COSTA RICA : Mediocridad Nacional Promedio
Las últimas semanas han sido bastante movidas en relación con noticias absurdas, estulticias patentes de personajes públicos, y jugarretas burdas de los grupos políticos que se pelean entre sí para atraer la atención de unos ciudadanos cansados ya de tanta mediocridad, de tanta deshonestidad y de tanta hipocresía.
Renuncias de políticos –pero no de los que debieron renunciar hace ya mucho tiempo-; estupideces de diputados que pierden su tiempo en acusaciones mutuas, en vez de elegir los magistrados de la Sala Constitucional y aprobar leyes que se necesitan con urgencia; y declaraciones incomprensibles de funcionarios de todo pelambre, sacan a la luz nuestra “mediocridad nacional promedio” (nuevo término socioeconómico a utilizar en el Informe del estado de la Nación); y entre burrada y burrada, quedan aclaradas algunas de las observaciones que hemos realizado durante años.
Un ejemplo de ello es la actitud de los bancos comerciales del Estado, al sentirse “agredidos” por la instrucción del Tribunal Supremo de Elecciones, impidiéndoles llevar adelante costosísimas campañas publicitarias, a fin de evitar que el gobierno actual las utilice como medio indirecto para hacer campaña a favor de su candidata. Y de cómo, por este hecho y su reacción inmediata, ha salido a la luz pública el que los jerarcas de esos templos del dinero consideran que los bancos comerciales del Estado no son organizaciones públicas (¿serán privadas o feudos indefinibles?) yendo a contrapelo de la lógica y el derecho.
Otro de igual catadura ha sido la sentencia “minimizada” impuesta a los culpables del caso Caja-Fischell, rodeada de toda la parafernalia distractora que se utiliza cuando se quiere ocultar lo esencial. ¡Porque imponer cinco años de cárcel y una compensación monetaria mínima a los sentenciados, es una burla a los ciudadanos y a la justicia! Y por ello parece más bien un acto simbólico que el ejercicio de la justicia y la aplicación de la ley. ¿O es que ya estaba acordado ello, como sucede siempre en este país, a los más altos niveles jerárquicos de los poderes públicos y los partidos políticos, ya que era imposible no condenar dadas las pruebas contundentes? Veremos qué sucede a nivel de tribunales de casación…. ¡y todo puede suceder! Incluso la anulación de la sentencia.
Finalmente, aunque no lo último, los espacios que el periódico La Nación, vocero del neoliberalismo criollo, les ha otorgado al exvicepresidente Casas y al que debería ser exdiputado Sánchez (que no lo es porque se movieron las maquinarias de la impunidad protectora de políticos corruptos)  para que pontifiquen acerca de las bondades del juego limpio, la corrección del ejercicio de gobierno, la moral y la ética en la función pública, y otras linduras que se contraponen a su famoso memorándum recomendando a los hermanos Arias nuevas formas de perversidad en el manejo de la información y de chantaje a los ciudadanos, cuando se discutía el TLC con los Estado Unidos. Es decir, capas y capas de artículos que tratan de hacer olvidar sus actos perversos, para confundir la corta, cortísima memoria de los costarricenses.
Iniciada la campaña política se hace cada vez más patente la mediocridad nacional promedio. Ausencia de definición y profundidad en los mensajes de los partidos políticos, centrar toda la propaganda en la persona del candidato, no en las propuestas del grupo político que aspira a gobernar (si es que las tienen), demagogia a ultranza, indiferencia ciudadana. Pero ésta promete ser bastante interesante.
El partido en el poder se inicia con un porcentaje (según encuestas que nadie cree, excepto aquellos a quienes favorece) casi el doble de su seguidor inmediato, pero que nadie aclara que es el “techo” de dicho partido, y que de allí empezará a bajar a medida que pasen las semanas y se saquen a la luz la lista interminable de actos corruptos del actual gobierno al que, por desgracia, nadie les prestará atención.
El problema de fondo radica no en los políticos –eternas sanguijuelas de profesión- que no van a los cargos de gobierno por el deseo de servicio público sino para realizar montajes favorecedores de los grupos que allí los colocan para su beneficio, -a través del financiamiento que les otorgan generosamente y que en su momento cobrarán con creces-, sino en una ciudadanía indiferente, amodorrada, pesimista, que no defiende sus derechos en el momento en que debe hacerlo, y a la que poco le importa quién gobierne, porque piensa que todos son la misma cosa.
Un grupo de ciudadanos, entre los que estamos unos cuantos descreídos, hemos instalado un altar que alimentamos con cirios e incienso a pesar de nuestra indiferencia hacia estas creencias, en el que colocamos todos los santos patronos de las causas perdidas.  Y allí hemos puesto nuestras esperanzas de un cambio.  ¡Porque solamente un milagro podrá salvarnos en el mes de Febrero de una nueva catástrofe ideológica y política de dimensiones nacionales!
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