En los tiempos que corren, con todas las renovaciones tecnológicas, con la mula al alcance, cualquier organización o entidad puede producir los más variados ciclos, incluyendo por supuesto, los más subversivos. Cualquiera puede acceder a una buena filmografía, y programar ciclos que hasta hace pocos años eran privilegios de grandes entidades o filmotecas. Por supuesto, también se pueden ver en casa, pero hay temas y películas que valen la pena discutir.
        Discutir significa aprender. Una de las exigencias más perentorias de la izquierda insumisa es formar a la gente que quiere luchar, a tantos y tantas, que toman conciencia y que necesitan una formación sólida que, con los materiales didácticos que hoy tenemos al alcance, puede darse en profundidad y rápidamente. E insisto: una buena programación puede contribuir especialmente a ello. Ricamente se necesita acceder a unos cantos títulos, poseer un proyector, y contar con el soporte de una sala. Incluso si no hay nadie a la mano que pueda ejercer de “monitor”, es posible a través del “Google” o de otros medios, seleccionar un “dossier” específico…   
        Un buen ciclo sobre cine y revolución social puede comenzar con la revolución francesa y con La Marsellesa, de Jean Renoir, pero también se puede hacer con una cronología más amplia y hacerlo con más propiedad con Espartaco (1960), una superproducción célebre de la que Ferro dice que es la primera superproducción de Hollywood que hace un canto a la revolución, de hecho a todas las revoluciones. Desde luego es la que más radicalmente trata una sublevación antiesclavista, y considerando que Espartaco fue asimilado por el socialismo como de sus héroes simbólicos –son innumerables las revistas, los grupos e incluso personas que adoptaron su nombre-, se puede decir que es una película que podía entenderse por igual como una apología de la lucha revolucionaria en general como un gesto de apoyo al movimiento de los derechos civiles. Se trata obviamente de una visión idealizada en la que el ideal libertador en la que la comunidad insurrecta se opone a la corrupta, prepotente y explotadora Roma, debidamente representada por el “fascista” Craso. Basada en una novela del entonces escritor comunista semiprohibido, Howard Fast, su adaptación corrió a cargo del “black liste” Dalton Trumbo, igualmente comunista, aunque su “alma mater” fue el actor Kirk Douglas al que nuestro Fernando Fernán-Gómez atribuía ideales anarquistas, lo que no parece tan descabellado sí se tiene en cuenta su predilección por Los valientes andan solos, una apología del individualismo solidario y por una tierra libre de alambradas erigidas para proteger la propiedad privada. Espartaco permite numerosas discusiones comenzando por la singularidad del producto, por todo lo que reflejaba del inicio de los sesenta, la historia de la esclavitud, sin olvidar las interpretaciones sobre el personaje, lo que nos llevaría hasta una versión literaria mucho más rica, la de Arthur Koestler, de la que se llegó a proyectar una adaptación cinematográfica auspiciada por Martin Ritt.
          Quiera que no, un ciclo de estas características debe contar con un apartado sobre la figura de Cristo aunque sólo sea que fue el principal referente del ciclo revolucionario de finales del Medioevo, y de que, en mayor o menor medida, siempre estuvo presente en toda la historia revolucionaria hasta las más recientes, y la sandinista es un buen ejemplo. La interpretación del mensaje evangélico ha tenido en el cine al menos dos lecturas, la más tradicional en la que su subraya su carácter “sagrado” tal como se expresa con rotundidad  en La Pasión de Mel Gibson, en la que el “hijo de Dios” anula su vertiente social e incluso su rechazo de la ocupación romana, y la más auténtica y por lo tanto subversiva, especialmente El Evangelio  según Mateo, de Pier Paolo Pasolini, obra de un comunista de vocación herética que se hizo posible gracias al talento excepcional del autor y a una coyuntura de diálogo cristiano-marxista. Se trata de una obra revolucionaria tanto en su contenido como en su forma, y se erige como la más noble y visionaria de todas las pasiones, aunque aquí también habría que tener muy en cuenta la adaptación que el “black liste” Jules Dassin, El que debe morir, que adapta una obra de Nikos Kazantzakis en la que una representación sobre la Pasión acaba con un Cristo que lidera una revuelta condenada por la propia Iglesia. Sobre todas ellas ya hemos publicados una serie de trabajos en Kaosenlared.
            Sí queremos resultar didáctico, hay que considerar el asunto de  la instrumentalización reaccionaria por parte de la Iglesia del legado cristiano y retomar las películas que abundan en el discurso más auténtico y herético. En los tiempos que corren, no se puede discutir la importancia de una lucha por restituir su dimensión subversiva, de lucha por los pobres y por una sociedad basada en la igualdad y en el reconocimiento del prójimo. En este terreno, el cine cuenta con obras de gran valor de autores como Roberto Rossellini (en especial Europa 51, en cierta medida un homenaje a Simone Weil de La condición obrera), el Ordret, de C. T. Dreyer , o la Juana de Arco de Bresson y otros.
            Las ideas socialistas (utópicas) comenzaron a desarrollarse con el Renacimiento, y tuvieron una enorme importancia en las repúblicas italianas y en los primeros embates entre la escolástica católica y el libre pensamiento, temas que todavía tienen vigencia dada la alianza establecida entre el neoliberalismo y el fundamentalismo religioso. Sobre este extenso  territorio existe una cierta filmografía de gran interés, y de la cual podemos destacar títulos de amplias connotaciones políticas y culturales como el “biopic” de Thomas More, Un hombre para la eternidad, de Fred Zinnemann, que contienen unos diálogos de gran profundidad escritos por Robert Bolt; aunque resulta de más difícil acceso, vale la pena el Galileo Galilei que realizó Joseph Losey según la obra de Brecht porque además es la versión más respetuosa e intensa; también resulta bastante interesante el Galileo hecho para la RAI por la primera Liliana Cavan; lástima que el frustrante Giordano Bruno, de Guiliano Montaldo no sirva demasiado para recuperar este subyugante personaje interpretado por un tanto sobreactuando Gian Mª Volonté…De cara al maldito asunto de la conquista hay mucho que hablar sobre La misión, de Roland Joffé, que plantea numerosas cuestiones sobre la conquista y colonización española en América Latina, y sobre el que el admirado Michael Lequenne publico un hermoso trabajo en un lejano Imprecor que habría que recuperar. Igualmente resueltan del mayor las aproximaciones de las revueltas campesinas a través de personajes como Michael Kohlhass (1969) y La repentina riqueza de los pobres de Kombach (1970), en ambos casos con Volker Schlöndorff detrás la cámara, o de inspiración religiosa, sin olvidar la muy reivindicable Les camisards, de René Allio (1972), entre otras, en algunos casos asequibles ya en DVD en colecciones especilizadas.
          Bastante más cinematográfica sería la revolución inglesa que cuenta con dos títulos importantes centradas en Oliver Cromwell, la espectacular Cromwell (1970), de Ken Hugues con Richard Harris y Alec Guinnes, que a pesar de su academicismo resulta muy representativa de la recuperación historiográfica del líder de una revolución que había quedado maldecida, ocultada por la monárquico-constitucional llamada “Gloriosa” que se erigiría como un modelo de que era posible conquistar las libertades mediante un acuerdo consensuado por arriba. El cine británico retomaría el capítulo cromwelliano en Matar a un rey (2003), de Mike Baker, con más intrigas palaciegas y más ambición psicológica pero con menos calado sociopolítico. Desde un ámbito muy ligado al “free cinema” sobresale por su interés desde una óptica protolibertaria el fresco histórico que narra la lucha de los niveladores a través de su principal representante, Winstanley (1975), una más que notable película dirigida por Kevin Brownlow y Andrew Mollo, que fue asesorada por el reconocido historiador marxista Christopher Hill, y que después de ser estrenada en los cines de arte y ensayo desapareció del mercado.   De existir unas plataformas unitarias en este ámbito, se dedicaría a editar estas películas “malditas” haciéndolas asequibles para escuelas e institutos.
            Pero bueno, con esto ya tenemos para abrir boca, para crear unas expectativas en los cursos de historias para institutos en los que hayan cuatro jóvenes con ganas de hacer algo más de malgastar lo mejor de la ida. Seguiremos…
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#1.- Y, bien, después de los ciclos de cine ¿Cuantos nuevos militan?
Servir al Pueblo|27-06-2008 15:43
   
    Señor Pepe, en si cientos de exposiciones, bien hable de cine u de otra cosa, ve el futuro de crearse nuevas conciencias militantes en ciclos de cine.
      En el tema cinematrografico no dejo de comunicarle un sentir hacía él paralelo en gustos y sentires iguales; tampoco dejo de reconocer que el visionado de tales fims por usted citados sí elevan la conciencia individual, pero, de ahí a que los asistentes pasen a militar en un nuevo partido revolucionario creo que existe un buen trecho; trecho donde la conciencia se eleva personalmente al contrastar lo sabido con la realidad, y esto, amigo Pepe, está solamente en los libros y ayudados con buenas películas, claro.
    De todos modos, adelante, todo método es importante en desesmarcarar al capitalismo cruel, pero el paso decisivo de indentificarse con en Nuevo Mundo que ahelamos solo se dá en la lucha social y el soporte de la teória marxista.
    Saludos comunistas.
 
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#2
Sabela|27-06-2008 18:23
Gracias por la divulgación!
Siempre que he visionado las películas que tu propones, a menudo desconocidas, me han parecido muy bien seleccionadas.
Es facil digerir en dos horas un determinado proceso histórico o social  y despues matizarlo con alguna lectura si el  tema es decisivo. Es puro pragmatismo de recursos y tiempo!
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