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Costa Rica: Ni con Dios ni contra Dios
La explotación y manipulación emocional de las masas ignorantes ha sido, desde hace siglos, el instrumento de las religiones ...
Alfonso J. Palacios Echeverría | 19-9-2009 a las 19:10 | 1200 lecturas
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¿ Es necesario explicarlo o ya todos lo tenemos bien sabido ?
La discusión virulenta y atrabiliaria que se ha suscitado al respecto de una moción legislativa tendiente a eliminar la confesionalidad del Estado costarricense de la Constitución Política merece unos comentarios.

En primer lugar debemos aceptar que Dios no se elimina con una reforma constitucional. Su presencia está por todas partes: en la incomprensible inmensidad del universo, en el microorganismo más simple, en el fondo de nuestros corazones, en la mirada inocente de un niño, en la belleza que nos rodea y la mutación constante de nuestro planeta. Minúsculo, insignificante, si comparamos nuestra pequeñez planetaria con la totalidad del cosmos.

En la propuesta de los diputados, haciendo eco de quienes vienen impulsando la concepción de Costa Rica como Estado Laico por razones prácticas y de respeto a todas las creencias, no se busca eliminar esta verdad, ni atacar a nadie, ni arrancar las creencias religiosas de las mentes de quienes las necesitan para su estabilidad emocional.

Porque una cosa es creer en la existencia de un ser supremo incomprensible e inasible para nuestra limitadas mentes, y otra muy distinta es creer en las majaderías de las religiones –todas- creadas por los hombres a través de los siglos, pero que de alguna forma conceden un poco de estabilidad a mentes débiles e ignorantes.

Lo que sí está implícito en la propuesta de no confesionalidad del Estado costarricense, y es lo que tiene aterrados a los jerarcas de la multimillonaria iglesia católica criolla, es la pérdida del jugosísimo financiamiento que recibe anualmente del Estado sin hacer nada a favor de los ciudadanos. Financiamiento que proviene de los impuestos de todos los ciudadanos, sean o no creyentes de esta confesión religiosa.

¡Allí está todo el asunto! Dinero y poder, poder y dinero, que es lo único que les interesa a estos señores que, no solamente se visten como personajes de la edad media, sino que piensan como si estuvieran todavía en la edad media (y de hecho mentalmente lo están),  y que no practican lo que predican.

La explotación y manipulación emocional de las masas ignorantes ha sido, desde hace siglos, el instrumento de las religiones, y sobre todo de la iglesia católica, apostólica y romana, y con ese instrumento han logrado chantajear a gobernantes, torturar y asesinar científicos y filósofos, aliarse con dictadores y sátrapas sanguinarios, ser cómplice de dictadores y torturadores (total, muchas de las prácticas actuales se inventaron en la Inquisición), y así ir acumulando riquezas y toda clase de beneficios materiales enormes.

Muy lejos está esta discusión de la profunda preocupación sobre las cuestiones fundamentales a las cuales las religiones han dado sus respuestas respectivas, las cuestiones acerca del lugar del ser humano en el universo y la naturaleza de la vida buena. Es algo más pedestre: el dinero.

Desde todos los rincones y en todos los ambientes, los costarricenses somos bombardeados desde niños con propaganda teológica: el tema de la evolución que divide a materialistas dogmáticos y fundamentalistas religiosos y ello se percibe claramente; la oposición abierta a una educación sexual de los jóvenes sobre bases científicas; las tradiciones coloniales –hoy incomprensibles en un mundo de informática y nanotecnología- y al abundancia de referencias religiosas en nuestra geografía urbana; la psiquiatría religiosa que exalta los beneficios de la fe en artículos que leen decenas de miles de personas, en la televisión y una radio dedicada expresamente al embrutecimiento de las masas a través del alimentar las fantasías.

Nos tratan de engañar haciéndonos creer que la religión es hoy suave y tolerante y que las persecuciones son cosas del pasado. Esta es una peligrosa ilusión desmentida hasta la saciedad en nuestro medio. Mientras algunos jefes religiosos son indudablemente sinceros amigos de la libertad y la tolerancia, y además firmes creyentes de la separación de la Iglesia y el Estado, desgraciadamente hay otros muchos que perseguirían si pudieran, y que persiguen cuando pueden. Como lo demostró abiertamente el obispo de la ciudad de Cartago.

Hay que observar, solamente, cómo los políticos –víctimas del temor a una persecución que les restara votos en las próximas elecciones- se cuidan de eludir el tema o de declararse religiosos, con tal de no perderlos entre quienes pueden ser manipulados desde el púlpito. Y en el tope de la hipocresía: los políticos de todos los partidos, muchos de los cuales no eran nada famosos por su piedad antes de que comenzaran a competir por cargos públicos, se aseguran de que se les conozca como frecuentadores de iglesias, y nunca dejan de citar a Dios en sus discursos. Hasta el punto de que existen algunos, indiciados judicialmente por actos de corrupción, que se muestran devotos, hacen cadenas de oración y convocan la asistencia divina “frente a la persecución política de que son objeto”.

Existen, por otro lado, personas que creen que todas las religiones del mundo –el budismo, el hinduismo, el cristianismo, el judaísmo, el islamismo, (y agrego: el comunismo y el neoliberalismo, que algunos han elevado al nivel de religiones) son a la vez mentirosas y dañinas. Pues una cosa es la cuestión de la verdad de una religión (todas se consideran a sí mismas como la única verdadera) y otra muy diferente la cuestión de su utilidad. Y hay muchas personas, más de lo que uno se imagina, que creen que son inútiles y que hacen daño.

Con respecto de la clase de creencia, se considera “virtuoso” el tener fe, es decir, tener una convicción que no puede ser debilitada por la prueba en contrario. Por ejemplo, que el mundo fue construido en siete días contra la comprobación de los miles de millones de años de evolución de nuestro planeta.  Ahora bien, si la prueba en contrario ocasiona la duda, se sostiene que la prueba en contrario debe ser suprimida.

Mediante tal criterio, en la Unión Soviética los niños no podían oír argumentos a favor del capitalismo, ni en los Estados Unidos a favor del comunismo. Esto mantenía intacta la fe en ambos y pronta a la población para aceptar una guerra sanguinaria.

La convicción de que es importante creer esto o aquello, incluso aunque una convicción libre no apoye la creencia, es común a casi todas las religiones e inspira todos los sistemas de educación estatal y privada. La consecuencia es que las mentes de los jóvenes no se desarrollan y se llenan de hostilidad fanática hacia los que tienen otros fanatismos y, aún más virulentamente, hacia los contrarios de todos los fanatismos.

El hábito de basar las convicciones en la prueba y darles sólo ese grado de seguridad que la prueba autoriza, si se generalizase, curaría la mayoría de los males que padece el mundo. Pero en la actualidad, y muy particularmente en nuestro país, la educación tiende a prevenir el desarrollo de dicho hábito, y las personas que se niegan a profesar la creencia de algún sistema de dogmas infundados no son considerados idóneos para gobernar, legislar, e impartir justicia.

Se nos está diciendo que a veces sólo el fanatismo puede hacer eficaz un grupo social. Esto es totalmente contrario a las lecciones de la historia. Pero, en cualquier caso, sólo los que adoran servilmente el éxito pueden pensar que la eficacia es admirable sin tener en cuenta lo que se hace. Y el país que querría ver sería uno libre de la virulencia de las hostilidades de grupo y capaz de realizar la felicidad de todos mediante la cooperación, en lugar mediante la lucha. Una Costa Rica en la cual la educación tienda a la libertad mental en lugar de encerrar la mente de la juventud en la rígida armadura del dogma.

En fin, Costa Rica no está en este momento discutiendo si está con Dios o contra Dios, eso no es el tema de la discusión.  Lo que se discute es que, si la convertimos en un Estado Laico, la Iglesia Católica perdería el financiamiento que recibe de nuestros bolsillos ¡sin que nadie nos haya preguntado si estábamos de acuerdo o no!

 
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