Voy a dar mi opinión sobre la película “Che, el argentino”, que se esta proyectando en los cines y que ha sido recibida positivamente en unas cuantas web de  izquierda –por ejemplo, en ésta-.
Hay que recordar que hasta ahora sólo se ha proyectado comercialmente media película –el primer episodio de una película que ha sido concebida como una unidad de cuatro horas-, con lo que cualquier juicio ha de ser provisional.
Lo principal es que la película, dentro de sus límites, no está mal: no se trata de una película infecta, y por lo tanto cabe esperar que haga algún bien con su proyección en cines comerciales. La he visto un domingo por la tarde, a más de una semana del estreno, en una sala céntrica de mi ciudad llena hasta los topes. Y llena de un público que en su mayor parte no creo que vaya a leer de motu propio los textos biográficos del Che en que la película está inspirada, ni los discursos ante Naciones Unidas que se reproducen en la película.
Resulta entonces previsible que los sumos sacerdotes de PRISA/”El País” se apresuren a explicar a esa respetable audiencia que viendo la película no se están informado, que están ‘participando del resurgir de una moda’.
Tal vez, más que como biografía del Che, la película puede ser socialmente positiva porque  da una imagen sobria, verosímil, humanizada, sin morbosidades ni oscuridades, de respuesta armada al imperialismo -llamado por el nombre de su agente principal, los E.U.A.-: y es que esa resistencia no es historia, ese jugársela en la selva –o el desierto- que cuenta la película sigue teniendo sus (oficialmente  vilipendiados) representantes, cinco años después de “las grandes manifestaciones planetarias contra la guerra de Iraq”. Ojalá estos representantes se beneficiasen, por efecto rebote, de lo simpático que el Che de la película resultó a mis compañeras de fila.
Ahora bien, dicho todo esto, me sorprende la candidez con la que la película está siendo recibida en nuestros medios. Aunque la película  no es de producción estadounidense, sí es obra de profesionales estadounidenses y, lo que es más importante, es de distribución de una compañía estadounidense, la Fox. Y en la película están todas las mañas y medias verdades de la industria estadounidense cuando pretende venderse como “progresista”.
La película hace un gran esfuerzo por dar un tono documental a imágenes que están reconstruidas, protagonizadas por actores. En esta obra se nos presentan dos hilos narrativos:  uno, la campaña de la guerrilla en Cuba hasta la entrada en La Habana y el derrocamiento de Batista en 1959; otro, el viaje del Che, ya ministro de economía, a Estados Unidos para intervenir en las Naciones Unidas, sus contactos e intervenciones públicas. En las imágenes correspondientes a este último hilo se hace un gran esfuerzo por dar una apariencia documental a las imágenes, se crea la ilusión de que no se estamos ante una película de ficción, una ilusión. Un proceder contradictorio, que quizás trata de ocultar que la película no va más allá de los esquemas orquestales del western más tópico.
En efecto, aunque la película cita en un par de ocasiones al Che hablando con claridad de imperialismo, en tanto crónica de la lucha guerrillera contra el gobierno de Batista no va más allá que “Los siete magníficos”: hay un pueblo sometido a corruptos, y los buenos chicos echan a los corruptos. Los campesinos aparecen como victimas de la avaricia, no de la explotación. Al imperialismo se le llama por su nombre, pero no se explica su esencia, es simplemente cosa de malos y de cínicos -¿lo podrá arrglar Obama?-. Más western: incluso las primeras imágenes de Guevara son de presentación del  héroe que llega al pueblo, con sus signos carismáticos emergiendo de la oscuridad…
Como no hay música heroica de fondo, habrá quien tome el relato de la guerrilla como un relato realista. Pero no hay mucho que rascar en las relaciones entre Guevara y su gente que lo que se podía rascar en cualquier crónica de John Ford sobre las hazañas del Séptimo de Caballería y lo muy humanos que eran sus integrantes: están los cobardes y los héroes, y los héroes son simpáticos, se comen las lágrimas, entre batallas son chistosos, se cansan mucho, se entusiasman cuando llega el enemigo, y su conductor se esfuerza más que todos ellos… En realidad, nos encontramos ante una cuadrilla más infantilizada que los típicos chicos de Ford: si no me equivoco, sus únicas debilidades manifiestas residen en no hacer los deberes escolares que les pone Guevara.
La cuadrilla está tan fordianamente  infantilizada que no tiene sexo. Lo tienen los cobardes, que violan campesinas. El resto, como el comandante les dijo que hay que aguantar, aguantan, o al menos la película no tiene nada que decir. Eso sí, en el último tercio de la película no se nos ahorra una cursi exposición en plan fotonovela de las relaciones entre el Ché y Adelaida (otros han disfrutado con este tratamiento; debo de ser un resentido).
Se reconoce que la guerrilla recibía el liderazgo de Fidel “con entusiasmo” y que Guevara estaba dispuesto a seguir sus ordenes “ciegamente”. La existencia de líderes se presenta ‘objetivamente’, como una consecuencia natural del talento, que los “agraciados” se encuentran entre las manos. El conflicto entre organizaciones guerrilleras se presenta atribuido a la ambición de los que no son el Che, y después aparece arreglado  como por ensalmo, suponemos que fruto del 'talento político' que Fidel aconseja desarrollar al Che...
Tal vez aquí haya intención por parte de los autores de introducir una paradoja para la reflexión (algo que ya hace por voz de la periodista que entrevista a Guevara en el tramo USA, y quizás con secuencias como la del bazooka): hasta los igualitaristas necesitan de la gente de talento, y es necesario que el talento natural se imponga. Algo que debería hacernos pensar sobre –no necesariamente denostar- el fondo ideológico de la operación.
En fin, no estamos lejos de operaciones como los westerns “proindios” de los años setenta, o de las películas de denuncia de Costa-Gravas por los mismos años, o de “Novecento”. La industria produjo un aparente “cine político” consistente en simular un tono documental, en hacer ostentación de  imágenes poco habituales en el cine comercial y en ocultar al público los signos más evidentes de que se estaba contando la historia que siempre gratificaba al público –por el bien de su buena conciencia-. La diferencia está en que puede que en aquellos años la industria estuviese a la defensiva, intentando no quedarse rezagada respecto a la movilización social, y hoy en día operaciones de ese tipo hacen las veces de un caso, modesto pero caso, de resistencia cultural. Ahora, eso no habla de las virtudes de la película, sino de lo mediocre de la resistencia.
Si de lo que se trata es de poner al alcance de grandes audiencias un relato donde la resistencia violenta a los agentes de la opresión es ensalzada con la retórica de las películas de acción, mejor que se haga con todas las consecuencias, panfletariamente: ya teníamos los spaghetti western “rojos” de Corbucci y compañía, o, más cerca en el tiempo, aquello de “Desafío total”, de Paul Verhoeven, con Arnold Schwarzenegger. En esta última, hasta la morena era la buena, desafiando los estereotipos raciales del cine USA. Desde luego, “Desafio total” era más entretenida y compleja –con el gran Philip K. Dick en sus raíces- que este viaje para el que no son necesarias las alforjas de la “reconstrucción histórica”.
Nota: en las fichas de la película he encontrado que dura 135 o 140 minutos, pero la proyección a la que yo he asistido no duró más de 127 minutos, comerciales de otras películas incluidos...
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