Ante todo advierto que no voy a debatir con los cristianos católicos sobre la existencia de un Dios ex machina que utilizan como conviene a su tortuosa mentalidad. Allá ellos. Yo no voy a seguirles el juego que proponen de dar crédito a lo jamás tangiblemente demostrado y al presupuesto que hay en toda idea fabricada de un ser como lo pintan vaya usted a saber por qué... si no es porque siguen aquéllos  perteneciendo a la especie de los primates. Ellos pueden conformarse con signos e indicios. La mayoría de los mortales de hoy día, no. Por eso, no estoy dispuesto a permitir que ocupen con sus fantasías mi pensamiento y mi sentimiento tal como yo me los he labrado. Ni tampoco que estorben en la sociedad lo que pide el común sentido... Me constituyo en este aspecto como uno de los numerosos representantes de la lucidez, de la naturalidad y de la lógica elemental que no pueden ser destruidas por artificiosidades de la mente, que no pueden ser demostradas ni tienen la más mínima consistencia después de haber sido sobradamente contestadas (aunque sin merecerlo siquiera) por gigantes del pensamiento a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, él último round que yo recuerde en el que el padre Copleton salió bien mal parado, fue el de su encuentro con Bertrand Russell en la BBC, en el año 43. No desgastaré yo mis energías, por más influyentes que sigan siendo en este país –ya se ve- los roucos y los benedictos...
  Estos días la Autonomía andaluza ha dado un gran paso regulando la eutanasia pasiva. Para la eutanasia activa, la bella muerte, la verdadera eutanasia, habrá que esperar, y me temo que lo suficiente como para que, dada mi edad, no me alcance. Pero algo es algo.
  Y es que ni la libertad, ni las libertades, ni la seguridad económica, ni el beneficio de la seguridad y de la libertad llega igual para todos. Por ejemplo, Bélgica y Holanda, pero también Suiza y otros países viejos europeos tienen resuelto de punta a cabo este asunto porque son duchos en altitud de miras. Aquí no. Aquí, como en infinidad de cosas, pese a alardear tanto de democracia y de libertad (se alardea por complejo), no ha llegado ni de lejos la sensatez más que en dosis homeopáticas e intrascendentes. Porque en aspectos que son cruciales en la vida social e individual, es fundamental distinguir a una sociedad evolucionada moralmente de otra que permanece estúpidamente inmóvil. Y uno de ellos es este de la muerte dulce por oposición a la muerte gratuitamente trágica.
  Las democracias occidentales están plagadas de minas antipersonas y de trampas mortales morales para la sociedad y para el individuo, sometidos ambos a la hipnosis y el embeleco que en la actualidad produce el ruido de los medios. Tanta palabrería, tanta contradicción, tanta memez ensordecen tanto el oído interno como el que se aloja en el cerebro...
  Así sucede que, sin que nadie proteste ni se apreste a reformarlo, se votan leyes y medidas sobre las que por lo menos la mitad de la población no debería siquiera opinar. Dos ejemplos: Uno. ¿qué interés tiene el parecer del macho sólo por su facilona aportación a la vida a través de su cómoda inseminación, acerca del aborto que opcionalmente decide practicar la hembra en su propio cuerpo? Dos. ¿qué interés tiene para la numerosa población cercana al término de su vida la opinión de un individuo de veinte o treinta años sobre la eutanasia; siendo así que hasta bien entrados los cincuenta nadie se interesa a fondo por la muerte, ni por el dolor ni por la agonía; aunque sólo sea porque es muy duro vivir con la idea permanente de la muerte, y por consiguiente por salud mental es aconsejable olvidarse del asunto como si nunca fuera a llegar ese momento?
  Sabemos todos, jóvenes y viejos, pero mucho más quienes estamos a las puertas del fin de la existencia, que hemos de morir, y por eso no ha de haber zozobra. Lo que nos inquieta buena parte de la vida aunque no pensemos en ello, es el temor a la enfermedad postrera, al dolor y a la agonía. Por eso, si sabemos que la sociedad habrá de sustraernos al dolor y a la agonía, sin duda la vida se hará más soportable. Entonces, ¿por qué tanta resistencia a dar a esto solución valiente? ¿por qué esas trabas, impedimentos, barreras de las cavernarias e impertinentes exigencias de los arzobispos y de los vaticanos obligándonos a los que tenemos cercana la muerte, a desesperar ante equipos médicos indecentemente reaccionarios que sólo se reservan para sí un “final feliz” en la medida que se la hurtan al paciente común desprotegido?
  Eutanasia significa, como sabe todo el mundo: buena, bella, óptima muerte. ¿Es mucho pedir, teniendo en cuenta que nadie nos consultó si queríamos comparecer en esta vida, poder morir sin estertores?
En torno a la existencia hay muchas filosofías, recetas y recursos para hacerla más llevadera. Pero en torno a la muerte sólo hay dos opciones: o dejamos a la naturaleza que cumpla su función, como la cumple todo lo orgánico y lo inorgánico, o la corregimos racionalmente con inteligencia como ha hecho el ser humano hasta ahora y hasta donde ha podido en multitud de cosas. Lo que no es congruente con una inteligencia superior es corregir a la Naturaleza con cirugías superfluas, caprichosas, como la plástica y la estética, por ejemplo (que no se condenan desde ninguna instancia, banalizando con ello la existencia y poniéndola en peligro), y no corregirla en cambio para suprimir el dolor y la agonía. Es, pues, en el trance de la muerte cuando reclamamos la absoluta inteligencia para remediar el sufrimiento innecesario.
  No olvidemos que cuando nacimos no pudimos elegir entre venir o no a la vida. La opción de permanecer en ella o de abandonarla se nos ofrece luego, en plena vida. Entonces es cuando tomamos (o creemos tomar) decisiones supremas. Entonces es cuando nuestra voluntad, nuestra libertad, lo que entendemos por "libre albedrío", deciden.
  ¿No es muy hermoso sentirnos soberanos de nuestra existencia hasta ese extremo, y que por consiguiente podemos suprimirla si es nuestro deseo? Partiendo de esta filosofía y principio de vida, el de la autonomía absoluta de libertad para vivir o no vivir, no hay argumento posible contra la voluntad declarada de acabar con la vida propia. Pese a ello y gracias a un instinto poderosísimo, el de supervivencia, nadie, por el propio peso de la razón y de la natural comprensión de las cosas ha de tener deseos de quitarse la vida o de que otros se la quiten sin ningún motivo por medio. Ello siempre es así a menos de que haya una "razón suficiente". Y esa razón es intransferible y pertenece sólo al individuo en el trance. Aun perturbada una persona por una disfunción mental relacionada o no con su propensión al suicidio "involuntario", nadie tiene la obligación ni el derecho de dificultarlo y menos de impedirlo. Y si esto es así, con mayor motivo nadie tendrá el derecho a obligar a otro al sufrimiento existiendo remedio.
  Toda la aparente preocupación de la sociedad que se pronuncia en contra de la eutanasia, pasa por dos motivos aparentemente sinceros: uno de carácter religioso fundamentalista y torpe, y otro de carácter preventivo o protector frente a potenciales abusos de terceros. El primero sólo concierne a quienes asumen esa religión concreta. El segundo, en línea con el fundamentalismo anterior, dice tutelar la vida ajena incluso cuando el individuo rechaza la forzosa protección y desea morir sin dolor. Esta posibilidad es la clave del progreso moral. No al contrario. Corresponde al raciocinio desarrollado que nos distingue del resto de los seres vivos reparar lo que la Naturaleza causa sin compasión, un rasgo humano. Y si la objeción apunta al posible abuso, no es menos cierto que la amenaza de abusos existe siempre. Tanto en en uno como en otro caso. Incluso hay más riesgo, sujetando al individuo, por ejemplo, como ahora se hace a menudo, por un hilo a la vida para facilitar en el entretanto determinaciones o cautelas hereditarias que no podrían adoptarse si la muerte discurriese por su curso natural. Y por eso, sólo por eso, aunque se embosque en el celo médico, se prolonga artificialmente la vida en multitud de casos...
  Diríase que estas sofisticadas sociedades, contaminadas por definiciones de un dios aleatorio en el que creen (o quieren creer) los más activos de siempre (que lo imponen directamente, o a través de las ideas transmitidas a los médicos, al resto), no protegen la dignidad de la vida -la vida de todos-. Lo que hacen es empeñarse en prolongarla contra los designios de la Naturaleza (y si se quiere del dios asociado a ella), con artificios que no hacen más que agigantar el sufrimiento a cambio de un tiempo de vida irrelevante que no debiera computarse si se toma como medida del tiempo la propia eternidad de la que tanto hablan los cristianos...
  Esa mentalidad, la misma capaz de condenar a persistir en una vida insoportable que el individuo no desea, es a su vez la misma capaz de firmar una pena de muerte aplicada a quien roba o a quien aborta el proyecto discutible de vida que pueda haber en el embrión. En eso consiste esa exasperante filosofía teológica de los cristianos, principalmente de los de por aquí.
  Lo único que el individuo desea -habida cuenta que lo que no puede superar es la muerte ineluctable- es evitar el dolor en el trance de una fase terminal que comienza con la muerte moral antes de que llegue la muerte física. El dolor y la agonía es lo único que podemos remediar: remediémoslos. Y eso es lo que a una sociedad verdaderamente adelantada debe afanarse sin tener en cuenta aspectos que sólo manejan concepciones de chamán; insufribles razones que, por la condición humana reforzada por las sinuosidades de los fundamentalismos que predominan en el espíritu de esta sociedad hispana legataria de Santos Oficios, de Conquistas, de barbaridades como pocas, obligan a sufrir a los demás pero se cuidan mucho ellos de sufrir...
  Cierto. Quieren que los demás sufran o que santifiquen el sufrimiento, pero no hay (salvo excepciones) papas, cardenales, dictadores, médicos, sanitarios, familiares y amigos de todos ellos que no mueran sedados mientras disfrutan de la sedación y para sus adentros o a voz en grito no se digan: ¡que sufran ellos!
  Ya está bien de fingimientos y de hipocresías repulsivas que tratan tan a la ligera a la vida, a la muerte y a la naturaleza provocando el rechazo firme colectivo y haciendo de todo ello un formidable absurdo. Mi deseo profundo es que el ejemplo de la comunidad andaluza, que ya tiene hace tiempo la catalana, se extienda lo más rápidamente al resto de las comunidades. Todo es poco para elevar la nobleza de la muerte, ya que la dignidad de la vida tanto depende de factores capitalistas que tienen pésimos remedios.
  Del Consejo de Europa es esta estrofa:
  cuando la muerte no es aceptada,
  se muere mal
  cuando los que cuidan
  no están formados
  en el manejo de las reacciones emocionales
  que emergen de la comunicación con los pacientes,
  se muere mal
  cuando la muerte
  se deja a lo irracional,
  al miedo, a la soledad,
  en una sociedad,
  donde no se sabe morir.”
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