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Costa Rica: Podredumbre e Indiferencia Ciudadana.
Me quedo asombrado que la juventud de Costa Rica no se manifieste en contra de tanta perversidad gubernamental
Alfonso J. Palacios Echeverría | Para Kaos en la Red | 29-7-2008 a las 21:47 | 1873 lecturas | 1 comentario
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Podredumbre, Corrupción, Anti-Valores, ¿ HASTA CUÁNDO LA INDIFERENCIA CIUDADANA ?

Los incidentes de las últimas semanas relacionados con los “fondos paralelos” y las “consultorías” de la Presidencia de la República y del Ministerio de Vivienda, a través de los cuales se han manejado millones de dólares de donaciones sin la supervisión y control de las instancias gubernamentales existentes para ello, así como la información relacionada con las “asesorías” de un magistrado de la corte constitucional a la Presidencia de la República, y las respuestas (leguleyadas) que todas las partes involucradas han expresado para justificar lo inexplicable, (incluyendo algunos diputados del partido en el poder y sus socios comerciales representados en la asamblea legislativa por otros partidos, y de la Corte Plena, que se aferra a un artículo del reglamento de su funcionamiento para no sancionar al culpable), nos demuestra una vez más hasta qué punto la podredumbre de la corrupción ha permeado todos los poderes.

Y mientras estas cosas suceden a vista y paciencia de la ciudadanía, y nadie dice nada, me quedo asombrado que la juventud de este país no se manifieste en contra de tanta perversidad gubernamental, y por otro lado, se enardezca y cause destrozos injustificados en bienes privados con motivo de no poder entrar a un concierto de segunda categoría.

Esto no es más que un síntoma de hasta qué nivel la ciudadanía en general y la juventud en particular se hacen los desentendidos, son indiferentes ante las cosas que deberían importarles, como producto de un sistema educativo diseñado especialmente por los partidos políticos que se han alternado en el poder, para crear masas ignorantes, indolentes e impotentes, en ese orden. Y por otro lado, los actos de vandalismo como el recientemente sucedido por un grupo bastante grande de adolescentes y jóvenes, son una muestra más de que canalizan así la frustración por experimentar que viven en un país en que no sienten exista posibilidades de superación personal, si no es a través de manejos turbios, delincuencia o lo que llamamos coloquialmente “palancas”. No existe en la mente del costarricense, y mucho menos en su juventud, la idea de que a partir de la participación ciudadana organizada, ordenada y limpia, se pueden lograr cosas trascendentes.

La indiferencia en temas de participación ciudadana es el síntoma de al menos tres variables importantes, las variables políticas, las variables educativas y las variables sociales.

En las variables políticas se puede mencionar que el desencanto hacia el tema político es provocado por los casos de corrupción de los gobernantes y la inactividad de los mismos políticos cuando llegan al poder. Ante ello el ciudadano siente “inútil” la representatividad. Al margen de lo que decida en cada proceso electoral, se tiene la idea que “todos los políticos roban”. Con esa percepción hacia la autoridad, se explica en parte la indiferencia en temas de participación ciudadana.

Dentro de las Variables Educativas, se considera como único escenario de participación ciudadana las elecciones presidenciales o municipales. Ello porque no existen (o no se saben o no se promueven) otros canales de participación y el sistema educativo vigente no educa en creatividad ni promueve mecanismo de participación que, en la práctica involucren, sean saludables y coherentes. Ante ello, el ciudadano común siente “insignificante” su participación. Al ser minúsculo como ciudadano ante el aparato político y no promovérsele otras vías que capitalicen su iniciativa, opta por permanecer al margen y participar esporádicamente.

En cuanto a las Variables Sociales No se considera prioritario al tema de participación ciudadana. Ello porque las deficiencias en salud, alimentación y vivienda se consideran prioritarias o urgentes de atender y participar en temas comunes, salvo notables excepciones, es considerado elemento distractor o poco relevante. Al ser considerado tema “poco relevante” o de solución indirecta, el ciudadano común deja acaparar su atención en temas urgentes, omitiendo esa relación directa que existe entre los asuntos públicos y los temas comunes. Con ello también se explica su indiferencia.

La indiferencia puede ser situada entre los sentimientos “sociales” puesto que siempre está (o no) en relación a otro u otros. No es dable hablar de indiferencia en soledad. Pero debemos matizar. Es indiferencia pero de un modo un tanto atípico, como un no sentir ante alguien o algo que cabría esperar que nos provocara un sentir. Supone, por eso, desafección, no afectación emocional, imperturbabilidad ante ese alguien o algo. Con mi indiferencia, yo desactivo sus posibilidades de influencia en mí, lo anulo como agente que podría interactuar conmigo. En su límite, que no me afecte significa lo mismo que si no existiera.

En la gran mayoría de los sentimientos anida una ambigüedad: su calificación moral no les viene de ellos mismos, sino de la forma, la intensidad, la dirección que toman. Es lo que pasa con la indiferencia. La sabiduría clásica insistió en que conviene fomentarla frente a todo aquello que, cuando no se es indiferente, nos ata emocionalmente, encadena nuestra libertad; a lo que habría que añadir que también hay que impulsarla en el caso en que una no indiferencia ante algo inhiba nuestra relación solidaria con los otros. Esto es, hay una ‘indiferencia’ positiva de la que habrá que tomar cuenta, aunque hoy, para evitar confusiones, convendría llamarla no apego dependiente. Habría que educar a la juventud, por ejemplo, para que no se esté afectado por las identidades colectivas en modos y grados tales que lleven al fanatismo violento; o para que no haya afanes consumistas de tal intensidad que copen todo nuestro horizonte vital, toda nuestra capacidad de ser afectados por los otros.

De todos modos, no es éste el significado habitual de esta palabra. Hoy se la identifica, en general, con su vertiente inmoral. Mi indiferencia es inmoral cuando no me afecta lo que me debería afectar, cuando es indiferencia -insensibilidad- ante lo que no tendría que dejarme indiferente. Decisivamente, ante la persona sufriente y sujeta a vulnerabilidad, y más en concreto ante quien es golpeado por la violencia. Esta no afección que hace que las víctimas de la pobreza, la migración, la violencia doméstica, el terrorismo, no existan para mí, que no me perturben, es, en estos casos, el aliado objetivo de los violentos, de la violencia directa y de la violencia estructural.

Los afectos que sentimos develan aquello a lo que damos vivencialmente importancia, así como el modo como se la damos. El no sentimiento de indiferencia cumple también esta función reveladora, pero en negativo, como él mismo: muestra en sí lo que no apreciamos, en concreto, que no apreciamos como se merece a la víctima. Ahora bien, se trata de un mostrar objetivo, que no se corresponde con un mostrar subjetivo. El que yo sienta rechazo por alguien hace manifiesto a mi conciencia que lo rechazo; por eso, o tenderé a encontrar justificaciones o me daré cuenta de que debo renunciar a rechazarlo. En cambio, el que alguien me sea indiferente, por definición, no me pone ante mí a ese alguien. Es decir, la indiferencia, subjetivamente, vela más que desvela, y por ese motivo nos adormece sin que nos sintamos dormidos. Podemos instalarnos en ella toda nuestra vida, si logramos bloquearnos bien ante lo que podría cuestionarla.

La indiferencia inmoral es siempre un autocentramiento desmesurado en uno mismo. En efecto, si más allá de la no vivencia afectiva que implica, nos preguntamos por su motivación y sentido, cabe encontrar la respuesta en varias direcciones: puede estar latentemente actuante en ella el menosprecio hacia el otro, como puede estarlo, también con frecuencia de modo inconfeso, el interés en que ese otro no me cree problemas. La medida del egocentrismo se corresponde bien con la medida de la indiferencia hacia el otro: en su expresión más habitual, los que no nos dejan indiferentes son únicamente los otros cercanos con los que tenemos relaciones afectivas; en su expresión extrema, sólo yo mismo acabo no siendo indiferente a mí mismo. En ese momento, de los otros me afecta sólo lo que afecta a mi ego y porque me afecta; soy indiferente ante ellos incluso cuando parece que no lo soy.

Pero volviendo hacia lo que nos es importante en este momento, lo aterrorizante es nuestra indiferencia ante la corrupción.

La corrupción está otra vez en el orden del día.Ella se ha convertido en un Síndrome de Inmunodeficiencia que afecta severamente a la sociedad contemporánea y en particular a la sociedad costarricenseMucho se habla sobre la misma, los diagnósticos abundan, los congresos y congresitos sobre la materia que realizan por doquier, pero al final no existen ni medicinas preventivas, ni cura alguna para este mal.Entre tanto la mortandad aumenta y, ante todo, cada día es mayor la amenaza misma para el futuro de la sociedad democrática.

El sedante ha terminado por aportarlo la academia.Como consuelo de tontos, se dice en prolijos estudios que ella corresponde a un “fenómeno mundial” y se ha documentado con rigor científico de qué manera la corrupción tiene raíces de una larga tradición.No falta siempre la referencia a los códigos antiguos, que desde siglos atrás han reservado penas especiales a los comportamientos antiéticos en el ejercicio del poder.

Escierto que la corrupción no es algo nuevo.Si.Pero tambiénlo es que ella no se admite como una realidad inevitable e ineludible.Los pueblos tienen conciencia plena de los costos que ella encarna para sus sistemas políticos y económicos y por eso se han propuesto enfrentarla de muy diversas formas, aunque no siempre con la misma intensidad.

Enunaperspectivaeminentementehistóricasehaqueridoexplicarel fundamento institucional del Estado Nación de nuestros días, a partir de la necesidad de ofrecer una estructura de palancas y contrapesos que determine un control eficaz del ejercicio de la función pública más allá de la simple invocación de las virtudes ciudadanas del gobernante. La separación de poderes se presenta así como una conquista del mundo occidental en la vía de subordinar el quehacer público a la ley y prevenir los efectos devastadores que sobre la riqueza pública causa la ambición humana.

El saldo del concepto se muestra, no obstante, deficitario.Para empezar porque no resuelve el problema de la colusión de los poderes, de otro lado porque no contaba con la debilidad de los sistemas judiciales y, por otra parte, porque asume la existencia de un concepto vivo de Nación – o sociedad civil, como quiera llamársele- que hoy se diluye entre la decepción, el escepticismo y la carencia de legítima organización.

Por ello, más recientemente los estudiosos del tema de la corrupción han concluido que para avanzar en la lucha contra este flagelo se necesita, en adición a la separación de poderes, de autoridades desconcentradas, libertad de información y un control político eficaz por parte de la oposición. Quizás se trate de un análisis más completo, pero aún del todo insuficiente.

Si se asume que hemos llegado a un estadio en el que la corrupción no constituye simplemente el registro de hechos insulares consistentes en que el servidor del estado se apropia lo público o se sirve de él en interés propio, sino ante todo un fenómeno que se colectiviza y que se extiende a todos los sectores sociales, tanto oficiales como privados, habrá de ser necesario postular una estrategia renovada de lucha que se caracterice por su integralidad.

Este criterio debe llevarnos necesariamente a propugnar por una acción que empiece a combatir las mismas causas de la corrupción.Que por supuesto tendrán sus propios matices según las realidades de los distintos países.

Pero no se puede seguir actuando solamente en el frente de las manifestaciones externas de la corrupción, combatiendo sus efectos pero no sus causas.Aumentando las penas del cohecho, del peculado o de los demás delitos contra la administración pública, o creando nuevos tipos penales para intentar proscribir los “nuevos” comportamientos antiéticos de los servidores públicos y sus cómplices.

En sociedades en las que el fraude académico en un examen no causa sonrojo, sino admiraciónentre la comunidad estudiantil; en las que la mirada ciudadana ve con indiferencia el soborno callejero; en las que los balances de los empresarios no son dignos de fe; en las que las familias se disuelven entre la promiscuidad, que los clubes alaban en privado y condenan los sermones en público; en las que la evasión de impuestos es la regla y no la excepción; en las que los gobernantes utilizan sin vergüenza información oficial para amasar fortunas y en las que la admiración ciudadana gira alrededor de la riqueza individual, no importa su fuente, más que nuevas leyes, en lo que tiene que priorizarse es en el recipiente de sus propios valores.

Hay que actuar frente a la voracidad capitalista que se ha instaurado en este país, cuya ley de principios no tiene fronteras y cubre todas las actividades, públicas y privadas; hay que privilegiar la ética colectiva; reestablecer la vergüenza entre ciudadanos y gobernantes. Pero, sin una experiencia histórica de organización social, de enfrentamiento ante gobernantes corruptos, poco es lo que podremos hacer.

 
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Comentarios (1)

#1.- participacion ciudadana en el sistema electoral costarricense

Joseph|17-08-2008 01:25

quiero saber sobre la participacion ciudadana en el sistema electoral costarricense

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