COSTA RICA : ¡ QUÉ COCHINADA de CAMPAÑA POLÍTICA !
Este lapso de observación, que lleva ya varias semanas, me ha confirmado en las apreciaciones que externé en ocasiones anteriores, y que reiteradamente he mencionado en aportes previos. Las cúpulas de los partidos políticos tradicionales están conscientes del nivel de ignorancia en general de los ciudadanos, y de ignorancia política en particular, y con base en ello han diseñado unas campañas que no dicen nada. En otras palabras: saben que somos como burros y que nos vamos detrás de la primera zanahoria que nos pongan frente al hocico.
Y me pregunto: ¿quién es responsable de ello?. A lo que me vienen a la mente varias respuestas.
En primer lugar está la educación blandengue, superficial y carente de valores cívicos que reciben los niños y jóvenes en los primeros ciclos de su educación; y la educación irresponsable, liviana y carente de profundidad que se imparte en el nivel universitario, donde parece más bien que preparan técnicos y no profesionales en los diversos campos de la educación en los que lucran irresponsablemente, y en donde está ausente el tema de la ética. Y la responsabilidad de ello está en todos los gobiernos anteriores, fuera quien fuera el partido político gobernante. 
En segundo lugar, el triste papel de un Tribunal Supremo de Elecciones que nunca ha cumplido con la función que le otorga la ley -de educar a la población-, sino que se ha quedado en la organización y realización de las elecciones, cada cuatro años, le hace también responsable de esta frialdad cívica. 
En tercero, los mismos partidos políticos tradicionales, que convertidos en máquinas electorales, y corroídos por el cáncer de la corrupción más abyecta, solamente buscan el triunfo electoral para continuar con su prácticas perversas de aprovechamiento del Estado en beneficio de pequeños grupos plutócratas, y en la versión costarricense de la “mafiocracia”.
Por ello, analizando los mensajes de los candidatos, lo mínimo que nace en quienes observamos con ojo crítico, es una profunda tristeza por su ligereza,  carencia de sentido, demagogia absurda, y en cierta forma el insulto a la inteligencia por la forma en que manejan temas, promesas y mensajes subliminales. Tristeza que se convierte en indignación cuando percibimos las cifras que se gastan en propaganda (sin que nadie sepa de dónde sale tanto dinero, mientras el Tribunal Supremo de Elecciones mira hacia otro lado), lo que -mínimamente- deja caer un velo de duda sobre el origen de los fondos.
No se ve por ninguna parte un programa de gobierno serio, coherente, qué diga qué haría el partido ganador cuando llegue al poder, y sobre todo: cómo la hará. Porque una cosa es prometer y otra muy distinta cumplir, y llevamos decenios de promesas incumplidas por los partidos tradicionales. Lo que vemos son poses demagógicas, escaramuzas de insultos y acusaciones entre los candidatos, como pleitos de viejas de patio, y una ciudadanía indiferente. Y por otro lado, medios de comunicación claramente alineados a favor de un candidato específico, ya que perciben que su triunfo beneficiaría los intereses económicos de quienes concentran la riqueza del país en sus manos, que son adicionalmente –al menos en parte- dueños de esos mismos medios.
Esta es –quizá- la peor campaña política que he observado en los muchísimos años que tengo de estar estudiándolas. La más superficial, la más vacía y mentirosa, la que más explota las desesperanzas de los pobres, la que no le presta atención a las clases medias, la que pone en juego solamente la protección de los grandes intereses económicos que se han apoderado de todo en el país, la que busca desesperadamente mantener las cuotas de poder indispensables para proteger monopolios privados, la absurdidad de la burocracia pública, y en la que se escucha un mayor silencio de los protagonistas. ¡Todos!
Por ello, el resumen de todo se expresa en: ¡cochinada de campaña política! Y a lamentarnos luego, cuando caigamos presa de los juegos turbios que tantas veces han funcionado para engañar a un pueblo como el nuestro, y nos arrepintamos de la decisión tomada al momento de votar, o la falta de decisión cuando nos abstuvimos de ejercer nuestro derecho.
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