El relevo del mañana
Perdimos otra vez. Ya no recuerdo la última vez que ganamos algún torneo importante. Aunque seguro que hay algunos que se acuerdan de esa última vez, que seguro no la recuerdo porque pareció una vez más. Los triunfos que recuerdo están siempre empañados por un fracaso posterior.
Haciendo un esfuerzo lo que me viene a la memoria es el último juego contra los Orioles de Baltimore, fue grande ganar allá, en el “hielo”. Sin embargo la nota oficial que apareció un día después de la victoria en Baltimore, se leía, muy claramente, que habíamos ganado, porque éramos –los cubanos que vivimos en Cuba– ideológicamente superiores. Aquella nota les pareció a muchos, entre los que me encuentro, que tenía –además de mucho oportunismo– demasiados puntos en común con el concepto del superhombre que propugnaba el nazismo.
Mi teoría del por qué se pierde, tiene que ver con esto, con la idea de una sociedad superior. Que lo será, pero no por las palabras, sino por los hechos. Aclarar debiera que las palabras que explican o justifican los hechos tampoco hacen de la sociedad algo que no es; porque la realidad y la percepción colectiva que tenemos de ella, no se puede decretar o cambiar por decreto.
El ser humano, antes de aprender a contar el tiempo, aprendió que vivir en colectividad, era mejor que andar solo. Porque uno cuidaba del otro y viceversa. Por esto se crearon las primeras sociedades humanas. Estas progresaron, se volvieron más complejas, y empezaron a distorsionarse.
Ya Platón advertía en su época que el concepto de sociedad había cambiado, se había corrompido. Puesto que los humanos se entrenaban pensando en la supervivencia propia, en el bien propio, y no de la sociedad, como debería ser; y por lo cual decidimos vivir en grupos.
Según este filósofo, que tanto impacto ha tenido en la sociedad occidental, ya las sociedades no eran colectivos de intención social, sino que se habían convertido en lo que denominó “Civitas”, en civilidades, o sea agrupaciones de civiles, donde primaban los intereses   individuales, sobre los colectivos.
En Cuba, con la oscura noche del 10 de marzo de 1952, comenzó a nacer una nueva forma social, no en palabras sino en hechos, con valentía, entrega y amor, difícilmente igualada en otros momentos de la humanidad. Y el amanecer de 1959 dio una nueva oportunidad al ser humano, de ser humano.
Muchas cosas buenas sucedieron y muchos males fueron remediados, pero es cierto, muchos errores también se cometieron –y algunos inenarrablemente amargos. Sin embargo fueron, en su mayoría, errores honestos, y demasiado a fin a la izquierda. Pues la izquierda cuando está en el poder, y no puede convencer con palabras, intenta obligar –o forzar–   los hechos a que la acompañen, y se olvida la izquierda de que el bien obligado se puede volver el mal (o como lo adjetivó Martí, aborrecible) Pero en general, se puede decir, fue una generación honesta, aunque la derecha –siempre llena de subterfugios y verdades a medias– pretenda lo contrario.
A decir de un amigo, que sigue siendo poeta, fue una Generación que lo hizo todo, pero aún falta –casi increíblemente– todo por hacer. Porque del infinito hecho, nació un infinito por hacer –y parece que nadie de esa Generación previó esto.
Hoy los errores que más nos duelen son los errores económicos, los que se derivan –sobre todo– de la importación de una forma de hacer, que nada tenía que ver con el país y sus costumbres. A veces ni siquiera tenían que ver con el sentido común. Maneras de hacer importadas, que para colmo, ni siquiera funcionaba en lugares desde donde las trajeron.
Estos errores económicos, terminaron también siendo errores ideológicos. Pues no existe, ni puede existir el Socialismo de las carencias materiales, porque se vuelven espirituales las carencias.
El propio Marx dice que la literatura que defiende el Socialismo de las carencias es “forzosamente, por su contenido, reaccionaria”, porque “preconiza un ascetismo general y un burdo igualitarismo”(1).
No por gusto Raúl Castro, en una de las sesiones del parlamento cubano preguntaba “¿estamos haciendo el Socialismo?” Y él mismo se respondía “Socialismo significa justicia social e igualdad, pero igualdad de derechos, de oportunidades, no de ingresos. Igualdad no es igualitarismo. Este, en última instancia, es también una forma de explotación: la del buen trabajador por el que no lo es, o peor aún por el vago. (2)”.
El General entiende lo mismo que nosotros, que el Socialismo cubano ha desviado el rumbo. Y calló la frase –él tiene que ser políticamente correcto– “Porque no es esto lo que pretendíamos construir ¿verdad que no?”.
Sin embargo, en un discurso más reciente, tuvo que afirmar que él –Raúl Castro– estaba ahí para profundizar el Socialismo, no para destruirlo. Y la afirmación valía la necesidad, porque el concepto de Socialismo se ha corrompido tanto a nivel de base, que las cosas que su Gobierno está haciendo, como actualizar los precios de los productos agrícolas que estaban estancados desde el 60, y que había provocado el éxodo de los campesinos a las ciudades y la consiguiente caída de la producción agrícola, se ha entendido, por muchos, como una restauración del capitalismo; pues por “socialismo” entienden miseria y no bienestar económico.
¿Y esto qué tiene que ver con la pelota?
La pelota y lo mal que nos va, es un síntoma de la sociedad. Pues cuando todo se resume a la supervivencia, y en un país con un bloqueo enorme, que además tiene una economía disfuncional, todo, al nivel humano, se resume a eso, a la supervivencia. Y desde la supervivencia, no hay quien entienda, no sin hablar de utopías –claramente inalcanzables–, el porqué debes jugar para el equipo provincial o nacional, y no irte a donde te pagarán millones, al menos comparado con lo que obtienes acá.
Entonces, el haber perdido el rumbo económico, hizo que perdiéramos el rumbo ideológico, y volvimos a caer en las trampas de construir una “Civitas”, una civilidad –tal cual son hoy en mayor o menor medida las sociedades capitalistas–, y no la sociedad solidaria que debe ser la socialista.
El síntoma se puede ver también en la pelota, pues todos juegan para sí, para sus números estadísticos.
Arreglar los grandes problemas de una sociedad, es relativamente fácil –si se tiene voluntad política, y aquí la hay. Lo difícil será arreglar los infinitos y pequeños problemas que tiene esta isla. Problemas que son los que verdaderamente impiden la aplicación de muchas políticas que podrían ser socialmente interesantes. Problemas estos para los cuales la superestructura del país, hoy, no tiene forma de atacar sin forzar la realidad. Debido justamente a la forma en que la estructura gubernamental se ha construido por cincuenta años, y porque primero hay que resolver los otros problemas, los grandes; antes de intentar cambiar la sociedad a fondo, nuevamente.
Y esos pequeños problemas que no llegan a la prensa, ni siquiera a la reunión del CDR, como el del “Guagua” López, pitcher de relevo de los equipos de la capital, que se le adjetiva como “tremendo” en muchos de los libros del beisbol cubano, terminó sus días olvidado y casi en la inopia.
Muchos casos hay de estos –con nombres y sin ellos–, que relatan sacrificios totales, y que parecieron totalmente inútiles.
¿Por qué de que vale el beisbol amateur si después no hay más nada que tiempo perdido?
Si alguien recuerda ese Mundial de Parma, Italia. El juego final, que empató Gourriel –y cuando el cátcher yanqui al ver el batazo decía “No, no, no”; este se viro hacía él y le dijo “Sí, sí, sí”–, que luego decidió Vargas, con un batazo que golpeo en la pared final, y este no pudo, de la emoción, correr hasta primera; así que fue saltando –y un día después, ante las cámaras, lloraba de felicidad al relatar el acontecimiento.
Pero antes de este partido, recuerdo a Luis Giraldo Casanova, en un juego en el estadio Latinoamericano –Pinar del Río contra Industriales–, cuando pegó su homerun número 200; y los periodistas corrieron hacía él a preguntarle cómo se sentía luego de arribar a la difícil marca, la respuesta del Señor Pelotero fue impresionante –y con cada día que pasa me parece mejor–, “No sé cómo me siento, no puedo pensar en eso ahora, si lo hago me voy de juego, que aún no se ha acabado y mi equipo me necesita. Después, cuando acabe el juego, lo pensaré y quizás hasta celebre” (3).
Lo cierto es que ya no hay en el beisbol de la isla personas como Germán Mesa, Kindelán, Pacheco, Casanova, que fueron la última horneada de algunas generaciones que no jugaban para sus números estadísticos personales, sino para el equipo. Generaciones para los cuales los colores provinciales o nacionales era vida y no trabajo, era presente alegre, triste o duro, nunca fría ganancia futura. Pero ahora, solo las estadísticas te llevan al equipo nacional, y no lo que seas capaz de hacer por el equipo; dicho sea que es donde único se obtiene algunas ventajas materiales.
Porque la ganancia material tiene que existir –y a cada cual según su capacidad–, pero su búsqueda no puede ser el eje de la vida, o no estamos construyendo el Socialismo, ni una sociedad con posibilidades de futuro perfectible.
Pero los últimos 20 años han sido bien terribles, económicamente hablando, y también ideológicamente hablando. Porque primero hay que comer y vestirse, para luego pensar en otra cosa. Y cuando se compara los niveles de vida de los que se quedaron, con los de algunos de los que se fueron –siendo los que se quedaron mejores que la mayoría de los que se fueron–, se entiende lo que muchos no quieren ver. Que a veces o comemos o nos vestimos, y aún así quieren que pensemos que lo que tenemos es mejor –el cual es un axioma imposible.
También se puede mencionar –como otro ejemplo– a Euclides Rojas, que fue ídolo en esta capital azul, porque muchas veces nos salvó los sueños, además de ser el pitcher ganador de ese juego final en el Mundial de Parma, Italia, cuando terminó su carrera como pelotero en Cuba, emigró a los EE.UU., donde tiene una academia de pitcheo. Algo que no hubiera podido hacer aquí –¿por qué no?–, y otros se aprovechan de 20 años de sabiduría y mañas beisboleras.
Con esos mensajes, de que el beisbol es tiempo perdido, la interpretación de la realidad, difícilmente, pueda ser diferente.
Los grandes problemas de este país –que no son más de 4 ó 5– han terminado convertidos en millones de pequeños y humanos problemas. Los cuales, como consecuencia final, provocaron que se entendiera que la realización de los sueños personales, donde se obtienen ganancias materiales, era un rasgo capitalista de nuestra consciencia. Cuando es todo lo contrario, una persona feliz es proclive a la solidaridad. Una persona que solo puede pensar en su supervivencia, y está en algún lugar por obtener un salario, no lo es.
Son esos pequeños problemas humanos los que hacen que se nieguen muchas de las más lindas palabras que se dicen en los discursos oficiales. Esos problemas que parecían no existir, cuando era común el sacrificio en aras de algo mayor y la economía parecía funcionar. Esos problemas que la realidad ha hecho más frecuente, pues todos esos sacrificios parecen inútiles.
No lo fueron, no lo son, pero solo porque siempre hay una verdad más allá de la realidad palpable y que esos sacrificios fecundan la búsqueda de lo mejor de nosotros –los “muertos que alumbran los caminos”, al decir de Silvio (4). Y esa búsqueda, ese camino es el verdadero Socialismo. Sociedad que para que tenga ideología, primero ha de tener una economía socialista, para que se resuelvan los problemas humanos, para que el ser humano no sea el lobo del ser humano. Para que una sociedad tenga intención social, y no –como a veces parece– solo el Gobierno.
Cuando volvamos al rumbo de construir una sociedad, y no una civilidad, cuando los grandes problemas del país se arreglen para permitir que también se arreglen los pequeños problemas de la economía, de la sociedad; y que en esta puedan nacer, crecer y ser feliz la mujer nueva y el hombre nuevo, solo entonces, las victorias en el deporte vendrán y serán verdaderas. Porque volveríamos a darlos todo por el equipo, por las cuatro letras, por los colores, porque volveríamos a sentirnos dueños del futuro –o perderemos sabiendo que dieron todo lo que tenían, y no de esta manera tan amarga, tan individual.
Carlos Ignacio Pino
Cayo Hueso, Centro Habana, Ciudad de la Habana, Cuba.
28 de septiembre de 2009.
NOTAS:
(1)          Carlos Marx y Federico Engels. Manifiesto Comunista. El Socialismo y el comunismo critico-utópicos (p.68, Editora de Ciencias Sociales, La Habana, 2008)
(2)          Discurso del General Raúl Castro en las conclusiones de la primera sesión ordinaria de la VII legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el 11 de julio de 2008.
(3)          Ese día estaba yo en el banco de la prensa, en el Latinoamericano, y allí oí esto que narro de memoria, quizás la gente de Radio Rebelde, tengan esto en el archivo, que fueron quienes grabaron sus palabras, y puedan proporcionarlas con más exactitud   –qué sé no van a diferir mucho de estas.
(4)          Silvio Rodríguez –cantante y compositor cubano; genial, si me preguntan a mí.
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