempo de trabajo no se le puede otorgar el mismo valor que aquellos trabajos que no requieren igual grado de especialización que estos. Otro punto de vista plantea que no tiene en cuenta el valor físico de la producción energética sobre el consumo energético de un determinado trabajo, algo esencial para el desarrollo social, tecnológico y humano de una determinada comunidad. Habría que evaluar también este asunto en el marco de realidades altamente complejas como las de los países tercermundistas, la viabilidad de la teoría se compromete seriamente cuando por ejemplo: ¿perciben igual salario real un agricultor portador de las técnicas productivas más atrasadas y como consecuencia ineficientes, que otro agricultor poseedor de las mejores y más resistentes variedades de semillas, de la técnica más sofisticada en un mismo país sin “estatizar” el sector agrícola o por lo menos sus medios fundamentales –como suele decir el autor a las nacionalizaciones – ?
En cuanto a la primordial importancia concedida a la democracia participativa  estamos completamente de acuerdo aunque la suspicaz expresión “fuerte componente electoral” puede hacer suponer que esto último basta para garantizar la participación política real en una sociedad. Si bien el funcionamiento de los principios y reglas que conforman el sistema electoral resulta un componente importante, creemos que la democracia participativa radica en un fuerte componente identitario entre los intereses del individuo y los del mecanismo estatal, teniendo como base los espacios de control del poder real por parte de esa otra identidad denominada ciudadanía. Una vez explicado este tema se convierte en “las crónicas de un secreto a voces” el trascendental papel a desempeñar por la cultura de la ciudadanía y el control popular de los medios de difusión masiva – que siempre serán instrumentos de una determinada clase, grupo o sector social para defender sus privilegios e intereses – de manera que estos garanticen la justa existencia de la democracia.  
Estas cuestiones requieren, por supuesto, de estudios más profundos y especializados, con la certera crítica que se propicie desde la izquierda, es una responsabilidad de cada uno de los que pertenezcamos a esta corriente política  evaluar la correspondencia entre el discurso y la praxis en cuanto a estos asuntos. Lo que no puede pasar en modo alguno es que se repitan conceptos o teorías sin someterlos a un examen crítico; el debate franco, abierto, debe caracterizar el proceso de construcción a partir de las realidades de cada una de las naciones, de este nuevo proyecto social desde las todas las dimensiones posibles. La aceptación acrítica de determinadas explicaciones solo hará revivir los archicriticados errores del modelo estalinista tal como alertaba uno de los más brillantes hijos de estas tierras José Carlos Mariátegui en su célebre Siete Ensayos Marxistas de la realidad peruana: “… el socialismo no puede ser copia ni calco, debe ser creación heroica (…) es hora ya del socialismo indoamericano…”. Quizás nada mejor para apoyar esta idea mariateguista que la convicción de Víctor Hugo y del propio Dieterich, en la cual   compartimos que nadie puede para una idea cuyo tiempo ha llegado. Ha llegado el tiempo del Socialismo del Siglo XXI y no podrán detenerlo ni las equivocaciones socialistas del pasado ni las aspiraciones capitalistas del presente.      
[2] George, Susan: Otro mundo mejor es posible si…,Editorial Ciencias Sociales, La Habana, Cuba, 2005,
pp. 166-167
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