Cabe constar como una variación del cine político italiano el que se expresó a través de una trama tomada del “western”, en particular el colindante con la revolución mexicana que ya había servido a la izquierda de Hollywood de recurso para expresar sus simpatías por la revolución (que puede ser una misma revolución, la misma de siempre, como dirá el personaje encarnado por Burt Lancaster en Los profesionales) en una larga lista que abarca títulos tan reputados como ¡Viva Villa! (1934), firmada por Jack Comway pero según parece, dirigida con la ayuda inapreciable del incatalogable Howard Hawks; por supuesto, ¡Viva Zapata¡ (1952), de Elia Kazan con guión de John Steinbeck, un auténtico modelo para ciertos eurowestern que algunos críticos han llamado “zapatistas”, y que se puede interpretar en clave antiburocrática y específicamente antiestalinista, con una hermosa metáfora final que subraya que Zapata solamente inició una revolución que debía continuarse porque la revolución siempre es necesaria; y claro está Veracruz (1954), de Robert Aldrich, situada en el contexto de la revolución liderada por Benito Juárez en la que, al final, el mercenario sudista´(Gary Cooper en su mayor plenitud)  acaba abrazando la revolución y a Sara Montiel (a éste de muy mala gana según carta personal)…
      Recordemos que Juárez fue objeto de una irregular pero valiosa y mítica evocación progresista de la mano del germano exiliado y muy comprometido en la época, Willian Dieterle en Juárez (1939), no en vano había sido el realizador de la única película verdaderamente republicana que Hollywood produjo durante la guerra española. El   famoso indigenista y reformador constitucionalista está encarnado por un inmenso Paul Muni quien se pasa un poco en su actuación, pero que no por ello resulta menos inolvidable, basta anotar cuando dice que no acepta la constitución concedida por Maximiliano porque la democracia la crea el pueblo o no es tal, palabras que aquí resultaban subversivas en la Transición...La lista está llena de títulos de gran valor, Habría que hablar también de Bandido, de Richard Fleischer, y habría que extender a otros títulos de mucho interés como Grupo salvaje,  una de las obras mayores de Sam Peckinpah, hasta Gringo viejo, de Luís Puenzo, inolvidable sobre todo por el ambroce Bierce compuesto por Gregory Peck. Curioso este escrito más bien reaccionario (aunque no pro ello menos extraordinario9, que murió en una revolución…     
        Esta tradición también tendrá sus consecuencias en el cine mexicano que también cuenta con una tradición propio como recordaba en un lejano artículo sobre Pancho Villa y el cine  (que pude escribir gracias a la mula), y habría que hablar de grandes títulos como el Emilio Zapata, de Felipe Cazals y el John Reed. México insurgente, de Paul Leduc…Todos ellos influyeron lo suyo en el eurowestern italiano, raliado en una época histórica sesentayochista por realizadores por lo general situados a la izquierda del PCI, y crearon un mini-género de signo que podíamos definir como   anarcocomunistas, con una buena lista de títulos todos ellos insertados en el llamado spaghetti-western (un término despectivo que niega a los italianos un derecho que nadie cuestiona a Hollywood) o más ajustadamente, eurowestern, y más específicamente en lo que se vendrá a llamar Zapata-western.
    Estos desarrollaron un cierto discurso político radical en consonancia con el ambiente político del momento, no en vano algunos de sus responsables, sobre todo los italianos, también cultivaron el llamado “cine político” como fue el caso de Damiano Damiani con ¿Quién sabe? (Italia, 1968) que aquí se llamó Yo soy la revolución que cuenta con bastante convicción la historia de un asesino a sueldo norteamericano (Lou Castel, el actor fetiche de Marco Bellochio) se infiltra en un grupo de revolucionarios poco estructurado para lograr su misión de asesinar con uno de los líderes de la revolución mexicana (el general Elías, un trasunto de Zapata), hasta que finalmente él mismo morirá en manos del “pelado”  (un Gian Mª Volonté en su salsa) al que había convertido en su cómplices. A señalar entre sus atractivos las colaboraciones del excesivo Klaus Kinski preAguirre  (como un sacerdote que cree que la revolución es obra de Dios), así como de la hammeriana Martine Beswick como la mismísima Adelita...
          Dichos ribetes ideológicos comunista, resultan igualmente patentes El gran silencio (1968), uno de las obras más conseguidas  del  infravalorado Sergio Corbucci que causó cierta conmoción en el momento de su estreno con la ayuda de un trío de notables actores profesionales muy en su papel: Jean-Louis Trintignant, Klaus Kinski y Frank Wolf...Mucho más conocida es ¡Agachate maldito¡ (1971), una de sus películas más barrocas y desencajada de Sergio Leone, un producción ambiciosa en la que ofrece proponer el personaje de mexicano encarnado por Rog Steiger que representa una suerte de anarquista zafio y desconfiado. Su grupo de “pelados” lleva a cabo una descabellada odisea revolucionaria con la ayuda de un revolucionario irlandés (una notable creación de James Coburn que no por ello consigue hacer creíble el disparate), un viaje que sirve para que Steiger nos ofrezca algunas reflexiones anarquistas. La lista podría ampliarse con otros títulos como los de Sergio Sollima, El halcón y la presa (1967) y ¡Corre, cuchillo, corre! (1969), ambas protagonizada por el actor cubano Tomás Milian, ambos muy valoradas entre los especialistas y por decirlo de alguna manera, tangencialmente anarquistas ya que el bandido tiene su propia ley, mucho más honesta e igualitaria que la de los miserables representantes de la ley.
            Si se ha dicho que una revolución es la fiesta de los pueblos, y Herzen pudo escribir que el “bromista” Voltaire fue en su irreverencia mucho más subversivo que Rousseau, parece evidente que toda revolución que  se precie debe de tener su parte de jolgorio, sátira y de saludable autoparódica...Y algo de todo esto debieron pensar al tirar adelante un proyecto comercial con voluntad izquierdista llamado Viva María (1965) en referencia obvia a Villa y Zapata. Escrita por Jean-Claude Carriére, la realizó y Louis  Malle justo en medio entre su película más trágica Le Feu Follet (1963), y de la más libertaria, El ladrón...Se trataba a todas luces de un proyecto a la medida de las dos mayores “stars” del cine francés del momento, la “explosiva” Brigitte Bardot (Marie) y la otra Marie, la “intelectual” Jeanne Moreau se nos ofrece un canto a la revolución libertaria  que después de acabar con el ejército de un lascivo dictador (un clásico del cine mexicano: Carlos López Moctezuma), revalidarán sus apuesta subversiva poniendo sobre la picota toda una conjuración eclesiástica...Una auténtica broma que arranca la sonrisa, pero raramente la risa. La “vanguardia anarquista” que arrastra al pueblo oprimido está representada por una “troupe” circense a la manera de El halcón y la flecha, con un prólogo en el que exalta el precoz aprendizaje de Maria como hija de un impenitente terrorista irlandés. Al final, la inquieta y subversiva “troupe” que en América del Sur era conocida como “Las Parísinas”, debutaran en París como “Las sudamericanas”. La película cumplió su objetivo y en su momento tuvo bastante repercusión en Francia, en cuanto a  España, la censura torció el gesto y por eso nos llegó con un considerable retraso y con una buena lista de cortes, y cayó estupendamente en la platea. Lástima que el filme no haya soportado el paso del tiempo a pesar de que contiene méritos incuestionables uno no pequeño como hacer llevadera la presencia del blando galán yanqui George Hamilton, o la aparición de Jean-Luis Buñuel (ayudante de dirección junto con Volker Schlöndorff), entonces un director prometedor, como unos de los sacerdotes silenciosos pero tan aguerrido como un sicario de Spectra. La trama está como cogida por los pelos, carece de fluidez y viene a ser algo así como un muestrario anecdótico de "gags" por lo general bastante forzados, mientras que en el duelo entre las dos Marías, gana la contienda  la Bardot que carece de  las pretensiones de la Moreau, pero lo cierto es que el anarquismo de una y otra deja bastante que desear.
          Los ejemplos son mucho más extenso, y en otro lugar ya he hablado de La cólera del viento, la peculiar versión de una historia que recuerda vagamente a las luchas agrias en la Andalucía de los tiempos de la Primer República, tema sobre el que, pienso yo,  no estará de más volver. | Paypal (seguro y permite diferentes formas de pago) | |
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