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Belém frente a Davos
Era inevitable que, las cosas como van, las dos reuniones se hiciesen eco de una crisis que está en todos los labios.
Carlos Taibo | 3-2-2009 a las 9:33 | 1432 lecturas | 5 comentarios
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Carlos Taibo opina sobre la cumbre de Davos y el Foro Social Mundial en Belém

Los últimos días de enero son, desde un tiempo atrás, el momento en que se enfrentan dos visiones del mundo y de sus problemas: si la primera se revela, en un cónclave paraoficial, en Davos, la segunda, el Foro Social Mundial, ha aterrizado este año en la ciudad brasileña de Belém.

Era inevitable que, las cosas como van, las dos reuniones se hiciesen eco de una crisis que está en todos los labios. En Davos, por lo pronto, hemos podido escuchar qué es lo que nos cuentan --luego de pagar los 40.000 euros por cabeza preceptivos para asistir a la reunión, una suma muy superior a la que ingresa a lo largo de toda su vida la mitad de la población del planeta-- los adalides del capitalismo, repartidos, si así se quiere, en dos bandos. El primero bebe del odre neoliberal y en los hechos se contenta con sugerir que hay que cancelar algunos abusos que han despuntado en los últimos tiempos. A estas alturas distinguir el neoliberalismo de los abusos acompañantes se antoja, sin embargo, tarea propia de necios, tanto más cuanto que el capitalismo realmente existente, incapaz de resolver sus problemas, promueve con descaro impresentables operaciones de reflotamiento de empresas realizadas con el dinero de todos.

Pese a las apariencias, a la segunda percepción, la keynesiana, no le va mucho mejor. Recuérdese que los socialdemócratas de estas horas, tras acatar durante decenios la vulgata neoliberal, están pagando los platos rotos de la mano de restricciones presupuestarias sin cuento. No es eso, con todo, lo importante: los keynesianos de las últimas hornadas ignoran palmariamente que el planeta arrastra inapelables límites medioambientales y de recursos. Cuando apuestan a la desesperada por tirar del consumo, como cuando se inclinan por acometer la construcción de faraónicas infraestructuras que nadie sabe quién podrá emplear dentro de unos pocos años --tras la subida inevitable, antes o después, en los precios de la energía--, retratan bien a las claras los vicios del cortoplacismo que nos inunda. Sólo los más ingenuos creen, entre tanto, que semejante huida hacia adelante encontrará su freno al amparo de un keynesianismo verde que, hablando en serio, no se vislumbra en lugar alguno.

Pero olvidemos el hastío que produce Davos y evaluemos lo que nos llega de Belém. El momento para los movimientos que contestan la globalización capitalista es, a la vez, estimulante y delicado. Si, por un lado, sus mensajes encuentran hoy un caldo de cultivo más amplio, por el otro deben encarar una tramada estrategia de amedrentamiento que invita, desde las instancias oficiales, a renunciar a la protesta en provecho de la preservación de la relativa condición de privilegio de la que una parte de la población planetaria disfruta. Es verdad, por lo demás, que en los movimientos perviven diferencias importantes. Hay quienes piensan, por ejemplo, que la prioridad mayor sigue siendo engordar las redes de contestación, y convertir éstas en fermento de una sociedad distinta, como hay quienes estiman que lo que se impone es ejercer influencia sobre otros, y en particular sobre gobiernos más o menos receptivos.

Más allá de esas disputas, los movimientos han asumido en los últimos meses una inequívoca radicalización que tiene su principal botón de muestra en el designio de trascender la contestación, a menudo demasiado cómoda, del neoliberalismo para acometer una crítica en toda regla de un capitalismo que se considera, por una parte, generador de explotación e injusticia, y, por la otra, promotor de salvajes agresiones contra el medio. En relación con la primera de estas dimensiones, nada se aleja más de la verdad que la afirmación de que el universo antiglobalizador está desafortunadamente lejos del movimiento obrero. Mientras en muchos países del Sur el sindicalismo resistente se halla, claramente, del lado de ese universo, en el Norte tenemos que preguntarnos si no son muy a menudo las cúpulas sindicales tradicionales las que, en una deriva lamentable, y tras aceptar lo inaceptable, han obligado a las redes antiglobalización a asumir un creciente protagonismo en las luchas contra las privatizaciones, el desempleo o el trabajo precario.

Las cosas como fueren, la mayoría de las gentes que se han hecho presentes en Davos –por cierto que no hay motivos para concluir que entre ellas menudean los admiradores tontorrones de Obama-- son conscientes de que, junto a la crisis que hemos etiquetado de financiera , se aprecian otras tres singularmente preocupantes: se llaman cambio climático, encarecimiento de los combustibles fósiles y, en fin, sobrepoblación. La urgencia de colocar en primer plano los problemas correspondientes ha estimulado, en los movimientos radicados en el Norte opulento, una activa discusión en lo que hace al crecimiento económico y sus presuntas bondades. La defensa de proyectos de franco decrecimiento va ganando terreno por momentos en un escenario en el que la propuesta en cuestión se hace acompañar de un puñado de aditamentos: la defensa de la vida social frente a la lógica de la propiedad y el consumo, la postulación del reparto del trabajo --una vieja práctica sindical que ha caído en el olvido--, la reducción del tamaño de muchas infraestructuras, la primacía de lo local sobre lo global y, en fin, la simplicidad y la sobriedad voluntarias.

Si las discusiones en torno al decrecimiento --un proyecto que acarrea una radical contestación de los catecismos neoliberal y keynesiano-- parecen llamadas a ganar terreno, bueno es que dejemos constancia de una percepción que, en lo que respecta a las sociedades del Sur, despunta en muchos movimientos. Esa percepción sugiere, con inevitable cautela, que ha llegado el momento de sopesar si dejar a esas sociedades en paz, lejos de las aparentes bondades que procuramos endosarles, no será nuestra mejor contribución a su bienestar. Y es que sobran los datos que señalan que muchos de esos pueblos que calificamos de primitivos y atrasados guardan, como un arcano tesoro, algunas de las llaves que nos permitirán abandonar este triste edificio que habitamos, construido con materiales tan lamentables como el consumo desaforado, la explotación, la exclusión y, claro, el desprecio por lo que la naturaleza tuvo a bien regalarnos.

Carlos Taibo

Profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

http://www.globalizate.org/taibo020209.html
 
 
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Comentarios (5)

#1

03-02-2009 11:03

Sin democracia economica y participación del pueblo en las decisiones sobre la misma (consejos de administración de los bancos formados por ciudadanos y pequeños ahorradores, decidir las prioridades de inversión economica etc) es imposible que exista democracia politica y social. El decrecimiento como teoria economica se impondrá tarde o temprano es inevitable y habrá con ello un reparto del trabajo con menos horas laborales y tiempo para el ocio la cultura laa socialización y el debate con los demás y la participación en la Res-publica, se habrá logrado entonces la verdadera democracia socialista.

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#3.- ¿A qué esperamos para movilizarnos?

Rocío|03-02-2009 15:12

Dada la situación no sé a qué estamos esperando para movilizarnos, para protestar, para ponernos en huelga y decirle a las entidades bancarias y a los grupos políticos "marionetas" de estas que basta ya de reunirse como ayer, para hacer el paripé y demostrar a la opinión pública la muy buena voluntad que ponen. ES LAMENTABLE Y ASQUEROSO VERLOS.
Arriba la democracia socialista y la revolución.
Rocío de Córdoba

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#4.- Lafargue

03-02-2009 15:19

Habrá que acostumbrarse a un nuevo tipo de sociedad en la que el trabajo esté repartido con menos horas de trabajo por persona, como ya planteaba Lafargue 4 o 5 horas de trabajo, con  lo que está demostrado que la gente tiene mayor productividad, y además el resto del tiempo sería obligatorio participar en labores sociales y de participación en Intituciones publicas (jurados, decisiones de la administración pública, decisiones sobre prioridades economicas) posible hoy en dia y más con las nuevas tecnologias se puede ejercer una democracia total participativa.

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#5.- Articulemos el decrecimiento

AndreuB|03-02-2009 15:49

Estoy de acuerdo con todo lo comentado, es indudable un decrecimiento en nuestras sociedades, entonces hay que crear una red antisectaria y organizada para articular el decrecimiento,  las asambleas sociales articuladas de barrios a naciones y compenetradas entre ellas son la solución, es una tarea complicada pero se ha de empezar desde los barrios, y ahí podemos actuar todos, defender a nuestros vecinos de las prácticas capitalistas e informarles, crear estructura social con asociaciones de vecinos... Un movimiento correctamente organizado es el preludio de un cambio.

Evidentemente nadie tiene la receta para la articulación y conciencia social, pero hay que adquirir buenas prácticas ante tiempos turbios ya que pueden jugar a nuestro favor. 

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#6.- decrecimentismo

Anibal Hernandez|03-02-2009 19:00

algo parecido dice Serge Latouche en un libro que se llama la Otra Africa, es muy interesante

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