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La crisis capitalista: un futuro de guerra contra los trabajadores y los pueblos
Berlusconi, anfitrión de la última reunión del G8, estaba empeñado en dar al mundo la buena nueva de que la crisis ya había quedado definitivamente atrás.
Felipe Alegría | Para Kaos en la Red | 25-9-2009 a las 0:25 | 2843 lecturas | 2 comentarios
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LA CRISIS CAPITALISTA: UN FUTURO DE GUERRA CONTRA LOS TRABAJADORES Y LOS PUEBLOS

Berlusconi, anfitrión de la última reunión del G8, estaba empeñado en dar al mundo la buena nueva de que la crisis ya había quedado definitivamente atrás, pero el norteamericano Robert Zoelick, presidente del Banco Mundial, le escribió una carta disuasiva donde decía: “2009 va a ser un año peligroso. A pesar de los recientes avances, podríamos retroceder fácilmente y la senda de la recuperación en 2010 dista mucho de estar garantizada”.

La prudencia imperialista no es, ciertamente, un capricho. No en vano, a lo largo de estos meses a punto hemos estado de precipitarnos en el abismo, como reconocen los máximos responsablesde las finanzas capitalistas. Los organismos financieros imperialistas que anuncian que se ha evitado lo peor, auguran un largo período de estancamiento y desempleo.

La “Gran Recesión”

Efectivamente, los países imperialistas han logrado impedir el hundimiento del sistema financiero (lo que era su principal determinación) y han conseguido frenar la velocidad de la caída de la economía, a costa de un inmenso endeudamiento de los Estados y favoreciendo un potente proceso de centralización de capitales.

Ya el Gobierno Bush, con el respaldo de Obama, entregóa los bancos norteamericanos 700.000 millones dólares, que se han visto después multiplicados por la Administración Obama, superando de largo el valor del PIB español. Siguiendo el mismo camino, en enero del 2009,la Unión Europea y los gobiernos habían puesto a disposición de los Bancos dos billones de euros.

Crédito y ayuda estatal se han convertido en un instrumento de primer orden para el salvamento y la centralización de los capitales. Los bancos y las industrias, lariqueza en suma, se concentra así cada vez en menos manos. Valga como ejemplo que el patrimonio de las tres mayores fortunas del planeta equivale al PIB de los 48 estados más pobres del mundo, o que las 200 familias más ricas del mundo posean un patrimonio semejanteal del 41%de la población de la tierra.

Han rescatado bancos en quiebra; han dado ayudas financieras y fiscales a los empresarios, en particular a los más grandes; han impulsado obras públicas; han salvado General Motors con dinero del Estado; han logrado evitar la suspensión de pagos de países como Irlanda o los países del Este europeo. Han impedido, en suma, hasta la fecha, que la mayor crisis económica desde 1929 se despeñara en una Gran Depresión como la de entonces.

No hay que olvidar, sin embargo, que la crisis ha afectado de manera bien diferente a la mayoría de países semicolonizados, incluidos los del Este europeo, esquilmados y sin margen de maniobra, donde las penalidades y sufrimientos de los trabajadores han alcanzadoniveles mucho más intensos que en los países imperialistas.

Endeudarse y darle a la maquina del dinero no era sin embargo garantía suficiente. Los principales países imperialistas necesitaban también mantener la calma social, al menos hasta recomponer las filas capitalistas, lo que han logrado mediante una serie de concesiones temporales a los trabajadores y la inestimable ayuda de los aparatos sindicales y la izquierda institucional.

La Gran Depresión de 1929 y la crisis actual

Entre 1929 y 1932 se hundió el sistema bancario de los EEUU, la producción disminuyó a la mitad, el comercio exterior se redujo a un tercio, los salarios bajaron un 40%, el desempleo pasó de 2 a 15 millones y 30 millones de trabajadores pobres fueron obligados a subsistir de la caridad pública y privada. A la crisis actual le ha faltado todavía un buen trecho para alcanzar este desmoronamiento.

Tampoco los gobiernos imperialistas se han visto obligados a ir tan lejos como Roosevelt, cuando asumió la presidencia norteamericana en el momento más hondo de la crisis y puso en marcha la famosa política del New Deal (Nuevo Trato), la mayor intervención masiva del Estado (exceptuando el intervencionismo nazi) para salvar al capitalismo imperialista, incapaz –entonces y hoy- de salir por sí mismo del abismo de una gran crisis. Roosevelt, apoyándose en las grandes corporaciones, estableció una regulación estatal de la producción;impulsó planes de obras públicas de una envergadura bastante superior a los actuales, con grandes proyectos como el del Valle del Tenessee; destruyó gran cantidad de cultivos para hacer subir los precios agrícolas; impuso una regulación estricta al sector bancario; hizo concesiones y, sobre todo, promesas a los trabajadores y se envolvió en un discurso en el que no tenía reparos en rechazar el “laissez faire” liberalni en cargar demagógicamente contra las “60 familias” que dominaban la economía norteamericana.

Roosevelt logró avances importantes en la restauración de las ganancias capitalistas y una estabilización temporal de la producción (siempre por debajo de los niveles de 1929), pero no consiguió una recuperación capitalista en el verdadero sentido de la palabra. En su segunda presidencia (1936), tras cuatro años y medio de recuperación, ante la magnitud de la deuda contraída, Roosevelt recortó notablemente el gasto público. Esperaba que el capital privado tomaría el relevo, pero lo que llegó fue la brutal recaída económica de 1937, más abrupta que la anterior. En realidad, entre 1930-39 la mediade desempleo fue superior al 18%. Sólo en la primera parte de 1937 bajó al 15%, para luego subir al 19% en 1938.

La economía norteamericana (así como el conjunto de la economía mundial) se hallaba en medio de una larga o­nda depresiva que se había iniciado en 1914. Únicamente la economía de preparación de la guerra y la entrada posterior de EEUU en la II Guerra Mundial, dedicando la mitad de la producción al gasto bélico y enviando a 12 millones de trabajadores al combate, sacaron al capitalismo de la crisis. Sólo la brutal devastación de la guerra, la mayor destrucción nunca conocida hasta el momento de fuerzas productivas (empezando por los millones de trabajadores muertos), transmitió al capitalismo vitalidad para un nuevo período de auge.

Ante la crisis actual los gobiernos imperialistas, a diferencia del presidente Hoover en 1929, han intervenido rápidamente y no han dudado en superar todo límite de endeudamiento público para salvar al capital financiero. Han evitado la guerra comercial entre las potencias, han actuado “coordinados” bajo la batuta de EEUU y han conseguido la complicidad de las burocracias sindicales.

Pero las bases económicas de la crisis presente son, si cabe, más explosivas que las de 1929. El enorme parasitismo financiero de entonces queda pequeño comparado con el actual. Por ejemplo, en 2007, de todas las operaciones de divisas, sólo el 3% correspondía a transacciones comerciales y el resto eran movimientos especulativos. De la misma manera, se calcula que la suma de “derivados financieros” de títulos de deudaalcanzaba 10 veces el PIB mundial. La superproducción, ahora globalizada y mucho más interdependiente, es más enorme y mundial, si cabe, que entonces.

A diferencia de 1929, ahora se añaden también problemas de la envergadura de la crisis ecológica. El capitalismo espoleado por la sed de ganancia y el “crecimiento”, no sólo no encuentra freno a la explotación de los trabajadores y al expolio de los pueblos, sino que se muestra como una inmensa maquinaria depredadora de la naturaleza. Las agresiones medioambientales en muchos casos irreversibles, el agotamiento de los recursos naturales, de los energéticos en primer lugar, la contaminación...se han convertido una seña de identidad básica de la decadencia capitalista.

Asimismo, en contraste con 1929, hoy, tras la restauración capitalista en los estados obreros burocratizados y la posterior campaña de la “muerte del socialismo”, no hay, entre los trabajadores expectativas de cambio de régimen social. Hoy, no existe la Unión Soviética, aunque, en contraste, la desaparición del aparato estalinista suponga el fin del instrumento de control más poderoso y brutal que nunca existió sobre el movimiento obrero.

En medio de la ultima o­nda larga recesiva del capitalismo

 

La discusión de fondo sobre la crisis actual es si estamos ante una caída económica grave, pero coyuntural, a la que sucederá un período de prosperidad o si, por el contrario, estamos metidos --más allá de recuperaciones parciales-- en un período depresivo, de decadencia, en una verdadera crisis civilizatoria.

Esto es lo que defiende Eduardo Almeida (PSTU) en su artículo “Se está abriendo una nueva o­nda larga recesiva” [1], cuyas tesis básicas suscribimos. Nos hallaríamos, así, en medio de la fase descendente, recesiva, de la última o­nda larga del capitalismo.

Las o­ndas largas son períodos de aproximadamente 50 años, repartidos entre una fase expansiva y otra fase depresiva, que recorren la historia del capitalismo (tanto en su estadio “juvenil” del capitalismo de libre concurrencia como en su estadio senil y decadente del capitalismo imperialista, el de “las crisis, las guerras y las revoluciones” del que hablaba Lenin). Durante la fase expansiva de la “onda larga”, los ciclos de “prosperidad” son más fuertes y prolongados que los ciclos de crisis y, a la inversa, en la fase depresiva, las crisis cíclicas son intensas y prolongadas, mientras que las recuperaciones son débiles y cortas.

El carácter y la duración de las o­ndas largas (a diferencia de lo que creía el economista ruso Kondratiev, que les concedía un gran automatismo económico)no son determinados por la acción recíproca de las fuerzas internas del capitalismo, sino por aquellas condiciones exteriores que sirven de canal al flujo de desarrollo capitalista. La obtención por el capitalismo de nuevos países y continentes y el descubrimiento de nuevos recursos naturales, y en la huella de todo eso algunos hechos importante de orden superestructural como guerras y revoluciones, determinan el carácter y la sucesión de épocas ascendentes, de estancamiento o declinantes del desarrollo capitalista”[2]. Las o­ndas largas van asociadas a grandes alteraciones, a cambios en el modelo de acumulación capitalista,a una expansión mundial de los mercados y, por lo general, a cambios en el orden mundial entre los Estados.

La actual o­nda larga tuvo su inicio en 1982 y pudo despegar después de que el imperialismo hubiera derrotado al movimiento de masas y estabilizado la situación en América Central (Nicaragua, El Salvador..) y en Europa (revolución portuguesa, transición española, caída de la dictadura de los coroneles griegos y ley marcial en Polonia). Asociada a las figuras de Reagan y Thatcher (que se consolidaron tras imponer una gran derrota a los controladores aéreos estadounidenses y a los mineros británicos), esta o­nda larga está marcada por la globalización imperialista y la restauración del capitalismo en la URSS y demás antiguos estados obreros burocratizados.

Sus rasgos fundamentales podrían resumirse en los siguientes puntos:

·Globalización de la producción y de las finanzas, “mundializadas” a unos niveles sin precedentes.

·Extrema hipertrofiadel sector financiero. A título de ejemplo, antes del inicio de la actual crisissólo el 3% de las transacciones de divisas correspondía a la compraventa de mercancías y servicios, mientras que el resto respondía a movimientos puramente especulativos. De la misma manera, se han generado enormes masas de “capital ficticio”, al punto que se calcula que el volumen de los llamados “derivados financieros” de títulos de deudaalcanzaba 10 veces el PIB mundial.

·Enorme impulso a la economía de armamento

·Ofensiva neoliberal contra los derechos y conquistas de los trabajadores.

·Proceso de recolonización de los países dominados.

·Aplicación de la tecnología informática a la producción (“producción flexible”, stock cero, subcontratación, terciarización…), con la consiguiente elevación de la composición orgánica del capital.

·Grados extremos de destrucción de la naturaleza, base de la vida

·Establecimiento de un nuevo orden internacional tras la desaparición de la URSS, quedando EEUU como única gran potencia mundial

·Desarrollo de una intensa y prolongada campaña ideológica sobre la “muerte del socialismo”, identificado con el totalitarismo stalinista por parte de la propaganda imperialista.

Las crisis financieras de los países “emergentes” de mediados de los años 90 señalaron que la o­nda larga ascendente había llegado a su techo y que se iniciaba un largo y doloroso período de declive. Esto se confirmó con la crisis internacional de 2000-2001, conocida como la de las “empresas punto.com”, que el imperialismo “resolvió” avivando aún más la ola especulativa, que acabó explotando brutalmente enla crisis del verano de 2007, al mismo tiempo que los planes bélicos y políticos deBush mostraban su fracaso.

Han evitado temporalmente una nueva Gran Depresión, pero estamos, sin embargo, muy lejos de salir de la crisis. No está excluido, como ocurrió en 1937 y como muchos temen hoy, que una nueva y brutal recaída tenga lugar tras la retirada de los estímulos públicos. Esta recaída, si se da, tomaría a los Estados capitalistas sin apenas margen de maniobra, debido al tremendo endeudamiento acumulado. Pero, en el caso en que dicha recaída fuera evitada,no va a haber ninguna recuperación vigorosa. Por el contrario, sólo podemos esperar que la “gran recesión” actual sea seguida de una recuperación breve y débil, a la que seguirá una nueva recesión honda y duradera, que agravará las penalidades de los trabajadores y los pueblos del mundo.

Como ocurrió en 1929, estamos metidos de lleno en un período de depresión económica y decadencia social.Para salir de él, restaurar la tasa de ganancia e iniciar una nueva o­nda expansiva, el capitalismo necesita destruir capitales a escala masiva y desmantelar de forma generalizada las posiciones de los trabajadores, lo que exige infligir gravísimas derrotas a los trabajadores y a los pueblos del mundo, acompañadas de un retroceso general de los derechos democráticos y una sucesión de intervenciones militares “locales”. Pero esta vez, a diferencia de 1929, no existen condiciones para una guerra mundial como la Segunda, entre otros motivos por la enorme superioridad militar norteamericana. Y tampoco hay perspectivas visibles de nuevos y amplios mercados que ganar.El capitalismo sólo tiene una salida: la guerra prolongada contra los trabajadores y los pueblos del mundo, mientras continúa la salvaje depredación de la naturaleza.

Una guerra prolongada contra los trabajadores y los pueblos

El capitalismo todavía puede recurrir en los principales países imperialistas, aunque cada vez con mayores dificultades, al patrimonio acumulado y a mayores cotas de endeudamiento. Pero estos recursos son limitados. Más allá de las coyunturas concretas, la perspectiva del capitalismo para un largo período es la un paro masivo prolongado, condenando a la pobreza a sectores enteros de trabajadores (hay ya actualmente en el Estado español más de un millón de trabajadores que han agotado sus prestaciones y otras tantas familias con todos sus miembros en paro, mientras el 20% de la población estaba en 2007 –antes de la crisis- por debajo del umbral de la pobreza).

Es la precariedad laboral permanente no ya para la juventud y los trabajadores inmigrantes sino para la mayoría de la clase obrera. Son los bajos salarios (actualmente, tras haberse reducido el salario medio durante la pasada “prosperidad”, el 63% de los asalariados españoles –18,6 millones de trabajadores/as- cobra menos de 15.760 euros brutos anuales, de manera que no llegan siquiera a mileuristas. De ellos, 16,7 millones no pasan de los 13.400 euros brutos al año). Son más horas de trabajo y mayor flexibilidad laboral.

Es el deterioro y desmantelamiento de los Servicios Públicos, del que ha sido muestra la trágica muerte del niño Ryan este verano. Y ahora se avecinala pandemia de la gripe A, que amenaza con causar estragos en el deteriorado sistema hospitalario. De la misma manera, la escasez de inversión preventivay la privatización de los servicios de extinción han estado en la base de la enésima oleada de incendios forestales, que ha arrasado este verano 84.000 hectáreas y se ha cobrado 11 vidas. Parte importante de esta guerra social es la embestida contra la educación pública, aplicando el Plan Bolonia en la Universidad y recortando la inversión en escuela pública en beneficio de la concertada

Es también el ataque en profundidad al sistema público de pensiones, escudándose en el endeudamiento público. Es la subida de impuestos para los trabajadores y clases medias (el PSOE ya en la crisis de 1982 subió el IVA, en tres reformas sucesivas, del 12 hasta el 16%) y será también, más adelante, la inflación para reducir los salarios reales y la deuda pública.

Los sociólogos escriben, alarmados, sobre el proceso de desaparición de la que llaman la “clase media” (concepto en el que incluyen no sólo a las que los marxistas conocemos por clases intermedias, sino también a la aristocracia obrera y a los sectores de la clase trabajadora con salarios dignos). Y resaltan que estamos ante el primer proceso masivo de descenso social desde la II Guerra Mundial. Las expectativas de futuro delas nuevas generaciones se presentan oscuras y la conciencia de ello va calando en millones de trabajadores/as.

España: un imperialismo de segunda división

El capitalismo español, que participó con especial devoción en la oleada de especulación-endeudamiento de los últimos años, ha quedado especialmente tocado por la crisis. Imperialismo de segunda fila, el capitalismo español se apoya particularmente en el ladrillo, el turismo y la industria del automóvil, tres sectores donde la sobreproducción es más marcada. El descenso previsto del PIB para este año es del 4,4%, sólo superado en la UE por Hungría e Irlanda. Y está aún por verse el alcance de la crisis bancaria española, a la que el Gobierno ha reservado una montaña de 99.000 millones de euros para “reestructurar y concentrar” un sector cuyo 60% de préstamos corresponde a la construcción.

La cínica imagen de “solidez” de la banca española contrasta con el dato aterrador de los préstamos hipotecarios pendientes de pago, que ascienden a 470.000 millones de euros, prácticamente el 50% del PIB español. A lo que hay que añadir una morosidad del 9-10% para el año que viene. En el subsector deCajas de Ahorro hablan de un “sobrante” de 10.000 oficinas y 35.000 empleados.

El desempleo alcanza, según la Encuesta de Población Activa (EPA) a 4,3 millones (el 17,92%). Es verdad que han conseguido frenar la destrucción de empleo durante estos tres meses pero, como el propio Gobierno reconoce, este frenazo se debe alas pequeñas obras municipales del llamado “plan E”, con caducidad de pocos meses, y a la temporada turística de verano. La previsión general es que el paro arrecie a la vuelta del verano, que en unos meses alcancemos los 5 millones de desempleados, superando el 20% de desempleo, y que no bajemos de los cuatro millones durante una larga temporada. Hay que tener en cuenta, además, que estas cifras no incluyen a cerca del millón de inmigrante sin papeles y que encubren una gran bolsa de subempleo, pues la EPA considera “ocupado” a todo aquel que ha trabajado al menos una horala última semana.

El déficit público llegará este año nada menos que al 10% del PIB (cantidad que hay que comparar con el tope del 3% a que obliga el “Pacto de Estabilidad” europeo en circunstancias “normales”). El déficit para 2010 también será muy elevado y lo mismo puede esperarse para 2011. Estas cifras muestran la hondura de la crisis y contrastan brutalmente con las exigencias de la UE, asumidas por el Gobierno Zapatero, de volver a un déficit del 3% para 2012, lo que sólo es posible mediante graves recortes en los servicios y prestaciones públicas y fuertes subidas de impuestos.

El Gobierno Zapatero es un gobierno débil y en minoría parlamentaria, que sabe que una huelga general pondría en juego su supervivencia, de ahí que repita que no va a imponer una reforma laboral que no esté antes pactada con la burocracia sindical y que procure rehuir el enfrentamiento directo con los trabajadores, mientras despliega su demagogia “social”. El principal apoyo de Zapatero es la burocracia de UGT y CCOO, que han avalado en todo momento el plan gubernamental de salvamento de capital financiero, han pactado cierres y despidos masivos, han alentado los EREs como “gran solución” y firmado el 95% de los mismos, han aislado las acciones de resistencia obrera y popular y han cerrado el paso a la huelga general. La chapuza veraniega del decreto ley del subsidio de 420 eurospara los desempleados que hayan agotado las prestaciones es una de las mejores muestras de la inconsistencia y la debilidad del gobierno.

Junto a la burocracia sindical, el otro punto de apoyo del Gobierno son la banca y las grandes empresas, españolas y extranjeras, que han encontrado en Zapatero un fiel defensor de sus intereses.

Pero el conjunto de la patronal, organizado en la CEOE y en combinación política con el PP, necesita ir más deprisa y más lejos, exige un verdadero plan de choque contra los trabajadores y no está dispuesto a dar cobertura política al Gobierno Zapatero.

La CEOE lo ha sintetizado en la propuesta de un nuevo contrato laboral único (el “contrato del siglo XXI”, con una indemnización de 8 días durante los dos primeros años y que, según la antigüedad, podría llegar hasta un máximo de 20 días y un año) y en una rebaja sustancial de las cotizaciones patronales a la Seguridad Social (exigen una reducción mínima de 5 puntos). Se trata de institucionalizar por ley la precariedad laboral generalizada y de forzar un ataque frontal a las pensiones públicas provocando la crisis financiera de la Seguridad Social.

El movimiento de masas

Hemos vivido un brusco final de los 14 años de “milagro español”, años en que se eliminaban derechos y se precarizaba el empleo, mientras los trabajadores recurrían al endeudamiento de manera generalizada para mantener un consumo artificial más allá de sus ingresos reales. Y de repente, llega la crisis. En sólo un año el número de desempleados aumentó en cerca de 1.400.000. En el primer trimestre de 2009 el promedio de nuevos parados fue de 8.000 diarios. Se producen despidos generalizados de cientos de miles de trabajadores con contratos eventuales, cierran empresas y se extienden como un reguero los expedientes de regulación temporal mientras expedientes de despido afectan a empresas importantes, en particular en el sector del automóvil. La inseguridad se instala entre los trabajadores, se deterioran salarios y condiciones de trabajo bajo la amenaza de despidosy aumenta la represión sindical.

La respuesta de la clase trabajadora, sin embargo, ha sido muy débil y en forma alguna acorde con la envergadura del ataque. La resistencia, en general, ha sido limitada y fragmentada, como consecuencia del inicial estado de shock provocado por la crisis y por la falta de instrumentos de lucha, ya que los principales sindicatos, CCOO y UGT, se hallan atenazados por la camisa de fuerza de sus burocracias, afianzadas en los últimos 14 años de “prosperidad”, al mismo tiempo que el sindicalismo alternativo se ha mostrado incapaz de desafiar a la burocracia sindical.

Hoy hay cierto desconcierto entre sectores de activistas pues, en su razonamiento, la ofensiva capitalista debía generar inmediatamente una gran respuesta obrera. Pero las cosas no son tan sencillas.La relación entre la crisis y el movimiento de la clase obrera ya fue un tema polémico en los años 20 y30 del siglo pasado. Refiriéndosea los efectos de la crisis de la primera posguerra mundial, en 1919, la III Internacional, por boca de Trotsky, señalaba: “los efectos de una crisis sobre el curso del movimiento obrero no son todo lo unilaterales que ciertos simplistas imaginan.(...)Bajo un conjunto de condiciones la crisis puede dar un poderoso impulso a la actividad revolucionaria de las masas trabajadoras; bajo un conjunto distinto de circunstanciaspuede paralizar completamente la ofensiva del proletariado...”

Muchos años después Farrell Dobbs, el dirigente del SWP de los EEUU, refiriéndose a la Gran Depresión, afirmaba: “Al principio, los trabajadores aceptaron estos golpes de una manera más o menos pasiva. Habían quedado atónitos por la debacle económica, y les llevó un tiempo recuperarse de los efectos del shock. Luego, cuando comenzaron a buscar distintas maneras de defenderse, se encontraron con que sólo tenían medios escasos en sus manos. Menos de tres millones de obreros estaban organizados en la AFL, principalmente los obreros de oficios calificados. La mayor parte de la clase obrera, especialmente en las industrias básicas, no estaba sindicalizada en absoluto. Encima, los burócratas de la AFL no mostraban preocupación alguna sobre la situación de los no sindicalizados, ya fueran empleados o desempleados. En pocas palabras, los trabajadores estaban atrapados en una crisis de organización y liderazgo”. (Las negritas son nuestras)

Sería, sin embargo, un error asociar este inicial estado de shock con la inactividad o la indiferencia de las masas trabajadoras y de losactivistas, pues los golpes de la crisis sacuden el conservadurismo, obligan a buscar la razón de lo que ocurre y empujan a sectores del activismo a buscar una perspectiva revolucionaria.

Debemos ser conscientes de que lo peor está aún por venir. El paro se va a acentuar y todavía no han llegado las medidas legales de recorte directo de derechos o prestaciones básicas, tales como el “contrato del siglo XXI” o los grandes ataques a las pensiones públicas. Y de otro lado, conviene tener en cuenta el ejemplo mencionado de la Gran Depresión donde sólo al cabo del tiempo comenzó una primera respuesta, protagonizada principalmente por los desempleados, y sólo en 1933/1934, con la recuperación económica provocada por el New Deal, empezaron las primeras huelgas importantes y, a partir de ellas, un extraordinario movimiento masivo de sindicalización y radicalización obrera. Los trabajadores, aprovechando la recuperación, recobraron la confianza en sus fuerzas y salieron a la lucha a recuperar lo perdido, confiados en que la coyuntura económica lo hacía, además, posible.

No sabemos cuáles van a ser los próximos episodios de la crisis y tampoco se puede adivinar en qué momento el movimiento se pondrá en marcha. La tarea principal ahora es prepararse activamente, en lo político y en lo sindical, para ese momento, siendo conscientes de que en lo inmediato no son probables las grandes movilizaciones, pero sí procesos localizados de lucha y de reorganización militante de importancia desigual.

La construcción de una verdadera oposición a la burocracia sólo será posible apoyándose en esos procesos de lucha, arropándolos, ayudando a extenderlos y a coordinarlos, disputando la dirección práctica a la burocracia de CCOO y UGT y evitandosalidas desesperadas o iniciativas vanguardistas que sólo reflejan la impotencia y la desesperación de quien intenta con sus acciones sustituir al movimiento mismo.



[1]Ver Marxismo Vivo nº 19

[2]Informe al III Congreso de la Internacional Comunista, 1921, L. Trotsky



Artículo publicado en la revista Marxismo Vivo

 
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Comentarios (2)

#1

25-09-2009 08:51

Por que el PCE(m-l) no se une al PCPE?
Que les diferencia?
Los dos marxista-leninistas!

Si hay alguien de alguno de estos partidos que me responda por favor!

Valoración: 3    |  Avisar provocación

#2.- No seas pesado. Te he votado negativamente por serlo.

Recesvinto IV|25-09-2009 12:51

No es la noticia idónea para presentar esa propuesta o para exigir explicaciones. Vete y pídeles explicaciones a ambos partidos. Lo demás, es provocación o estupidez.

¿Por qué no se une la Izquierda? ¿Y la izquierda anticapitalista? ¿Y la clase obrera para hacer frente a la ofensiva capitalista en crisis y construir otro modelo social y económico...?

Valoración: 1    |  Avisar provocación

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El capitalismo en bancarrota Internacional Laboral / Economía

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