La grandeza del poeta colombiano estará en ser el médium y no el elegido, ángel telúrico
A propósito de la detención de la poetisa Angie Gaona, y de la nueva poética revolucionaria que emerge desde la otra Colombia.  
No hay nada en los versos que no haya previamente existido, antes de la metáfora estuvo el palpito, antes del ángel caído cayó la catarata, y antes de la palabra habló lo convocado. El lenguaje se hace y se construye desde la inagotable realidad. El poeta nombra, señala no con el índice acusador de esta Colombia perpetrada sino con el pulgar disidente, con la mano que se hiere en el paisaje que describe.
Esa terrible soledad de las victimas que el poeta desgarra en los versos, es un llamado que no es del poeta, es el grito ahogado de la arcilla, la exclamación de lo insepulto que yace bajo una tierra por siglos irredenta.
De la misma manera que el humanismo burgués con su fábula antropocéntrica exhibe teóricamente al ser humano como centro del universo cuando este no es más que un esclavo en la tierra, el fetichismo al lenguaje erige la palabra como pulpito, como un dios nuevo, mientras las palabras se masacran con las gargantas que han de pronunciarla.
En Colombia no solo se cercena el grito también y ante todo se aniquila a la mujer y al hombre que lo fecundan, se prohíbe el pensamiento, se retuerce la palabra, se desvía la intención, se cohíbe la voluntad, se mutila el deseo y se suprime el trabajo, somos el reino de la hematofagia y somos literalmente trabajo muerto.
Por eso acá las palabras son sepultadas como método para olvidar la memoria, pero digo con Alicia: “mala memoria la que solo funciona hacia atrás”, la memoria echa raíces, forma tallos, exhorta melodías terrestres que no todos escuchan, quizá el poeta sí, un desheredado más en este país sembrado de iras y renacimientos. A lo mejor el poeta que conoce del magma hirviente y de las subterráneas cadenas, ese que es grande no porque nombre lo impalpable sino porque lo cierto lo nombra a él, porque lo convoca, acelera su pulso, lo descubre entre multitudes jadeantes dispuestas a olvidarse para siempre entre carnavales y corralejas, mientras al otro lado se recrea el suplicio.
El poeta es el vocero, fina apófisis que permite el movimiento, sinapsis nerviosa descubierta en un país tembloroso que busca comunicarse. El poeta es un desheredado que le tocó redactar y leer el testamento, descubrir el grito y transfigurar a la víctima que extiende la mano en especie insurrecta que enciende el puño. El poeta los llevará tarde o temprano del olvido a la herencia, del balbuceo al grito, de la reparación a la insurrección.
Colombia emerge de las entrañas del lodo, ya conoce del abismo más que Paul Claudel que decía: “caer es también una forma de volar”, los niños de nuestros caseríos colombianos han aprendido más del terror que Lovecraff y de la oscuridad que Allan Poe, porque solo en Colombia la necrofilia es política de Estado. A los poetas malditos franceses les correspondió descubrir la decadencia de una sociedad burguesa naciente, a los malditos poetas colombianos nos corresponde desde ahora revelar la esencia misma de la ignominia de una civilización burguesa en extinción. Lo cierto es que hay un salto entre presentir el halito de la muerte por algún oscuro callejón de Paris en el siglo XIX, detrás de esplendidos bailes y bajo los miriñaques de farsantes doncellas, y otra observarla flotando en los ríos turbulentos de Colombia, a cada momento los ojos del poeta encuentran cientos de senos que flotan a la intemperie, miles de lenguas adolescentes violadas y virginidades rotas sin seducción francesa en medio de caseríos desolados y fantasmales, legrados no solicitados, mutilaciones de niños que apenas si descubrían el juego, fosas encubiertas, cementerios marinos no de moluscos sino de hombres y hembras ninfulas degolladas y obligadas a danzar al ritmo de campanas fúnebres y provechos foráneos.
¿¡Colombia qué sería de ti sin poetas que te descubrieran en tú inmundicia, qué sería de ti si tus huesos silenciosos no quisieran rearmarse, que sería de ti si los poetas que concebiste hubiesen firmado el pacto de callar!?.
La grandeza del poeta colombiano estará en ser el médium y no el elegido, ángel telúrico, descubridor del verso e historiador del beso cercenado, lejos de dios y próximo a la especie. El esplendor del poema se da al ser evidencia de cada desgarramiento colectivo, redactor del epitafio inconcluso de los pueblos arrasados por las huestes imperiales, viajero trémulo de letanías y testimonio de cada quejido de dolor, de cada hueso fragmentado. La nobleza del poeta es ser el heredero de la herencia que todos se niegan a tomar, que muchos eluden, que nadie exige recibir porque hiede a muerte, una herencia que en Colombia es un sarcófago de décadas mutiladas.
Pero está bien, nosotros recibiremos esa herencia; a esa otra Colombia- la verdadera, la que subyace, la que brota de los ríos, las cortezas y el polvo… nos ofrecemos a armar un país que quiere erguirse, porque en Colombia las ruinas son el lecho del siglo. No guardamos la ira, ya esta desatada a pesar de los moderados, brotó como una semilla ardiente y rasga la tierra de esta Colombia indoblegable que heredamos.
 
Escrito para la presentación del libro “Épica de los desheredados” del poeta colombiano Fernando Vargas Valencia
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