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La eutanasia es vida
Saber que estamos protegidos por la eutanasia, nos da vida...
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 1-6-2008 a las 14:42 | 1246 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/la-eutanasia-es-vida
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  Ante todo ad­vierto que no voy a debatir con los cristianos católicos sobre la exis­tencia de un Dios ex machina que utilizan como con­viene a su tor­tuosa mentalidad. Allá ellos. Yo no voy a seguirles el juego que pro­ponen de dar crédito a lo jamás tangiblemente demos­trado y al presu­puesto que hay en toda idea fabricada de un ser como lo pin­tan vaya usted a saber por qué... si no es porque siguen aquéllos  perteneciendo a la es­pecie de los primates. Ellos pueden confor­marse con signos e indi­cios. La mayoría de los mortales de hoy día, no. Por eso, no estoy dispuesto a permitir que ocupen con sus fan­tasías mi pensamiento y mi senti­miento tal como yo me los he la­brado. Ni tampoco que estor­ben en la sociedad lo que pide el común sentido... Me constituyo en este as­pecto como uno de los numerosos repre­sentantes de la luci­dez, de la naturalidad y de la ló­gica elemental que no pueden ser destruidas por artificiosidades de la mente, que no pueden ser de­mostradas ni tienen la más mínima consistencia después de haber sido sobradamente contestadas (aunque sin me­recerlo siquiera) por gi­gantes del pensa­miento a lo largo de la histo­ria. Sin ir más lejos, él último round que yo recuerde en el que el pa­dre Copleton salió bien mal parado, fue el de su encuentro con Ber­trand Russell en la BBC, en el año 43. No des­gastaré yo mis ener­gías, por más influyentes que sigan siendo en este país –ya se ve- los roucos y los bene­dictos...

  Estos días la Autonomía andaluza ha dado un gran paso regu­lando la eutanasia pasiva. Para la eutanasia activa, la bella muerte, la ver­dadera eutanasia, habrá que esperar, y me temo que lo sufi­ciente como para que, dada mi edad, no me alcance. Pero algo es algo.

  Y es que ni la libertad, ni las libertades, ni la seguridad económica, ni el beneficio de la seguridad y de la libertad llega igual para todos. Por ejemplo, Bélgica y Holanda, pero también Suiza y otros países viejos europeos tienen resuelto de punta a cabo este asunto porque son du­chos en altitud de miras. Aquí no. Aquí, como en infinidad de cosas, pese a alar­dear tanto de democracia y de libertad (se alardea por complejo), no ha llegado ni de lejos la sensatez más que en do­sis homeopáticas e intrascendentes. Porque en aspectos que son cru­ciales en la vida social e individual, es fundamental distinguir a una sociedad evolucionada moralmente de otra que permanece es­túpida­mente inmóvil. Y uno de ellos es este de la muerte dulce por oposición a la muerte gratuitamente trágica.

  Las democracias occidentales están plagadas de minas antiperso­nas y de trampas mortales morales para la sociedad y para el indivi­duo, sometidos ambos a la hipnosis y el embeleco que en la actuali­dad produce el ruido de los medios. Tanta palabrería, tanta contra­dic­ción, tanta memez ensordecen tanto el oído interno como el que se aloja en el ce­rebro...

  Así sucede que, sin que nadie proteste ni se apreste a reformarlo, se votan leyes y medidas sobre las que por lo menos la mitad de la po­blación no debería siquiera opinar. Dos ejemplos: Uno. ¿qué inte­rés tiene el parecer del macho sólo por su facilona aportación a la vida a través de su cómoda inseminación, acerca del aborto que op­cional­mente decide practicar la hembra en su propio cuerpo? Dos. ¿qué in­terés tiene para la numerosa población cercana al término de su vida la opinión de un individuo de veinte o treinta años sobre la eutanasia; siendo así que hasta bien entrados los cincuenta nadie se inter­esa a fondo por la muerte, ni por el dolor ni por la agonía; aunque sólo sea porque es muy duro vivir con la idea permanente de la muerte, y por consiguiente por salud mental es aconsejable ol­vidarse del asunto como si nunca fuera a llegar ese momento?

  Sabemos todos, jóvenes y viejos, pero mucho más quienes esta­mos a las puertas del fin de la existencia, que hemos de morir, y por eso no ha de haber zozobra. Lo que nos inquieta buena parte de la vida aunque no pensemos en ello, es el temor a la enfermedad pos­trera, al dolor y a la agonía. Por eso, si sabemos que la sociedad habrá de sustraernos al dolor y a la agonía, sin duda la vida se hará más so­portable. Entonces, ¿por qué tanta resistencia a dar a esto solución valiente? ¿por qué esas trabas, impedimentos, barreras de las caver­narias e impertinentes exigencias de los arzobispos y de los vaticanos obligándonos a los que tenemos cercana la muerte, a desesperar ante equipos médicos indecentemente reac­cionarios que sólo se re­servan para sí un “final feliz” en la medida que se la hurtan al paciente común desprotegido?

  Eutanasia significa, como sabe todo el mundo: buena, bella, óp­tima muerte. ¿Es mucho pedir, teniendo en cuenta que nadie nos consultó si queríamos comparecer en esta vida, poder morir sin es­tertores?

En torno a la existencia hay muchas filosofías, recetas y recursos para hacerla más llevadera. Pero en torno a la muerte sólo hay dos opciones: o dejamos a la naturaleza que cumpla su función, como la cumple todo lo orgánico y lo inorgánico, o la corregimos racional­mente con inteligencia como ha hecho el ser humano hasta ahora y hasta donde ha podido en multitud de cosas. Lo que no es con­gruente con una inteligen­cia superior es corregir a la Naturaleza con cirugías su­perfluas, ca­prichosas, como la plástica y la estética, por ejemplo (que no se condenan desde ninguna instancia, banalizando con ello la existencia y poniéndola en peligro), y no corregirla en cambio para suprimir el dolor y la agonía. Es, pues, en el trance de la muerte cuando reclamamos la absoluta inteligencia para remediar el sufri­miento innecesario.

  No olvidemos que cuando nacimos no pudimos elegir entre venir o no a la vida. La opción de permanecer en ella o de abandonarla se nos ofrece luego, en plena vida. Entonces es cuando tomamos (o creemos tomar) decisiones supremas. Entonces es cuando nuestra voluntad, nuestra libertad, lo que entendemos por "libre albedrío", de­ciden.

  ¿No es muy hermoso sentirnos soberanos de nuestra exis­tencia hasta ese extremo, y que por consiguiente podemos supri­mirla si es nuestro deseo? Partiendo de esta filosofía y principio de vida, el de la autonomía absoluta de libertad para vivir o no vivir, no hay argu­mento posible contra la voluntad declarada de acabar con la vida propia. Pese a ello y gracias a un instinto poderosísimo, el de super­vivencia, nadie, por el propio peso de la razón y de la natural com­prensión de las co­sas ha de tener deseos de quitarse la vida o de que otros se la qui­ten sin ningún motivo por medio. Ello siempre es así a menos de que haya una "razón suficiente". Y esa razón es in­transferible y perte­nece sólo al individuo en el trance. Aun pertur­bada una persona por una disfunción mental rela­cionada o no con su propensión al suicidio "involuntario", nadie tiene la obligación ni el derecho de dificultarlo y menos de impedirlo. Y si esto es así, con mayor motivo nadie tendrá el derecho a obligar a otro al sufri­miento existiendo remedio.

  Toda la aparente preocupación de la sociedad que se pronuncia en contra de la eutanasia, pasa por dos motivos aparentemente sin­ceros: uno de carácter religioso fundamentalista y torpe, y otro de carácter preventivo o protector frente a potenciales abusos de ter­ce­ros. El pri­mero sólo concierne a quienes asumen esa religión con­creta. El se­gundo, en línea con el fundamentalismo anterior, dice tutelar la vida ajena incluso cuando el individuo rechaza la forzosa protección y desea morir sin dolor. Esta posibilidad es la clave del progreso moral. No al contrario. Corresponde al raciocinio desarro­llado que nos distin­gue del resto de los seres vivos reparar lo que la Naturaleza causa sin compasión, un rasgo humano. Y si la objeción apunta al posible abuso, no es menos cierto que la ame­naza de abusos existe siempre. Tanto en en uno como en otro caso. Incluso hay más riesgo, suje­tando al individuo, por ejemplo, como ahora se hace a menudo, por un hilo a la vida para facilitar en el entretanto determinaciones o cautelas hereditarias que no podrían adoptarse si la muerte discurriese por su curso natural. Y por eso, sólo por eso, aunque se embosque en el celo médico, se prolonga artificialmente la vida en multitud de ca­sos...

  Diríase que estas sofisticadas sociedades, contaminadas por defi­ni­ciones de un dios aleatorio en el que creen (o quieren creer) los más activos de siempre (que lo imponen directamente, o a través de las ideas transmitidas a los médicos, al resto), no protegen la digni­dad de la vida -la vida de todos-. Lo que hacen es empeñarse en prolongarla contra los designios de la Naturaleza (y si se quiere del dios asociado a ella), con artificios que no hacen más que agigantar el sufrimiento a cambio de un tiempo de vida irrelevante que no de­biera computarse si se toma como medida del tiempo la propia eter­nidad de la que tanto hablan los cristianos...

  Esa mentalidad, la misma capaz de condenar a persistir en una vida insoportable que el individuo no desea, es a su vez la misma capaz de firmar una pena de muerte aplicada a quien roba o a quien aborta el proyecto discutible de vida que pueda haber en el embrión. En eso consiste esa exasperante filosofía teológica de los cristianos, princi­palmente de los de por aquí.

  Lo único que el individuo desea -habida cuenta que lo que no puede superar es la muerte ineluctable- es evitar el dolor en el trance de una fase terminal que comienza con la muerte moral antes de que llegue la muerte física. El dolor y la agonía es lo único que podemos reme­diar: remediémoslos. Y eso es lo que a una sociedad verdaderamente ade­lantada debe afanarse sin tener en cuenta as­pectos que sólo ma­nejan concepciones de chamán; insufribles razo­nes que, por la condi­ción humana reforzada por las sinuosidades de los fundamentalismos que predominan en el espíritu de esta so­cie­dad hispana legataria de Santos Oficios, de Conquistas, de barbari­dades como pocas, obli­gan a sufrir a los demás pero se cuidan mucho ellos de sufrir...

  Cierto. Quieren que los demás sufran o que santifiquen el sufri­miento, pero no hay (salvo excepciones) papas, cardenales, dictado­res, médi­cos, sanitarios, familiares y amigos de todos ellos que no mueran seda­dos mientras disfrutan de la sedación y para sus aden­tros o a voz en grito no se digan: ¡que sufran ellos!

  Ya está bien de fingimientos y de hipocresías repulsivas que tratan tan a la ligera a la vida, a la muerte y a la naturaleza provocando el re­chazo firme colectivo y haciendo de todo ello un formidable ab­surdo. Mi deseo profundo es que el ejemplo de la comunidad anda­luza, que ya tiene hace tiempo la catalana, se extienda lo más rápi­damente al resto de las comunidades. Todo es poco para elevar la nobleza de la muerte, ya que la dignidad de la vida tanto depende de factores capi­talistas que tienen pésimos remedios.

  Del Consejo de Europa es esta estrofa:

  “Se muere mal

  cuando la muerte no es aceptada,

  se muere mal

  cuando los que cuidan

  no están formados

  en el manejo de las reacciones emocionales

  que emergen de la comunicación con los pacientes,

  se muere mal

  cuando la muerte

  se deja a lo irracional,

  al miedo, a la soledad,

  en una sociedad,
  donde no se sabe morir.”

 
 
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