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China, 60 años de República Popular: Desigualdades en la fábrica del mundo
La nueva China celebra seis décadas de existencia, con las estructuras políticas y administrativas de 1949 intactas, pero con grandes cambios en la economía, la sociedad y la política exterior.
A.L.F. | Diagonal | 11-10-2009 a las 19:41 | 1702 lecturas
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La transformación socioeconómica que ha convertido a China en una potencia emergente de primer orden en el escenario global tiene unos 30 años y comenzó con las políticas de reforma y apertura introducidas por Deng Xiaoping en 1978. A esas políticas, que contribuyeron a liberalizar gradualmente la economía nacional y abrirla al exterior, se sumaron otras que también influyeron notablemente en la configuración de la China actual, como la política del hijo único, destinada a controlar el preocupante crecimiento de la población. A pesar de la omnipresente imagen de Mao y su legado ideológico, el capitalismo/socialismo con características chinas es heredero de las reformas de Deng y, junto a las luces del crecimiento económico, proyecta sombras cada vez más negras en clave de desigualdades sociales y desequilibrios territoriales.

Los valores tradicionales y el incipiente nacionalismo estatal han llenado el vacío de los valores socialistas que se iban perdiendo por el camino como elemento de cohesión social y legitimación del inmutable sistema político-administrativo de la nueva China: partido y Estado son complementarios. En el discurso oficial, el principio de unidad sigue presente y entronca con las raíces comunistas maoístas, mero objeto de culto sociopolítico en la actualidad. Pese a la reforma y la apertura, el Estado sigue controlando directa o indirectamente la economía nacional, por lo que las buenas relaciones con la administración son esenciales para lograr el progreso individual. Al amparo de las prácticas capitalistas y las redes de influencias ha surgido una generación de nuevos ricos, así como una clase media urbana emergente que retroalimenta las dinámicas del mercado con su cultura de consumismo. A su lado están lasmasas de trabajadores de las áreas urbanas e industrializadas, en su mayoría migrantes de primera o segunda generación, y campesinos de las áreas rurales agropecuarias, carentes de servicios sociales básicos como educación, sanidad o seguridad social, que el Estado apenas cubre. El crecimiento económico que ha hecho de China una potencia emergente se debe principalmente a esa mano de obra barata y con escasos derechos laborales que sigue existiendo.

El Gobierno chino es consciente de esa realidad y, pese a las eventuales aureolas de grandeza, se autodefine como un país en vías de desarrollo. Incluso el freno de las desigualdades sociales está todavía en la agenda, pero cada estrato cumple su función en este modelo de desarrollo: los nuevos ricos y la clase media urbana contribuyen al consumo, incluso de importación occidental; mientras que las masas de trabajadores migrantes se emplean en la gran fábrica del mundo, en las colosales obras de construcción de infraestructuras... y los demás, clases media baja o baja de la sociedad, sobreviven de la agricultura o la minería, en zonas rurales, o de los servicios en las zonas urbanas, con elevados niveles de desprotección. Y junto a las implicaciones sociales del presente modelo de desarrollo chino están las medioambientales, que amenazan con traer más cambios.

Al margen del nacionalismo imperante y de las contradicciones que presenta su modelo de desarrollo socioeconómico, China también encara tensiones interétnicas a las que ha respondido con represión en aras del incuestionable principio de unidad. Es el caso de la región autónoma uigur de Xinjiang y de la región autónoma del Tíbet, ambas en el extremo occidental del país. Con su acción político-militar represiva, China se aleja de la comunidad internacional, que responde con críticas. Sin embargo, en sus relaciones exteriores siguen primando los intereses económicos y, en ese ámbito, se ha ido ganando la confianza de la comunidad internacional, que ha aplaudido su incorporación a la Organización Mundial del Comercio (2005) y la organización de eventos globales como los Juegos de Beijing en 2008 o la próxima Exposición Universal de Shanghai en 2010. La misma connivencia se da en el control de la información y de la sociedad civil que se pueda articular mediante redes. La censura y la propaganda siguen caracterizando la China actual y moldeando sus cambios en la esfera sociopolítica.


PANORAMA ECONÓMICO: EN LA TRAMPA DEL DESARROLLO

RICARDO MOLERO (de la revista Economía crítica)

Desde 1978 China ha experimentado un crecimiento económico que probablemente no tenga antecedentes en la historia de la humanidad, por lo intenso y continuado del mismo. No obstante, este crecimiento ha ido acompañado de un incremento igual de espectacular de la desigualdad en una sociedad que, hasta entonces, era de las más igualitarias del planeta. Lejos de ser un efecto colateral, como afirman la mayoría de analistas, el desigual reparto de sus frutos es la base sobre la que se ha sostenido el crecimiento. Más aún, sin verse compensada por una mejora real del nivel de vida de la población, esa desigualdad amenaza ahora con producir una dislocación social.

A finales de los ‘70 la revolución maoísta había logrado alcanzar (no sin cometer atropellos difícilmente justificables) un precario equilibrio entre las tres variables que regían su proceso de transformación: el socialismo, el nacionalismo y el desarrollismo. Por un lado, gracias a un marcado igualitarismo, había satisfecho de manera generalizada las necesidades básicas de la población. Por otro lado, después de sacudirse el yugo semi colonial que aprisionó a China desde mediados del siglo XIX, disfrutaba de una, aunque sufrida y relativa, independencia política. Por último, a pesar de no haber alcanzado a las potencias capitalistas, como era su objetivo, la economía crecía en tasas superiores a las del denominado Tercer Mundo. Sin embargo, los mecanismos que aseguraban el igualitarismo (las comunas rurales y el sistema laboral del danwei) ponían un límite al excedente económico acumulable por el sistema de planificación. Y como esto amenazaba al crecimiento, el equilibrio fue roto favoreciendo a las vetas desarrollista y nacionalista del proyecto maoísta. De modo que en la III Sesión del XI Congreso del PCC, celebrada en diciembre de 1978, se inició un proceso de reforma con el que se pretendía lograr un incremento de la productividad del sistema. Para ello se introdujeron incentivos individuales que debían mejorar la eficiencia de las empresas estatales y las explotaciones rurales.

El problema surgió cuando los incentivos individuales se convirtieron en intereses privados que presionaban por una cada vez mayor liberalización de la economía. Así, después de que en 1992 Deng Xiaoping proclamase que “el desarrollo es el argumento irrefutable”, se abrió la veda para la privatización masiva de empresas estatales y la desaparición de los derechos laborales y sociales de los trabajadores. El mercado se hizo por fin su hueco. Su expansión culminó con la entrada del país en la OMC en 2001, que consolidó a la economía china en su posición de “fábrica del mundo” basada en unos irrisorios costes laborales. China había caído en la trampa del desarrollo económico, en nombre del cual se perpetraba una auténtica contrarrevolución de la que sólo unos pocos se iban a beneficiar. 30 años después del inicio de la reforma se ha borrado todo rastro de las aspiraciones socialistas del maoísmo.

Los beneficios, de los que se ha alimentado el crecimiento, se han elevado desorbitadamente a costa de los salarios. Esto ha derivado en un agudo empeoramiento de la distribución de la renta, no sólo entre el campo y la ciudad (debido al hukou, el estricto sistema de control de la migración interna), sino también en el conjunto de la sociedad china. Más aún, el tan desigualmente repartido incremento de la renta per cápita no ha repercutido en una mejora de las condiciones de vida del conjunto de la población. No se trata sólo de que ésta haya perdido servicios públicos básicos como la educación y la sanidad, sino que, además, se han generalizado fenómenos desconocidos durante la época maoísta, como la pobreza urbana. El consenso tradicional chino afirma que mientras “la escasez no importa, la desigualdad sí”.

Conscientes del peligro de dislocación que ésta comporta, el PCC aprobó en su Congreso de 2007 una serie de tímidas medidas redistributivas (como el intento de creación de un sistema de sanidad pública) con las que pretenden rebajar el riesgo de estallidos sociales.


CRECIMIENTO VS MEDIOAMBIENTE

CRISIS HÍDRICA

Cerca del 80% de los ríos chinos están contaminados. Los vertidos industriales a las principales cuencas los convierten en no aptos para el consumo humano. El modelo industrial, basado en el consumo desmedido de recursos naturales, está provocando enormes consecuencias: ciudades desabastecidas, falta de suministro para la agricultura, etc.

EL PRIMER CONTAMINADOR BRUTO

China se ha convertido en el primer contaminador bruto de gases de efecto invernadero (EE UU es el primer contaminador mundial per cápita) y el primer consumidor de carbón. Según Wall Street Journal, si continúa la actual tendencia, China podría emitir dentro de 25 años el doble de estos gases que Europa, América del Norte, Japón y Corea del Sur juntos.

SAQUEO DE RECURSOS Las ingentes necesidades energéticas, alimenticias y de otras materias primas, sobre todo de petróleo, han provocado un giro en el tradicional aislacionismo chino. El ex presidente sudafricano Thabo Mbeki, advertía en 2007 del peligro de caer en una “relación colonial” con China si el continente no actúa con cautela. África proporciona el 30% de las importaciones chinas de petróleo.

http://www.diagonalperiodico.net/desigualdades-en-la-fabrica-del.html
 
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