José Millán y Terreros (Millán Astray) (1879-1954)
|18-04-2009
José Millán Astray y Terreros fue, quizá, la persona que más influencia ejerció en la formación moral e ideológica de Francisco Franco. Santificado en vida con el apodo «el glorioso mutilado», su contribución al ideario violento de la extrema derecha española fue única, gracias a la creación del Tercio de Extranjeros. En él institucionalizó y evangelizó los valores brutales y embrutecedores con que Franco libró y ganó la guerra civil española. Contribuyó al auge de la fama de Franco nombrándole su segundo jefe y comandante de campo de una fuerza pronto celebrada por su eficacia y su valentía. Millán intervino también en el nombramiento del futuro Caudillo como director de la Academia Militar General de Zaragoza, y sin duda sus puntos de vista prevalecieron en el tipo de educación militar que Franco inculcó en dicha institución. Durante la guerra civil creó y divulgó incansablemente la imagen de Franco como salvador invencible. Más concretamente, su participación fue de vital importancia en las maquinaciones de la última semana de septiembre mediante las cuales Franco ascendió al puesto de jefe del Estado. Todo esto explica en parte el hecho curioso de que Millán fue el único personaje relevante que tuvo a Franco bajo sus órdenes y con el que, a pesar de ello, el Caudillo sostuvo relaciones cordiales; todo lo contrario que son los generales Sanjurjo y Cabanellas, superiores de Franco en Marruecos, o de José María Gil-Robles, dirigente de la católica y autoritaria CEDA y ministro de la Guerra en 1935, quienes posteriormente fueron blanco del resentimiento de Franco (1).Las contradicciones en la personalidad de Millán se evidencian en que el intrépido fundador de la Legión consiguió conservar la buena voluntad del Caudillo porque dejó perfectamente claro que se contentaba con dedicarse a exagerar una y otra vez, y del modo más servil, la posición de Franco.
Millán Astray nació en La Coruña el 5 de julio de 1879, hijo de José Millán Astray y Pilar Terreros Segade. Su padre era abogado, funcionario y aspirante a escritor. Pese a que deseaba ser soldado, su padre lo obligó a estudiar derecho. Era un hombre bondadoso que alentó al joven José a leer, tanto que éste devoraba los relatos de aventuras (2). El hecho de que cuando tuvo edad sufieiente para hacerlo, decidiese conservar el apellido materno de su padre, Astray,con sus connotaciones estelares, en lugar del de su madre, Terreros, evocador de lo bajo y terrenal, sugiere una ambición ardiente. Esto, aunado al hecho de que eligió una carrera militar, indica hasta qué punto se identificaba con su padre. El 30 de agosto de 1894 ingresó en la Academia de Infantería de Toledo, donde cursó un programa abreviado que estudió frenéticamente, de lo que se graduó como teniente segundo a finales de febrero de 1896, a los dieciséis años. Sirvió seis meses en un regimiento de infantería destacado en Madrid, donde resaltaba su obsesión por la limpieza de su uniforme y el de sus hombres. Las hebillas, los cinturones y las bayonetas debían relucir. El 1 de septiembre de 1896 entró en la Escuela Superior de Guerra a fin de prepararse para el tan preciado diploma del Estado Mayor.
No obstante, al cabo de dos meses se presentó voluntario para participar activamente en la represión de la rebelión nacionalista que había estallado en Filipinas, adonde llegó el 3 de noviembre de 1896. Como ocurriría a lo largo de su carrera, no tardó en acumular importantes condecoraciones por su valor. Pasado un mes, a los diecisiete años, su defensa del pueblo de San Rafael, con treinta hombres contra dos mil rebeldes, lo convirtió en héroe nacional, y le valió la Cruz de María Cristina en Filipinas, seguida, un mes más tarde, por la Cruz Roja al Mérito Militar y, poco después, por la Cruz Primera Clase al Mérito Militar (3).Se ha especulado acerca de que su obsesión por la limpieza e incluso su valor constituían un esfuerzo por borrar la mancha al honor familiar de que era responsable su padre. Éste había sido director de la cárcel Modelo de Madrid, y por un precio permitía a los presos salir durante breves períodos. En una de estas salidas un recluso se vio implicado en notorio asesinato que llevó al enjuiciamiento de Millán Astray padre(4).Ciertamente, los actos de valor y heroísmo, el afán por correr riesgos y el culto a la violencia y la muerte podrían haber formado parte de un esfuerzo por tapar el comportamiento nada heroico de un padre que había actuado de modo poco honrado en su busca de una existencia cómoda.
En junio de 1897 convertido en un héroe tres veces condecorado, regresó a la Escuela Superior de Guerra, donde permaneció un año y medio. Posteriormente fue destinado a varios regimientos de infantería en la Península. En enero de 1905 obtuvo el rango de capitán. El 2 de marzo de 1906 se casó con Elvira Gutiérrez de la Torre, hija del general Gutiérrez Cámara. En cuanto terminó la celebración de la boda, su esposa le informó tímidamente de que había jurado castidad de por vida. Quizá resulte indicativo de sus tendencias autoeróticas el que Millán no aprovechara la oportunidad para anular la unión, sino que decidió tener con Elvirita, como la llamaba, una relación "fraternal". Ella, por su parte, se arrogó el papel de criada del gran hombre, a quien cuidó con devoción hasta su muerte (5). Acabada la «luna de miel», regresó a la Escuela Superior de Guerra, donde estudió allí tres años más. En el verano de 1910 fue invitado a formar parte del Estado Mayor de la Academia de Infantería de Toledo, donde dictaba cursos de historia militar, geografía y táctica. Su servicio en la guerra, su preparación técnica y su matrimonio le habían proporcionado un currículum a tener en cuenta. Se trataba de alguien con un futuro brillante, que podía convertirse en oficial del Estado Mayor. Sin embargo, cuando lo invitaron formalmente a hacerlo se negó, alegando que deseaba luchar en África. Sediento de aventuras y convencido de que con el lento ritmo de vida de España no se cubriría de gloria ni obtendría los rápidos ascensos que ambicionaba, solicitó que lo trasladaran a África. Finalmente, en agosto de 1912 fue enviado a servir en los recientemente creados Regulares Indígenas.(6)
A partir de 1913 Millán se hizo con una reputación de oficial valiente y decidido. Fue entonces cuando inició la costumbre de motivar a sus hombres con ardientes arengas antes de entrar en acción. Su mención en los partes y las medallas por su valentía se convirtieron en acontecimientos frecuentes, hasta que en julio de 1914 fue ascendido a comandante "por méritos de guerra". Continuó en África tres años más, durante los cuales consolidó su fama de valiente y triunfador, hasta que en abril de 1917 fue destinado a Madrid (7). En 1918 empezó a exponer la idea de que España precisaba una fuerza mercenaria para evitar que la opinión pública pusiera fin a sus aventuras en África: "Si son españoles los que se alistan en el cuerpo que ha de constituirse, lo harán con gusto; si son extranjeros los que acuden, servirán doblemente, ya que se dispone de un soldado y se ahorra un español"(8). Uno de los primeros en apoyar la idea fue el comandante Francisco Franco Bahamonde, a quien conoció en noviembre de 1918 en un curso de puntería para comandantes en Valdemoro, provincia de Madrid.(9)
Millán Astray, un oficial lo bastante distinguido como para que se le tomara en serio, consiguió que el ministro de la Guerra, general Antonio Tovar Marcoleta, lo recibiera en audiencia y persuadir de lo conveniente de su idea. En septiembre de 1919 decidieron enviarlo tres semanas a estudiar en la Legión Extranjera de Francia, en Argelia. Sin embargo, primero se presentó ante el alto comisario español en Marruecos, el general Dámaso Berenguer, para que le diera sus instrucciones. Llegó justo cuando iban a lanzar un importante asalto contra El Raisuni, y aprovechando la oportunidad pidió permiso para participar en él. Lo destinaron al Estado Mayor. Sirvió en la columna del coronel José Sanjurjo hasta que partió para Argelia a principios de octubre. Allí visitó el cuartel general de la Legión Extranjera francesa en Sidi-Bel-Abbés, así como un regimiento en Tremecen. Lo que más le impresionó fue el sistema de compensaciones suntuosas y castigos salvajes(10). Entretanto, su persuasivo cabildeo en Madrid había dado fruto, y por real decreto del 28 de enero de 1920, Millán, ascendido a teniente coronel tres semanas antes, fue nombrado jefe de la Legión Extranjera o Tercio de Extranjeros, como se la llamó. («Tercio» es el nombre que se daba en el siglo XVI a los regimientos del Ejército de Flandes, compuestos de tres grupos, el de piqueros, el de ballesteros y el de arcabuceros.) Al ser formalnlente constituida el 31 de agosto de 1920, se pretendía que la Legión fuese compuesta por tres batallones, llamados «banderas». A Millán le disgustaba el término «tercio» e insistió siempre en llamar a esta fuerza «la Legión».
Pidió a Franco que fuera su segundo jefe, y éste, tras dudar un poco, aceptó. Casi sin ayuda, Millán montó oficinas de reclutamiento en Madrid, Zaragoza, Barcelona y Valencia. A fuerza de decisióne improvisación, estableció un cuartel en Ceuta y equipó a los nuevos reclutas. Para compensar la desmoralización debida a la escasa financiación, pronunciaba discursos encendidos (11). Cuando el 10 de octubre de 1920, bajo el mando de Franco, llegaron a Ceuta los primeros reclutas de la «primera bandera», una abigarrada colección de inadaptados y asesinos, algunos duros, otros despreciables, Millán los saludó con un mensaje resuelto: "Os habéis levantado, de entre los muertos, porque no olvidéis que vosotros ya estabais muertos, que vuestras vidas estaban terminadas. Habéis venido aquí a vivir una nueva vida por la cual tenéis que pagar con la muerte. Habéis venido aquí a morir."(12)Y acabó con un " ¡Viva la muerte !". Diríase que sabía, por instinto, el modo de sacar a relucir lo mejor de esa mezcolanza de bandidos, forajidos y descontentos que se había presentado y que comprendía desde criminales fugitivos hasta veteranos de la Guerra Europea incapaces de adaptarse a la existencia en tiempos de paz, pasando por anarco-sindicalistas, que huían de la represión en Barcelona. Les ofreció un nexo social, una suerte de calor y compañerismo humanos. A cambio, exigió obediencia ciega y plena disposición a morir. Transmitió a Franco su romántica idea de que, mediante el sacrificio, la disciplina, el sufrimiento, la violencia y la muerte, la Legión ofrecería redención a los parias que tenía por reclutas; esta idea figura repetidamente en el Diario de una bandera de Franco durante los dos primeros años que siguieron a la creación de la Legión, una extraña mezla de romanticismo sensiblero digno de un relato de aventuras y fría insensibilidad frente a la bestialidad humana. Juntos, Millán y Franco elaboraron una rutina brutal que convertía a los reclutas en autómatas capaces de obedecer las órdenes sin cuestionarlas. De hecho, para Millán lo irracional fue siempre más importante que lo racional. El himno de la Legión - Credo del Legionario , según el cual, "el morir en el combate es el mayor honor. No se muere más que una vez. La muerte llega sin dolor y él no es tan terrible como parece. Lo más horrible es vivir siendo un cobarde".(14) En él se dejaba ver su interés por la literatura referente a los samurais y su creencia de que sólo mediante la muerte es posible redimir los pecados de una vida. Millán reclutó a hombres para la Legión con la idea fundamental de que no existía pecado que no pudiera limpiarse con la muerte. En esto, su biblia era un libro publicado en 1895 por un japonés, Inazo Nitobé: Bushido: el alma de Japón. Se supone que la traducción al castellano, a partir de la versión en inglés del propio Nitobé, era del propio Millán, si bien nada indica que supiese inglés o japonés (15).Tampoco existen pruebas de que los sádicos borrachos de la Legión siguieran el austero código bushido de Japón. No obstante, la idea sirvió para otorgar dignidad a una unidad cuyos soldados rasos eran tratados como carne de cañón fácilmente sustituible. Juntos, Millán Astray y Franco imbuyeron a la Legión de implacable salvajismo, así como de camaradería y de un exclusivismo simbolizado por la idea de que cualquier legionario acudiría siempre a ayudar a un compañero al grito de «¡A mí la Legión!», ya fuera en plena batalla, ya en una refriega en un bar. Millán era un comandante afable que solía invitar a sus oficiales a beber con él y tenía debilidad por contar chistes.(16)
El escritor socialista Arturo Barea, que sirvió en el Ejército marroquí en los años veinte, se dio cuenta de que la histeria de masas generada por el histrionismo del jefe de la Legión iba en detrimento de su capacidad crítica. "Millán rugía, sollozaba y gritaba; escupía a la cara de estos hombres toda su miseria, su vergüenza, su suciedad, sus crímenes, y luego los arrastraba, en una furia fanática, hacia la caballerosidad, a renunciar a toda esperanza salvo la de una muerte que borrara las manchas de su cobardía con el esplendor del heroísmo."(17)Esta retórica ocultaba múltiples pecados. Los psicópatas, los borrachos y los parias eran tratados brutalmente, a cambio de lo cual se les permitía dar rienda suelta a su sed de sangre.
Cuando atacaba, el Tercio no reconocía límites a su venganza. Cuando abandonaba un pueblo, no quedaba más que incendios y los cadáveres de hombres, mujeres y niños.Así, fui testigo ocular de la destrucción total de los pueblos del Beni Arós en la primavera de 1921.Cuando se asesinaba a un legionario en una marcha solitaria por el campo, se degollaban a todos los hombres de los pueblos vecinos, a no ser que se presentase el asesino.(18)
Pese a la feroz disciplina impuesta en otros aspectos, Millán y Franco no ponían límites a las atrocidades cometidas en las aldeas moras; los legionarios decapitaban a los prisioneros y exhibían sus cabezas cortadas; a la duquesa de la Victoria, filántropa que organizó a un grupo de enfermeras, le dieron la bienvenida con un cesto de rosas en medio del cual había dos cabezas moras. Cuando el dictador Primo de Rivera fue a Marruecos en 1926, se quedó horrorizado al ver que un batallón de la Legión aguardaba la inspección con cabezas moras clavadas en las
bayonetas.(19)
Millán y Franco se deleitaban con la terrible reputación de sus hombres y se enorgullecían de su brutalidad. La notoriedad de la Legión constituía un poderoso instrumento de represión colonial. Así, Franco aprendió importantes lecciones en cuanto a la función ejemplarizadora del terror. Tanto con la Legión en África como durante la guerra civil, permitió y alentó el asesinato y la mutilación de prisioneros. Los años que convivió con el inhumano salvajismo de la Legión de Millán contribuyeron a una deshumanización que le serviría posteriormente como fuente de valor y fortaleza.(20) En octubre de 1934, por ejemplo, cuando se le encargó que supervisara la represión de la insurrección izquierdista en Asturias, envió a la Legión. «Esta guerra es una guerra de fronteras -comentó a un periodista-, y los frentes son el socialismo, el comunismo y todas cuantas formas atacan la civilización para reemplazarla por la barbarie.»(21). Sentía por los obreros de izquierdas el mismo desdén racial que por los miembros de las tribus del Rif. El terror que desató en Asturias, lo repetiría en el sur de España en 1936. El avance del ejército de África hacia Madrid provocaba un pavor paralizador. Una vez que las columnas africanas tomaban las ciudades y las aldeas, llevaban a cabo una matanza de prisioneros y violaban a las mujeres(22). La intimidación y el uso del terror, descritos con el eufemismo de «castigo», constituían una táctica deliberada y explícita. Franco se apoyaba en el legado de Millán.
En 1921, Arturo Barea fue testigo de una extraordinaria escena que revelaba tanto la personalidad violenta de Millán como el estilo de vida de la Legión. Al inspeccionar a las tropas, Millán
se detuvo frente a un mulato de labios gruesos, de inmensos ojos amarillentos de bilis, estriados de sangre.
-¿De dónde vienes tú, muchacho? -preguntó.
- ¿Y a usted qué diablos le importa? -contestó brutal el hombre.
Millán Astray quedó rígido, mirándole a los ojos.
-Tú crees que eres muy bravo, ¿no? Mira, aquí, el jefe soy yo. Cuando uno como tú me habla, se cuadra y dice: "A sus órdenes, mi teniente coronel.No quiero decir de dónde vengo.".Y está bien. Tú tienes perfecto derecho a no mentar tu país, pero no tienes derecho a hablarme como si yo fuera un igual tuyo.
-¿y qué tienes tú, más que yo? -escupió el hombre, con labios húmedos de baba y rojos como sexo de perra en celo.
Hay veces que los hombres pueden rugir. A veces pueden saltar como si sus músculos fueran de caucho y sus huesos varillas de acero.
-¿Yo?.. -rugió el comandante- yo soy más que tú, mucho más hombre que tú! -Saltó sobre el otro y le cogió por el cuello de la camisa. Le levantó del suelo, le lanzó en el centro del círculo y que abofeteó horriblemente con ambas manos. Fue cosa de dos o tres segundos. Se golpearon uno a otro como los hombres de las selvas debieron hacerlo antes de que fuera fabricada la primera hacha. El mulato quedó en el suelo casi sin conocimiento, chorreando sangre.
Millán Astray, más rígido, más horrorífico que nunca, epiléptico, en una locura homicida, aulló -¡Firmes!
Los ochocientos legionarios y yo respondimos como autómatas. El mulato se levantó, arañando la tierra con las manos y las rodillas. La nariz chorreaba sangre mezclada con polvo como la de un muchacho sucio chorrea mocos. El labio reventado era más grueso que nunca; deforme. Juntó los talones y saludó. Millán Astray le golpeó las espaldas macizas.
-Mañana necesito los valientes a mi lado. Supongo que te veré cerca de mí.
-A sus órdenes, mi teniente coronel. -Los ojos más sangrientos que nunca, más amarillentos de ictericia, flameaban fanáticos.(23)
Según Barea, Millán "a menudo anunciaba por adelantado su propio desafío a la muerte, gritando y agitando los brazos". (24)
En un devastador informe acerca del comportamiento de los oficiales del ejército moro, redactado tras el famoso desastre de Anual, el coronel Domingo Batet escribió que el tan alabado valor de los oficiales de los Regulares y del Tercio se inspiraba en el alcohol, la cocaína y la morfina, y su principal característica eran la jactancia y la pretensión. Más concretamente, habló del «teatral y payaso Millán Astray, que tiembla cuando oye el silbido de las balas y rehuye su puesto».(25)Podría decirse que Millán, a diferencia de Franco, que no conocía el miedo, era un hombre corriente que participaría en una batalla por temor y que, pese a sufrir mucho como consecuencia, se sobreponía al terror y se enfrentaba al peligro. Sintiera lo que sintiese, gracias a sus hazañas se convirtió en un favorito del rey Alfonso XIII, que le nombró gentilhombre de cámara el 18 de septiembre de 1921(26).Cuando el rey le invitó a una fiesta en uno de los palacios reales, le informó de que no disponía de traje de gala. Como respuesta, Alfonso XIII le envió uno de los suyos. Cuando se lo devolvió, Millán pidió permiso para guardarse la camisa; a partir de entonces siempre se la ponía para las batallas y, una vez acabadas, enviaba un telegrama a palacio con la noticia (27). La intercesión del rey a su favor provocó tensiones con Niceto Alcalá Zamora, a la sazón ministro de la Guerra. (28)
A principios de su carrera Millán fue valiente, irresponsablemente valiente, y, sin embargo, en su valentía tal vez hubiese algo calculado. En todo caso, desde el momento en que fundó la Legión su comportamiento se caracterizó más bien por los excesos histriónicos. En una ocasión, en 1922, fue al hospital militar en Tetuán. Según un testigo presencial, Ernesto Giménez Caballero, que posteriormente sería el fundador del movimiento surrealista español, entró
como una tromba en la sala de cirugía: «¡ A ver mis legionarios! ¡Dónde están mis chacales! ¡Soy vuestro jefe! ¡Legionarios, viva España, viva el Rey, viva la Legión!» Los chacales fueron apareciendo unos en camisa, otros vendados, otros se incorporaban en su cama. "¿Tú qué tienes, hijo mío?" "¡Un balazo aquí." "¡Un balazo! ¿y tú, muchacho?" "Pues aquí en la cabeza otro balazo." "¡Otro balazo! ¿y tú, hijo?" "Yo tengo dos." "dos balazos" Todos invariablemente le pedían de comer, el ayudante apuntaba: gallinas, jamón, botellas de vino. Mientras recorría a los heridos su brazo de un cabestrillo que tenía colgado al cuello. «¡Esta neuritis!», musitaba al atravesar la sala. Es de suponer que nada más se supo de los manjares prometidos. (29)
Font:
PRESTON, Paul: Las tres Españas del 36. (1998).Barcelona: Plaza & Janés. 65-98 pp.
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