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Astillas de comunismo, astillas de tiempo mesiánico. Una lectura de los capítulos IV y VIII de “el capital”
En el capitalismo el ser humano es, sistemáticamente, desposeído de su humanidad. De su humanidad posible sólo quedan ecos, destellos, las astillas que, a pesar de todo, se escapan de la dictadura capitalista.
Manuel Cañada | kaosenlared | 22-2-2005 a las 20:33 | 1514 lecturas | 2 comentarios
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ASTILLAS DE COMUNISMO, ASTILLAS DE TIEMPO MESIÁNICO


UNA LECTURA DE LOS CAPÍTULOS IV y VIII DE EL CAPITAL

  

“En cada época es preciso arrancar nuevamente la tradición al conformismo que quiere apoderarse de ella” afirma Walter Benjamin en “Tesis de filosofía de la historia”. Hoy es preciso una actitud similar para acercarse y leer a Marx, jibarizado poracademias y aparatos, aplastado entre la apología del capitalismo triunfante y su reducción a arqueología económica o filosófica.

 

Burlar los cordones policiales de la política y del pensamiento autorizados, eludir el cortejo de embalsamadores, aproximarse al Marx inquietante, perturbador, intempestivo. De eso se trata en este tiempo. No hay mirada neutral, es mentira: como dice Howard Zin, no se puede ser neutral en un tren en marcha. El nombre de Marx nos remite a las tragedias y esperanzas de los dos últimos siglos, y a las luchas del presente, por mucho que hoy éstas se declinen en un lenguaje distinto e incluso a veces expresamente contrario al marxismo “realmente existente”.

 

“No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus”. Derrida convoca a los espíritus no capturables de Marx, a los que no han sido amortizados o dilapidados, a los que aún pululan, sarcásticos y proféticos, entre los manteles lujosos de Davos o en las reuniones del Fondo Monetario Internacional.

 

Es este Marx inasible para el poder el que aquí interesa. El Marx anomalía irreductible, el Marx revolucionario. Interesan los espectros de Marx que han sobrevivido, a pesar de todo, a la escolástica (y la barbarie) del estalinismo. Y también aquellos otros espíritus que no han colaborado en la restauración incesante de la mitología de la modernidad burguesa, con sus estafas de razón ilustrada y “progreso”.

 

La obra de Marx integra “análisis económico, teoría social, interpretación histórica, perspectiva política y pensamiento filosófico” según Castoriadis (Lyotard 1989: 18). Pero el hilo que une saberes y poderes de disciplinas tradicionalmente separadas se llama revolución. O sed de justicia. Una sed, eso sí, radical, sistemática, “científica”.

 

Es la voluntad revolucionaria lo que arrambla con los muros del saber corporativo, lo que cualifica el afán de totalidad de Marx. Su pensamiento va “de la crítica de la religión a la crítica de la filosofía; de la crítica de la filosofía a la crítica del Estado; de la crítica del Estado a la crítica de la sociedad, es decir, de la crítica de la política a la de la economía política” (Mandel 1974: 3), pero en esa trayectoria el impulso es la revolución: conocer bien la morfología del capitalismo para combatirlo, superando las fantasías y romanticismos de los jóvenes hegelianos y de los socialismos utópicos...

 

Lleguemos a Marx del mismo modo que según Benjamin había que acercarse a las luchas del pasado, adueñándose “de un recuerdo semejante al que brilla en un instante de peligro. El peligro amenaza tanto a la existencia de la tradición como a quiénes la reciben. Para unos y para otros consiste en entregarlos como instrumentos a la clase dominante”(Lowÿ 2002: 75).

 

CAPITULO IV DE “EL CAPITAL”: SECRETOS DEL VALOR

 

Ando buscando únicamente

la causa del sufrimiento

(del sufrimiento a secas),

la causa a secas del sufrimiento a veces...

 

Blas de Otero: Encuesta

 

 

 

Dicen que Eisenstein acariciaba la idea de llevar El Capital al cine. Y este propósito, que pudiera parecera priori un desatino o un capricho de artista, va cobrando verosimilitud a medida que se leen sus páginas. El libro se puebla de personajes, de historias colectivas, de dramas individuales y corales, de mitos griegos, de poemas, de siluetas misteriosas, de sombras. Eisenstein sabía bien de que hablaba: El Capital es, antes que nada, una gran narración sobre la sociedad capitalista, sobre su historia y sobre sus mecanismos de dominio.

 

Una gran historia con dos personajes principales. Marx lo expresa así, textualmente, al final del capítulo IV: “Parece como si se transformase ya algo la fisonomía de nuestros dramatis personae. El antiguo poseedor de dinero avanza convertido en capitalista, y el poseedor defuerza de trabajo le sigue como obrero suyo; uno pisando fuerte y sonriendo desdeñoso, todo ajetreado; el otro tímido y receloso, de mala gana, como quien lleva su propia piel al mercado y no tiene otra cosa que esperar más que la tenería”.

 

Dos personajes principales, capitalista y obrero, capital y trabajo. Pero el primero de ellos se nos presenta con una enorme variedad de disfraces, de formas, de mediaciones. “Todo capital nuevo entra por primera vez, en la escena, esto es el mercado, como dinero”. Nuestro protagonista, el capital, del que estamos contando su “biografía moderna” iniciada en el siglo XVI, se nos presenta con mil caras y apariencias distintas.

 

Marx multiplica las imágenes para representarnos la ductilidad de nuestro actor. El capital es el nuevo misterio trinitario (como valor originario se distingue de sí mismo como plusvalía, “a la manera como el Dios Padre se distingue del Dios Hijo”), pero también es la encarnación de las fantásticas transformaciones de la naturaleza (“nuestro poseedor de dinero, que no es todavía más que una larva de capitalista” tiene que operar en la esfera de la circulación y fuera de ella para “su despliegue en mariposa”).

 

O más adelante, en el capítulo VIII por ejemplo, donde adquiere su siniestra condición de vampiro: “El capital es trabajo muerto que sólo vive, como los vampiros, chupando trabajo vivo, y vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupe”.

 

El capital es, al tiempo, todo eso: Dios, Naturaleza, Explotación. Es el dios transformista, trilero, tramposo, que envuelve su verdadera faz de “dios verdadero” en múltiples desdoblamientos sicarios. Es la naturaleza inexplicable que extrae, secretamente, el movimiento de la quietud, el vuelo de la somnolencia. Pero es, sobre todo, explotación y sufrimiento. El capital es “la serpiente de los tormentos” del obrero, la máquina de precisión que irremediablemente consume sus vidas.

 

Son metáforas de aproximación al conocimiento del capital. No son excesos retóricos de Marx, sino recursos para mostrarnos su descubrimiento, el del engranaje de la Gran Máquina. “Mercancía y dinero no son más que meras formas” del valor, que se nos presenta como “una sustancia en proceso, con movimiento propio”.

El autor nos muestra el mecanismo de autovalorización del capital. “El movimiento en el que el valor original añade plusvalía es su propio movimiento, su valorización, esto es, su autovalorización. Ha adquirido la cualidad oculta de engendrar valor, porque es valor. Pare crías vivas, o al menos pone huevos de oro”.

 

El capitalismo, nos está diciendo Marx, es una economía “teatral”, de continuas mixtificaciones, de velos sucesivos, de representaciones inacabables. “La categoría de forma es central en la discusión que Marx desarrolla en El Capital. Se refiere allí a la “forma-dinero”, a la “forma-mercancía”, a la “forma-capital”. El dinero, la mercancía, el capital, son modos de existencia de las relaciones sociales, las formas en las que las relaciones sociales de hecho existen” (Holloway 2002: 78 ).

 

El valor, nos dice Marx, “necesita una forma independiente”, y esta forma la posee solamente en el dinero. Y el dinero no se hace capital “sin la adopción de la forma mercancía”. Marx está explicando la trama, la ficción de personajes con vidas aparentemente autónomas, la naturalización del orden capitalista.

 

La burguesía quiere que creamos que estas formas económicas son una necesidad natural tan evidente como el trabajo productivo, cuando en su lugar constituyen “formas que llevan escrita en la frente su pertenencia a una formación social donde el proceso de producción domina al hombre, en vez de dominar el hombre a ese proceso”. El capitalismo es la formalización del dominio de clase, es una organización económica y social ahormada a la medida de la burguesía.

 

Reparemos un momento en el origen etimológico común de las palabras referente, relación y relato. El capitalismo es un conjunto de relaciones sociales mediado por referentes artificiosos que nos hablan de una economía con pretensiones de “natural”. El capitalismo es el relato, no siempre explícito, de esa “gran epopeya” de la Autopropulsión. Todos esos pundonorosos actores, esas formas veladas, esos referentes de referentes, nos dicen los apologistas del capitalismo, son el engranaje de esta portentosa máquina que revolucionael mundo. E incluso Marx, como tantos otros, se debate a veces entre la admiración y el espanto.

 

Muchos años antes, en “Crítica de la filosofía del Estado de Hegel” se había enfrentando a las figuras mixtificadoras de la dominación en el ámbito político (Estado, interés general, ciudadano...), a otro relato tramposo en el que “los ciudadanos que componen un pueblo son ahora iguales en el cielo de su mundo político” (Marx 2002: 158). Marx nos invita ahora en El Capital a seguir los pasos fugitivos del valor.

 

Así va descartando, una a una, las explicaciones más comunes de la economía política dominante. El dinero llama al dinero dice aún la expresión “popular”, como los mercantilistas que cita Marx afirmaban “money which begets money” (dinero que engendra dinero). Pero las cosas “no cambian lo más mínimo si el dinero se interpone entre las mercancías como medio de circulación”, porque el dinero es un mero cambio de forma de la mercancía.

 

Desechado el dinero como fuente de la plusvalía, Marx analiza los precios. Pero “los que mantienen consecuentemente la ilusión de que la plusvalía brota de un recargo nominal de los precios” suponen “una clase que sólo compra sin vender, esto es, que sólo consume sin producir”. Y por último acomete una tercera hipótesis, la de la circulación de mercancías. Marx es concluyente: “Por muchas vueltas que le demos, el resultado será siempre el mismo. Si se cambian equivalentes no se produce ninguna plusvalía, y si se cambian no-equivalentes tampoco surge ninguna plusvalía. La circulación o el intercambio de mercancía no crea ningún valor”.

 

¿De dónde brota entonces la plusvalía?, se pregunta. Si no surge del dinero, ni de los precios, ni de la circulación de mercancías, ¿de dónde, entonces?. Vuelven las brumas, y el valor, cual Mister Hyde huidizo, se apresura en la noche londinense a volver a su fortaleza de formas, seguro aquí como honrado y benéfico ciudadano.

 

“Tiene que ocurrir algo a espaldas suyas, algo invisible en ella misma”. Acompañamos a Marx a las madrigueras de la producción, a los “lugares ocultos donde se nos revelará por fin el secreto de la plusvalía”. El capitalista ha encontrado una mercancía “cuyo valor de uso posee la propiedad singular de ser fuente de valor”, se llama fuerza de trabajo, se llama obrero. Y como dice Javier Alvarado un trabajador, un proletario no acude al mercado “como propietario de una mercancía (que sería su fuerza de trabajo), sino como una mercancía sin propietario” (Guerrero 2002:114).

 

Lo que caracteriza “a la época capitalista es que la fuerza de trabajo asume para el propio obrero la forma de una mercancía, la forma de trabajo asalariado”. El paciente seguimiento de Marx ha terminado, o mejor dicho ha llegado a su nudo gordiano.

 

Esa sociedad está basada en la violencia planificada contra el obrero, en la expropiación de su personalidad, en la alienación en definitiva. El ser humano (porque, la alienación afecta al conjunto de las relaciones sociales, y a todos por tanto, opresores y oprimidos) acaba escindido. Las cosas (mercancías, capital, dinero) se convierten en sujetos y las personas en objetos.

 

El ser humano es, sistemáticamente, desposeído de su humanidad. De su humanidad posible sólo quedan ecos, destellos, las astillas que, a pesar de todo, se escapan de la dictadura capitalista. El fetichismo es “como una de esas morbosas balas modernas que no simplemente atraviesan la carne de la víctima sino que explotan dentro de ella en miles de diferentes fragmentos” (Holloway 2002: 85). Es el poder capitalista que estalla dentro de nosotros, que penetra nuestra personalidad, que garantiza nuestra participación inevitable en la reproducción del sistema.

 

El vampiro sólo existe si continúa absorbiendo la sangre, el trabajo vivo. Pero vampiro y vampirizado acaban manteniendo una relación de dependencia que ronda lo morboso, como tan bien ha sabido entender la literatura y la cinematografía. El vampirizado obra la transformación: aristocracia obrera; clase media con chacha inmigrante miserablemente remunerada; probo funcionario “inversor” de Telefónica o Repsol; trabajador revendedor de piso-engrasador de la máquina especulativa; obrero de barriada convertido en el más ruidoso racista; y la ama de casa repite machaconamente, como exaltación de libertad, “cada uno con su dinero, va donde quiere”....

 

La teoría del valor de Marx es la constatación de que el centro del capitalismo es la explotación, pero al mismo tiempo supone una crítica al fetichismo y a la ocultación de las relaciones sociales a través de distintas figuras y formas interpuestas. La palabra fetiche viene, según Corominas de hechizo. Al parecer los negros de las colonias pronunciaban mal la palabra portuguesa “feitiço” que significa “artificio supersticioso del que se valen los hechiceros”. La época capitalista se fundamenta, más allá de sus bravuconadas sobre la razón, en una economía “mágica”, que restaura en las mercancías los atributos religiosos. La publicidad no tiene nada que envidiar a las pócimas y elixires de la brujería; la compulsividad consumista recuerda también a los fervores y enajenación de la feligresía...

 

Toni Negri, en el tono vibrante que le caracteriza, ha planteado la necesidad de “revisar la noción marxista de la relación entre el trabajo y el valor en la producción capitalista” (Negri y Hardt 2004: 178). Negri argumenta que el valor, “en el paradigma de la producción inmaterial y biopolítica”, adquiere nuevas propiedades: carácter no mensurable y tendencia a ser común y compartido; nuevas características que “socavan todos los mecanismos contables tradicionales”.

 

La pasión y brillantez en la defensa de los argumentos no les confieren más crédito. El propio Negri tiene que reconocer el espectro de Marx en su propia interpretación actualizada del valor. “Cuando nos desplazamos más allá de Marx podemos bajar la vista y ver, por sus huellas, que él ya pasó por ahí con unas nociones muy similares de producción común y riqueza común”.

 

La noción de trabajo abstracto está muy presente en Marx. Volvamos al capítulo IV de El Capital: el poseedor de dinero sólo actúa como capitalista “dotado de conciencia y de voluntad, en la medida en que sus operaciones no tienen más motivo propulsor que la apropiación progresiva de riqueza abstracta”. No hay por tanto contradicción entre lo que plantea Negri (“la explotación de lo común se ha convertido en el locus de la plusvalía”) y el análisis de Marx. No es que la ley del valor se haya quebrado, como ha planteado en algún momento Toni Negri, que peca a veces de afanes publicistas, sino que en todo caso se ha exacerbado.

 

No hay un cambio de naturaleza del valor, sino una exasperación de su lógica. La apropiación de la riqueza colectiva, la explotación del “intelecto general” no es nueva en el capitalismo, ni en el análisis marxista. Ni tampoco son nuevas las trapacerías del capital financiero, que Negri expone como “la forma más pura de la expropiación de lo común”. Sólo hay que mirar de soslayo la obra de Hilferding para darse cuenta de que las mañas de la zorra siguen siendo las mismas, por mucho que su pelo haya cambiado.

 

Lo que si ocurre es que la creación del valor es hoy completamente colectiva y que la expropiación de lo común por parte del capital, por utilizar el hallazgo de Negri, es hoy un proceso generalizado, mundial, y no una realidad circunscrita a determinados países o ramas de la producción; no una tendencia como la dibujara Marx en El Capital. La inmaterialidad creciente del trabajo no anula la ley del valor, sino que muestra aún como más ilegítima la apropiación sistemática y continua de ese mismo trabajo por parte del capital.

 

El capital se nos muestra más parasitario que nunca. Vive de la cooperación y de la creatividad social, pero tiene la necesidad de blindarse con leyes de “propiedad intelectual”, con apropiación de patentes, con SGAEs de todo pelaje y condición. Y su brújula se ha dislocado: eso explica, en gran medida, el recurso del capital a la guerra, frente a la enorme desorientación y a la incertidumbre.

 

El propio Negri vuelve a plantear, a pesar de todo, el enorme vigor de la teoría del valor de Marx. “La gestión de las divisiones globales del trabajo y del poder es una de las armas de que dispone el capital para mantener su dominio sobre la producción y la riqueza globales”. Si ocurre exactamente lo que dice Negri, sipor ejemplo se segmenta racial y territorialmente el trabajo, para mantener el dominio sobre la riqueza global es porque el trabajo (y el tiempo de trabajo) sigue operando “como un principio coordinador de la actividad económica, en un sistema estructurado en torno a la competencia mercantil y carente de un plan común de organización de la producción y del consumo” (Katz 2004).

 

Tal y como nos recuerda Claudio Katz “el tiempo de trabajo socialmente necesario” sigue siendo el principio clave para entender todo el entramado de relaciones sociales que determina la dinámica del mercado. El eje del sistema sigue siendo “la extracción de plusvalía por todo el bloque de capitalistas”.

 

Pero dejemos aquí la discusión sobre la teoría del valor y volvamos con sus protagonistas, la humanidad doliente, en la Europa de mediados del siglo XIX.

 

 

CAPÍTULO VIII DE “EL CAPITAL”: HUELLAS DEL DOLOR

 

Acompañamos de nuevo a Eisenstein en su proyecto de película sobre El Capital. Y lo hacemos atravesando el capítulo VIII.

 

A su entrada encontramos a los siervos de la gleba, a los negros del algodón de los estados americanos del sur ya los vasallos del Danubio, a las veteranas legiones de oprimidos para atestiguar la antigüedad del plustrabajo. Más adelante hallamos a los alfareros raquíticos de la Inglaterra de mediados del siglo XIX envejeciendo prematuramente; entre ellos está William Wood, de nueve años, que “tenía 7 años y 10 meses cuando empezó a trabajar”. En el recorrido también encontraremos a las viudas medio muertas de hambre empleadas en las manufacturas de cerillas, en las que “Dante encontraría superadas sus más crueles fantasías del infierno”. Y avanzando llegaremos hasta el cadáver de la modista Mary Anne Walkley, muerta “por simple exceso de trabajo”, coincidiendo en el tiempo en el que “había que confeccionar los vestidos suntuosos de las damas nobles para el baile de homenaje a la princesa de Gales”....

 

Marx insinúa una Historia de la condición obrera. Una historia aún no escrita, negada, sumergida entre los nombres de reyes, generales, nobles, obispos, validos. Una historia de los de abajo, de las clases oprimidas, donde quepan también “los obreros de vida corta”, los sufridores del “tormento del trabajo excesivo”, “las vidas cosechadas antes de madurar”.

 

El autor de nuestra obra se nutre de todo tipo de fuentes que sirvan para apresar, lo más fielmente posible, las condiciones de trabajo de la clase obrera. Informes de médicos, artículos de los periódicos, memorias de los inspectores de trabajo, e incluso octavillas de huelga de los obreros de la construcción.

 

Althusser decía que Marx había inaugurado el continente-Historia. Y Labriola resumía el triple aspecto de la obra marxiana (“tendencia filosófica, crítica de la economía e interpretación de la política”) bajo el nombre de materialismo histórico. Pero el materialismo histórico no puede suponer solamente una mirada nueva sobre la evolución de la humanidad, sobre la lucha de clases como motor y trasunto, o sobre la importancia de los modos de producción y de la economía, además implica la reapropiación de la historia por parte de los anónimos, los nadie. Algo así como el estrambótico sueño de un personaje de Saramago: hacer un inmenso libro sólo compuesto por el nombre de todos y cada uno de los seres humanos, sin excepción y por igual, que han habitado la Tierra a lo largo de la Historia, la humildísima redención de los humildes...

 

Recorrer los márgenes de la historia, que es donde se encuentra el pasado de la mayoría, porque como decía Benjamin “el enemigo no ha cesado de triunfar”. Una historia nueva, que rompa con la mitologización sistemática del poder, “cepillando la historia a contrapelo”. (Una simple muestra del carácter endeble aún de la historia obrera: la larga lucha que narra el capítulo VIII por la implantación de la jornada laboral de 10 horas de trabajo, que debía entrar en vigor el 1 de mayo de 1848, no es tenida en cuenta siquiera como antecedente de esta celebración obrera, por parte de Hobsbawn, en un trabajo específico sobre el origen del primero de mayo) (Hobsbawn 1999).

 

En las páginas de El Capital aparece en muchas ocasiones una particular combinación de indignación e ironía. Marx no tiene pretensión alguna de “objetividad” ni de respetar las convenciones académicas. A través de multitud de procedimientos se cuelan fragmentos de explotación obrera. El autor nos habla por ejemplo de los dueños de fundiciones Cammell: “para estos señores Cíclopes, la prohibición del trabajo nocturno de niños y jóvenes era una cosa imposible; sería como si cerrase su empresa”; o del filósofo fabril Ure que “propugna virilmente la completa libertad de trabajo”;o de los adulteradores dueños de las panaderías, que son para Marx “sofistas que saben más que Protágoras en eso de convertir lo negro en blanco y lo blanco en negro”.

 

El texto respira indignación, e incluso rabia. En “su hambre canina de plustrabajo” el capital derriba las barreras morales y físicas de la jornada de trabajo y acorta el tiempo de las comidas. Marx utiliza una metáfora brutal y exacta: “al obrero se le suministran los alimentos como a un medio de producción más, como a la caldera de vapor”.

 

¿Pero acaso la indignación ante la injusticia no es condición previa para el compromiso socialista?. Engels nos recuerda la trayectoria de su íntimo amigo y compañero: “He oído decir siempre a Marx que fue mediante el estudio de la ley acerca del robo de leña y de la situación de los campesinos de Mosela como se vio llevado a pasar de la política pura al estudio de las cuestiones económicas, y por eso mismo, al socialismo” (Lowÿ 1973: 39).

 

Todo el capítulo VIII es un relato sobre la “guerra civil larga, más o menos encubierta, entre la clase capitalista y la clase obrera” por el establecimiento de una jornada normal de trabajo. Marx hace un recorrido histórico, un análisis por ramas de producción o por aspectos como el trabajo nocturno para contarnos la durísima pugna por “los átomos de tiempo”, que son los elementos de la ganancia para el capitalista.

 

El nacimiento de la gran industria supuso “una precipitación violenta y desmesurada” de la jornada de trabajo. La clase obrera, tras el aturdimiento inicial “comenzó su resistencia”. Marx nos cuenta con especial detalle la lucha relacionada con la jornada laboral entre 1802 y 1866. El luddismo, el cartismo, los mítines contra el trabajo nocturno o contra la abolición de la ley de las diez horas, son algunos de los movimientos y episodios que resuenan en El Capital y nos muestran la iniciativa obrera frente a las estrategias patronales.

 

Marx nos habla de la guerra de clases, ceñidas a un territorio y tiempo concretos. No es de tesis doctorales de lo que aquí se trata, ni de divagaciones “filosóficas”. O mejor dicho: es otra filosofía demasiado humana la que aquí nos ocupa. Esta es la nueva Aurora de la nueva era que nos anunciabas querido Hegel. En esto terminó tu famoso Espíritu Absoluto: en ese tiempo de comida negado y sisado al obrero, en esas máquinas concertadas para expropiarle más vida, en esa “casa del terror” llamada fábrica.

 

Ayer y hoy economistas y filósofos del dominio loan valores universales: Libertad, Igualdad, Democracia, Derechos Humanos, Progreso, Tolerancia, Razón, Ley, Europa...Grandes mentiras fabricadas a la medida del “ojo de lince del capital” que se mantiene perpetuamente alerta para arrancar plustrabajo.

 

Mientras recitan en las tribunas su jerga hipócrita hablando de derechos innatos, “la industria algodonera ha devorado nueve generaciones”.

 

Marx satiriza una y otra vez las palabras huecas, los discursos vacíos de la burguesía y de su servidumbre ideológica. A la “lista pomposa de los derechos inalienables del hombre” opone los derechos tangibles, como el de una jornada de trabajo legalmente restringida.

 

La burguesía ha restaurado la trascendencia. El “Dios, Patria y Rey” del antiguo régimen se ha transformado en una gramática de mentiras universales, vestida de progreso y de ciencia. Mientras los oprimidos no rompan el cordón umbilical con la burguesía (ilustrada o sin ilustrar) no habrá futuro de emancipación...

 

La lucha es, y será, a muerte, sin cuartel, nos dice desde las páginas de El Capital. Habrá muchas derrotas y serán crueles: mirad lo que ocurrió a los campesinos alemanes, tras la revolución fracasada de 1521: “volvieron a ser siervos de la gleba”, y no sólo ellos, sino los campesinos libres de Prusia, Pomerania, Silesia.. O mirad cómo,tras la insurrección parisiense de 1848 “todas las fracciones de las clases dominantes, terratenientes y capitalistas, lobos de bolsa y tenderos, proteccionistas y librecambistas, gobierno y oposición (....) se unieron para salvar la propiedad, la religión, la familia, la sociedad ”. Sí, es cierto, en el seno de las clases dominantes hay también divisiones (como entre las clases dominadas), pero al final funciona la cláusula de salvaguardia.

 

No habrá tregua. Y además no está escrita de antemano la victoria. Marx no nos cuenta, al menos en este texto, ese enternecedor autoengaño que ha sedado las inquietudes del movimiento obrero durante 150 años, aquella mentira piadosa de la clase ascendente destinada a vencer, aquella dolorosa fantasía de que “la historia lleva su carro/ y a muchos los montará/ por encima pasará /de aquel que quiera negarlo”.

 

Benjamin lo advirtió con amargura. Progreso y Tribunal de la Historia son remedos de la mitología burguesa. ¿Cómo podéis, compañeros marxistas, repetir como papagayos esas zarandajas del progreso imparable de la humanidad, justo en presencia de la ascensión de una de las mayores monstruosidades de la historia: el fascismo?

 

La lucha es dura, y habrá que afrontarla con ayuda de los matices, pero sin perder la noción del dominio básico. El Estado, por ejemplo, nos viene a decir Marx es un instrumento de la clase dominante, pero al mismo tiempo se encuentra envuelto en la contradicción de su enunciado como órgano donde reside la voluntad y el interés general de los ciudadanos.

El Estado se convierte en un instrumento directo al servicio de la desposesión obrera y la acumulación de capital (por ejemplo, cuando los Comisarios de la Ley de Pobres se encargan, a petición de los fabricantes, de seleccionar y enviar a la fuerza a la “superpoblación” de trabajadores agrícolas). Y en los tribunales “los señores fabricantes se hacían justicia a sí mismos” llegando incluso a participar como jueces en litigios sobre la jornada que afectan a sus fábricas. Pero, aún así, en el Estado también se expresa, aunque sea de forma marginal, la tensión de clase. El Estado se ve obligado a aparentar la neutralidad que invoca. Los litigios entre inspectores de trabajo y fabricantes son una buena muestra de ello.

 

Pero mirad aquí, sobre todo, generaciones futuras. Aquí donde se dice que “el trabajo de piel blanca no podrá emanciparse donde se estigmatice el trabajo de piel negra”. De la inteligencia unitaria de las razas del trabajo dependerá en gran medida su emancipación.

 

 

 

 

EXILIOS Y PROMESA DE COMUNISMO

 

 

“¡Mutato nomine de te fabula narratur! Bajo otro nombre a ti se refiere la historia”. Marx, tan amante de los clásicos latinos recurre a uno de ellos, Horacio, para recordarnos la continuidad entre comercio de esclavos y mercado de trabajo.

 

El Capital se refiere a nuestra historia presente. Decenas de millones de personas se ven forzadas por la violencia capitalista a emigrar en busca de un patrón que les explote. El capital se deslocaliza corroborando que “la explotación igual de la fuerza de trabajo es su primer derecho humano”. La guerra, fabricada en la nube del beneficio capitalista, se nos promete como global y permanente para las próximas décadas. El lema preferido del capitalista se ha modificado: el “aprés moi le delage! (después de nosotros el diluvio) de la Marquesa de Pompadour que cita Marx se ha convertido en “después de nosotros el cambio climático”, el basurero nuclear, el tsunami ecológico...

 

Pero las dificultades para apropiarse de la inteligencia acumulada de la humanidad, de su riqueza abstracta, de la creatividad colectiva, de su capacidad de cooperación es cada vez mayor. El poder afirma una y otra vez el mercado como nueva trascendencia, pero algo falla. Los poderes recuperan la crítica social, y atajan las líneas de fuga con mayor rapidez, pero al mismo se multiplican y hacen cada vez más imprevisibles los intentos de resistencia y lucha, las posibilidades de producir acontecimiento.

 

Una y otra vez aparecen destellos de comunismo, astillas de un mundo por venir, construido con materiales radicalmente distintos. Un día preelectoral aparecen frente a la sede del partido que gobierna, y otro día autoorganizándose enuna red de préstamo gratuito a través de internet, o en un centro social ocupado. Aún son escasos yesporádicos, pero nos hablan de la revolución que viene.

 

La revolución, como “ceremonia de reapropiación del mundo” (Lyotard) puede efectivamente, “venir de sitios y tiempos imprevistos” (Ripalda). O quizás a lo mejor sólo puede venir de sitios y tiempos imprevistos.

 

Inmanencia comunista y acontecimiento prometen juntarse. Como lo hicieron en otras muchas ocasiones a lo largo de la historia, antes y después de Marx. El protagonista intempestivo de esa combinación está incubándose en la globalización capitalista, como lo hiciera el movimiento obrero en tiempos de Marx: “El movimiento obrero, criado instintivamente a ambos lados del Atlántico por obra de las mismas condiciones de producción”.

 

Aún no tiene nombre. Algunas tentativas hablan de multitud, otras de precariado, pero su aspecto nos es familiar. Sí, tiene razón Derrida, es el viejo “méteque”, el eterno exilado. Viene cantando una canción anarquista italiana, que precisamente habla de aventuras y de exilio: “Nostra patria il mondo entero/ nostra lege la libertá”.


 


Manolo Cañada es miembro de IU extremadura, CGT y
Kaosenlared.net 

 
 
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[17-1-2005] | 6684 lecturas | 5 comentarios

IU: Abrazados a una política muerta

Manuel Cañada | Kaosextremadura. Kaos. Izquierda a debateIU es una fuerza crecientemente subalterna del PSOE y de su entramado mediático y sindical, agarrotada por los intereses (institucionales, pero no solo institucionales) de sus aparatos...
[12-10-2004] | 1730 lecturas | 8 comentarios

Comentarios (2)

23-02-2005 20:20

Viene como anillo al dedo recomendar la lectura de los Manuscritos de juventud de Marx... en Alianza Editorial, un texto lleno de fuerza y actualidad.

Igualmente estimo oportuno recomendar la lectura del siguiente documento, pues incide en la fragilidad que tienen todos los colectivos alternativos que carecen de principios ideológicos y organización estable, coordinada...


Antonio Marín Segovia



 
El capitalismo ¿es moral?
 

"Lo que nos amenza hoy en día, dice el filósofo francés es una era de negligencia generalizada, es decir una pura y simple disolución del vínculo social., de manera que nuestros conciudadanos, que se han vuelto incapaces de comunicarse en algo, ya no pueden más que cultivar indefinidamente su pequeña esfera privada, lo que los sociólogos llaman el triunfo del individualismo.que forma muy buenos consumidores.
Así nuestra sociedad podría subsistir pero se habría acabado nuestra civilización y nunca una sociedad sobrevivió mucho tiempo a una civilización que había sido la suya, argumenta el filósofo"

El capitalismo¿es moral? por André Comte-Sponville


Editorial Paidós


258 páginas


 

(Buenos Aires) Isabel Suárez Valdés


 


André Comte-Sponville, destacado filósofo francés, autor de Pequeño tratado de las grandes virtudes, La felicidad, desesperadamente, El amor, la soledad, Invitación a la filosofía o Diccionario filosófico, publica esta obrapara ayudar, según sus palabras a ver más claro, a adoptardecisiones, en definitiva a  asumir  responsabilidades -profesionales, morales y políticas- frente a los diferentes desafíos que el mundo actual nos impone. Se dirige, pues, sobre todo al futuro...). En el estado en que se presenta, es decir, imperfecto, este libro querría aportar una contribución, dice Comte-Sponville, por modesta que fuera, a los debates del momento. En el difícil período que atravesamos, esta razón me ha parecido una justificación sufiente, sostiene.


 


La política y la moral


La política, dice el filósofo francés, ya no interesa a mucha gente, sobre todo no a los jóvenes. Si todavía siguen hablando de ella, la mayoría de las veces es para burlarse, ya que no la perciben apenas más que bajo el aspecto irrisorio que le dan los Guiñoles. Del mismo modo, sostiene el autor, estos mismos jóvenes, que se han desinteresado masivamente por el terreno político, han llevado a cabo un retorno manifiesto del lado de cierto número de preocupaciones morales, desde luego con frecuencia rebautizadas, porque la palabra moral está un poco anticuada. Los jóvenes prefieren hablar de derechos humanos, el humanitarismo, la solidaridad, pero no dejan de ser morales.


El filósofo está hablando de los jóvenes franceses en la actualidad y da como ejemplo la preferencia entre la juventud del abate Pierre, defensor de los pobres y los marginados, entre otras personalidades.


Las respuestas individuales y morales que desde hace dos décadas constituyen la tendencia a los problemas de índole colectiva, social y conflictiva y por consiguiente políticos, son perfectamente respetables en su orden pero evidentemente también incapaces de resolver e incluso también de plantear a fondo esosproblemas.


El filósofo argumenta que así como hace treinta o treinta y cinco años la política podía reemplazar a la moral actualmente es otro error creer o dejar de creer que la moral aunque se rebautice como derechos humanos o humanitarismo podría sustituir a la política.


 


El fin de la generación moral


La generación moral está llegando al final de su trayecto sostiene Comte-Sponville. Pone como ejemplos al abate Pierre, los Restaurantes del Corazón, Médicos sin fronteras, SOS Racismo, - evidentemente muchas de éstas instituciones funcionan en Francia - y el filósofo sostiene que funcionan en la actualidad pero ninguna tiene esa especie de aura inmaculada ni suscita el entusiasmo unánime que producía hace diez o quince años. Pero el filósofo no sabe ni es profeta, dice, qué generación puede venir después de la generación moral.


 


Una generación espiritual


Si busco, dice Comte-Sponville en el último período,un fenómeno que haya concernido masivamente a la juventud y que esté al mismo tiempo cargado de sentido, hay uno que se impone por encima de los demás y que me choca tanto más cuanto me habría parecido, hace treinta años, inconcebible: es el muy asombroso y enorme éxito de las Jornadas Mundiales de la Juventud, en torno a Juan Pablo II, a las que asistieron más de un millón de jóvenes en París, hace seis años - o sea, salvo que me equivoque- dice el autor, la mayor reunión de jóvenes en Francia desde 1968 y dos millones en Roma, tres años más tarde, aunque sólo cuatrocientos mil en Toronto el año pasado y en tierra protestante, en torno a un papa con talento, carismático, mediático, pero también envejecido, y del que lo que menos se puede decir es que su discurso dirigido a la juventud apenas se caracteriza por su demagogia, sostiene.


El filósofo, que estuvo en París durante esas jornadas recuerda no solamente la cantidad de jóvenes que asistían sino la atmósfera, la alegría, la serenidad como una fuerza tranquila de un nuevo género.


El autor tiene una hipótesis y es después de la generación del todo política - los sesentayochistas -, después de la generación del todo moral,quizás se esté explorando ahora una generación espiritual, una generación que vuelve a hacer de la cuestión espiritual que se podría creer obsoleta desde hace decenios su cuestión.

 

El filósofo se pregunta en qué consiste la cuestión espiritual y define esquematizada al máximo, la cuestión política como la cuestión de lo justo y lo injusto. La cuestión moral es la cuestión del bien y el mal, de lo humano y de lo inhumano, dice. Y la cuestión moral es la cuestión del sentido. Y me parece, dice que esta cuestión después de algunos años tiende a volver al primer plano en la cabeza o en el corazón de los jóvenes.


Hay dos cuestiones que van juntas dice Comte-Sponville: ¿qué haces por los más pobres? y ¿cuál es el sentido de tu vida? están vinculadas y no dejan de ser menos diferentes.


El filósofo señala que el éxito literario más sorprendente en Francia, del final de la década de 1990 es de un autor desconocido de un país del Tercer Mundo, Paulo Coelho con su libro El alquimista. Un libro de título esotérico sin una página de sexo ni una línea de violencia. El alquimista es un relato de una búsqueda espiritual, si el libro hubiera aparecido diez años antes habría pasado desapercibido dice el autor, tal vez dentro de veinte años será olvidado. Pero ha llegado en el momento preciso y en eso consistió su enorme éxito e incluso, si se compara con la calidad del libro, un tanto desproporcionado, afirma el autor. Se trata de un fenómeno social más que un fenómeno literario que varios intelectuales parisinos irritados por el éxito ajeno, se apresuraron a denunciar, señala el filósofo francés.


El filósofo hace un recorrido por la historia. El desmoronamiento del bloque soviético a finales de la década de 1980, es lo que se ha dado en llamar el triunfo del capitalismo, pero el capitalismo pierde también la especie de justificación negativa que el adversario - el comunismo - le ofrecía en bandeja- . El capitalismo no se plantea la pregunta de qué sentido tiene vencer cuando no se sabe para qué vivir. Sino que en parte, es lo que constituye su fuerza, porque según el filósofo el capitalismo no tiene necesidad de sentido para funcionar. Pero los inviduos sí, y las civilizaciones también.


Las sociedades tienen horror al vacío, afirma Comte-Sponville.  


Después de hacer un repaso por la filosofía de Nietzche. Comte-Sponville atribuye un sentido a la famosa expresión nietzcheana sobre la muerte de Dios. Diosha muerto socialmente dice el filósofo, aunque Dios está vivo aquí en esta sala para todos los que creen en él. Los inviduos pueden creer en Dios pero nuestra sociedad ya no puede fundar su cohesión en él. Esto provoca un gran vacío que debilita el cuerpo social.


Es la comunión lo que hace la comunidad y no al revés. No porque exista una comunidad constituida hay comunión, sino al contrario, porque hay comunión hay comunidad y no un simple conglomerado de individuos yuxtapuestos o concurrentes.


El filósofo se pregunta qué comunidad puede existir cuando ya no hay comunión. Recurre a Michel Serres, quien decía que la religión es lo que religa y que si esto es así lo contrario de la religión no es el ateísmo como se cree normalmente, sino la ausencia de vínculo, la negligencia, porque etimológicamente la negligencia, significa ausencia de vínculo.


Lo que nos amenza hoy en día, dice el filósofo francés es una era de negligencia generalizada, es decir una pura y simple disolución del vínculo social., de manera que nuestros conciudadanos, que se han vuelto incapaces de comunicarse en algo, ya no pueden más que cultivar indefinidamente su pequeña esfera privada, lo que los sociólogos llaman el triunfo del individualismo. que forma muy buenos consumidores.


Así nuestra sociedad podría subsistir pero se habría acabado nuestra civilización y nuncauna sociedad sobrevivió mucho tiempo a unacivilización que había sido la suya, argumenta el filósofo.


Cuanto menos necesidad tenemos de religión dice el filósofo, más necesidad tenemos de moral, sin duda más que en cualquier otra época conocida de la humanidad civilizada. Nunca desde hace treinta siglos ha existido una sociedad hasta tal punto laicizada, nunca desde hace tanto tiempo una sociedad tan poco religiosa en sus honduras que la nuestra. Tenemos, dice el autor, más necesidad de moral de la que nunca se ha tenido desde hace al menos tres mil años.


¿Qué es la moral? se pregunta el filósofo y responde con Kant: es el conjunto de nuestros deberes, el conjunto de las obligaciones o de las prohibiciones que nos imponemos a nosotros mismos, no forzosamente a priori - en contra de lo que quería Kant- sino independientemente de cualquier recompensa o castigo esperados, e incluso de cualquier esperanza. Es el conjunto de lo que vale o se impone, para una conciencia dada, incondicionalmente. Ser moral es ocuparse del propio deber, ser moralizador es ocuparse del deber de los demás y esto último resulta mucho más fácil señala el filósofo. Y también el autor señala lo que denomina un fariseo:aquél que respeta la letra de la ley moral pero del que se considera que le falta algo y ese algo es el amor.Y el filósofo se introduce así en el orden ético, el orden del amor.


Esta obra de André Comte-Sponville que seguramente provocará polémicas un instrumento para comprender la época actual.


 


(c) Isabel Suárez Valdés

 

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23-02-2005 20:29

ENTREVISTA A PAOLO VIRNO
 
 

"Crear una nueva esfera pública, sin Estado"


Paolo Virno sostiene que vivimos en una época de crisis que, como ocurrió en el siglo XVII, impone repensar todos los conceptos y categorías.
Apuesta a una democracia de la "multitud" que ya no debe tomar el poder sino crear una nueva esfera pública que prescinda del Estado y valorice al individuo. Aquí, un fragmento de su último libro, "Cuando el verbo se hace carne", en el que reivindica con razones científicas y filosóficas la visión materialista de la vida.

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Héctor Pavón.



El futuro puede estar cargado de promesas pero también puede venir lleno de terrores". Así, con un realismo crudo, se refiere al presente Paolo Virno, filósofo italiano y protagonista de la escena del pensamiento contemporáneo europeo y de algunos circuitos de las ideas argentinas. "Intento elaborar una filosofía materialista que parte del hecho de que el ser humano es un animal lingüístico y político, como dice Aristóteles. La condición biológica de nuestra especie provoca el hecho de hablar y del hacer político.

El materialismo que yo propongo busca unir naturaleza e historia", dice, como declaración de principios, Virno. Marx, Hobbes, Spinoza, Deleuze, Simondon, son sus referencias canónicas. Entre sus libros, ha sido Gramática de la multitud (Colihue) el que ha puesto de manifiesto su pensamiento filosófico político y lo convirtió en un autor clave para entender las lecturas sobre la "multitud" a la que también ha hecho referencia otro italiano más conocido: Toni Negri. Pero los postulados de Imperio y Multitud, los libros que escribieran Negri y Michel Hardt, fueron cuestionados por Virno que considera la idea de Imperio como un análisis "prematuro". El nombre de Virno comenzó a sentirse en la Argentina al compás de las cacerolas que sonaron en diciembre de 2001. Cuando vinculó esos hechos con las protestas de Seattle y Genova le llovieron tantas opiniones acordando con él como respuestas polémicas a su interpretación. Ahora se publica en la Argentina Cuando el verbo se hace carne (editado por Tinta limón con el grupo Cactus), un libro complejo y profundo de reflexiones filosóficas en torno al lenguaje, la naturaleza humana, el concepto de multitud y Ludwig Wittgenstein. Desde Roma, amable y generoso, habló sobre sus pasiones filosóficas.

- —Vivimos una nueva época que como tal necesita nuevos valores, conceptos.Pero, ¿quién los pensará, quién los construirá?

- —Ese es el problema de las nuevas formas políticas. Pienso que estamos en una situación bastante parecida a la que se vivió en Europa en el siglo XVII cuando se inventaron todas las categorías, los conceptos que ahora parecen obvios, triviales y comunes. Fue en ese momento cuando se creó la idea del Estado nacional, central, y se inventaron conceptos como la soberanía y la obligación de obedecer. Tengo la impresión de que estamos en una fase en la que todos esos conceptos están en crisis y se construyen otros.
¿Quién los construye? Es una pregunta muy acertada. Y no hay que pensar que haya filósofos o pensadores que inventan conceptos políticos porque ése es un modo de concebir la política desde el peor Platón o la peor Ilustración.

Estos conceptos emergen poco a poco dentro de experiencias colectivas por prueba y error. Está emergiendo un nuevo modo de ser en la esfera pública que se caracteriza por el hecho de que el Estado es algo que se ha vuelto viejo, inadecuado, al igual que una máquina de escribir respecto de una computadora.

- —Este presente parece pleno de miedos, angustias, conocidos y desconocidos; es una era de incertidumbre. ¿Dónde está la salida, en la filosofía, el arte, el psicoanálisis, la política?

- —Creo que ese miedo como sentimiento difuso, característico de nuestra época, es un miedo en el cual se mezclan dos cosas antes separadas:
por un lado el miedo por peligros concretos, por ejemplo, "pierdo el puesto de trabajo". Por el otro, un miedo mucho más general, una angustia, y que no tiene un objeto preciso que es el sentido de la propia precariedad.

Es la relación con el mundo en su conjunto como fuente de peligro. Estas dos cosas normalmente estaban separadas. El miedo por un motivo determinado era algo socialmente gobernable mientras que la angustia por la propia precariedad, por la propia finitud, era algo que las religiones o la filosofía trataban de administrar. Ahora, en cambio, en la globalización, las dos cosas son una sola. Vale decir: cuando tengo miedo por un peligro concreto siento también toda mi precariedad respecto de mi vida, del mundo como tal, del significado de mi vida. Es como si experimentásemos en situaciones sociales —como la crisis argentina de hace dos años, o la vida de los inmigrantes que llegan a Europa— al mismo tiempo un problema económico social concreto y una relación con el mundo que nos aparece con todo su dramatismo. Yo creo que lo que puede constituir un remedio, una cura para ese miedo angustiante es la construcción de una nueva esfera pública. Entiendo por esfera pública nuevas formas de vida que no tengan más en su centro la obediencia al Estado y la obligación del trabajo asalariado en tanto trabajo despojado de significado que está por debajo de lo que hombres y mujeres pueden hacer con su colaboración inteligente. Una nueva esfera pública donde se pueda valorizar la propia singularidad y no converger hacia esa especie de unidad trascendente que es el soberano, el Estado.

- —Usted ha expresado que hoy el objetivo de la política es la felicidad.Una expresión que puede parecer poética pero, ¿cuál es su interpretación social?

- —Cuando se habla de felicidad muchos piensan quizás en aquel artículo de la Constitución de Estados Unidos que habla del derecho a ser felices. Yo pienso sobre todo en el uso que hizo Hannah Arendt de la expresión felicidad pública. Es difícil pensar en una felicidad como una especie de posesión secreta, de bien privado. La felicidad es algo relacionado con el hecho de que nuestra mente, la mía, la suya, es siempre como tal una mente pública, social y no puede realizarse si no es en relación con los propios semejantes. Pensar que somos mentes realizadas en sí mismas, completas, y que sólo en un segundo tiempo nos ponemos en relación con los otros me parece poco verosímil, falso. Y por ende pienso que ese estado de bienestar que llamamos felicidad es algo que tiene que ver con el tiempo.
Pienso en el 68 en Europa, o en EE.UU., o en América latina, como una ocasión en la fuimos personalmente felices. Hay un punto en el cual lo que sucede a nuestro alrededor y lo que sucede en nuestros sentimientos más íntimos tiene una relación muy fuerte. El nexo entre política y felicidad ha sido negado durante mucho tiempo en nombre del ascetismo, de la separación entre lo público y lo privado, pero llegó quizás el momento de pensar de nuevo la vinculación entre ambas cosas.

- —La unión entre naturaleza e historia es la base de su filosofía materialista. ¿Cómo se entiende esta unión y qué implicancias políticas contiene?

- —Creo que por naturaleza humana es necesario entender el conjunto de condiciones invariantes que son verdaderas desde siempre y que constituyen la base para todo lo que cambia en nuestra vida. Existen condiciones fijas, constantes siempre iguales que en el ser humano permiten luego la gran mutabilidad, el gran cambio de modos de producción, costumbres, culturas.

Cuando hablamos de una nueva época hablamos de cómo esas condiciones invariantes, que es nuestra naturaleza, como la facultad del lenguaje, emerge de una u otra manera, como lo "siempre presente", lo verdadero perpetuo, en una sociedad histórica que cambia. Por naturaleza humana debe entenderse un conjunto de condiciones que abren a la Historia, a la temporalidad, a la mutabilidad y que este conjunto de condiciones pueden reducirse al hecho de que somos animales lingüísticos y , que no nacemos ya sabiendo qué hacer, sino que debemos aprender. En la globalización, la precariedad, inestabilidad, ausencia de un ambiente determinado, que es un elemento de la naturaleza humana, se convierten también en características sociales, sociológicas. En los inmigrantes, por ejemplo, el hecho de que haya que modificar varias veces en la vida el propio saber laboral, o sea un elemento que siempre fue verdadero, adquiere una visibilidad particularmente fuerte.

- —¿Cuando usted se refiere al virtuosismo de los hombres y de sus acciones piensa en modelos en particular? ¿Dónde encuentra los virtuosos hoy? ¿En qué mundo o disciplinas?

- —En un tiempo, cuando se decía virtuoso, se pensaba en el gran bailarín, el gran pianista. Para mí, las características del virtuoso en una forma mucho menos artística, mucho menos sublime, hoy se encuentran en el trabajo intelectual de masa. En la economía postfordista, basada en la comunicación, la cultura, la información. Cuántas veces, en los trabajos —digamos, post-fordistas— es necesario improvisar, comprender qué hacer respecto de una situación imprevista: es como si las características del virtuoso no se terminan en un objeto, es algo que es un fin en sí mismo, es tener una relación con quien lo escucha, con un público. Esas características hoy están presentes en el trabajo industrial. Se han socializado.

- —El historiador Jacques Revel dice que le tememos al futuro, nos refugiamos en el pasado y sobrestimamos el presente. ¿Estamos viviendo un presente que se resiste a ser pasado?

- —Creo que cierto miedo al futuro se debe al fin de la idea de progreso, a la idea de que el futuro sería mejor que el presente. Ahora tenemos frente a nosotros un futuro totalmente contingente: es decir que puede estar cargado de promesas pero también lleno de terrores. Es como si faltase una ética, un hábito de cómo enfrentar un futuro que ya no está garantizado por la idea de progreso. Por eso hay cierto miedo del futuro. Tengo la impresión de que hay una total concentración sobre el propio presente y que para ordenarlo, comprenderlo, se evocan figuras del pasado. Se trata, sin embargo, de una evocación en función de intentar hacer algo nuevo aquí y ahora.

- —¿No cree que los ciclos del capitalismo y del imperio, o imperialismo, son un déjà-vu, - esa figura que usted trabajó en "El recuerdo del presente"?

- —Pueden parecer un déjà-vu sólo porque el capitalismo contemporáneo evoca la naturaleza humana como tal, pero en una configuración histórica muy particular: hecha de explotación. Por otra parte, existe justamente en el capitalismo contemporáneo esa unión entre aquello que vale desde siempre y aquello que vale sólo ahora y también puede ser modificado. De ahí surge la impresión del déjà-vu. En el fondo, los capitalistas siempre han dicho: somos una economía ligada a la naturaleza humana. Eso es verdadero y falso a la vez, en el sentido de que el capitalismo, cuando se habla de fuerza de trabajo, se refiere a algunas dotes del ser humano que valen desde siempre. Pero es falso porque el capitalismo adopta esta naturaleza humana, esas dotes humanas que siempre estuvieron presentes de un modo absolutamente particular que no es de hecho el único posible.

- —El historiador británico Seton Watson ha dicho que los pueblos balcánicos producen más historia de la que pueden consumir. ¿Esta idea puede extenderse a toda la humanidad? ¿El mundo produce demasiado presente y memoria?

- —Es acertadísimo. Me parece una frase excelente. En El recuerdo del presente yo sostengo lo contrario de lo que dice Fukuyama sobre el fin de la Historia. Estamos viviendo una situación de exceso de Historia. ¿En qué consiste ese exceso? Es cierto que obviamente suceden muchos hechos históricos, pero el exceso se debe al hecho de que en estos acontecimientos históricos ha pasado a ser objeto de historia también la capacidad humana de hacer Historia. Es decir: nuestra historicidad, la capacidad de poder hacer Historia se ha convertido en un objeto de la praxis. Por ejemplo, nosotros hacemos y tenemos Historia porque tenemos lenguaje y porque somos seres potenciales. Estas dos cosas, nuestra potencialidad y nuestra lingüisticidad, condiciones de la Historia, hoy pasan a ser materia prima de la economía globalizada. El trabajador debe estar abierto a la potencialidad, debe ser comunicativo. En vez de hablar del fin de la Historia, yo hablaría, junto con Seton, de un exceso de Historia o de una hiperhistoria. Falta una ética y una política a la altura de ese exceso de Historia y por eso hay una situación de angustia, miedo. Hay incertidumbre respecto de las formas políticas, hay una crisis del Estado pero no hay una alternativa que ya se defina. ¿Por qué? Este exceso de Historia constituye una desproporción respecto de nuestros hábitos, nuestra ética, y nuestras categorías políticas.

- —Usted dijo que el concepto de multitud puede tener cierta familiaridad para los liberales porque allí se valora la individualidad. ¿Pero no cree que también los asusta porque ven en ella a una multitud comunista?

- —Absolutamente. La idea de individuo de los liberales y la de singularidad de la multitud son como dos gemelos pero opuestos uno al otro. Son muy parecidos pero con dos significados profundamente distintos. Porque el liberal piensa que el individuo es el elemento primero y después se trata de comprender cómo el individuo actúa en relación a los otros y al Estado.

Desde el punto de vista de la multitud, el individuo, la singularidad es el resultado de un proceso. Por eso se puede hablar con un viejo concepto filosófico de principio de individuación en el cual la singularidad es como el fruto, el resultado de un proceso de individuación, de diferenciación.
Todos nosotros, usted, yo, somos singularidades irrepetibles, pero es así porque provenimos de elementos, por el contrario, universales, comunes. Como el tener, ambos, usted y yo, características que pertenecen a toda la especie: la facultad de lenguaje, de pensamiento. Que luego se singularizan.

Por lo tanto, el individuo es un resultado de elementos comunes y universales.

- —La multitud dice no a la democracia representativa y propone una democracia participativa. Pero de todos modos elige gobernantes. Vota en la Argentina, España, Estados Unidos... La gente todavía vota.

- —Sí, ciertamente, vota. Vota como se hacen tantas otras cosas que no obstante no cuentan mucho. El problema no es no votar sino construir formas de democracia que estén a la altura de estas fuerzas productivas. La producción contemporánea ha llegado a un punto tal que es mucho más compleja, mucho más madura que los aparatos administrativos y legislativos de los Estados. Entonces, la cuestión es qué tipo de democracia se plantea.

No se trata de una democracia simplificada, de asamblea, de democracia directa, sino al contrario. La democracia no representativa debería lograr traducir en política, en nuevas instituciones, lo que ya se ve en el plano de la producción global. Cuando se dice democracia no representativa es fácil pensar en el mito de la democracia directa, que naturalmente es un bello mito. Pero da la idea de una política simplificada y elemental.

Por eso la cuestión es que esté a la altura de la complejidad de la producción social en la que se valorizan todas las capacidades cognitivas y comunicativas del animal humano, lo que Marx llamaba con una bella expresión el "General Intellect", el cerebro social en cuanto pilar de la producción moderna.

- —Respecto de la toma del poder usted ha calificado de "enemigos" a aquellos que la reivindican. ¿Quiénes encarnan el papel de enemigo?

- —Pienso que el problema del enemigo político todavía existe. Lo demuestra, por otra parte, que no estamos en un mundo más suave, más dulce. La multitud no tiene el problema de tomar el poder, tiene el problema en todo caso de limitarlo y hacer decaer al Estado construyendo instituciones y una esfera pública fuera de él. Entonces, desde ese punto de vista el enemigo está, pero se parece más al faraón del libro Exodo de La Biblia que persigue un éxodo, una fuga. No se trata de una fuga en el espacio. Es una fuga en el sentido de salir de las categorías de las instituciones estatales.

Enemigo hay, pero ya no es el enemigo que está enfrente y ha constituido el modelo de las guerras civiles o está detrás de la idea de la toma del poder.

Es un enemigo que traba, sabotea la construcción de democracia no representativa, de nuevas experiencias comunitarias.

- —El multiculturalismo que atraviesa Occidente, ¿ayuda a la conformación de la multitud o es un obstáculo?

- —El multiculturalismo que cuenta es el que se da en el interior de experiencias de lucha social y de construcción de nueva esfera pública. Una especie de deber ser kantiano multiculturalista corre el riesgo de ser como los buenos propósitos electorales. Puede haber un multiculturalismo virtuoso pero impotente. A mí lo que me parece importante es, en cambio, un discurso sobre las singularidades. Y la singularidad, no la liberal, sino la de la multitud, es justamente el resultado de muchos factores, algunos de ellos multiculturales. Pero lo que cuenta es cada Uno con todo su carácter irrepetible que es el fruto de ser, en todo caso un chino emigrado a California o un italiano en la Argentina. Pero ese cada Uno es el aspecto que cuenta, la valoración de su singularidad. Releyendo a Marx, hoy después de la crisis y el fin del socialismo, de esos regímenes dictatoriales y odiosos que fueron el socialismo real, viene a la mente que él es por muchos aspectos un pensador de la singularidad y su valorización. Hay frases en las que Marx dice: hay que valorizar lo individual frente a todas las abstracciones que hoy se le vienen encima. Una frase así hoy podría ser tomada por una frase de un liberal. Cuando en realidad significa lo opuesto.

- —¿Y el futuro de la clase obrera? ¿Cuál es su papel dentro de la multitud?

- —La clase obrera existe. Sólo que tiene el modo de ser de la multitud y ya no el del pueblo. No hay que creer que porque se habla de multitud se ha dicho un largo adiós a la clase obrera. La clase obrera es un concepto científico. Quiere decir producir ganancia, plusvalía. El movimiento socialista y el comunista pensaron la clase obrera en términos de pueblo, algo compacto, unitario, que en el fondo quería constituir un nuevo Estado.

En mi opinión, la clase obrera actualmente se piensa en términos de multitud, de singularidades ricas, pero siempre se trata de clase obrera.

- —Y después de la invasión de Irak, ¿comienza la verdadera Historia, el opúsculo 'después del Muro de Berlín'?

- —Sí, exactamente, así es. Pienso que los 90 fueron años de espera, un interregno mientras que el verdadero después del Muro comienza recién con Bush y la invasión a Irak. Lo que un terrible teórico de la política, Carl Schmitt, llamaba el nomos de la tierra, el orden mundial. La redefinición de ese orden comenzó con la guerra en Irak, no con Clinton en los 90 que fue una tierra intermedia, un período de espera, como un entreacto.

- —¿No cree que el nuevo gobierno de Bush muestra dónde está el corazón del imperio y quiénes son sus jefes?

- —Sí, pienso que muestra en suma lo que en el pensamiento de la política es decisivo: la relación de fuerza. Que se haya hablado durante tantos años de política sin pensar más en la relación de fuerza demuestra solamente que no se llegaba a pensar, a hablar realmente de política. Personalmente, en cuanto al concepto de imperio, tengo muchas dudas porque me parece un intento de fotografiar la situación post muro, la del fin del socialismo, tomando la administración Clinton como modelo. ¿Cuáles serán las nuevas palabras que deberán adoptarse para nombrar el nuevo orden mundial?

Lo comprenderemos justamente a partir del desarrollo de las cosas post Irak, en los próximos años, en la relación con China. ¿Cómo decirlo? Estamos recién en el inicio de una redefinición de las formas de dominio mundial. Es muy prematuro ponerles una etiqueta como por ejemplo "Imperio".

- —Usted pertenece a un grupo generacional italiano que luchó por la revolución. El Estado los reprimió, usted fue preso. ¿Está desilusionado con este mundo que debe vivir hoy? ¿Le habría gustado vivir en otra época?

- —No. Digo sin reservas sí a mi presente. Lo que no significa aprobar el mundo tal como es. Lo considero extremadamente rico e interesante, pese a que sea dramático, trágico. Pienso que recién ahora algo como lo que hace tanto tiempo fue llamado comunismo se ha vuelto actual, una cuestión de sentido común. Para nada extremista. ¿Qué hacer, qué forma política y social dar a la naturaleza humana? Retomo una frase de Walter Benjamin que decía algo así: "Criticar el propio presente, sentir horror por algunos de sus aspectos pero adherir sin reservas".

- —¿Para usted cuál es el sentido de la palabra revolución hoy?

- —Prescindiría quizá de la palabra revolución porque ése modelo fue el de tomar el poder y construir un nuevo Estado. Hablaría más bien de éxodo.
Pienso que el modelo del éxodo es un modelo rico. Exodo significa, más que tomar el poder o someterse a él, salir. Salir significa construir un contexto distinto, nuevas experiencias de democracia no representativa, nuevos modos de producción. Se da una tercera posibilidad y no hablo, ¡por favor!, de "Tercera vía" sino de una política de la extinción del Estado construyendo en positivo, oponiendo la palabra república a la palabra Estado. Construyendo una república ya no estatal con un movimiento que está hecho más de éxodo, de experimentaciones en positivo que de revoluciones en el sentido clásico, que no obstante fueron una actividad inteligente de muchas generaciones pero que lleva la idea de construir un nuevo Estado. No tener que vérselas más con un monopolio de la decisión, quiere decir multitud: muchos, pluralidad.

- —¿Continuó observando a la Argentina después de la crisis de 2001, con este nuevo gobierno?

- —Sí, he tratado de mantenerme lo más informado posible. Y sobre este nuevo gobierno, me interesaba mucho entender cómo funcionaría. Porque contiene en sí una ambivalencia: ¿Es posible que pueda abrir, aun involuntariamente, espacios constitucionales a los movimientos de lucha que se dieron en Argentina durante la crisis? Y, naturalmente, en otros aspectos, es un gobierno que debe reconciliarse con el orden mundial, con la globalización.

Es un gobierno bifronte, como Jano. Me interesa mucho comprender concretamente la conducta de este gobierno. Me quedo por el momento con esta palabra en la boca: ambivalencia. Pero trato de comprender más.


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