De todos los capitalistas es sabido que para gestionar un servicio correctamente (sea el que sea), es imprescindible que éste sea de titularidad privada. Una empresa gestiona mucho mejor cualquier servicio que el estado, por supuesto, y sin duda alguna el estado en realidad sujeta los servicios que le son inherentes por el miedo del partido de turno en el gobierno, de aparecer como impopular y perder los votos que les dan los ciudadanos de centro-izquierda. En realidad esos partidos y esos estados no desean gestionar esos servicios y en el momento en que alguna empresa pueda hacerse cargo, no dudaran en montar el chollo mas rentable desde el invento de la inflación por parte de algún economista iluminado.
Analicemos la situación: Cuando el estado gestionaba casi todos los servicios de utilidad y necesidad pública, el gran capital atacaba diciendo que ese modo de administración era retrógrado, anticuado y que además perjudicaba económicamente y no respondía con suficiente rapidez a los ciudadanos (como si alguna vez les hubieran interesado...) porque imponía unas tasas excesivas, arbitrarias e impedía el normal funcionamiento del mercado ostentando el monopolio y perjudicando la normal circulación del capital.
Este discurso tendencioso y perverso ha calado hondo en la sociedad actual, por desgracia, y ha provocado que los ciudadanos se sientan mucho mas cómodos como clientes que como usuarios de un servicio. “He pagado y tengo derecho a...” es una frase tristemente ilustre, que hace pensar al que observa la escena, que los derechos se articulan a través del pago, a través del dinero. Aquí es donde quiere llegar el capital. Sin dinero no hay derechos y sin derechos no hay ciudadan@: sin dinero no hay ciudadan@ ni servicios.
Esto último, es el gran éxito del capitalismo moderno. Los ciudadanos dejan de serlo para pasar a ser consumidores, y así se les trata.
Como todos sabemos y gracias a la libre competencia, los precios han bajado muchísimo y la calidad está por las nubes ¿verdad?. Pregunten a los clientes de Telefónica, Correos o CAMPSA.
A pesar de eso, todo objetivo tiene un proceso y ahora nos encontramos en un punto de infexión. El estado cede sin resistencia alguna todos aquellos campos en los que ni los capitalistas habían pedido entrar (como la gestión de los centros de menores, por ejemplo) pero que aceptan de buen grado, recibir un pago seguro, fijo y puntual durante largos periodos. Dinero fácil ¿quién es capaz de decir que no?.
El proceso es tan dramático que ni las administraciones públicas pueden incidir (hay un contrato de por medio y eso es “sagrado”) sobre las prácticas que ejercen estas empresas en casos de negligencia, desidia o incluso malas praxis reiteradas y deliberadas, dejando en manos del mercado la sanidad, la educación, la “seguridad” (o control social) y también últimamente los servicios sociales de atención a los ciudadanos (desfavorecidos por la vorágine capitalista).
Pero ¿como hemos llegado aquí? La respuesta es simple. Dando legitimidad al discurso del gran capital y cediendo al trabajo subterraneo que este ejecuta.
El Estado colabora dejando de invertir lo suficiente en los servicios públicos provocando una bajada en picado de la calidad del servicio, una sobresaturación y precarización en las condiciones laborales de los trabajadores del servicio y por último una desconfianza creciente del ciudadano.
El capital por su parte desacredita la gestión del Estado, falsifica información, genera otra información tendenciosa, desestabiliza las plantillas de trabajadores y promueve un descenso de las partidas presupuestarias de la administración a través de la entrada de capital privado en momentos puntuales o bien en sectores determinados. Es así como se cierra el circulo y se abre un nuevo mercado.
Mientras, el Estado burgués calla y se quita de encima, por omisión, una serie de servicios muy costosos (pero que pagará mas caros a una empresa) y difíciles de gestionar.
Al principio la participación es coyuntural, como en muchos hospitales de este país (servicios de limpieza, ambulancias, restaurante...) pero el capital solo conoce la ley del mas voraz y no parará hasta hacerse con todo el pastel. No tardaremos en verlo y en sufrirlo.
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