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Colombia: Mujeres invisibles. Cuando la esperanza nace de la barbarie
Mi padre decía que las mujeres no necesitamos estudiar. Para aprender a escribirles cartas a los novios, mejor que nos quedáramos en casa a ayudarle a mi mamá en los oficios.
Laura Lorenzi | International Action for Peace | 30-6-2011 a las 6:15 | 610 lecturas
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A las nueve de la mañana, cuando el calor comienza a ser intenso y el sol lleva sólo la mitad de su camino ascendiente, el cielo del Catatumbo se vuelve nítido y despejado. La cocina de campo es muy sencilla: un viejo establo medio decadente rodeado por grandes árboles verdes donde el fogón del fondo arde desde tempranas horas de la mañana.

La tres mujeres encargadas de preparar los alimentos para las doscientas personas reunidas en La Gabarra, trabajan sin descanso. Manos expertas y veloces pelan yucas, zanahorias, tomates y papas con la sabiduría de quien aprendió el arte culinario en la escuela de la vida, la única a la cual pudieron asistir.

“Mi padre decía que las mujeres no necesitamos estudiar. Para aprender a escribirles cartas a los novios, mejor que nos quedáramos en casa a ayudarle a mi mamá en los oficios”. Así lo cuenta doña Martha, una señora del pelo largo recogido en la nuca y los rasgos típicos de esta región catatumbera. Martha tiene cinco hijos, criados con enormes sacrificios, ya que por dos veces ha quedado viuda.

“Mucha mala suerte”, pienso yo mientras tomo por sorbos el tinto caliente acompañado por el imprescindible Premier de la mañana. Pero muy pronto descubro que no ha sido la suerte al dejarla sola a enfrentarse con la dureza de la vida, sino algo mucho más real: la barbarie paramilitar que durante seis años ha golpeado toda la región. Martha no me cuenta la historia de los maridos, sino la historia de todo el Catatumbo.

“El ejército los dejó entrar. El 20 de agosto, el día anterior a la llegada de los paramilitares, los soldados desactivaron las torres eléctricas y se retiraron al monte. Ellos llegaron en camiones: 150 hombres de todas las edades, vestidos de negro con las insignias típicas de las “autodefensas”, fuertemente armados. Iban casa por casa, sacaron a la gente y mataron a muchos de las formas más horribles”. “Si, así fue” interviene María enfatizando el relato de doña Martha.

El 29 de mayo de 1999, en una operación sin precedentes, unos 200 paramilitares provenientes de Córdoba llegaron a la parte alta del Catatumbo. Entrando desde Tibú, tenían como meta el corregimiento de La Gabarra. La operación estaba dirigida por Salvatore Mancuso y Carlos Castaño en coordinación con la fuerza pública presente en la zona.

Mauricio Llorente, quien en 1999 era mayor del ejército nacional y comandante del Batallón Héroes de Saraguro, con sede en Tibú, confirma la versión de los campesinos y de los paramilitares desmovilizados que participaron en la incursiones. En su camino de destrucción y muerte, el ejército paramilitar no encontró ningún obstáculo por parte de la fuerza pública, con ellos la incursión estaba planeada desde hace tiempo. Unos enfrentamientos con la guerrilla retrasaron en dos meses los macabros planes de los hombres de Mancuso, que pudieron incursionar en La Gabarra sólo en el mes de agosto.

“Eso fue terrible”, recuerda Martha con el horror aún vivo en sus ojos. “Los paramilitares violaban a las mujeres por grupos y, cuando los cuerpos quedaban inermes tras los abusos recibidos, las mataban sin ninguna piedad. Recuerdo como vi descuartizar mi vecino de toda la vida -le decían Chucho- delante de mis ojos. Con un machete lo cortaron en pedazos y lo lanzaron al río”.

“Yo logré escapar con mis hijos. No tenía donde ir, estaba sin dinero y me tocó buscar refugio en la selva, sin comida ni un reparo donde acostar a dormir a los niños. Fue duro, muy duro. Pero estoy acá para contarlo, a diferencia de los muchos que cayeron en las tantas masacres que hubo en nuestra región”.

La guerra sucia que a finales de los noventas se agudiza en Catatumbo, obedece a la apuesta que narcotraficantes, paramilitares, la fuerza pública de la región y algunos políticos tradicionales hacen por el negocio del narcotráfico y la explotación minera en la región. Eliminando el movimiento social y la oposición política, logran establecer el control directo del territorio de esta región fronteriza con Venezuela, asegurando la inversión de megaproyectos agroindustriales, inversiones mineras y petroleras.

El resultado de esta estrategia es hoy evidente ante quienes transitan por la región. Por largos kilómetros, en la carretera que une La Gabarra con Tibú, la fotografía se repite una y otra vez: grandes cultivos de palma africana al lado izquierdo y varios tubos que transportan crudo al lado derecho. Aún las montañas verdes nos rodean, inconscientes del grave peligro que corren por esconder cantidades inestimadas de carbón en sus entrañas.

Seis años de presencia paramilitar han dejado 11.200 muertos y 100.000 desplazados en la región. Recientemente se supo de los hornos crematorios que los paramilitares utilizaron para no dejar rostros de sus crímenes. Y los autores de estas atrocidades se encuentran hoy extraditados en Estados Unidos como narcotraficantes. Al parecer, traficar droga es considerado más grave que matar y quemar a personas.

Doña Martha sigue con el relato del horror vivido. No hay rabia en su voz de mujer mayor. El dolor tan grande que nadie puede borrar se ha transformado en determinación. “Volvimos a la región del Catatumbo apenas se fueron los paramilitares, y acá resistiremos, porque esta es nuestra tierra y nadie nos sacará de acá.”

Los paramilitares ya no están como antes, pero la estrategia de penetración por parte de las compañías mineras, petroleras y las inversiones agroindustriales sigue en marcha. El Plan Nacional de Consolidación territorial, un “mecanismo que permite fortalecer la alineación de los esfuerzos militar, policial y antinarcóticos y los esfuerzos en el área social, de justicia, desarrollo económico e institucional del Estado en zonas estratégicas del territorio nacional”, prevé el posicionamiento de o­nce nuevos batallones del Ejercito en la región, dejando intacta la alianza entre fuerzas militares y grandes inversionistas.

Martha y las otras señoras terminan la triste historia cuando desde el salón al otro lado de la cancha se levantan unos gritos. “Que viva la Zona de Reserva Campesina del Catatumbo!” Los campesinos se han reunido para construir un Plan de desarrollo para su región. Por primera vez, organizados en la Asociación Campesina del Catatumbo, exigen su lugar legítimo en la definición del futuro del Catatumbo y aportan para la constitución de una Zona de Reserva Campesina, un mecanismo para tutelar sus derechos y ser impulsores de un desarrollo sostenible y participativo.

Es así como las muchas Marthas que habitan estos lares tan ricos y tan golpeados por la violencia dejan de ser invisibles. Sobre las cenizas de la barbarie edifican las esperanzas de un Catatumbo en paz, donde sus habitantes puedan vivir dignamente y con justicia social.
 
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