Si algo podemos destacar de las pasadas elecciones al Parlamento andaluz es la ausencia por primera vez en los más de 25 años de existencia institucional de la Comunidad Autónoma de Andalucía de representación parlamentaria del andalucismo reformista. Este hecho, sin duda relevante, ha suscitado numerosas interpretaciones y valoraciones, algunas de ellas encaminadas a negar la existencia de una conciencia política andaluza o andalucista en la Andalucía de principios del siglo XXI. Según estas opiniones, el andalucismo, en sus más diversas variantes políticas e ideológicas, habría dejado de tener sentido con la consolidación del marco institucional actual nacido de la Constitución de 1978, del referéndum de iniciativa autonómica del 28 de febrero de 1980, del Estatuto de Autonomía de 1982, y de su posteriorreforma en el 2007; por tanto, el sentimiento andalucista o nacionalista andaluz caracterizado por el sentimiento de marginación y la opresión se habría sido superado definitivamente, y con él, la necesidad de las organizaciones políticas andaluzas y andalucistas, incluyendo el andalucismo reformista y mucho más que moderado representado por el Partido Andalucista (PA). Por supuesto, habrá quienes tomarán estos hechos para repetir, una vez más, que no existe cuestión nacional andaluza, que sólo hay lucha de clases pura y dura, y rematarán su argumentación con cualquier cita sacada de contexto de Marx, Engels o Lenin, y con ella, darán por cerrado el debate en un alarde antidialéctico que espantaría a las figuras revolucionarias antes nombradas, dejando patente su estrecha visión economicista.
Estas interpretaciones y valoraciones tendrían sentido de no ser por el hecho sorprendente que supone confrontar los resultados electorales con las más recientes encuestas de sentimiento de adscripción y pertenencia de la ciudadanía andaluza, en las que las categorías de sentimiento de pertenencia correspondientes a “sólo andaluz/a” y “más andaluz/a que español/a”, ambas sumadas han alcanzado en los últimos 10 años entre un 20 y un 25% de los encuestados, y si ya añadimos la categoría de “tan andaluz/a como español/a” se supera fácilmente el 80% de los encuestados, siendo casi siempre inferiores los porcentajes de las categorías pertenecientes a “más español/a que andaluz/a” y “solo español/a”, rondando ambas sumadas entre un 10 y un 15% de los encuestados.
Existe pues un sentimiento de pertenencia andaluz, más o menos amplio, que se expresa con diferentes muestras de firmeza o debilidad según las circunstancias, y que en diferentes ocasiones se ha asociado a un sentimiento de marginación, a la sensación de estar continuamente en posiciones de cola en cuanto a indicadores económicos y sociales, o a la sensación de poseer unos rasgos identitarios infravalorados o directamente despreciados; pero con la peculiaridad política de no devenir en un conflicto abierto de identidades, salvo excepciones, debido fundamentalmente a la manipulación histórica de determinados rasgos identitarios andaluces, con el objetivo de ser presentados como propios de una supuesta “identidad nacional española”.
Sin embargo, a ese sentimiento de pertenencia andaluz, y a las sensaciones a él asociadas, no le están correspondiendo en la actualidad una articulación política y social en las organizaciones que hoy se reclaman del andalucismo, especialmente el PA; y no sólo nos estamos refiriendo a una mera cuestión electoral, de analizar dónde va el voto y por qué. Así, este hecho merece la pena ser analizado, teniendo en cuenta que no existen los determinismos y los mecanicismos, y más cuando interviene en las valoraciones la cuestión electoral, con sus coyunturas puntuales tan especiales y, a veces, tan únicas e irrepetibles.
Si echamos la vista atrás, concretamente al año 1982, cuando tuvieron lugar las primeras elecciones al Parlamento andaluz, nos encontraremos con argumentos muy parecidos a los que hoy se están difundiendo, especialmente por medios de comunicación vinculados al PSOE,a cerca de la escasa representación política que el por entonces Partido Socialista de Andalucía (PSA) obtuvo en esas elecciones en consonancia con toda la labor política que este Partido había llevado a cabo, y sobre todo, después de los rotundos éxitos electorales de 1979. Así pues, mirar hacia atrás y analizar brevemente qué pasó, puede resultar ser un sano ejercicio y no precisamente para el andalucismo reformista y regionalista, con sus múltiples variantes de “centro-derecha” o “centro-izquierda”, incapaz de aprender de esos mismos errores que llevan cometiendo desde hace 25 años, sino para el andalucismo de izquierdas, transformador y revolucionario, de clase, ecologista, soberanista y antiimperialista, en definitiva, para el andalucismo que no entiende que algunos puedan gritar “¡Viva Andalucía libre!” sin cuestionarse la explotación del ser humano por el ser humano.
1979, el PSA rompe los esquemas
Si en 1977 el pueblo de Andalucía rompió el tópico de un pueblo indolente o de un pueblo sin conciencia de si mismo, en 1979 esa conciencia se expresaría electoralmente con el éxito del Partido Socialista de Andalucía-Partido Andaluz (PSA-PA) en las elecciones legislativas de marzo de ese mismo año.
El PSA, fundado en 1976 a partir de la denominada Alianza Socialista de Andalucía (ASA), afrontaría el año 1979 con una aparente radicalización en sus posturas sobre la cuestión nacional andaluza, decimos aparente porque el Partido, aunque de forma crítica (un “sí crítico”), un año antes había aceptado la Constitución española, y firmado, consecuentemente, el denominado “Pacto de Antequera”, aceptando así la negación clara y explicita de la soberanía nacional andaluza y el derecho a ejercerla, y reduciendo el techo de autogobierno del denominado “poder andaluz” que tanto se reivindicaba; pero el hecho de queAndalucía en la futura configuración del Estado español pudiera quedar relegada y marginada, junto con la doble convocatoria electoral de ese año, movilizó a determinados sectores del Partido, incluyendo a parte de su dirección. En las elecciones legislativas de marzo de 1979, el PSA-PA obtuvo más de 325.000 votos, superando el 10% de los sufragios andaluces, y aunque en las municipales del mismo año se perderían 80.000 votos con respecto a las legislativas de marzo, el PSA-PA conseguía mantener un respetable apoyo electoral, además de una amplia base social, obteniendo por si mismo o gracias a los pactos con otras candidaturas, alcaldías como las de Sevilla, Jerez, San Fernando, Ronda, Coín, Ecija, Alhama, etc.
El electorado del PSA-PA, determinado por diversos estudios sociológicos que se llevaron a cabo como el de la Fundación FOESSA, se situaba en el denominado “centro-izquierda”, pero con un curioso 21% de votantes que se declaraban “marxistas”. El grueso de los apoyos se situaron, según esos estudios, entre la juventud de los grandes núcleos urbanos andaluces. Por otro lado, aunque la inmensa mayoría del electorado del PSA-PA apostaba por soluciones autonomistas más o menos avanzadas, un 19% del electorado se declaraba federalista, mientras que un 11% independentista. El 45% de los votantes del PSA-PA en 1979 eran clase obrera, lo que indicaba un no despreciable apoyo obrero. En otro orden de cosas, sólo el 26% del electorado del Partido se declaraba católico practicante, siendo la inmensa mayoría católico no practicante, mientras el porcentaje de ateos y agnósticos era del 13%.
La aparente radicalización en la cuestión nacional antes aludida tendría lugar en el II Congreso de enero de 1979. Una primera consecuencia fue la ruptura por el PSA de todos los pactos y acuerdos que el Partido había mantenido a nivel estatal con el PSP y la FPS, que acabarían engullidas por el PSOE, perfilándose así frente a la reivindicación andaluza de partidos y organizaciones estatales y, sobre todo, frente al electorado andaluz, como un “partido de estricta obediencia y soberanía andaluza”; la segunda consecuencia, más bien simbólica, de la afirmación nacionalista tendría lugar con el cambio de siglas, ya que a las siglas PSA (Partido Socialista de Andalucía) se les añadía también las de PA (Partido Andaluz); a todo esto, cabría añadir las continuas referencias en todas las ponencias al “andalucismo histórico” del que el PSA-PA sería considerado la lógica continuación histórica del mismo. A esta pretendida afirmaciónnacionalista, habría ayudado la incorporación en 1978 de las denominadas Juntas Liberalistas, fundadas por elPadre de la Patria Andaluza, Blas Infante; aunque, por otro lado, no pocos analistas, no sin razón, argumentarían que la aparente radicalización nacionalistase debía a una mera táctica electoral, un medio de obtener votos en una Andalucía en pleno fervor andalucista, de ahí la táctica de “diferenciación”como “partido de obediencia andaluza” frente a los partidos estatales.
El objetivo estratégico del PSA-PA en ese II Congreso seguía siendo la consecución del denominado “poder andaluz”, caracterizado ya en el I Congreso de 1976 como una realidad dialéctica, es decir, como movimiento social y expresión política institucional a la vez, siendo el PSA la “vanguardia preparada” de ese movimiento para acceder al poder y ejercerlo. El PSA continuaba afirmándose en 1979 como “partido socialista no socialdemócrata, democrático y autogestionario”, con vagas referencia al “marxismo crítico”, o a la lucha de clases como motor de la historia; sin embargo, determinadas posturas críticas de izquierdas que proponían una profundización en el carácter socialista y en esas vagas referencias marxistas fueron duramente contestadas por la dirección del Partido, concretamente por el dirigente AlejandroRojas Marcos, que se negó explícitamente a la condena del capitalismo y al objetivo de superación del mismo. Un elemento interesante para analizar aquel II Congreso del PSA fue la extraordinaria diversidad ideológica de organizaciones y partidos que acudieron o mandaron saludos o adhesiones al mismo: Pueblo Canario Unido (PCU), la Unión do Pobo Galego (UPG), el Partido Socialista de Aragón, el PNV, Euskadiko Ezkerra (EE), con la asistencia del senador Juan Mari Bandrés, representantes del Congreso General del Pueblo Libio, el Partido Árabe Socialista BAAZ (tanto el sirio como el iraquí), la USFP de Marruecos, el Scottish National Party (Partido Nacional Escocés), el Plaid Cymru (Partido Galés) de Gales, la Unión Democrática Bretona, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), el FLN argelino, o el PASOK griego, entre otros.
Pero no se trataba solamente del PSA-PA, y esta cuestión es muy importante y frecuentemente olvidada, en 1979, estaban en plena efervescencia organizaciones como laindependentista de izquierdas Frente Andaluz de Liberación (FAL), que a pesar de su poca y desigual implantación, y de la salvaje campaña de criminalización que sufrió, consiguió despertar no pocas conciencia gracias a su gran activismo. Mientras, el Sindicato de Obreros del Campo (SOC), con3 años ya de existencia, conseguía movilizar a una parte importante del proletariado andaluz del campo, que simbolizaba, y hasta cierto punto aún hoy lo sigue simbolizando, la máxima expresión de la miseria y opresión ejercida sobre Andalucía; como extensión política del Sindicato, en ese mismo año, se crearía la Candidatura deUnitaria de Trabajadores (CUT), consiguiendo en las elecciones municipales las alcaldías de Marinaleda, Los Corrales o Pedrera, entre otras. Por otro lado, en las organizaciones de la izquierda revolucionaria estatal, lo andaluz se convertiría en objeto de debate y reivindicación, destacando en ello el PTE, que en un breve espacio de tiempo daría lugar a la formación de una organización nacionalista andaluza de izquierdas: el PAU-PTA (Pueblo Andaluz Unido-Partido de los Trabajadores de Andalucía); pero también el MC, la LCR, la ORT, o el PCT; otros sectores de la izquierda estatal más moderados se sumarían igualmente a la reivindicación andaluza, como el Partido Carlista o el PSP. Mientras, en el seno del PCE de Andalucía, la “cuestión andaluza” irrumpió en no pocos debates y discusiones, especialmente en la Juventud Comunista de Andalucía, donde surgieron corrientes que reivindicarían el hecho nacional andaluz con fuerza y rotundidad. Finalmente, la “cuestión andaluza” entró también en el seno del PSOE de Andalucía, donde determinados sectores llegarían a hablar de la necesidad de un “nacionalismo andaluz de clase”, aunque más tarde, estos sectores andalucistas fueran literalmente barridos del mapa por los sectores más recalcitrantemente españolistas y pro-imperialistas encabezados por los sevillanos Rodríguez de la Borbolla, Alfonso Guerra, y Felipe González.
El año 1979 se saldó con numerosas manifestaciones en favor del autogobierno andaluz, especialmente el 4 de Diciembre de aquel año, día nacional de Andalucía, con 350.000 manifestantes en Sevilla, 100.000 en Granada, y en torno a los 40.000 en Cádiz, Córdoba y Málaga, donde de nuevo se produjeron fuertes enfrentamientos callejeros, cuando miles de manifestantes homenajearon al joven Manuel José García Caparrós, asesinado por la policía en la manifestación del 4 de Diciembre de 1977. Igualmente, la reivindicación del autogobierno, del “poder andaluz”, estaba íntimamente ligada a lucha por la justicia social en una Andalucía marginada, subdesarrollada, y deprimida, con salarios de hambre, sobre todo en el campo, del que había que forzosamente emigrar para encontrar un futuro medianamente digno, con escaso desarrollo industrial y una peor planificación económica general. El ya Alcalde Marinaleda por la CUT, Juan Manuel Sánchez Gordillo, expresaba la situación de Andalucía de esta manera: “Andalucía no cabe en el despacho de ningún político, ni en la sede de ningún partido, ni en la caja fuerte de ningún señorito. Andalucía es la libertad que hay que conquistar todos los días en batallas sin descanso frente a Madrid. Andalucía es el pan por el que hay que darse de bofetadas para que no nos falte. Andalucía es la tierra que somos nosotros los que tenemos que ver cómo queda o se reparte, pero sobre todo Andalucía es una conquista, un esfuerzo colectivo hacia la autodependencia, porque ahora Andalucía, desde luego no es nada más que el eslabón último de la maquinaria capitalista que padecemos”.
De 1979 a 1982, la institucionalización del PSA-PA y sus consecuenciasLas victorias electorales trajeron consigo la lógica presencia del Partido en las diferentes instituciones, en este caso, el Parlamento español, ya que aún no estaba institucionalizada la Junta de Andalucía como tal, Ayuntamientos y Diputaciones andaluzas. En este sentido, cabría también añadir los 2 diputados que el PSA obtuvo por Barcelona en las elecciones al Parlamento catalán de marzo de 1980.
Pero como indicó Miguel Jerez Mir en su gran estudio sobre el fenómeno del PSA (“Una experiencia de partido regional: el caso del Partido Socialista de Andalucía”): “Desde el momento en que prestó su apoyo a Suárez en la investidura, el PSA comenzaba a gastar, cuando no a derrochar, el capital político acumulado hasta entonces”. Desde ese momento, la dirección política del PSA tomaría un sinfín de decisiones a cual más errónea que llevarían al Partido al desastre, y todas ellas basadas en un tacticismo miope, cortoplacista, y electoralista consistente en prestar su apoyo a la UCD frente al PSOE, al que se consideraba, no sin razón, como el eterno rival electoral a abatir. De ese apoyo, se pretendía conseguir tanto concesiones inmediatas, como el grupo propio en el Parlamento, así como una mayor consideración hacia el proceso autonómico andaluz por parte del Gobierno central, concesión, esta última, que no se llegó a arrancar, con el consiguiente enfado y descrédito tanto en el electorado como en las bases del Partido, dejándole a su vez el espacio político suficiente al PSOE para poder ser considerado como el Partido que realmente estaba plantando cara a la UCD en la lucha por el acceso a la autonomía por la vía del artículo 151 de la Constitución española, apuntándose un valiosísimo tanto político, del que aún hoy se saca rendimiento. Después, tras las municipales de marzo de 1979, y en los pactos consiguientes, la dirección tomaría una de sus decisiones más calamitosas: el canje, con nocturnidad y alevosía, de las alcaldías de Granada y Huelva, donde el PSA había conseguido la mayoría, por la de Sevilla, tal decisión tomada por los miembros de la dirección Alejandro Rojas Marcos, Miguel Ángel Arredonda, y Luis Uruñuela, previa “consulta-intimidación” a los secretarios locales de Granada y Huelva, suponía un ejemplo de despotismo y de oportunismo de la peor ralea; la consecuencia lógica fue la acusación al PSA de “centralista sevillano”, dando lugar a no pocas querellas localistas.
Pasado el referéndum de ratificación de iniciativa autonómica, el famoso 28-F, en el que el Partidodesplegó una intensa campaña; y el referéndum de aprobación del Estatuto de Autonomía, en octubre de 1981, que no entusiasmó a nadie, pero que el PSA-PA apoyó y llamó a su voto afirmativo; llegaría la prueba de fuego del Partido: las primeras elecciones al Parlamento autonómico andaluz a celebrar en mayo de 1982. A pesar del cúmulo de errores cometidos y de las tensiones internas que se derivaron, las perspectivas eran positivas, y se aspiraba a conseguir una amplia representación. Aunque el giro hacia la derecha había sido más que evidente, el Secretario General del SOC por aquellos entonces, Paco Casero, dio su apoyo público a las candidaturas del PSA al Parlamento andaluz, además, el PAU-PTA, de izquierda nacionalista, había decidido incorporarse al PSA en aras de la “unidad del andalucismo”. Por la derecha, el partido del ex Ministro de la UCD, Clavero Arévalo, Unidad Andaluza, había decido no presentarse. Sin embargo, el PSA cosechó unos resultados electorales penosos, acorde siempre a las expectativas que se habían creado: 153.283 votos, el 5,40% del electorado.
Aunque ayer como hoy surgieron voces que argumentaban el fin del andalucismo y el fin de un ciclo, Jérez Mir expone otras razones, en nuestra opinión, más convincentes para tal resultado: “Pienso que los estrepitosos fracasos electorales experimentados por el PSA en las elecciones de 1982, (...), obedecen en gran parte a un cúmulo de errores propios, hábilmente capitalizados por su principal rival electoral, el PSOE. Entre tales desaciertos cabe destacar: los dos votos a Suárez, su constante obsesión contra el PSOE (...), el trueque de las alcaldías de Granada y Huelva por la de Sevilla, la apuesta por el artículo 144, y en general, la política ambigua de chalaneo y pactos a destiempo (...), tremendamente personalista de su líder Rojas Marcos, quien ofrecía un blanco fácil a las críticas, que a su vez lo eran al partido”.
El PSA no supo convencer ni a su electorado autonomista, que optó por el PSOE y su defensa del acceso a la autonomía por el artículo 151 de la Constitución, frente a un PSA-PA perdido en el absurdotacticismo del acceso por el 144 para luego conseguir, vía negociaciones con la UCD, el acceso por el 151; y ni mucho menos, a su electorado más nacionalista, el que apostaba por opciones que iban del federalismo al independentismo. Por otro lado, no supo convencer a la izquierda, debido a su apoyo a la UCD, ni tampoco a la derecha, asustada por la incorporación de los “radicales” del PAU-PTA, y por el apoyo de una parte importante del movimiento obrero del campo.
Sin embargo, siempre surgirá la duda de si se trataron de errores o de una calculada destrucción de un Partido, o al menos de sus elementos más transgresores,por parte de determinados dirigentes por meros intereses personales que, en todo caso, por acción, omisión o complicidad, tuvieron la importante misión de reconducir hacia posiciones aceptables para el gran capital imperialista español el movimiento de defensa de los derechos nacionales de Andalucía surgido en aquellos años. La institucionalización del Partido y el discurso electoralista de la “nueva democracia española” deslumbró por completo a dirigentes y cuadros medios, y fue el caramelo necesario que se recibió a cambio de servir de auténtico tapón, junto al PCE, y posteriormente IU, a la creación de un fuerte referente político nacional-popular andaluz de izquierdas.
Y la historia se repite...
Para 1983, año del V Congreso, el dirigente del PSA, Luis Uruñuela, anunciaba la transformación del PSA en Partido Andalucista (PA). Llegaba el momento de dar el definitivo giro a la derecha, o incluso, para ser más exactos, hacia la desideologización. Los que habían sido máximos ideólogos del Partido, el médico psiquiatra cordobés Pepe Aumente y el sociólogo sevillano José María de los Santos, proporcionaron la cobertura ideológica para hacer creíble la transformación con unos argumentos que, hoy como ayer, solo pueden producir perplejidad: “Hoy no puede afirmarse que el proletariado sea el único motor de la historia, protagonista exclusivo de las fuerzas sociales; las fuerzas de la innovación y el cambio radican hoy también en otros sectores; es necesario desprenderse de ciertos doctrinarismos que pueden obstruirnos la percepción de la realidad”. Estos mismos teóricos años antes no se cansaron en sus escritos de hacer referencia a conceptos tales como el “poder andaluz”, la “vía andaluza al socialismo”, la “unidad popular”, el “colonialismo interno”, o el “ejemplo del socialismo yugoslavo”, o de citar a Marx, Engels, Lenin o Gramsci, o a los teóricos marxistas más reputados del momento como Samir Amin o Theoantonio Dos Santos. A este giro, como ya ocurrió en 1979, se le quiso adornar con todo tipo de “decoración nacionalista”, sin embargo, la historia se encargaría de demostrar la fragilidad y la poca convicción en esas posiciones nacionalistas. Mientras, desde 1979, el Partido había venido sufriendo una continua fuga de militantes más comprometidos con posiciones de izquierda nacionalista, que no encontraban elespacio político necesario en un partido que iba desprendiéndose a pasos agigantados de sus principios más elementales.
Este Congreso de 1983, lejos de ser el espacio propicio para la rectificación de todos los errores cometidos desde 1979, supuso, al contrario, la reafirmación con más fuerza si cabe enlos mismos, y el afianzamiento definitivo de un regionalismo folklorista y españolista, basado en el continuo agravio comparativo, el populismo antivasco y anticatalán, el electoralismo, el oportunismo ciego a corto plazo, y no pocas veces al servicio de los grandes opresores de Andalucía: el gran capital imperialista español. La crítica al supuesto “doctrinarismo” fue la puerta abierta necesaria para que llegaran y se instalaran definitivamente en el seno del Partido no sólo todo tipo de posiciones conservadoras, derechistas y españolistas, sino todo tipo de elementos oportunistas y arribistas, sin principios, dispuestos a utilizar al Partido para sus más diversos negocios privados. Siguiendo la misma línea, el PA también se configuraba como “partido bisagra” dispuesto al pacto con el PSOE o el PP en las instituciones, consiguiendo llegar al Gobierno de la Junta, gracias a un pacto con el PSOE andaluz, en el periodo de 1996 al 2000.
En estas pasadas elecciones del 2008, se han vuelto a repetir, como en 1982, los argumentosdel fin de ciclo y de lo innecesario de un partido político andalucista, o de la falta de conciencia andaluza; pero el caso es que, hoy como ayer, el andalucismo reformista es víctima principalmente de sus propios errores. En el 2008, como en 1982, Coalición Andalucista, auspiciada por el PA, ha querido liderar el voto andalucista, pero igualmente, como en 1982, no han sido creíbles ni por la izquierda ni por la derecha. De aquellos barros vinieron los presentes lodos, por eso, no es de sorprender que un amplio sector del electorado que venía votando al PA lo haya hecho en esta ocasión nada más y nada menos que por el PP, una opción conservadora más segura y no tan vacilante, y que, desde un punto de vista puramenteelectoral supone un “voto de castigo” de mayor contundencia hacia el PSOE de Andalucía que votar al PA, sin que nos tenga que sorprender, a estas alturas lo más mínimo, que después de tantos años de cultivar el regionalismo españolista en la sociedad andaluza, parte del electorado haya huido al PP, partido con el que se ha coincidido en no pocas ocasiones en posicionamientos políticos españolistas anticatalanes y antivascos. Tampoco podemosdescartar que determinadas cuestiones simbólicas de orientación soberanista y progresista planteadas por Coalición Andalucista en las pasadas elecciones hayan asustado o alejado a una parte importante del electorado del PA, ni tampoco olvidarnos del efecto que para determinados votantes haya supuesto la participación en dicha Coalición, junto al PA, de los independentistas de Liberación Andaluza (LA) y los izquierdistas de la Unidad Popular Andaluza (UPAN). Mientras, un sector del electorado más progresista ha podido caer de nuevo en la trampa-chantaje de votar al PSOE para evitar una Junta de Andalucía del PP; otros sectores, con conciencia andalucista y progresista, ya hartos y desencantados de los bochornosos espectáculos del regionalismo conservador, y que no se han dejado convencer por determinados planteamientos puramente estéticos ofrecidos por la Coalición, han optado en su mayoría por la abstención.Lógicamente, un motivo de reflexión ha de ser el de la intervención del PA en el conflicto específico izquierda-derecha, mucho más pronunciado y evidente en la actualidad que el conflicto españolismo-andalucismo en el seno de la sociedad andaluza, con su siempre calculada ambigüedad fruto de las contradicciones internas de la clase a la que desde hace mucho tiempo el Partido representa mayoritariamente: la pequeña y mediana burguesía urbana andaluza.
 
Por tanto, el que no haya una traducción política del sentir andaluz y andalucista se debe fundamental y principalmente a las organizaciones políticas que se reclaman de Andalucía y del andalucismo. Ya se han expuesto claramente los errores del andalucismo reformista, pero, en este sentido, también cabría hablar de los errores, muchos de ellos elementales, del andalucismo de izquierda y combativo, que, lógicamente, tampoco ha sabido ni conseguido traducir políticamente ese sentir andaluz y andalucista.
Pasadas las elecciones, en esta Andalucía del 2008, como en el resto del Estado español y del Mundo, se cierne una crisis de consecuencias impredecibles fruto de la obsesión del capitalismo en su fase imperialista por que no decaigan las impresionantes tasas de beneficio de las que hasta ahora se ha venido disfrutando, a costa, como siempre de las amplias espaldas de las clases trabajadoras. Andalucía, por desgracia, hoy, no cuenta con un referente político claro, que prime la movilización obrera y popular y su poder frente a las elecciones y la participación institucional, aunque sin descartarlas de plano y por principio, posicionado en la izquierda combativa, transformadora, de clase, y defensoraincorregible y consecuente del derecho a la soberanía nacional y a la autodeterminación del País Andaluz, capaz de hacer frente a la crisis revertiéndola en lo que más temen los imperialistas: soberanía nacional antiimperialista y construcción del socialismo.
Que sirva pues, si se estima oportuno, la historia política más reciente de Andalucía, como la aquí descrita, para construir ese referente político tan necesario, recordando justamente las palabras del teórico del antiguo PSA, Pepe Aumente, en su periodo más reivindicable, cuando decía en su libro “La cuestión nacional andaluza y los intereses de clase” lo siguiente: “No basta con ser andaluz para adoptar actitudes políticas consecuentes con los intereses de Andalucía. Como no basta con ser obrero para identificarse claramente con los intereses de su clase. Para ambas cosas es necesario tomar partido –el partido del pueblo andaluz- y comprometerse en la lucha. Lo importante, en definitiva, es saber que el camino es válido, aunque resulte largo, difícil, incluso contradictorio”.
Antonio Torres, “Antón”
Bibliografía:
·Jerez Mir, Miguel, Una experiencia de partido regional: el caso del Partido Socialista de Andalucía, www.reis.cis.es
·De los Santos López, José María, Sociología de la transición andaluza, Ágora, Málaga, 1990.
·Aumente Baena, José, La cuestión nacional andaluza y los intereses de clase, Mañana Editorial, Madrid, 1978.
·VVAA, 1973-1983, Crónica de un sueño. Memoria de la transición democrática en Andalucía, El País, 2003.
·Sánchez Gordillo, Juan Manuel, Marinaleda. Andaluces, levantaos, Aljibe, Granada, 1980.
 
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#1.- ¿Andalucismo?
Gordillín|12-06-2008 22:47
El día que os deis cuenta de que el pueblo andaluz pasa de vosotros y os da la espalda ganaréis mucho. Andalucía es un invento de cuatro señoritos que querían hacer del sur de España lo mismo que los criollos hicieron en Latinoamérica, esto es, un coto privado para acapar más poder.
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