En la calle Jorge Juan hay un edificio nuevo de la Universidad Católica. Qué curioso: mientras a todo el mundo le va mal,  a esa universidad privada, de la iglesia, le va viento en popa. En la universidad pública no se sabe si se van a cobrar las nóminas, no hay presupuesto para nada, mientras sorprendentemente en la Católica les sobra. ¿No podrían trasvasar medios a la pública en aras de un reparto más equitativo? Porque, al fin y al cabo, si a estos señores les va tan bien, es por la ayuda institucional que han tenido.
Imagínense: la iglesia abre una universidad privada en 2003. García Gascó -que, a imitación de Escrivá de Balaguer en Navarra fue nombrado Gran Canciller de la misma- la impulsa. Los locales los pone el Ayuntamiento. Lo que donaron en su día próceres de la ciudad para el mantenimiento de los pobres se regala a los ricos, sin más. Y no pasa nada. Porque es una cuestión muy sorprendente: los políticos de derechas hablan siempre de las excelencias de la privatización de los bienes públicos, pero ellos colocan a sus amigos y a ellos mismos, cuando se quedan sin empleo, en las empresas públicas o en la administración.
A la iglesia le pasa igual: lo público es suyo también; pero lo suyo es sólo suyo. Además, hacen milagros: de no tener Medicina porque les faltaban requisitos y prácticas, la tienen saltándose todos los plazos. ¿Las prácticas? Se hacen en la Seguridad Social y ya está, sin problemas, sin complejos, y henos aquí que, de nuevo, estamos pagando todos los españoles lo que se ha pensado para unos pocos. ¿Pagarán las prácticas o serán considerados estos alumnos como si fueran de la pública? Adivinen.
Lo que sí han sido capaces de crear es una policlínica con especialidades retribuidas: podología, odontología, logopedia… Lo que no está en la Seguridad Social y les reporta unos beneficios. Esa policlínica, según su propia web, tiene 16 “novedosos sillones” -¿qué querrán decir con lo denovedosos?- y “una asepsia y unos profesionales cualificados”. Me suena a negocio, a impostura, también.
Pero hay algo más: la Católica cuenta con unos cuantos institutos de investigación y uno de ellos se llama “Jovellanos”. Bajo la pregunta “¿Por qué Jovellanos?” explican los valores del gran ilustrado, por si alguien los desconoce. Curiosamente, con un retoricismo vacuo, decimonónico, cuentan que fue un reformador incansable de “privilegiado entendimiento” -me recuerda el “cráneo privilegiado” de Luces de Bohemia-. Es decir: no dicen nada.
Pienso que la iglesia quiere pedir perdón al ilustre Jovellanos por haberlo perseguido y encarcelado, pero como se le hace cuesta arriba, disimulando, utiliza su nombre. Con lo cual el escarnio es doble. ¿Para cuándo un Instituto Galileo, señores de la católica? La santa desvergüenza es una de las virtudes que ensalza el fundador del Opus Dei y la católica parece sentirse muy bien en el ejercicio de esaantivirtud.
En el  Informe sobre la ley agraria, Jovellanos, para animar a la iglesia a repartir sus tierras de “manos muertas”, les decía que con seguridad esa institución estaría deseando entregar al pueblo lo que le pertenecía. Naturalmente, la iglesia no tenía la menor intención de repartir nada y para demostrarlo, persiguió al “reformador incansable”. ¿Reformador de qué? ¿Acaso les dejaron reformar a los ilustrados? Es una generación que fracasó y que podía haber cambiado España, si la Inquisición les hubiera dejado. Jovellanos quería reformar la enseñanza y que fuera pública, pero no pudo hacerlo. Creía que la salvación del pueblo estaba en la educación. Le aterraban las revoluciones y pensaba que se podía crear un sólido progreso paso a paso, sobre todo, insisto, con una educación pública que educara a todos/as por igual. Y ahora vienen los de la Católica con el sarcasmo de usar el nombre de Jovellanos en vano, dado que él, sin duda, se hubiera echado a correr ante una universidad privada y de la iglesia, nada menos que en el siglo XXI, después de haber fracasado todos los intentos reformadores del XVIII.
Entiéndanme ustedes: no es que me importe que haya negocios privados. Faltaría más. Me parece excelente que las órdenes religiosas mantengan colegios o universidades con su dinero y con su ideario. Ahí está la libertad de elección: si tienen adeptos, pues muy bien. Lo que me parece aberrante y peligroso es que el Estado mantenga a la enseñanza privada, subvencionándola, y deje caer a la pública, cuando debería ser la única prioridad en materia de educación. Si los ciudadanos españoles no tienen libertad para ir todos juntos a la escuela o a los Institutos públicos, ¿qué libertad están defendiendo?: la de los que quieren tener un  apartheid  para los pobres que, desde luego, no pueden elegir.
Un país en donde los políticos y la casa real no llevan a sus hijos a la enseñanza pública, no es un país avanzado, ni democrático. ¿Para qué poner Educación para la ciudadanía si no hay mejor educación que la de la escuela pública en la que, codo con codo, se conocen -o se conocían- todas las clases sociales? Pero, en vez de invertir en lo fundamental, en algunas autonomías se aplican con vesania en los recortes. Utilizan comentarios despectivos y falsos sobre el profesorado de la enseñanza pública -que sólo trabajan 20 horas-, con lo que consiguen desprestigiarse estos/as políticos por su enorme desconocimiento.
Que yo sepa, en la enseñanza privada no hay que ser especialista para dar una clase y las condiciones del profesorado tampoco son buenas -hay centros en donde contratan por horas-. Un profesor de Filosofía puede dar Lengua o al revés, según las necesidades del centro. En los centros públicos hay que pasar por una oposición y ser especialista en la materia que se imparte. ¿De qué manera se accede a los centros privados como profesor? ¿Cómo se accede a la universidad Católica, por ejemplo? ¿Hay que firmar el ideario del centro? ¿Qué investigaciones, qué proyectos de investigación se llevan a cabo? ¿Cuánto les pagan?
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