¿Comienzo del fin (o fin del comienzo) de la crisis?
Desde el inicio de 2009 Ben Bernanke señalaba que antes del fin de ese año comenzarían a verse síntomas claros de superación de la crisis y hacia el mes de agosto anunció que “lo peor de la recesión ha quedado atrás” (1). Antes de que estallara la bomba financiera en septiembre de 2008 Bernanke pronosticaba que dicho estallido nunca iba a ocurrir, y cuando finalmente ocurrió su nuevo pronóstico era que en poco tiempo llegaría la recuperación, ahora el Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos ha decidido no esperar más y le anuncia al mundo el comienzo del fin de la pesadilla.
No ha sido el único en hacerlo, una apabullante campaña mediática ha venido utilizando algunas señales aisladas para imponer esa idea. Así fue como el renacimiento de la burbuja bursátil global  desde mediados de marzo fue presentada como un síntoma de mejoría económica general, una nube de “expertos” nos explicó que la euforia de la Bolsa estaba anticipando el fin de la recesión.
En realidad las inyecciones masivas de dinero de los gobiernos de las grandes potencias económicas beneficiando principalmente al sistema financiero generaron enormes excedentes de fondos que, en condiciones de enfriamiento generalizado de la producción y el consumo, encontraron en los negocios bursátiles un espacio favorable para rentabilizar sus capitales.
Jugando al alza de los valores de las acciones empujaban hacia arriba sus precios lo que a su vez incitaba a invertir más y más dinero en la Bolsa. A esto debemos agregar que el motor de la euforia bursátil mundial, la bolsa de los Estados Unidos, además del dinero derivado de los salvatajes locales ha estado recibiendo importantes flujos de fondos especulativos externos que aprovechando la persistente caída del dólar se precipitaron a comprar acciones baratas y en alza.   
Se repitió  así  la secuencia especulativa de fines de los años 1990 y de 2007 pero con una diferencia decisiva: el contexto de la burbuja actual no es el crecimiento de la economía sino la recesión (o en el mejor de los casos el estancamiento). Las burbujas anteriores (bursátiles, inmobiliarias, comerciales, etc.) interactuaban “positivamente” con el resto de las actividades económicas; la subas en los precios de las acciones o de las viviendas alentaban el consumo y la producción y a su vez estos crecimientos generaban fondos que en buena medida se volcaban hacia los negocios especulativos produciéndose así una suerte de circulo virtuoso especulativo-consumista-productivo de carácter global en última instancia perverso, destinado a mediano plazo al desastre pero que causaba prosperidad en el corto plazo.
Por el contrario la burbuja bursátil de 2009 contrasta con bajos niveles de consumo e inversiones productivas y altos niveles de desocupación. Los excedentes de capitales bloqueados por una economía productiva declinante consiguen beneficios en la especulación financiera, lo que se produce entonces gracias a los fabulosos salvatajes financieros de los gobiernos es un circulo vicioso basado en la especulación financiera y el crecimiento débil o negativo.
En el caso del gobierno norteamericano este efecto negativo fue suavizado a través de enormes subsidios que consiguieron apuntalar algunos consumos y de ese modo desacelerar primero y más adelante revertir la curva descendente del Producto Bruto Interno. A las fuertes caídas del último trimestre de 2008 y del primero de 2009 le sucedió un descenso suave en el segundo trimestre y un crecimiento en el tercero empujado por los subsidios gubernamentales para la compra de automóviles y viviendas más los gastos militares, pero detrás de esa efímera recuperación aparece la expansión desenfrenada del déficit fiscal y del endeudamiento público.
Es evidente que la economía norteamericana no sale de la trampa de la decadencia, los alivios transitorios, las tentativas de recuperación, los crecimientos drogados fortalecen, recomponen los mecanismos parasitarios que la han llevado al desastre actual. Y el hundimiento del imperio (del centro articulador del mundo capitalista) arrastra al conjunto del sistema mundial.
Ahora, hacia fines de 2009, nos encontramos a la espera de una próxima segunda caída recesiva (el año 2010 podría ser el período de dicha catástrofe) seguramente mucho más fuerte que la desatada en el último trimestre de 2008. Los salvatajes financieros globales de 2008-2009 desaceleraron la caída económica pero generando enormes déficits fiscales en las potencias centrales que las coloca ante graves amenazas inflacionarias y de debilitamiento extremo en la capacidad de pago de sus Estados, cuya generosidad fiscal (hacia las grandes empresas y las instituciones financieras) no consiguió generar el ansiado despegue de la inversión y el consumo que anunciaban sus dirigentes.
Según ellos ese prometido golpe de demanda debería producir la reactivación durable de la economía mundial y en consecuencia la reducción de los déficits, la anulación del peligro hiper-inflacionario, etc. Apenas lograron modestas reactivaciones de ciertos consumos, algunas ilusiones estadísticas (crecimientos del PBI, etc.) y más parasitismo. El fracaso es evidente, lo que no impide que vuelvan una y otra vez a aplicar sus inútiles medicinas intervencionistas (en una curiosa combinación ideológica de neoliberalismo y neokeynesiamo financiero), lo harán hasta que se les agoten los recursos, prisioneros de la locura general del sistema. En sus cerebros no entra la realidad del violento cambio de época que ha convertido en obsoletos sus viejos instrumentos.               
Peor aún, no se trata solo de una “crisis económica”, otras “crisis”  están a la vista y en cualquier momento podrían golpear con fuerza a un sistema global muy frágil, entre ellas debemos destacar a las crisis energética y alimentaria (que se hicieron presentes durante el año 2008). O a la degradación del complejo militar-industrial de los Estados Unidos involucrando al conjunto de aparatos militares de la OTAN empantanados en las guerras de Irak y Afganistán-Pakistán, sumergido en una catastrófica crisis de percepción: la sorprendente resistencia de esos pueblos periféricos desborda su capacidad de comprensión de la realidad, se repite a niveles mucho más elevados el “efecto Vietnam” o el desconcierto de Hitler ante la avalancha soviética.
También es necesario mencionar a las crisis urbana y ambiental que junto a la declinación de valores morales y culturales, de creencias sociales, van ahogando gradualmente a los paradigmas decisivos del mundo burgués, desordenando, deteriorando a los sistemas políticos, a las estructuras de innovación productiva, a los mecanismos de manipulación mediática.       
En suma, nos encontramos ante la apariencia de una convergencia de numerosas “crisis”, en realidad se trata de una única crisis gigantesca, con diversos rostros, de dimensión (planetaria) nunca antes vista en la historia, su aspecto es el de un gran crepúsculo que amenaza prolongarse durante un largo período. 
1968-2007: la etapa preparatoria
La crisis actual ha tenido un largo período de gestación (aproximadamente entre 1968 y 2007), durante el cual se desarrolló  una crisis crónica de sobreproducción que fue acumulando parasitismo y depredación del ecosistema. El proceso de esas cuatro décadas puede ser interpretado como una postergación del desastre gracias a la expansión financiera-militar (centrada en los Estados Unidos), la integración periférica de mano de obra industrial barata (China, etc.), la depredación acelerada de recursos naturales (en especial los energéticos no renovables) y el pillaje financiero de una amplio abanico de países subdesarrollados. También puede ser visto bajo la forma de una “fuga hacia adelante” del sistema impulsada por sus grandes motores parasitarios.
Ambas visiones deberían ser integradas utilizando el concepto de “capitalismo senil” (2), es decir de un fenómeno de envejecimiento avanzado del sistema que despliega todo su complejo instrumental anti-crisis acumulado en una larga historia bisecular pero que sin embargo no puede impedir el agravamiento de sus enfermedades, su decadencia.
La expansión del parasitismo y la declinación de la dinámica productiva global constituyen procesos estrechamente vinculados: desde mediados de los años 1970 las tasas de crecimiento del Producto Bruto Mundial se movieron de manera irregular en torno de una linea descendente mientras que la especulación financiera se expandía a un ritmo vertiginoso.
Si observamos el comportamiento de las tres economías centrales: los Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, constataremos que a lo largo de las tres últimas décadas la caída de sus tasas de crecimiento del capital neto (la tasa de acumulación) contrastó con el aumento de los beneficios empresarios, la clave del fenómeno está en la creciente orientación del conjunto de esas economías hacia la especulación financiera (3). La hipertrofia financiera fue a la vez causa y efecto de la decadencia productiva; la desaceleración de la llamada “economía real” generaba fondos ociosos que eran derivados hacia la especulación como vía de salida para rentabilizar el capital, en consecuencia dichas actividades se expandían absorbiendo capitales disponibles, dominando con su subcultura virtualista del beneficio inmediato a la totalidad del sistema, degenerándolo, haciéndole perder dinamismo. Un estudio riguroso del fenómeno demuestra que no existen dos esferas opuestas una financiera y otra productiva con comportamientos diferenciados, por el contrario nos encontramos ante un único espacio de negocios fuertemente interrelacionados, muchas veces con operadores económicos combinando ambas actividades. Desde el punto de vista macroeconómico no es posible describir sus trayectorias sin integrarlas en una dinámica capitalista común apuntando hacia la maximización de los beneficios.
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#1.- Beinstein
Carlos|16-12-2009 22:27
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