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Costa Rica: Volviendo sobre el problema de la Ética y la Moral
Alfonso J. Palacios Echeverría | Para Kaos en la Red | 28-11-2009 a las 15:14 | 944 lecturas
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COSTA RICA : Volviendo sobre el problema de la Ética y la Moral Volviendo sobre el problema de la ética y la moral.

 

Alfonso J. Palacios Echeverría

 

Es indispensable reconocer que existen ciertos fenómenos sociales que no evolucionan a través de la historia, porque su naturaleza es tan particular como una enfermedad congénita, sino que se manifiestan de manera diferente en determinadas épocas, con mayor o menor intensidad, y uno de ellos es la perversidad, entendida ésta como el deterioro social que produce el cambio arbitrario de valores según las circunstancias y conveniencias de los actores sociales, que actúan de forma egoísta e inmoral buscando sus propios beneficios solamente. Y está bien claro que a nivel nacional e internacional estamos atravesando una de esas épocas en que se manifiesta de manera generalizada, y que el área de influencia de lo perverso se ha ampliado hasta casi lograr su modelo puro: confundirse con la realidad al desaparecer, ante la mirada de quienes contemplamos el propio país y el mundo, cualquier otra actitud y actuación que no sea la que corrompe las relaciones entre los Estados y la del Estado con los ciudadanos, y las de las empresas con sus clientes.

Fenómenos como la alienación ideológica, la alienación de la conciencia del otro y hasta la desrealización de la propia conciencia, son hechos reales en la vida cotidiana, y no referentes de tratados académicos, que nos tratan de convencer que estamos en un callejón sin salida ante el cual nada podemos hacer, lo cual no es cierto en absoluto. Porque no todo está perdido, la historia nos demuestra que en determinados momentos los pueblos se han alzado contra estas situaciones y han entrado en otros períodos de mayor justicia y equidad.

La perversidad es una realidad que aparece cuando se analiza la sociedad y las organizaciones que desde lo público y lo privado actúan en íntima relación con los ciudadanos desde una perspectiva heterónoma: desde lo ético y lo moral. Pero es también una realidad que se convalidad a sí misma –como señala Jorge Etkin- que se auto justifica, que no se vive como anormal, cuando se la entiende desde una perspectiva autónoma o auto referencial.  Y allí está lo más grave de todo, porque se observa horizontalmente en todo sector de la vida social y verticalmente en todos los niveles de la sociedad.

Un ejemplo claro de ello es la democracia, que se nos predica hasta el cansancio como la participación ciudadana en el gobierno, cuando en la realidad no existe tal participación porque se ha corrompido la representatividad democrática, al ser manipulada la conciencia ciudadana a través de los medios  de comunicación con discursos falaces, y por otro lado vemos que no es más que la utilización de una realidad política de gran nobleza como una coartada de aquellos grupos que manipulan el poder político y económico de los países. Y dicha manipulación se manifiesta de manera evidente en los mensajes que dichos grupos elaboran ante la ciudadanía, haciéndonos creer que situaciones coyunturales de los pueblos son producto de planes conscientes y voluntarios de esos grupos de “iluminados” que creen saber todo acerca de todo, y que por ello tiene el “derecho” de gobernar. De esta forma, lo que expresa la Constitución y las leyes de la República es torcido y retorcido para que se acomode a los intereses de pequeños grupos, siempre los mismos, para que se avengan a sus intereses.

Y con la coartada de la relatividad de todo sistema de valores, el discurso perverso ha relegado la ética al terreno de lo aleatorio o históricamente superado, con lo cual se justifican toda clase de políticas y actuaciones públicas, por absurdas e inmorales que sean.

El análisis de la perversidad, según Etkin, es una visión que consiste en descorrer el velo que oculta la injusticia y la desigualdad detrás de la ideología, el dogma, la hipocresía, el doble discurso, la persuasión o la mentira institucional, y que no son eventos aislados o anormalidades transitorias sino actitudes recurrentes que se constituyen en rasgos en la cultura nacional y de las organizaciones públicas y privadas.

La perversidad es un fenómeno que corrompe toda la sociedad en su conjunto y que va destruyendo principios morales y éticos, hasta convertirse en una forma de ser y de vivir aceptada como natural.  Y lo peor de todo es que a las nuevas generaciones no hay quien la guíe, quien les diga que ello no está bien, que se está destruyendo el país, sus instituciones, sus organizaciones, que se afecta a los más necesitados, porque son las actuales generaciones -que deberían orientarlas- las que están afectadas por la metástasis social de la perversidad. Y cuando se alza alguna voz de denuncia, si no aparecen amenazas directas o indirectas contra el denunciante, los poderes económicos se encargan de cerrar puertas o financiar campañas millonarias para silenciar los hechos o tergiversar la información.

La contraposición a esta enfermedad sería volver a la vigencia de los valores éticos en el comportamiento individual y social. ¿Ahora bien, de dónde nacen los valores éticos? Comenzáremos diciendo que el desarrollo humano depende fundamentalmente de las ideas, valores, prácticas, relaciones e instituciones comunitarias y sociales en las que crece la persona, la escuela incluida. Las ideas y valores (la cultura) de la comunidad funcionan como expectativas que la persona debe aprender, es decir interiorizar por medio de la interacción social. Las expectativas sociales se convierten en necesidades, intereses y capacidades que nos definen como seres humanos. El principio de la esperanza en el que nos hemos formado nos dice que aunque el ser humano está condicionado por su ambiente socio-cultural, puede mediante su pensamiento y acción entender, criticar y transformar su relación con dicho ambiente y con ello a sí mismo y a su ambiente.

Iniciamos una nueva centuria en medio de profundas transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales. La situación de crisis de valores que afecta a nuestra sociedades y que toca de cerca a nuestros niños y jóvenes, en muchas ocasiones tiene por consecuencia el desarrollo de actitudes y comportamientos alejados de valores morales, éticos y cívicos tradicionalmente tenidos en alta estima por nuestros pueblos.

La delincuencia, la agresión y la violencia, el uso de drogas, alcohol, tabaco, los estilos de vida egocéntricos, y consumistas, indiferentes a las necesidades profundas de sí mismo, de los otros y a las normas de sana convivencia social, son testimonio de esta situación de crisis. Por ello nos parece que hay tres cosas que podemos y debemos hacer: primero, tenemos que tener una idea clara de qué significa y qué pueden llegar a significar moral y ética hoy día, en el Siglo XXI, en nuestra sociedad. Sería un error pretender que la "moral y la ética" en la que nosotros nos educamos va a ser la misma en la que eduquemos a nuestros niños y jóvenes. Aunque los valores éticos y cívicos más generales puedan permanecer constantes en su núcleo esencial, su interpretación y jerarquía cambia de tono con las necesidades e intereses humanos que surgen históricamente. Muchos, por ejemplo, podemos habernos educado en una sociedad autoritaria, por no decir, dictatorial, y las sociedades autoritarias y dictatoriales generan un cierto tipo de moral y de ética; que es el que las dictaduras o sistemas autoritarios necesitan para sostenerse. Morales de la autoridad y la coerción, no de la libertad y la creación; de los deberes y no de los derechos; del cumplimiento de reglas y no de lucha por ideales; de la obligación y el respeto, no del amor, el cuidado y la solidaridad. Fundadas en la debilidades y faltas humanas, no en su grandeza y posibilidades.

Segundo, una vez que tenemos una idea clara de qué son ética y moral, debemos investigar cuáles son los factores o las condiciones que hacen que unos seres humanos sean ética y cívicamente "competentes" y otros "incompetentes". ¿Por qué unos seres desarrollan su conciencia ética y moral a niveles de excelencia y otros son tan deficientes? ¿Cuáles son los factores o condiciones que pueden dar cuenta de estas diferencias? ¿Cómo se manifiestan en nuestros hogares, vecindarios y escuelas? Tal vez, si descubrimos estas condiciones del desarrollo moral y ético, podemos comenzar a entender dónde es que estamos fallando; entonces podríamos tratar de recrear aquellas condiciones que posibilitan el desarrollo y combatir las que lo obstaculizan.

Tercero, sobre la base de lo anterior podemos adoptar o crear métodos o estrategias de enseñanza y convivencia humana para fomentar la conciencia ética y cívica de nuestros niños y estudiantes. El punto de partida para esta transformación es el desarrollo en los padres, madres y docentes de nuevas formas de pensar, sentir, valorar y practicar la educación, que se traduzcan en nuevas formas de convivencia y de práctica educativa en nuestros hogares, aulas y escuelas.

La conciencia moral y ética es la capacidad para sentir, juzgar, deliberar (argumentar) y actuar conforme a valores morales de modo coherente, persistente y autónomo. La conciencia es sensibilidad, juicio, deliberación y tendencia a la acción (voluntad). Por ejemplo, una vez que no soy indiferente al dolor ajeno y me digo "hay que ayudar a esta persona", hay un ser humano en necesidad, me siento involucrado afectivamente y compelido a hacer algo. Aquí están operando la sensibilidad y la voluntad. Así como el pensamiento necesita no sólo procesos o de destrezas para percibir y razonar los objetos, sino también de un contenido, que son los conceptos; la conciencia moral necesita no sólo de los procesos que hemos analizado, sino también de un contenido, que son sus valores. Es desde el punto de vista que nos presentan los valores que sentimos juzgamos, deliberamos y actuamos.

Sin valores no hay conciencia moral; como no hay pensamiento sin conceptos. Al ver las personas en necesidad y sentirme involucrado y obligado actuar se debe a que en mi existe un valor de justicia, solidaridad u otro. La falta de conciencia moral es en gran medida, la ausencia de valores morales; la conciencia vacía de contenido.

La sensibilidad moral es aquella dimensión de nuestra conciencia moral que nos permite experimentar, es decir captar y sentirnos afectados ante situaciones en las que está en juego el bienestar humano (hoy día añadiríamos "y planetario"). Ser sensible, moralmente hablando, implica que no sólo captamos cognitiva o contemplativamente una situación sino que la "vivimos"; nos sentimos involucrados en ella y movidos a actuar porque está en juego el bienestar humano. Desde esta perspectiva, la sensibilidad moral implica sobre todo simpatía y cuido tanto del otro como de mí mismo, es decir, solidaridad.

El juicio moral es aquella dimensión que nos permite declarar lo bueno y lo malo; lo justo y lo injusto; lo honesto y lo deshonesto, en tales acciones y situaciones. Es la capacidad que le permite hacer estimaciones o prescripciones sobre las acciones o relaciones humanas a la luz de un valor moral. Por otro lado, todo juicio moral se hace sobre un fundamento o base que podemos descubrir cuando le preguntamos a la persona ¿por qué lo dices? Típicamente las respuestas de las personas tienden a reflejar unas motivaciones o razones para su juicio que pueden clasificarse en niveles de juicio moral. Estos niveles van de la heteronomía a la autonomía. El desarrollo de la capacidad del juicio moral implica un desarrollo en dirección de la autonomía. La deliberación moral tiene como fin determinar qué curso de acción o práctica es la correcta para favorecer o alcanzar un cierto valor que se tiene como bueno o justo. La deliberación busca determinar cuál en una situación específica y concreta es el medio más adecuado para alcanzar ese fin. La deliberación consiste en tratar de establecer con claridad los hechos y clarificar los valores que se tienen para entonces decidir por medio del razonamiento y la argumentación cuál es el curso de acción correcto.

Cuando escogemos el curso de acción más acorde con nuestra jerarquía de fines y valores, es decir con nuestro proyecto de vida, la voluntad se torna racional y moral.

Por su parte la ética se refiere, por un lado, a nuestra capacidad para analizar la moral; la conciencia ética es la conciencia de la conciencia moral; o más simplemente, la autoconciencia. La autoconciencia o conciencia ética no nos dice cómo actuar; pero mejora la conciencia moral haciéndola más clara en sus contenidos, mejorando sus proceso y haciéndola más coherente. Por otro lado la ética busca formular valores o deberes deliberadamente y de carácter "universal", es decir a un nivel de generalidad que trasciende los valores particulares. Estos valores son necesarios en aquellas sociedades con una pluralidad de sistemas de moral porque crean un consenso en torno a ciertos fines de la sociedad en su conjunto. Tal es el caso de los valores de dignidad y solidaridad, los cuales pueden ser aceptados, en su formulación general, por diversas tradiciones religiosas y filosóficas.

Por ello la idea que tenemos de lo que es la conciencia moral y su formación en cuanto competencia humana nos viene dictada por el concepto que tenemos de lo que es la moral. Todo proyecto de formación moral descansa pues en una concepción explícita o implícita de lo que es la moral y, por ende, la conciencia moral. Y para ello son necesarios los ideales. Los ideales desempeñan un rol cognitivo, afectivo y volitivo en la economía moral humana: son a la vez norte que orienta y energía que nos mueve a sentir y actuar. Los ideales son los motivos de la conciencia moral. Un fin humano es un ideal porque el carácter moral trata de convertir el mundo "que es" en lo que el mundo "debe ser".

La moral supone un cierto ideal de perfección humana y de vida buena que los seres humanos tenemos; el bien y el mal dependen de en qué medida nos acercan o no a ese ideal: Bueno es todo aquello que me acerca al ideal. Malo es lo que me aleja de ese ideal. Por eso los valores morales valen, es decir son buenos, porque nos conducen al bien, al ideal.

Los valores no son otra cosa que medios que me permiten caminar hacia un ideal, porque son sus condiciones de posibilidad misma. Por ejemplo ¿por qué creemos en la honestidad, en la cortesía, en la justicia? Porque nos conducen a lo que nosotros estimamos que es el ideal de la armonía y la paz humana.

Ahora bien: ¿nos enseñaron estas cosas durante nuestra formación profesional? ¿O al menos nos presentaron la alternativa de pensar en ellas? Por lo que conozco de mi experiencia académica puedo asegurar que no. Existen diversas propuestas educativas acerca de cuál debe ser la meta y el objeto de formación de la educación moral que fomentemos desde el aula. Se hable de ‘’educación en valores’’, ‘’educación moral’’, ‘’educación del carácter” “educación del juicio moral”, etc.

Una vez que tenemos claro en qué consiste esa conciencia moral y ética que queremos desarrollar y el ideal del bien a la cual se orienta, nos preguntamos: ¿cuáles son las condiciones o los factores que hacen que una persona desarrolle más o menos conciencia moral y ética? El conocimiento de estas condiciones nos permitirá construir estrategias de enseñanza efectivas basadas en ellas. El desarrollo moral es un proceso gradual y progresivo en su motivación y alcance.  En términos de motivación el ser humano es inicialmente moral, es decir juzga y actúa de acuerdo a deberes morales por necesidad (dependencia), luego por gratitud (afecto), posteriormente por utilidad (interés) y finalmente por derecho y deber (el deber por el deber mismo).

Por otro lado en términos de alcance la moral progresa de la familia, al municipio, a la nación y finalmente a la humanidad. El desarrollo moral mínimo, punto de partida para todo otro desarrollo, es cuando se cumple con el deber por necesidad en el núcleo de la familia; el desarrollo moral máximo tiene lugar cuando se cumple con el deber por el deber mismo hacia la humanidad. En el proceso de desarrollo gradual progresivo de la conciencia podemos reconocer tres fuerzas que lo estimulan y que van conformando la conciencia moral. Primero, el desarrollo biológico mismo; segundo, la experiencia educativa, manifestada a través de la influencia cultural de los otros; finalmente, la propia reflexión del individuo.

Pero la realidad que nos rodea es bastante diferente. A nivel de la sociedad como un todo nos enfrentamos ante una escalada de violencia, de delincuencia y de inseguridad, que ha convertido nuestras casas en cárceles y los establecimientos públicos y privados en sitios custodiados por personas armadas de horrible catadura, y la sensación de inseguridad se acrecienta. Es decir, perdimos los valores del comportamiento ético civil. A nivel de las empresas la deshonestidad es la tónica común, tanto de empresarios, como de administradores y empleados, y nunca estamos seguros de que lo que recibimos por  nuestro dinero es realmente lo que nos están diciendo que es. A nivel de las relaciones personales, en este mundo hedonista y consumista, la amistad es una moneda rara, la sinceridad algo del pasado, la franqueza se considera una ofensa, y el comportamiento ético una señal de debilidad.

Por otro lado, pese a constituir un tópico recurrente de la vida cotidiana y merecer desde siempre un importante esfuerzo teórico, las relaciones entre política y moral no son un tema de abordaje sencillo. Prueba de ello es el que frente al actual y generalizado clamor por la moralización de la política, no se advierta que sin las debidas matizaciones ese reclamo podría fácilmente conducir a un dirigismo ético de carácter totalitario. Es decir a un Estado que alegando razones de salud pública impusiera coactivamente a sus ciudadanos una determinada moral cívica, social, sexual o religiosa, conculcando sus libertades en estos terrenos.

Un modo de actuar que desvirtúa lo específico de la moral que radica en la voluntariedad del cumplimiento de sus reglas y, por consiguiente, en la pluralidad de sus manifestaciones. Características antitéticas con las que conforman el mundo jurídico, que protege sus mandatos generales con la amenaza de la sanción externa.

De allí la necesidad de que la moral surja espontáneamente de la sociedad y desde ese origen mantenga su independencia, su diversidad y su función de control social respecto a áreas más institucionalizadas como el derecho. Todo ello impone la necesidad de examinar con cuidado cuales son los puntos de contacto legítimos entre ambos cuerpos normativos, especialmente si se pretende respetar lo propio de cada uno. Un tema donde entra en juego la evolución de la conciencia moral de la humanidad y la autonomía de la política y del derecho como prácticas o subsistemas sociales específicos (institucionalmente separados, luego de un largo proceso histórico de secularización), de la moral convencional. Pero que a su vez supone también encarar el tema de la existencia o inexistencia de límites éticos, y en caso afirmativo de qué carácter, en el accionar de los sistemas políticos.

Moral y política, más allá de sus variables contenidos materiales, constituyen dos prácticas sociales de diferente naturaleza. La política conceptualiza un tipo específico de actividad humana: la dirigida a la formación del orden colectivo más general de un grupo humano. Las implicaciones de este hacer, que sin embargo no son notas definitorias de él, son la utilización y distribución del poder y la formalización de redes de autoridad sociales. La mayor y más formalizada de esas redes es naturalmente el estado.

La moral por su parte, constituye desde el punto de vista formal, un conjunto de principios evaluativo-prescriptivos de toda conducta humana y de sus diferentes objetivaciones (normas, costumbres, instituciones, estados, etc.). Es un orden que dice lo que es justo o correcto y en ése decir, implícitamente, ordena conductas. Se exterioriza en prácticas e instituciones diversas y su finalidad social, por lo menos desde un ángulo laico, radica en prevenir los conflictos y promover la cooperación.

Sin la moral, de allí su importancia, sería imposible cualquier rudimento de vida colectiva. A su vez la moral carece desde el ángulo de su validez, de toda otra instancia que la fundamente; de allí su incondicionalidad. La primera diferencia entonces, obvia pero que no siempre se tiene en cuenta, es si se quiere de naturaleza o­ntológica: la política refiere (distingue, nombra, contextualiza y explica) a ciertas conductas dirigidas a una finalidad específica (la constitución del orden colectivo) o a institucionalizaciones o sujetos de ellas (parlamentos, normas o partidos entre otros). Mientras la moral -aquí únicamente analizamos la moral social o pública- desde un punto de vista formal, se presenta como un conjunto de principios, enunciados, juicios o máximas sobre la justicia, aplicables a todas las conductas humanas. Cualesquiera que sean sus finalidades o motivaciones. Con el agregado que tales juicios y máximas morales -desde la calificación de una conducta hasta la valoración de un personaje- requieren para su obligatoriedad, de la conformidad, libremente otorgada y por tanto autónoma, de todos los implicados en sus efectos. Yo no quedo alcanzado moralmente por el desconocimiento de una norma que nunca consentí. Aunque pueda ser socialmente sancionado por esa omisión.

Se trata ésta, de una conceptuación formal de la moral, que supone desde su enunciación una doble toma de posición. No solamente por la expresada autonomía del sujeto moral, sino porque al remitirse a la justicia como su única referencia valorativa, excluye a lo bueno como objeto de la moral pública. La idea que inspira esta exclusión radica en que en tanto el bien, la felicidad, las virtudes o el desarrollo individual, integran el ámbito de acción privada de cada individuo, son objeto de la ética individual y no de la social. La sociedad y su moral únicamente pueden estatuir un orden justo para que cada uno procure por sí mismo, su bien y su utilidad. El bienestar o la felicidad, en sus infinitas manifestaciones, sólo puede ser producto de la decisión de cada uno. La moral pública o social sólo deberá contener normas para que esa decisión se tome en condiciones de justicia y de pleno goce de los derechos de todos. De otro modo, se recae en la imposición social de una ética material, determinando socialmente (o políticamente) lo que es bueno para todos, en desmedro de la autonomía de los agentes morales. Una realidad paternalista notoriamente vigente en los regímenes que imponen religiones desde el estado, como es el caso de algunos estados islámicos, o en las recientes dictaduras moralizantes latinoamericanas

Surge por tanto,  un concepto normativo de la moral -moral posconvencional- potencialmente acorde  con el actual estado de la evolución histórica de la conciencia ética de la humanidad en los países de democracia consolidada. Una evolución que partiendo de un nivel pre convencional donde lo correcto es la obediencia a las reglas y la autoridad para evitar el castigo y el daño físico, lleva a través de sucesivas etapas, a un estadio donde se reconoce la premisa moral básica del respeto a los demás como fines y no como medios. Este desarrollo, está muy lejos de haber mantenido un desarrollo lineal, de obtener un total consenso o de haberse plasmado en ninguna sociedad existente. Pero se refiere a un tipo de moral, o más bien a un modo formal o procesal de concebir las decisiones éticas, que era desconocida, aún como aspiración o como mero concepto teórico, en anteriores etapas históricas de la humanidad.

En consecuencia, la relación de esta moral con las expresiones de las diversas ideologías políticas, puede entrar en colusión, como se ha estado observando durante los últimos doscientos años. Y ello tiene que ver con la evolución de dichas corrientes ideológicas, pues fundamentan su concepción económica y social conforme a una concepción del ser humano y de su comportamiento, desde particulares enfoques filosóficos, lo cual impacta el concepto de estado y de sus funciones, así como el concepto de ser humano como animal político.

 
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