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COSTA RICA : Reflexiones sobre el manejo criollo del Estado
La "viveza criolla",los norteamericanos con fichas muy cercanas a los punto neurálgicos de toma de decisiones, el Opus Dei y el Sionismo,...seguimos viviendo a expensas de caprichos de gamonales.
Alfonso J. Palacios Echeverría | 11-3-2010 a las 23:41 | 550 lecturas
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COSTA RICA : REFLEXIONES SOBRE EL MANEJO CRIOLLO del ESTADO

Reflexiones sobre el manejo criollo del Estado.

Alfonso J. Palacios Echeverría

En la mayoría de los países de América Latina el ejercicio del gobierno por parte de una cúpula de cualquier grupo político, no es más que un accidente –generalmente bien planeado- dentro del devenir de sus actividades empresariales. En otras palabras: se accede a los cargos de gobierno como una estrategia para asegurar el éxito de determinados proyectos altamente rentables, por parte de un grupo que invierte en la creación de imagen de una figura y un partido, como lo haría naturalmente en la campaña publicitaria de un producto de consumo masivo.

Pero con otros agravantes, pues este fenómeno no es propio solamente de los países en vías de desarrollo sino que se hace y se practica abiertamente en los países desarrollados de forma visible, ya que los países latinoamericanos son –por lo general- sumamente burocráticos y corruptos. Y aunque ostentan un cinismo generalizado sobre su clase política, no es el mismo tipo de cinismo que se palpa en países más cultos. Es un cinismo más visceral.

Aunado a ello, como una manifestación de ceguera suicida, poco es lo que hacen esos mismos grupos para estimular en cada país las actividades indispensables para el crecimiento de largo plazo (como buenos empresarios sólo se interesan en el rédito de corto plazo) a través de la inversión en investigación y desarrollo, educación, estabilidad económica y política, buena infraestructura y desburocratización. Y digo que es suicida, pues todo ello es la base para el crecimiento del país y la erradicación de la pobreza.

En el bando contrario, la ideologización de los argumentos no produce nada positivo, por múltiples razones, pero la principal de ellas es el que los pueblos están cansados de tanta discusión de ideas y de tan pocas acciones concretas. Dicho de una manera más entendible: quieren menos sociólogos y más ingenieros y científicos.

El tema de la ética en el ejercicio de la función pública no cuenta en estas decisiones empresariales, convertidas en decisiones de gobierno luego de una ascensión a los solios donde se toman con casi ninguna visibilidad, y aunque la tuvieran, porque generalmente los medios de comunicación masiva se encuentran en manos de los socios de quienes coyunturalmente gobiernan, y no les conviene festinar nada que enturbie el panorama del negocio.

A lo anterior debemos agregar que al menos en dos países de la franja centroamericana tres fuerzas de extraordinaria influencia se han hecho presentes en el manejo de los Estados, cuales son la inteligencia y contrainteligencia norteamericana, con fichas muy cercanas a los puntos neurálgicos de la toma de decisiones, el Opus Dei, con su enorme carga de conservadurismo retrógrado e ignorante , y el Sionismo generalmente representado en cargos de enorme trascendencia con el consiguiente peligro, en el sentido de estimular decisiones de gobierno alejadas del respeto hacia todas las creencias y religiones.

Y no debe extrañarnos. Este maridaje viene desde hace muchísimos años, desde que se negociaban los programas de Ajuste Estructural, en donde el capitalismo neoliberal y el conservadurismo clerical se daban la mano, para programar su ascensión al poder de manera discreta, sin revoluciones ni aspavientos, a fin de convertirse en el poder detrás del trono.

Los dólares y en algunos casos los euros han fluido con  generosidad inusitada (si los comparamos con los montos que se destina al desarrollo social) para crear imágenes y destruir tendencias políticas, dentro de una estrategia magistralmente planeada y hábilmente aplicada a través de los años. Y es tan complejo el entramado de estas estrategias que, incluso para personas con formación de nivel superior y profesional, es difícil y a veces imposible lograr su percepción y comprensión. Mucho menos accesible resulta, entonces, para el pueblo burdo e ignorante.

Cualquier análisis que realicemos terminará demostrándonos que existen realidades insoslayables que los gobernantes olvidan con mayor frecuencia que la esperada, y una entre ellas se refiere al hecho de que la apertura económica sin controles contra la corrupción y el amiguismo llevan, indefectiblemente, al desastre. Es decir, a todo lo contrario de lo esperado y lo que predican con el furor y el fanatismo de un monje medieval.

El volcarse hacia afuera rápidamente, como han hecho algunos países con notable éxito, siguiendo las recetas de los economistas de los organismos internacionales, ha estado acompañado en buena medida (aunque no totalmente) del control sobre la corrupción pública y privada, y del establecimiento de mecanismos que garantizaran un ejercicio transparente del poder político y la administración pública. Allí radica precisamente.

Pero en países como los nuestros, llenos de políticos clientelistas, sindicalistas anacrónicos, cruzados anticapitalistas y empresarios cortesanos del poder político, que no quieren saber nada de competitividad, todo parece un poco más difícil. Lo que algunos cínicos han denominado la inclinación genética hacia el comportamiento corrupto no tiene todavía un medicamento que la controle y mucho menos la cure.

Para nadie es una sorpresa conocer que las tasas (macroeconómicas) de crecimiento de un país no señalan necesariamente un mejoramiento de las condiciones de vida de los ciudadanos más pobres y necesitados. Por lo general lo que están señalando es el índice de crecimiento de las grandes concentraciones de la riqueza y su resultado consecuente: el ensanchamiento de la brecha entre los más ricos y los más pobres, y la desaparición progresiva de los estratos medios, que se suman día a día a los niveles inferiores.

Al parecer, nuestros gobernantes olvidan que el manejo estratégico de las decisiones y medidas de Estado, desde el punto más pragmático posible, debe incluir el control de la voracidad del capital con la misma intensidad que la voracidad fiscal, a fin de asegurar la estabilidad y la paz a mediano y largo plazo. Y con ello no solamente son cómplices de la voracidad del gran capital, dando un caldo de cultivo a quienes lo adversan visceralmente, sino que también de acciones que lesionan y violan los más elementales derechos humanos y políticos de los pueblos.

Pero no se puede esperar, como lo demuestra el pasado reciente, que se supere la incapacidad de una clase dirigente inmadura, que no ha sabido estar a la altura del país que tiene, por pequeño y poco importante que sea en el mosaico mundial, y que en parte es el producto de atávicas costumbres de caudillismo, característico del juego político de partidos y candidatos, y luego de los propios gobernantes, así como también de la incapacidad de la clase empresarial criolla.

Un analista latinoamericano que radica en España me señaló durante una jugosa conversación sostenida en Panamá, que el problema radicaba en que estos últimos no eran realmente empresarios, sino comerciantes. Y no dejaba de tener razón.

Por otro lado, en este microcosmos que es nuestro país, la ausencia de sofisticación intelectual, política y empresarial, y en contraposición la presencia de una cultura individualista, del sálvese quien pueda y enriquézcase quien pueda (no importa cómo), corre en contra de cualquier buena intención y de cualquier decisión inteligente.

Este es un país en donde se estima y se aplaude la viveza criolla y no el trabajo disciplinado, lo cual se dio tanto en el período del estado paternalista y se continúa dando en el neoliberal de la actualidad. Un paraíso ecológico en donde, a pesar de los avances neoliberales en algunos campos, todavía continúa la nefasta relación entre el ciudadano y el Estado que hace que el primero sea dependiente del segundo. En donde se espera que el Estado resuelva todos sus problemas, sin importar la forma en que se generó el mismo, y permanece la costumbre de hacer recaer la culpa de todo en otros, no en los propios actos, decisiones y actitudes.

En otras palabras, seguimos viviendo en una finca y a expensas de los caprichos de los gamonales.

 
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